Capítulo 33
Vale, sí, hoy Samantha se ha tomado mucho más tiempo del habitual para maquillarse y preparar su nueva visita al Daytona Beach. Porque quiere impresionar a ese hombre que ha despertado en ella algo que nadie más había conseguido.
Luce unos vaqueros rotos que apenas dejan lugar a la imaginación y un top blanco que realza su figura.
Se ha delineado los ojos con el pulso de un neurocirujano.
Ha tardado siglos en decidirse por ese labial coral que parece hablar por sí solo y desvelar sus intenciones.
Cuando se iba ya de casa, su hermano Robert la ha mirado y le ha aconsejado que evitara que sus padres la vieran salir así.
Al llegar al chiringuito, Mandy y Selena ya están en la terraza bebiendo algo.
Las ve cuchichear entre risitas y sabe —está segura— que hablan de ella.
En cuanto se acerca, Mandy le dedica esa sonrisita burlona que tan poco le gusta de ella.
Si aún no le ha dicho nada al respecto es porque sabe que Robert está loco por ella, aunque no lo confiese.
—Cielo, ¿a qué viene ese pintalabios? ¿Quién eres, Claudia Schiffer? —pregunta Mandy.
—¿Y ese escote? —añade Selena echándose hacia atrás con cara de susto dramático.
Samantha finge reírse. Una risita corta, controlada.
—Ay, por favor. No digáis tonterías. Me he arreglado un poco más, sí. ¿Qué pasa?
Les lanza una mirada con la que espera zanjar el asunto.
Funciona. Mandy vuelve a su bebida y Selena empieza a criticar a una excompañera de clase que, según ella, ha engordado cinco kilos en dos semanas. Perfecto.
Samantha desliza las pupilas hacia la barra. Aún es pronto y está vacía.
Nadie necesita saber que el único motivo por el que hoy ha acudido así al Daytona Beach es él.
No ignora que es bastante mayor que ella, como tampoco que, si sus padres se enterasen del tonteo que tienen se le acabaría el espacio, se le acabaría la nueva confianza que parecen haber depositado en ella y, tal vez, hasta se acabase España.
Así que no. Sus amigas seguirán creyendo lo que les dijo ayer cuando ese hombre se fue. Que se había aprovechado de él para que la invitase a una copa.
Nada más.
Han sido tres visitas más al Daytona Beach. Ese tiempo ha necesitado Sebastián para que Samantha acceda a quedar con él a solas en una zona aislada.
Lo han preparado todo para que sea un plan sin fisuras.
Ella dirá que el sábado por la mañana va a acudir a un taller de cerámica que se imparte en el centro social de Jávea.
Como es temprano, sus amigas estarán durmiendo tras la noche anterior, y sus padres, como mucho, hojeando el periódico junto a la piscina.
Sebastián la recogerá en un cruce poco transitado, uno de esos caminos de tierra que no figuran ni en las guías de carretera, y después la llevará en su Gran Torino hasta el barranco del Infierno.
Es mucho mejor que un hotel. Allí no hay recepcionistas que podrían susurrar secretos que no le conviene que salgan a la luz.
Conoce la zona. La ha recorrido decenas de veces, tanto solo como en buena compañía.
Hay algo en la dificultad del sendero, en lo abrupto del paisaje, que hace que se sienta cómodo.
Esa mañana no habrá senderistas. No con ese calor.
Nadie en su sano juicio camina por allí en julio.
Nadie excepto él, porque es justo lo que busca.
Sabe exactamente adónde quiere ir. Un claro escondido entre paredes verticales de roca y vegetación reseca. Se accede tras dejar el sendero principal y avanzar entre arbustos. Allí no hay nadie. Allí, piensa, Samantha y él podrán sentirse libres.