Capítulo 32
Samantha no entiende cómo sus padres pueden beberse dos copas de vino y seguir hablando de política sin trabarse ni en una sílaba.
Ella ha probado un solo martini con limón y ya siente que todo le da vueltas y tiene la risa atascada en la garganta.
Le ha dado por reír. Por todo. Le parece gracioso el camarero que se ha tropezado con un bordillo.
Le parece gracioso el nombre del garito: Daytona Beach.
¿Quién pone ese nombre a un antro en España?
Mandy y Selena se han contagiado, y ahora las tres ríen como si alguien les hiciera cosquillas invisibles. Bailan en el centro de la pista sin mucha coordinación, con las mejillas coloradas y el rímel ya un poco corrido. A Samantha no le importa. Está pasándoselo bien. De verdad.
Acaba de ver al chico con el que se dio un par de besos hace unos días.
Pedro. O Paulo. O Paco. Se acerca a ella con esa media sonrisa confiada, creyéndose el rey del universo.
Samantha no tiene ganas de compartir nada con él hoy.
El chico no se da por aludido. Lo tiene casi encima.
Está claro lo que quiere. Samantha se aparta medio paso disimulando mientras baila.
El recuerdo del beso la angustia. Un cenicero. Así sabía, a cenicero húmedo. Además, hablaba todo el rato en español rapidísimo, y Samantha no pillaba ni una palabra. ¿Por qué demonios los españoles dan por supuesto que ella se entera de cuanto le dicen?
Entonces, de pronto, el DJ cambia la canción.
Un rock en español en el que capta una palabra, así como «chiquilla».
No entiende la letra, pero no hace falta, el ritmo es bueno y muy bailable.
La gente se vuelve loca. Es como si alguien hubiese pulsado el botón del frenesí colectivo.
Todo el mundo salta, grita, canta como si fuera un himno nacional.
Mandy la arrastra de la mano y las tres vuelven a moverse.
Pero, de repente, el mundo se para.
Porque lo ve.
Está en la barra. Sentado en un taburete, como si lo hubieran colocado ahí para una sesión de fotos.
Camisa oscura, mangas remangadas, copa en una mano.
La otra le cuelga con total desgana. Tiene la mandíbula afilada, el pelo algo despeinado —pero de ese despeine que lleva horas conseguir— y unos ojos que pretenden expresar algo que ella aún no ha descifrado. La está mirando. Directamente.
Y no es la primera vez. Samantha lo ha visto antes.
Llegó en ese coche verde, el que todos observaron dando a entender que es un vehículo caro, aunque ella no tenga la más remota idea.
Él no miró a nadie. Solo aparcó, bajó y caminó hacia el local como si supiera a qué iba.
Ahora la mira a ella, sin parpadear, mientras da un trago a su copa.
Lento. Seguro. Parece que el tiempo se hubiera ralentizado solo para él.
Samantha se ruboriza. Sonríe sin querer.
Agacha los ojos, pero vuelve a alzarlos casi de inmediato.
Él también sonríe. Y entonces hace algo que la deja paralizada por un segundo: mueve el taburete de al lado, lo arrastra hacia sí con un pie y le da un par de golpecitos con la palma de la mano. Después, se gira hacia la barra.
Una invitación. Clarísima.
Y Samantha va hacia él. No tiene ni idea de por qué lo hace. Sabe que no debería, que probablemente no sea buena idea porque ese hombre es bastante mayor que ella. Pero no puede evitar acercarse a él.
Son las tres y cuarto de la madrugada cuando Sebastián cruza el portón de la casa.
No hace ruido, aunque no es por precaución, sino por costumbre.
La mansión duerme. También su mujer, al menos eso espera.
Se saca del bolsillo el anillo de casado, el que se había quitado antes de salir. Se lo vuelve a poner.
Deja las llaves en la consola del recibidor, junto al jarrón de cristal que retiraría de inmediato si esa fuera su casa.
Mientras sube la escalera, repasa una y otra vez la misma imagen.
La silueta de ella. La falda corta, el pelo recogido, los labios perfilados en un gesto que parecía desinterés pero que, al final, se abrió para sonreírle.
Qué mujer. Qué forma de andar. Qué elegancia y qué capacidad para captar la atención de todos a su alrededor.
Tal vez solo por eso quiere que sea suya. Su capricho.
Ha jugado bien sus cartas, como de costumbre.
Nada de impulsividad, nada de improvisar.
No es uno de esos idiotas que babean con la camisa desabrochada y la copa derramada sobre los zapatos.
No. Él tiene un método. Una estrategia. Sabe dosificar.
La conversación ha sido breve —su inglés no es perfecto, pero sí suficiente para lo esencial—, aunque el lenguaje importante no ha sido el verbal.
Ha sido el otro: el que se ha colado entre un roce fugaz en la cintura mientras se inclinaba para hablarle al oído, o en la pausa deliberada antes de clavarle los ojos de nuevo.
Son esos detalles los que importan: mirada desinteresada, pero gestos medidos. Movimientos lentos y la vez seguros.
Ha trabajado todo eso durante años. Y funciona. Siempre ha funcionado.
Por supuesto, le ha mentido cuando ella le ha preguntado cómo se llamaba.
De ahora en adelante, para esa chica será Christian.
No debe saber su verdadero nombre, eso no puede pasar.
Por suerte no le ha preguntado su edad; si lo hubiera hecho, también le habría mentido. Todo ha salido a la perfección.
Esa no era noche para precipitarse. Tocaba sembrar. Mostrar valor sin alardes. Seducir sin hambre. Ella lo ha entendido. Por eso ha aceptado la copa. Por eso se ha quedado más rato de lo previsto, ignorando al grupo de pretendientes que la rodeaba como moscas.
Mañana volverá. Y entonces sí le propondrá algo más íntimo. No hay prisa. Todo llega. La llevará a un sitio tranquilo. Un lugar donde nadie los moleste, lejos de miradas inquisidoras que juzgarían su diferencia de edad.
Pobres envidiosos, piensa. La gente se cree con derecho a opinar sobre lo que no entiende. Si vieran a esa chica con él hablarían, cuchichearían. ¿Y qué? ¿Acaso saben todo lo que él ha sacrificado para llegar hasta ahí? Todo lo que ha hecho por su familia.
Él también tiene derecho a su parte. Aunque deba esconderla.
Porque no es tonto. Sabe lo que no le conviene.