La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Samantha Reynolds lleva solo una semana en España y ya está convencida de que no quiere volver a Inglaterra.

Ni hablar. Londres puede quedarse con sus cielos grises, su fish and chips y el uniforme de cuadros, con falda hasta las rodillas, que la obligan a llevar en su carísimo colegio privado de Chelsea.

Aquí puede vestirse como le da la gana, hablar con quien le apetezca (pese a no entender ni la mitad) y tomar el sol, aunque jamás se vaya a poner tan morena como los españoles.

Sus padres, milagrosamente, parecen haber olvidado su obsesión por controlar todo.

Será el sol, o que a su vez están ocupados bebiendo vino blanco con los padres de Mandy y Selena hasta bien entrada la madrugada.

El caso es que le han dado espacio. Libertad.

Y eso, para Samantha, es como estar en un parque de atracciones sin colas.

Por las mañanas va a la playa con sus amigas.

Toalla, crema solar, biquinis monos y el mejor accesorio de todos: los chicos.

No uno, no dos. Decenas. Es como si con su pelo rubio y sus ojos verdes tuviera un cartel luminoso en la cabeza que dijera: «Mujer exótica, acérquese».

Y lo mejor es que no le importa. Bueno, al principio le chocaba que los españoles fueran tan…

intensos, esa sería la palabra. Pero se acostumbra.

Ha aprendido a jugar. A gustarse. A dejarse observar.

Está echada en la toalla, con las piernas estiradas y las gafas de sol mal puestas, cuando nota que tres chicos se han plantado a unos metros de ella. No demasiado cerca, no demasiado lejos. No paran de mirar descaradamente. Mandy lo nota también.

—¿Crees que vendrán hasta aquí? —pregunta sin moverse.

Samantha se levanta las gafas.

—Espero que no. Son unos niñatos.

Lo dice sin quitarles ojo. Uno tiene abdominales. Otro, rizos. El tercero está tan delgado que parece que no haya comido durante meses.

Mandy suelta una risa tonta. Samantha ni se inmuta. Lleva toda la semana siendo el centro de atención. Y, sinceramente, no se le da mal.

—¿Qué vamos a hacer esta noche? —pregunta Mandy girándose de lado.

Samantha se incorpora y se recoge la melena en un moño mal hecho.

—Deberíamos volver al Daytona Beach. Allí hay hombres de verdad.

—¿Otra vez? Llevamos yendo cinco noches seguidas.

—¿Y qué problema hay?

Mandy se encoge de hombros, pero no discute.

Porque sabe que Samantha tiene razón. En el Daytona hay música decente, cócteles que parecen zumo pero pegan fuerte y chicos mayores que no preguntan por la edad.

Además, el camarero alto —el del piercing en la ceja— ya les sonríe como si fueran clientas VIP.

El único problema es que en España nadie habla inglés, por lo visto. Algunos creen que lo hablan, pero con esa manera que tienen de pronunciar las palabras… no es el mismo idioma, ¿vale?

Por suerte, no necesita entender cada frase. Tiene instinto. Y hasta ahora el instinto no le ha fallado empleando el lenguaje universal de señas y gestos.

Selena, mientras tanto, sigue en el agua saltando olas como lo haría una niña. Samantha la mira, luego vuelve la vista hacia los chicos. Uno de ellos le lanza una sonrisa que ella no le devuelve. Aún no. Tiene que ganársela.

Se deja caer otra vez en la toalla, cierra los ojos y dice:

—Esta noche, falda corta, labios rojos y Daytona Beach.

Sebastián Salas da un beso en la frente a su esposa y le susurra algo al oído que la hace sonreír.

Lleva el pañuelo puesto incluso para dormir.

A veces, cuando la mira, todavía consigue recordar a la mujer que era antes del diagnóstico.

Era guapa, inteligente, divertida… Hoy no es ni la sombra de lo que fue.

La quimioterapia le ha robado su identidad.

Camina por el pasillo enmoquetado de la planta superior con paso firme. Esa casa no es suya, pero actúa como si lo fuera. Vicente Climent ha sido generoso al ofrecérsela durante el verano. Un buen amigo. Y un idiota por no sacarle partido.

Tarde o temprano, él tendrá una parecida. Ya ha comenzado a mover hilos. Su negocio de comida para mascotas empieza a despegar: facturación estable, nuevos distribuidores, margen limpio. Sebastián le dedica horas, fines de semana, incluso festivos. Nadie puede decir que no se sacrifica.

Y por eso, piensa convencido, merece también algo de espacio.

Un respiro. Algo que lo saque del lóbrego escenario en el que se ha convertido su vida doméstica.

Su mujer ya no puede darle lo que necesita.

Y él tampoco es un mártir, para qué engañarse.

Así que ha mentido. Le ha dicho que debe reunirse con unos posibles inversores extranjeros, al igual que hizo hace dos noches, y otras dos la semana anterior.

En realidad, se subirá al flamante Gran Torino de Vicente Climent, que ahora es suyo de pleno derecho.

Se marchará a una zona alejada donde nadie lo conozca.

Ha encontrado un lugar en Jávea que es ideal para lo que pretende.

Se divertirá y, cuando se canse, volverá a casa para continuar con su vida, y desempeñará su papel de padre de familia y marido ejemplar.

Cuando baja la escalera, encuentra a su hija Fidela en el salón. Está sentada en el sofá leyendo un libro.

—¿Vas a salir otra vez? —pregunta la chica sin apartar la vista de la página.

—Sí, cariño. Tengo una reunión importante.

—Ya…, claro —murmura ella, y la ironía en su voz se hace tangible.

Sebastián se detiene. La observa. Su hija ya no es una niña. Tiene diecisiete años, va para dieciocho, y últimamente no le pasa ni una. Antes le bastaba con un guiño o una broma para hacerla reír. Ahora todo son silencios incómodos, preguntas con trampa, respuestas cargadas.

—¿Te molesta que salga? —dice en un tono bajo, comedido.

Fidela cierra el libro con cuidado, lo deja en su regazo. No mira a su padre.

—Creo que deberías estar con mamá.

Sebastián respira hondo. Siente que la rabia le sube por dentro, densa y caliente, pero se la traga. No quiere gritar. No esa vez.

—¿Ah, sí? ¿Acaso no me parto el lomo trabajando para que tú y tu madre estéis bien? ¿Qué te crees, que me encanta salir a estas horas a reunirme con cuatro pringados? Yo preferiría estar aquí, Fidela. Pero alguien tiene que traer el dinero a casa. ¿Acaso has olvidado que tu madre ya no trabaja?

Fidela no responde. Sus dedos juegan con la esquina de la página. Baja la vista. A Sebastián le recuerda a su esposa en ese gesto, y eso lo enfurece más.

—¿Hoy no quedas con tu nuevo novio? ¿Cómo se llamaba…? ¿Héctor?

—Víctor —corrige la chica sin levantar la voz—. Y no. Quedaremos mañana.

Se levanta del sofá sin añadir nada. Al pasar junto a su padre, lo mira un segundo, rápido, pero no es enfado lo que él ve en sus ojos. Es decepción. Y eso, por alguna razón, lo molesta mucho más.

—Que te sea leve la reunión, papá —dice Fidela, y se aleja hacia la cocina.

Sebastián se queda quieto unos segundos con la mandíbula apretada. Después, coge las llaves del Gran Torino y sale por la puerta sin volver la vista atrás.