La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Gabriel regresa a la mansión de los Climent. El majestuoso hogar se erige ante él, imponente.

El sonido rítmico de unas tijeras de podar rompe el silencio del impecable jardín. El hombre que lo cuida, un tipo grueso de pelo canoso, alza la vista y se detiene al verlo tras la puerta de entrada.

—¿Necesita algo, señor?

Gabriel mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y saca la placa en un gesto pausado. La muestra sin necesidad de palabras cuando el hombre se encuentra lo suficientemente cerca.

—Inspector Somoza. ¿Está el señor Climent en casa?

El jardinero frunce el ceño, aunque enseguida baja la mirada. Se seca las manos en el pantalón antes de responder.

—Sí, pero creo que está reunido.

Gabriel levanta las cejas sorprendido.

—Por favor, comuníquele que el inspector Somoza quiere hablar con él. Es importante, tendrá que posponer su reunión.

El hombre asiente despacio sin levantar la vista. Hace una pequeña reverencia con la cabeza, como si estuviera acostumbrado a que le den órdenes. Después, abre la puerta y se aparta para dejar paso al Gabriel.

—De acuerdo, señor. Puede esperar en el porche de la entrada, si le parece bien.

Gabriel niega con suavidad. Cuando habla, su voz es tranquila, pero deja poco espacio para la discusión.

—Preferiría esperar allí. —Señala hacia el lateral derecho de la casa, donde se encuentra el inmenso garaje—. Me consta que la familia Climent tiene una excelente colección de coches. Soy un gran aficionado.

El jardinero lo mira por fin a los ojos, duda durante una fracción de segundo. Luego sonríe, casi con alivio.

—¡Oh! Sí…, claro. Por supuesto. Deme unos minutos, comunicaré al señor Climent que usted lo aguarda.

Gabriel espera unos segundos más observando cómo el jardinero se aleja por el sendero de piedra pulida y desaparece tras la puerta principal.

Solo entonces se gira hacia el garaje. Camina despacio.

El acceso está abierto, una de esas puertas correderas que se deslizan.

Al cruzar el umbral, el olor a goma, gasolina y cera para carrocería le da la bienvenida.

Lo ve enseguida.

El Gran Torino.

Está al fondo, apartado del resto y cubierto con una lona gruesa, pero Gabriel reconoce las curvas del capó al instante.

Se acerca sin prisas. En la parte trasera, la lona no está bien ajustada.

Hay un pequeño hueco por el que asoma el verde oscuro de la carrocería.

Un color muy concreto. Difícil de olvidar.

Se arrodilla y, con cuidado, levanta la lona solo lo justo para fotografiar la matrícula: M-2459-BK.

De Madrid. Antigua. Tendrá que comprobar cuántos Gran Torino verdes había en España en 1991. Antes de que la película de Clint Eastwood inmortalizase ese modelo y color. No serán muchos, eso seguro.

Saca el móvil, toma dos fotos, una de cerca y otra más amplia, con parte de la carrocería visible. Después, vuelve a cubrirlo como estaba. Todo con un ritmo medido, calculado.

Al levantarse, recorre el garaje con la mirada.

Es una especie de santuario. Varios Ferrari, entre ellos un Ferrari 456 GT rojo, por supuesto.

Un Porsche 911 impecable, con los retrovisores pulidos hasta el mínimo reflejo.

Y en el centro, como una pieza de museo, un Ford Shelby GT500 de carrocería blanca con franjas azules.

Cada coche tiene espacio suficiente para respirar.

Todo ordenado. Todo dispuesto para impresionar.

Mucho dinero ahí dentro.

Pero Gabriel no ha ido a admirar el lujo.

Se ha desplazado para hallar respuesta a una sola pregunta que no lo deja en paz: ¿quién conducía ese Torino en 1991?

Y también: ¿por qué, tres décadas después, sigue guardado como si aún tuviera algo que ocultar?

—¿Puedo ayudarle?

La voz le llega desde atrás, firme pero educada.

Gabriel se gira despacio. Mateo Climent está de pie junto a la entrada del garaje, con las manos en los bolsillos de una chaqueta azul oscuro y el gesto perfectamente controlado.

El mismo rostro que recordaba de su primera visita: mandíbula marcada, cabello peinado con esmero, una expresión siempre a medio camino entre la cortesía y la condescendencia.

—Hola, Mateo —saluda Gabriel, y se guarda el móvil en el bolsillo del pantalón—. Sí, necesito hacerle algunas preguntas.

—Creía que ya habíamos aclarado todo, inspector —responde Mateo acercándose un paso más—. Pero estaré encantado de atenderle. En cualquier caso, si no le importa, vayamos adentro.

Gabriel asiente con un leve movimiento de la cabeza y, con la mano, le indica que tome la delantera.

La casa es aún más impresionante por dentro.

Espacios abiertos, techos altos, mármol blanco bajo los pies y una lámpara de araña que cuelga del techo.

En el salón, un sofá de diseño rodea una chimenea que parece de exposición: ni una mota de ceniza ni un leve rastro de uso.

Sobre la repisa, marcos plateados con fotos familiares cuidadosamente seleccionadas y figuras de cristal de Murano que reflejan la luz.

—Cuénteme, inspector Somoza —dice Mateo tomando asiento—, ¿en qué puedo ayudarle?

Gabriel se mantiene de pie. Piensa que será una conversación corta.

—Los coches. ¿Son suyos? ¿O eran de su padre?

Mateo sonríe y cruza una pierna sobre la otra.

—De mi padre. Yo soy más… práctico, digamos. No utilizo los coches antiguos que tenía, los conservo porque eran su devoción, pero para mí no tienen utilidad real.

—Entonces ¿él los compró todos?

—Sí, todos —afirma Mateo sin dudar.

—¿Recuerda cuándo empezó a adquirirlos?

Mateo asiente con lentitud.

—Sí, perfectamente. Yo era joven, tendría unos veinte años. Fue hacia finales de los ochenta. Esos coches eran su tesoro.

—¿Recuerda cuándo compró el Torino?

Un destello de emoción atraviesa el rostro de Mateo. Es sutil, pero Gabriel lo detecta.

—Sí, fue el primero. Era su preferido, siempre lo fue —asegura con una sonrisa nostálgica—. Solía comentar que era un coche con alma.

Hace una pausa breve, se incorpora ligeramente.

—Mi familia siempre tuvo una buena posición económica, no se puede decir que mi padre construyese todo esto desde cero.

Su padre, mi abuelo, fue un gran terrateniente.

Pero mi padre supo invertir con inteligencia: apostó por las fincas destinadas a eventos mucho antes de que se pusieran de moda.

Gracias a eso pudo comprar esta casa, permitirse ciertos lujos. Como esos coches.

Luego inclina la cabeza con amabilidad.

—No entiendo por qué esto le resulta importante, inspector. ¿Se trata de algo protocolario? ¿O hay algo más?

Gabriel no contesta enseguida. Da un paso atrás y comienza a revisar las fotos que descansan sobre la chimenea.

—Durante la investigación de Kasia Nowak nos han surgido varias incógnitas. Una de ellas está estrechamente relacionada con ese Gran Torino verde que guarda en su garaje. ¿Es posible que lo condujera alguien más, aparte de su padre?

Mateo niega de inmediato con una certeza que no necesita dramatismos.

—No. Eso es imposible. No se lo dejaba a nadie. Ni siquiera a mí, ¡su hijo!

Gabriel desvía la mirada hacia la repisa. Se detiene en la primera foto: una imagen familiar. Mateo, más joven, con el brazo alrededor de su esposa. Frente a ellos, dos niños. Ya deben de ser mayores. En la foto todos sonríen como haría cualquier familia feliz.

—¿Recuerda si durante el verano de 1991 su padre solía salir con el Torino por la noche? Tal vez a dar una vuelta con amigos, por ejemplo.

—¿Mi padre? —Mateo lo mira genuinamente desconcertado—.

No, mi padre no salía a ningún lado sin nosotros.

Eso se lo puedo garantizar. Era un hombre muy familiar.

No nos dejaba solos nunca. No era ese tipo de hombre.

No fumaba, no bebía… Solo cuidaba de nosotros.

Y sí, tenía amigos, pero todos formaban parte de nuestra vida. Nada que ocultar.

Gabriel se aproxima a la siguiente imagen. Un joven —uno de los hijos de Mateo, un veinteañero— aparece sosteniendo en brazos un cachorro de dálmata como si posara para un anuncio.

—Pero sí saldría él solo por motivos laborales o algo así, ¿no?

—Sí, claro. Pero nunca por la noche. Y desde luego nunca con el Gran Torino. Y… ¿Ha dicho en el verano de 1991?

—Eso he dicho.

Gabriel sigue recorriendo la repisa. Fotos de veranos en la playa, celebraciones familiares, alguna escena navideña.

El otro hijo aparece en la orilla de una playa abrazado a la que debe de ser su novia —o su mujer, a estas alturas—.

Una instantánea de Mateo con su esposa, con el Empire State al fondo, algo desenfocada.

Y entonces la ve.

Un marco más antiguo con una fotografía en papel gastado, bordes curvados y tonos apagados.

Claramente tomada con una cámara analógica.

Dos hombres abrazados por los hombros posan en el jardín de esa misma casa.

Uno de ellos sostiene un cigarrillo encendido; el otro mantiene una sonrisa amplia, confiada.

La cara de uno de ellos le resulta inquietantemente familiar.

—En ese caso, inspector… Lo siento, pero se equivoca.

Pasamos el verano de 1991 entero en Sevilla.

Mi padre había comprado una villa en Los Palacios y quería ponerla a punto para celebrar bodas y eventos.

Le puedo asegurar que ningún miembro de la familia, incluido mi padre, abandonó Sevilla entre julio y septiembre.

Lo recuerdo muy bien porque fue horrible el calor que hizo.

Puede comprobarlo, esa finca sigue dando ingresos en la actualidad, se llama Bahía Blanca.

Gabriel atiende la explicación de Mateo, pero no se detiene. Saca el móvil del bolsillo con rapidez, accede a su galería. Abre la imagen del retrato robot que elaboraron con la ayuda de Mandy Reynolds. La comparación no deja lugar a dudas.

Es él.

Con cuidado, coge la foto por el marco y se la muestra a Mateo.

—¿Este hombre es su padre?

Mateo asiente sin pensarlo.

—Sí. Es mi padre.

—¿No decía que no fumaba?

Mateo parpadea. Mira la foto de nuevo como si se le hubiese escapado un detalle evidente.

—Mi padre no fumaba. El hombre que sostiene el cigarro no es él. Es Sebastián Salas, el mejor amigo de mi padre.

Las palabras entran en la mente de Gabriel como una descarga eléctrica. Una línea directa que conecta pasado y presente con una claridad que lo deja en silencio.

Salas. Sebastián Salas.

Durante unos segundos no dice nada. Tiene que tomarse ese instante para poner en orden el rompecabezas que empieza a recomponerse, pieza a pieza, de forma brutalmente lógica.

Comienza a ordenar sucesos a toda velocidad y cuadran, todos cuadran.

En algunos tiene que aplicar una parte de su imaginación para rellenar los huecos, tal vez se le pase algo.

Pero ahora sí está cerca.

Luego se sienta, por primera vez desde que entró.