Capítulo 27
El cartel nuevo parece reciente, pintado con colores tropicales y letras redondeadas. Nada queda del antiguo local, salvo la estructura de madera que resiste al salitre. Gabriel se detiene unos segundos antes de entrar. No sabe muy bien qué espera encontrar, pero ya es tarde para dudar.
Dentro, el ambiente es tranquilo. Las mesas de plástico blanco se reparten bajo una lona que ofrece sombra.
Solo una pareja de turistas con gafas de sol y un hombre mayor que remueve el hielo en su vaso de whisky rompen el silencio del mediodía.
El camarero que atiende la barra no debe de tener más de veinte años. Le sonríe al verlo acercarse.
—Buenos días —saluda con energía.
Gabriel se apoya en la barra y le pide una botella de agua.
El chico asiente y desaparece unos segundos al agacharse para rebuscar en una cámara frigorífica.
Vuelve con una botella helada y un vaso.
Gabriel se sienta en un taburete. Da un primer trago mientras el joven limpia la encimera con un trapo y busca cómo seguir la conversación.
—¿Turista solitario?
Gabriel deja la botella en la barra sin responder de inmediato. Luego fuerza una media sonrisa y contesta:
—Algo así.
Se lleva una mano al bolsillo trasero y saca la cartera. Con un gesto pausado, desliza la placa de policía entre ambos. El brillo metálico del distintivo es suficiente para que la expresión del camarero cambie. Los hombros se le tensan, como si temiera haber dicho algo fuera de lugar.
—Tranquilo. —Gabriel guarda la placa—. No te has metido en ningún lío. Solo necesito hacerte unas preguntas sobre este sitio. ¿Eres de aquí?
El chico asiente enseguida, todavía con una mezcla de curiosidad y respeto en la mirada.
—Sí, señor. Vivo a cinco minutos de aquí. Trabajo en el chiringuito para echar una mano a mis padres. Por las tardes estudio un grado de FP… Bueno, la situación en casa no es fácil.
Gabriel lo observa un instante. Le enternece la forma en que ha bajado la mirada al decirlo.
—Entiendo —murmura—. Lo que necesito es hablar con alguien que frecuentara este lugar a principios de los noventa. Entonces se llamaba Daytona Beach. ¿Te suena?
El chico niega con la cabeza, pero no aparta los ojos de él.
—A principios de los noventa yo no había nacido. No sé, la verdad.
—Supongo que conoces al dueño de este local —afirma Gabriel.
—Sí, claro, pero es francés. No sé si vivía aquí en aquel entonces.
—No, no vivía aquí en la década de los noventa —interrumpe una voz áspera a la espalda de Gabriel.
El inspector se gira despacio. El hombre del whisky camina hacia la barra.
Tiene el cabello canoso y el rostro curtido por el sol, y lleva una camisa arrugada que no debería ser su mejor prenda.
Rondará los sesenta. Sostiene el vaso en una mano y lo apoya junto al codo de Gabriel, sin pedir permiso, pero sin arrogancia.
—Daytona Beach… —murmura arrastrando las palabras—. Hace mucho que no oía ese nombre. Sin duda fue la mejor época de este sitio.
Mira de reojo al camarero, que se ha tensado ligeramente tras la barra.
—Lo digo con respeto, chico. No te ofendas —añade con una sonrisa conciliadora.
Luego vuelve la vista hacia Gabriel, que no ha dicho una palabra. Solo lo observa, atento.
—¿Por qué le interesa el Daytona, caballero?
Gabriel saca de nuevo la placa, la deja un instante en la barra y responde sin rodeos:
—Soy el inspector Somoza. Estoy investigando la desaparición de una chica que solía venir aquí cuando esto era el Daytona Beach. Se llamaba Samantha Reynolds.
El vaso del desconocido queda suspendido en el aire durante un instante antes de volver a la barra. La sorpresa en sus ojos es evidente.
—Samantha Reynolds. Madre mía —musita—. Han pasado… ¿cuántos? ¿Treinta años?
Gabriel asiente despacio.
—¿La conocía?
El hombre niega con la cabeza, y su expresión cambia. Ya no hay curiosidad, sino algo más cercano al recuerdo incómodo.
—No, no personalmente —dice con un dejo de tristeza—. Sabía quién era, claro. Durante aquel verano yo venía mucho por aquí. Y ella también. Me refiero al verano en que desapareció. Era preciosa. Todo el mundo sabía quién era la chica inglesa que veraneaba en La Mandarina.
—¿Qué es La Mandarina? —pregunta Gabriel.
El hombre señala con el dedo a su espalda.
—Una urbanización de chalets justo detrás de esos edificios. Bueno, a un kilómetro más o menos.
Gabriel se incorpora levemente en el taburete, con ganas de seguir escuchando lo que ese hombre tiene que contarle.
—¿Y recuerda algo concreto de ella? ¿Con quién venía, si se metía en problemas?
El hombre hace un gesto vago con la mano.
—No lo sé. Tenía un grupo de amigas, eso seguro. A veces bajaban solas, a veces se las veía con gente del lugar. Pero eran adolescentes, ya sabe, siempre con risas, cócteles y cámaras de fotos al cuello. En aquel entonces eso era habitual. No parecían meterse en líos. Al menos, no a simple vista.
Gabriel saca su teléfono móvil.
—Me gustaría enseñarle algo. Es un retrato robot de una persona que, por lo que tengo entendido, solía venir al Daytona Beach con relativa frecuencia. No puedo saberlo a ciencia cierta, pero lo más probable es que viniera solo y que no viviera aquí. Tal vez usted pueda ayudarme a identificarlo.
El hombre se incorpora cuando Gabriel desbloquea su móvil.
—Espere —dice mientras saca una funda del bolsillo de su camisa.
La abre y se coloca las gafas con rapidez.
Gabriel abre la foto del retrato robot.
El hombre la observa durante unos segundos. Se acerca mucho a la pantalla.
—Mira tú por dónde… Pero si este es… Dice que venía solo, ¿verdad?
Gabriel asiente.
—Sí. Eso tengo entendido.
—Creo que podría ser… Bueno, estoy casi seguro. Este es el Lindo.
—¿El Lindo? —pregunta Gabriel.
El hombre se ríe y desvía la mirada al camarero, que tiene cara de no entender nada.
—Eso es. El Lindo. Así lo llamábamos. Era un tipo raro.
Venía siempre solo, como usted dice, se apoyaba en la barra y se pedía una copa.
Siempre echaba el ojo a alguna chica. No hablaba con nadie más que no fuese una mujer.
Nadie sabía nada de él, salvo que venía a lo que venía.
Algunas veces tenía éxito y otras no tanto, aunque era atractivo y solía triunfar más que fracasar.
Las invitaba a copas, las camelaba y, si tenía suerte, se las llevaba en su coche.
Lo dejaba siempre justo allí. Ese puesto de la Cruz Roja antes no estaba, era un pedazo de tierra donde se aparcaba.
—¿Recuerda qué coche tenía?
—Por supuesto. ¿Cómo olvidarlo? Un flamante y precioso Ford Gran Torino Sport de 1972.
—¿Está completamente seguro del modelo?
—Me encantan los coches, hijo. Y ese, precisamente, no pasa desapercibido.
Gabriel hace una mueca de aceptación.
—¿Recuerda el color?
—Claro que sí. Era verde.
La biblioteca está en silencio, pero no uno reconfortante.
Es ese tipo de silencio cargado, expectante, como si las estanterías también escucharan.
A lo lejos, los técnicos de la Unidad Científica mueven sus linternas y toman fotografías escudriñando cada rincón con meticulosidad.
Al fondo, tras una hilera de mesas desiertas, uno de ellos toma muestras del marco de una ventana mal cerrada.
Patricia Siles permanece junto a Víctor Fábregas, el director del instituto. Parece incómodo, con los brazos cruzados y el semblante serio. Ya ha manifestado abiertamente sus reticencias a que el centro educativo pase a ser la comidilla del pueblo.
—Lo que me cuenta es muy extraño, inspectora —dice bajando la voz—. He hablado con Jorge, el bedel y me planteo sancionarlo. No hizo bien dejando entrar a Bruno y, menos aún al permitirle hurgar en la biblioteca. Pero asegura que no vio a nadie salir huyendo.
Patricia lo observa sin moverse, sin parpadear siquiera.
—¿A qué se refiere?
Fábregas suspira, se lleva una mano al cuello de la camisa.
—Aprecio mucho a Bruno —responde—. Ha sido uno de los mejores alumnos que han pasado por aquí. Brillante. Observador. Pero creo que todo este asunto de Kasia se le ha ido de las manos.
Hace una pausa breve.
—Está convencido de que puede encontrarla. Como si fuera el único que sabe dónde buscar. Y esa idea lo está arrastrando. Lo veo más delgado, irritable. Últimamente parece más fuera de sí.
Patricia desvía la mirada hacia una estantería próxima. No hay huellas visibles ni signos de violencia. Nada que sugiera que en ese lugar hubo un enfrentamiento entre dos personas.
—¿Y usted cree que está mintiendo? —pregunta tras volverse hacia el director.
Fábregas no responde de inmediato. Parece medir las palabras, como alguien que quiere ser justo y, al mismo tiempo, cauto.
—No lo sé. Quizá solo ve lo que quiere ver. Pero, claro, yo no soy quién para decir estas cosas; discúlpeme, inspectora.
—¿Hay alguna otra salida de la biblioteca, además de la puerta principal? —pregunta Patricia ignorando las palabras de Víctor Fábregas.
Víctor tarda un segundo en contestar.
—Sí, hay dos maneras de salir de aquí además de la entrada principal.
Las ventanas, como puede ver, se abren apenas unos centímetros.
Es prácticamente imposible que alguien pudiera deslizarse por ahí.
Y luego está la puerta trasera, que da a uno de los pasillos, cerca de la recepción. Pero siempre está cerrada con llave.
—¿Jorge la tiene?
—Claro. Tiene todas —responde el director sin dudar.
—Enséñemela —ordena Patricia en tono autoritario.
Víctor asiente y se encamina hacia la parte trasera. La inspectora Siles lo sigue sin prisa mientras presta atención a cada detalle: el suelo encerado, los estantes alineados, el leve zumbido de los fluorescentes.
La pequeña sala de archivo parece olvidada. Cajas de cartón apiladas, etiquetas descoloridas, estanterías con carpetas vencidas por el tiempo. Al fondo, una puerta metálica de aspecto robusto interrumpe la pared.
Patricia se pone los guantes de látex sin hacer comentarios, extiende la mano hacia el pomo y lo gira con cuidado. La puerta cede con un leve chasquido, sin resistencia.
—Pues ahora mismo está abierta, señor Fábregas.
El director se encoge de hombros, visiblemente incómodo.
—Hablaré con Jorge. No debería ser así.
—No, hablaré yo misma con él. Dígale que venga aquí ahora.
Sin esperar respuesta, Patricia se vuelve y regresa a la sala principal. Sus pasos resuenan entre las estanterías vacías. Al llegar junto al equipo de la Unidad Científica, hace un gesto con la cabeza hacia el fondo.
—Quiero que toméis muestras del pomo de esa puerta trasera, por favor.
Dos agentes se dirigen enseguida hacia allí sacando el equipo con rapidez.
Patricia se aparta unos metros, lo justo para poder hablar con tranquilidad. Saca el móvil del bolsillo interior de su chaqueta, marca un número conocido y se lo lleva al oído.
Gabriel contesta al segundo tono.
—Buenas. Dime, ¿tienes algo? —pregunta la inspectora Siles.
—Creo que sí. Encontré a un hombre que reconoció a la persona del retrato robot.
No sabe su nombre, ni de dónde era, ni nada más concreto.
Pero recuerda que solía ir al Daytona Beach de Jávea por las noches en el verano de 1991.
Iba solo, le gustaba flirtear con chicas muy jóvenes. Le llamaban el Lindo.
Patricia ladea la cabeza. Camina despacio por uno de los pasillos de la biblioteca mientras escucha.
—¿Y eso te dice algo?
—Tengo algo más —añade Gabriel—. Ese hombre recuerda su coche. Un Gran Torino de 1972. Es un modelo de coleccionista, muy raro en España. Y más aún de color verde, como ha indicado el testigo.
Patricia se detiene en seco.
—¿Y qué te dice eso, Gabriel?
—Que recuerdo ver uno igual en casa de Vicente Climent cuando fui a preguntarle por el trabajo de Kasia en Villa Violeta. Nunca había visto ese modelo de coche, salvo en las revistas o las películas. Es demasiada casualidad.
Un breve silencio. Solo se oye, a lo lejos, el murmullo del equipo forense.
—Eso es bueno. Muy bueno —responde Patricia con convicción—. ¿Vas de camino? ¿Necesitas que te acompañe?
—No, puedo ir solo. ¿Tú cómo lo llevas?
—Sigo en el instituto. Pero no encontraremos nada aquí.
No descarto que a Bruno se le esté yendo un poco la cabeza, sinceramente.
En cualquier caso, los de la Científica están tomando muestras.
Ah, y hemos recibido los registros de llamadas y de geolocalización de Víctor Fábregas la noche en que Mónica Rives se subió a su coche, según el vecino, y se fue a toda prisa.
Hace una pausa breve y se fija en Víctor Fábregas, que, a lo lejos, habla por teléfono con Jorge, el bedel; le está pidiendo que acuda a la biblioteca.
—No te mintió —continúa Patricia—. Recibió una llamada de Mónica. Fue corta, duró exactamente cincuenta y tres segundos. Después, se quedó en casa. Según los datos de actividad, vio una serie en Prime Video.
—Me lo imaginaba —contesta Gabriel—. Pero había que comprobarlo.
Patricia se gira, se asegura de que nadie la escucha y baja la voz.
—Lo que sí te tengo que contar es algo relevante.
Solté a Fabián Núñez, como acordamos, con vigilancia.
Le dijimos que no podía salir de La Nucía sin avisarnos.
Pero ha estado solo un par de horas en casa.
Después se ha ido en el coche con una maleta.
Tengo a una patrulla siguiéndolo. Están a punto de llegar a Valencia.
Hace una pausa mínima, espera la reacción de Gabriel.
—He pensado en no detenerlo todavía. Quiero ver adónde va. ¿Qué opinas?
—Que es una idea brillante —responde Gabriel sin dudar—. Déjalo correr. Veamos qué hace cuando crea que nadie lo observa.