Capítulo 26
—Empieza otra vez, Bruno —dice Gabriel, con los brazos cruzados y la mandíbula tan tensa que apenas logra pronunciar la frase.
Por lo general, el inspector Somoza es un hombre capaz de controlar sus impulsos, pero en este momento, tras escuchar las palabras de Bruno, desearía desatar su ira y dejarlo en evidencia.
Bruno está hundido en el sofá de su casa, pálido. Sostiene una bolsa de hielo contra la sien derecha. Aún le duele el golpe y tiene el labio hinchado.
—Me encontraba en casa —murmura sin posar la vista en Gabriel ni en Patricia—. Solo. No podía dormir. Así que, no sé por qué lo hice, pero empecé a ojear el libro ese, el que cogí de la biblioteca. El Principito . El que Kasia llevaba siempre encima.
Gabriel intercambia una mirada con Patricia, que permanece en silencio apoyada en el borde de la mesa. Solo escucha. Contenida. Ella también está enfadada.
—¿Y qué encontraste? —pregunta.
—Algo raro. —Bruno traga saliva—. Entre las líneas del capítulo veintiuno, el del zorro, que era el favorito de Kasia, había una especie de mensaje. Como si alguien hubiera marcado ciertas letras del texto. Letras que, si las unías, formaban un mensaje. El mensaje decía: «Necesito ayuda».
Hace una pausa. El hielo cruje dentro de la bolsa.
—Me entró la curiosidad —añade—. Pensé que tal vez alguien más en estos siete años había leído ese ejemplar y lo había marcado, aunque cada vez sea más difícil encontrar a un adolescente a quien le guste la lectura.
Era algo que había que descartar. Así que fui al instituto.
Me colé en la biblioteca y revisé el archivo del préstamo de libros para averiguar quién lo había sacado después de que lo hiciera Kasia en 2014.
Estaba justo con el registro en la mano cuando alguien me golpeó.
No vi nada. No oí a nadie. Solo desperté en el suelo y el libro ya no estaba.
Gabriel se lleva una mano al rostro y respira hondo. Luego se inclina hacia delante y clava la mirada en Bruno.
—¿Y no se te ocurrió llamarme antes de jugar a ser detective? —pregunta en voz baja—. Lo que hiciste, Bruno, es entorpecer una investigación. Al margen de ponerte en peligro, claro. Pero eso parece que te da igual.
Bruno baja la vista.
—Quería ayudar.
—Pues no ayudaste. Solo lo complicaste todo. Entonces ¿no sabes dónde está el libro?
—Como os he dicho, cuando me desperté ya no estaba, quien me golpeó debió de llevárselo.
—Extraordinario, Bruno. Mi más sincera enhorabuena —dice Gabriel con sorna.
La voz del inspector no sube de volumen; sin embargo, duele más así, modulada, seca. Se pone de pie, incapaz de quedarse un segundo más en el mismo sitio.
Patricia no interviene. Mira a Gabriel con expresión de advertencia, pero no dice nada. No quiere meter el dedo en la llaga.
Y lo cierto es que Gabriel ya no escucha del todo.
Sigue en esa casa, la de Mónica Rives. Lo que han encontrado parece indicar que Mónica sabía dónde podían encontrar el cuerpo de Kasia.
Tiene esa certeza interiorizada, a pesar de que Mónica era una mujer imprevisible, con un estado mental que invita a pensar en cualquier cosa salvo en que fuera capaz de escribir unas líneas que reflejaran algo de cordura.
Sin embargo, de alguna manera lo hizo. De alguna manera escribió que, si querían encontrar a Kasia, buscaran en… ¿Dónde? ¿Dónde tienen que buscar? Porque esa es la principal pregunta en este caso.
Dejó a los de la Unidad Científica peinando el hogar, si acaso a esa construcción se la puede llamar hogar, pero no espera milagros. No va a aparecer ningún cuaderno. Ni una nota de suicidio. Ni una confesión directa. Porque ya han buscado y allí no había nada más que basura.
Y ahora esta frase: «Necesito ayuda».
En los labios de Bruno, claro. Quien parece insistir en convertirse en sospechoso a toda costa. Quien actúa por su cuenta y relata pruebas que podrían ser definitivas y que desaparecen casi por arte de magia.
Gabriel se detiene frente a la ventana. Mira hacia el exterior apretando los dientes.
Están cerca. Lo sabe. No se puede permitir pasos en falso.
—¿Había alguien más en el instituto a esas horas? —inquiere Gabriel.
—No. Estaba solo.
Gabriel se da la vuelta y se acerca con dos zancadas al sofá. Se planta delante de Bruno y lo mira desde arriba.
—Vuelve a mentirme y te vienes a comisaría. Sé perfectamente que a esas horas en el instituto está el bedel. Supongo que fue él quien te abrió la puerta, porque no te veo forzando la cerradura, sinceramente. O eso quiero creer.
Bruno se aparta la bolsa de hielo y suspira.
—De acuerdo. Lo siento. Prometí no involucrarlo.
—¿Estaba contigo cuando recibiste el golpe? ¿Al bedel también lo atacaron?
—No. Alguien llamó a la puerta a porrazos y él fue a ver quién era.
En ese instante alguien me golpeó. Cuando desperté, Jorge estaba a mi lado.
Me dijo que había abierto la puerta y que no había nadie, que se quedó mirando los alrededores por si algún crío estaba gastando una broma, pero que no vio a nadie.
Después oyó un golpe procedente de la biblioteca y, cuando vino, me encontró en el suelo.
—Ya veo. Así que pudo ser él.
—No. Eso es imposible. Lo conozco desde que…
—Bruno —interviene Patricia—, ya basta. Somos nosotros quienes decidimos qué investigar y qué no. A partir de ahora, quédate en casa y no te metas en líos. Gabriel y yo tenemos mucho trabajo.
Bruno asiente. De algún modo, la expresión de soberbia se le ha borrado del rostro.
Gabriel le da la espalda y vuelve a mirar por la ventana.
Piensa en su siguiente paso. Se imagina la escena y busca cabos sueltos.
Tal vez tenga algo.
Patricia cierra la puerta del coche con un leve golpe. El sol brilla con intensidad. Gabriel permanece pensativo mirando hacia la casa de Bruno con cara de decepción. Ella se abrocha el cinturón sin prisa; sabe que su compañero necesita un segundo más para ordenar sus ideas.
—Parece que tu protegido se ha metido en un lío —dice.
Gabriel emite un bufido, una especie de risa muda que se deshace en su garganta. Baja la cabeza un instante y se frota los ojos con las manos.
—Lo sé. Lo siento.
Patricia no responde enseguida. Se limita a sonreír.
—¿Qué quieres hacer ahora? —pregunta.
Él asiente con decisión. Se gira hacia ella y, por fin, habla con claridad.
—Tenemos que separarnos. Y rápido.
—¿Separarnos? —repite Patricia sin ocultar su sorpresa.
—Mónica sabía algo sobre Kasia. Estoy casi seguro, y tú también, solo eso explicaría las notas que hemos encontrado. Algo que no llegó a decir. Y no sé si fue porque no se atrevió o porque alguien se lo impidió.
Patricia ha estado pensando lo mismo, pero para ella es difícil obviar la parte en la que todo se justificaría con el estado mental de Mónica. Asiente muy despacio.
—Si es lo segundo —continúa Gabriel—, no tenemos tiempo.
Yo me encargo del Daytona Beach. Lo que dijo la hermana de Mónica sobre ese hombre mayor es interesante.
Quizá haya algo ahí. Iré con el retrato robot, a ver si alguien puede ayudarme con eso.
Han pasado muchos años y será difícil, pero tengo que intentarlo.
Tú encárgate de gestionar un grupo de la Científica.
Que revisen la biblioteca del instituto, el lugar donde Bruno ha comentado que recibió el golpe.
Patricia aprieta los labios sopesando la idea. No porque no le parezca adecuada, sino por lo que está a punto de añadir.
—Tenemos que tomar una decisión con Fabián Núñez —dice al fin—. No podemos retenerlo más tiempo sin acusarlo formalmente.
—¿Y no podemos dejarlo detenido por lo de la pornografía infantil?
—Su abogado es bueno, no creo que consiga que salga indemne, pero sí libre hasta que se celebre el juicio.
Gabriel tarda medio segundo en contestar.
—Vale. Suéltalo. Pero ponle vigilancia. Sigue siendo nuestro principal sospechoso, aunque por ahora no tengamos con qué demostrarlo.
Patricia le sostiene la mirada a Gabriel un instante. Luego asiente, esta vez con más determinación.
Pone en marcha el motor.