Capítulo 25
A primera hora de la mañana, Gabriel y Patricia están frente a la casa de Mónica Rives.
—¿Cómo alguien podría vivir aquí? —pregunta Patricia, que se ha cubierto ya la nariz con un pañuelo.
Gabriel no contesta de inmediato. Observa la ventana de la casa de al lado, donde el vecino curioso sigue asomado. Esa vez, al menos, no está quejándose. Puede que se haya enterado de lo sucedido. Hoy no dice nada, tampoco se esconde. Únicamente los mira.
—Es evidente que Mónica no llevaba su vida en orden —responde Gabriel al fin sin dejar de vigilar la ventana.
La puerta de la vivienda de Mónica Rives se abre con un leve empujón. No hay signos que indiquen que la cerradura ha sido forzada. Solo las consecuencias de una dejadez extrema.
Tres agentes de la Unidad Científica se detienen apenas un par de pasos después de cruzar el umbral.
Uno de ellos se cubre la boca con la manga, otro maldice en voz baja.
Las caras lo dicen todo. Ni siquiera es necesario entrar para notar el olor que se cuela desde la oscuridad: una mezcla acre imposible de clasificar.
Algo a medio camino entre una cloaca y un contenedor abandonado bajo el sol.
Gabriel avanza con cautela y deja que sus ojos se adapten a la penumbra.
El pasillo es estrecho, pero no tanto como para justificar la sensación de encierro que lo envuelve.
Hay bolsas de basura reventadas en el suelo, envoltorios grasientos, restos de comida adheridos a platos amontonados en una esquina.
Todo parece haber sido arrojado sin ningún criterio.
Solo alguien con un claro desorden mental podría vivir en esas condiciones.
—¿Qué buscamos exactamente? —dice uno de los agentes de la Científica.
—Aún no lo sé —contesta Gabriel—. Esperad fuera y os llamaré si es necesario. No tenéis por qué aguantar esto de momento.
Patricia esquiva una caja de pizza abierta aún con una porción fosilizada pegada al cartón. Mira alrededor con cara de circunstancias.
La vivienda es pequeña. Un salón oscuro con una bombilla sin lámpara que cuelga del techo como único punto de luz.
En el centro, una silla de mimbre que supone el único lugar donde poder sentarse.
A su lado, un aparador cubierto de polvo y manchas oscuras.
La superficie parece haber atrapado cada huella de grasa de los últimos diez años.
No hay televisor. No hay radio. Ni una fotografía. Ni un solo adorno.
Solo basura.
—¿Dónde dormía? —pregunta Patricia bajando la voz.
Gabriel no contesta. Recorre con la vista el suelo.
Entre papeles, latas oxidadas y ropa sucia.
Abre una puerta lateral. Una especie de habitación, apenas más limpia, donde hay un colchón sin sábana en el suelo y una lámpara de pie rota.
Alguien ha pintado palabras en la pared con letra desordenada y nerviosa.
Algunas están tachadas. Otras, repetidas una y otra vez.
Gabriel se aproxima. Lee una de ellas: MIENTE . MIENTE . MIENTE .
Los agentes de la Científica ya respiran aliviados en el exterior cuando Gabriel se gira hacia Patricia.
—No queda más remedio que echar una ojeada —dice el inspector Somoza.
Se coloca los guantes de vinilo. Su compañera hace lo mismo sin decir nada. Ambos se acercan al mueble polvoriento junto a la silla de mimbre. Los cajones crujen al abrirse con dificultad.
El primero está vacío. El segundo también, salvo por unas migas adheridas al fondo y un envoltorio de chicle. En el tercero, sin embargo, hay algo.
Una fotografía. Gabriel la toma con cuidado.
Está ligeramente doblada por las esquinas, pero la imagen aún es nítida.
Es Mónica, más joven. Tal vez antes de que su vida se convirtiera en lo que acaban de presenciar.
Tiene el pelo recogido, los labios pintados con elegancia y una sonrisa que parece sacada de otra historia.
Una historia donde el salón no huele a vertedero y las paredes no están garabateadas con frases delirantes.
Una mujer agraciada, atractiva. Esa mujer ya no existe.
Gabriel se la enseña a Patricia, que asiente sin decir nada. Luego abre el cuarto cajón, el último, y su expresión cambia.
Está lleno. Hasta arriba. Cajas de medicamentos apiladas sin ningún orden.
Antibióticos, analgésicos, relajantes musculares, antidepresivos, incluso ansiolíticos de los que solo pueden conseguirse con receta.
Algunas están abiertas, otras precintadas, muchas con fecha reciente.
Un almacén entero escondido en un solo cajón.
—¿Qué demonios tomaba esa mujer? —exclama Patricia.
Gabriel saca el móvil y hace un par de fotografías. Después sigue buscando entre la basura desparramada. Es un verdadero caos de desechos.
Al cabo de un rato, repara en que hay varias hojas arrancadas de una libreta cuadriculada. Papeles que se han arrugado hasta convertirlos en bolas. Abre los que encuentra.
En uno lee: «Para quien le importe». Está escrito con letra burda y tachado después.
Abre otro y lee: «Hay algo que deberían saber».
Luego, otro: «Soy Mónica y quiero».
En el último lee: «Si buscan a Kasia, la encontrarán en». Y ahí Mónica dejó de escribir.
Gabriel da la vuelta al papel. Se lo enseña a Patricia, exaltado. Se pone de rodillas y comienza a abrir bolsas de basura, cuyo contenido vierte directamente en el suelo.
—Patri, tenemos que hallar el cuaderno o más hojas como estas.
Patricia asiente. No le gusta mucho la idea, pero es muy profesional y lo hará. Sale de la casa y pide a los tres agentes de la Unidad Científica que los ayuden después de darles las premisas oportunas.
Buscan durante una hora y media. En cada rincón, en cada bolsa de basura, en cada metro cuadrado de esa pocilga.
Pero no encuentran nada, ni hojas ni cuaderno.
Un agente dice que necesita salir a respirar, que no aguanta más, y se va. Gabriel sigue removiendo todo, sin éxito. Los otros dos agentes y Patricia también. Es preciso que den con ese cuaderno. Aunque ya han buscado por todas partes y no aparece.
—Gabriel, aquí no está. ¿Nos tomamos un respiro? —pregunta Patricia.
Justo entonces le vibra el teléfono. Lo saca del bolsillo de su pantalón y lee la pantalla.
—Lo tenemos —dice sin levantar la vista—. El retrato robot.
Gabriel se gira hacia ella. Patricia abre la imagen. La observa durante un momento y después se la enseña a Gabriel. Es un hombre joven, guapo, de rasgos marcados, mandíbula afilada y cabello denso. Nada en esa cara recuerda a Fabián Núñez.
—¿Qué opinas? —pregunta ella.
Gabriel mantiene la vista en el retrato. Le resulta vagamente familiar, pero no por el motivo que le gustaría.
—Esa cara me suena, y no porque me recuerde a Fabián. Creo que la he visto en algún sitio. Tendremos que ir a Jávea, al pub donde Samantha solía ir con sus amigas. Si sigue abierto, claro.
El silencio que viene a continuación se ve interrumpido por el crujido de la puerta. El agente de la Científica entra de nuevo escoltando a una mujer cabizbaja. Lleva el cabello recogido en una coleta deshecha y una chaqueta de punto demasiado grande para ella.
—Es la hermana de Mónica Rives —anuncia el agente.
Gabriel y Patricia se miran un instante.
—¿Cómo se llama? —pregunta el inspector.
La mujer alza los ojos. Los tiene enrojecidos.
—Sabina —responde con voz temblorosa—. Sabina Rives.
Patricia da un paso al frente y se presenta.
—Inspectora Patricia Siles. Gracias por venir —dice sin rodeos—. Él es el inspector Gabriel Somoza.
Sabina apenas levanta la cabeza. Está pálida y con la piel irritada en torno a la nariz, que intenta cubrirse con ambas manos. Echa una ojeada al interior de la casa y traga saliva.
—Me llamaron para comunicarme lo de mi hermana. También me dijeron que podía venir a recoger sus cosas, pero… —Su voz se apaga un segundo, busca palabras como si no quisiera nombrar lo evidente—. No sé muy bien qué esperan que me lleve. Todo esto es… una pocilga. Me da muchísima vergüenza.
Gabriel se adelanta con su calma habitual. Detiene el paso a medio metro de ella, sin invadir su espacio.
—Lamento mucho su pérdida.
Sabina asiente sin decir nada.
—¿Tenía trato con su hermana últimamente? —pregunta él.
—No. Hace años que no hablábamos. Desde que cambió por completo.
—¿Fue a raíz del incidente en casa de la familia Fábregas, cuando falleció Fidela Salas?
Sabina niega con la cabeza de forma vehemente.
—No, fue antes —responde sin dudar, aunque con semblante tenso—.
Aquello fue un horror, algo que imaginábamos que pasaría tarde o temprano.
Sin embargo, el problema de mi hermana venía de lejos.
Mónica era adicta a las drogas. Probamos de todo, se lo juro.
Terapias, clínicas… Fue una carga muy dura para mi familia.
Siempre nos encontramos con una pared. No sé si la muerte de Fidela fue el detonante, pero después de aquello Mónica ya no quiso ver a nadie.
Se encerró en este agujero. Y no voy a mentir ahora: quizá fue un alivio para todos no volver a verla.
Patricia intercambia una mirada rápida con Gabriel antes de intervenir.
—¿Sabe por qué tenía tantos medicamentos aquí?
Sabina deja caer los hombros. Se nota que la pregunta no la pilla por sorpresa.
—Mónica intentaba conseguir dinero de cualquier forma.
Robaba. Trapicheaba. A veces se veía con hombres.
Lo hacía por necesidad. Para poder comprar lo que le hacía falta.
Almacenaba los medicamentos porque tenía la tarjeta SIP de mi madre, que está en una residencia.
Mi hermana sacaba todas las recetas que le correspondían y las guardaba. Para venderlas o usarlas.
—¿Y su madre? —pregunta Patricia, esta vez más rápido—. ¿No se quedaba sin medicación?
—En la residencia estaban al corriente del problema que teníamos con Mónica. Han hecho cuanto han podido. Dan a mi madre medicación de la que tienen allí, ajustan las dosis y van tirando así. Supongo que ahora ese problema se ha acabado.
Sabina no lo dice con alivio. Solo con resignación.
Como si llevara años esperando que llegara ese día y ahora no supiera qué hacer.
Se tapa la nariz con ambas manos. Observa la basura amontonada, los restos de comida reseca sobre la encimera, los tarros esparcidos por el suelo. Se vuelve hacia Patricia, dubitativa.
—¿Por qué investigan la muerte de mi hermana? Me dijeron que se había suicidado.
Patricia mantiene la compostura. Es experta en ese tipo de preguntas: las que llegan cargadas de miedo más que de curiosidad.
—Nuestro deber es asegurarnos. Determinar si realmente fue un suicidio… o si alguien más estuvo implicado.
El rostro de Sabina cambia al instante. Se queda inmóvil. Ni parpadea. Patricia lo percibe. Está entrenada para notarlo.
—Hace unos días —añade con cautela—, su hermana siguió en coche al inspector Somoza. O, al menos, el vehículo que ella solía utilizar. No pudimos confirmar quién lo conducía. ¿Tiene idea de por qué podría haberlo hecho?
Sabina niega con la cabeza, perpleja.
—No… no tengo ni idea. Mi hermana era impredecible. Hacía cosas sin sentido. A veces me llamaba por la noche solo para colgar al segundo tono. O me pasaba notas por debajo de la puerta y después desaparecía durante meses. Nunca sabías si era una amenaza, un grito de ayuda o simplemente un juego.
Patricia asiente en silencio. No le extraña.
—Estamos reabriendo una línea de investigación relacionada con la desaparición de Kasia Nowak. ¿Ese nombre le dice algo? ¿Cree que podría tener alguna conexión con su hermana?
Sabina se lo piensa. Recorre el suelo con la vista.
—Conozco el caso. Vivo por aquí. Fue muy sonado, todo el mundo hablaba de esa chica. Pero no sé qué relación podría tener Mónica con eso. Nunca me dijo nada. Y…, sinceramente, lo dudo mucho.
Gabriel se aparta unos centímetros de la pared donde estaba apoyado. Su tono es respetuoso, pero su mirada se afila cuando lanza la siguiente pregunta.
—Sabemos que su hermana tenía relación con Víctor Fábregas. ¿Era la única persona con la que seguía en contacto?
Sabina suspira, le cuesta admitir lo que va a decir.
—Víctor fue generoso con Mónica, incluso cuando ya no era ni la sombra de sí misma.
Se portó muy bien con ella, le daba dinero, la escuchaba; creo que le regaló los muebles de esta casa, o los que hubo en su día.
No sé por qué, pero le tenía aprecio. Aunque…
—Traga saliva—. También sé que Mónica se veía con otros hombres, como les he explicado.
No era ningún secreto. A veces me llegaban comentarios, vecinos que afirmaban que la habían visto parada a un lado de la carretera esperando que algún coche se detuviera.
Todo por dinero. Pero hace tanto que no la veía…
No puedo decirles mucho más. —Hace una pausa—. Bueno…, no sé.
—Continúe —pide Patricia—. Diga lo que iba a contarnos, por favor.
Sabina hace un gesto, parece no estar muy segura.
—A ver, no tengo ninguna prueba. Pero sí es algo que hemos comentado en la familia.
—Nos interesa saberlo —afirma Patricia.
—Hace años, cuando mi hermana todavía no estaba mal, era una chica muy atractiva.
Ya coqueteaba con las drogas, pero no había perdido el norte.
Por aquel entonces empezó a comprarse caprichos caros.
Bolsos de más de mil euros, joyas… Siempre nos preguntamos de dónde sacaba tanto dinero porque el nivel de gasto llamaba la atención.
Ella nunca contó nada, era muy reservada para eso, pero es verdad que muchas veces desaparecía y no sabíamos dónde se había metido.
Teníamos la sospecha de que se veía con alguien que le concedía todos esos lujos.
Algún hombre bien acomodado. Pero, como ya les digo, nunca hemos sabido eso a ciencia cierta.
El silencio se instala entre los tres. Patricia repasa mentalmente la declaración de Sabina.
De repente, el teléfono de Gabriel suena. Mira un instante la pantalla y después se aleja unos pasos para hablar.
Se forma un silencio incómodo entre Patricia y Sabina.
Al cabo de unos segundos, Gabriel cuelga y mira a su compañera.
—Tenemos que irnos —le anuncia con voz serena—. Es Bruno. Tiene problemas.