La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

El Renault Laguna está aparcado en línea recta con la tristeza. Bajo el puente, la luz entra sesgada, filtrada por las columnas que sostienen la autovía. Gabriel Somoza respira hondo. Todo eso es un contratiempo. Uno bastante inoportuno, la verdad.

—Por aquí —dice un agente, y levanta la cinta amarilla para que pasen.

Patricia Siles camina al lado de su compañero con gesto serio. A su alrededor, miembros de la Científica agachan la cabeza, toman fotos, recogen muestras. Ninguno habla. Solo el zumbido lejano de los vehículos sobre la autovía interrumpe la quietud que se ha instalado bajo el puente.

El coche está orientado hacia la nada. En el suelo, las latas oxidadas y los paquetes de tabaco deshechos por la humedad parecen los restos que alguien dejó después de acudir a ese lugar para encontrar privacidad.

Tal vez unos adolescentes que querían beber, tal vez una pareja que quería intimar en el asiento de atrás.

Gabriel se acerca al coche con cautela y clava la mirada en el tubo de escape.

La manguera sigue ahí. Un extremo cuelga sujeto con un trapo. El otro atraviesa la ventanilla del conductor, apenas un resquicio entre el cristal y el marco. Preciso. Frío. Letal.

Gabriel traga saliva.

No hay signos de violencia. No hay lucha. Ni siquiera desorden. Solo ella. Sentada, con la cabeza caída hacia un lado, los ojos cerrados. Podría parecer que duerme. Pero la palidez es total, y las cuencas de los ojos se le han hundido. La imagen impresiona.

—Me temo que ya no podremos preguntarle por qué os siguió —murmura Patricia sin apartar la vista del cuerpo.

Gabriel no responde enseguida. Observa el interior del coche. El volante. El salpicadero. Una bolsa vacía de supermercado en el asiento de atrás. Ninguna nota visible. Ningún intento de explicación. Pero sí un detalle en el que centra la atención.

—No —responde al fin—. Ni eso ni nada.

Sabe que Mónica Rives era una mujer impulsiva. Pero tampoco parecía tener la determinación para hacer algo así. No sin ayuda. O sin miedo. ¿Qué la llevó hasta ahí? ¿Quién?

Entorna los ojos y se inclina un poco más hacia la ventanilla del conductor. Centra la mirada en el salpicadero. Pasa unos segundos en silencio, está pensando en algo, pero aún no lo expresa. Luego, sin apartar la vista, dice en voz baja:

—Fíjate en eso, Patricia. El salpicadero. ¿Lo ves?

La inspectora Siles se acerca un paso, ladea la cabeza y entrecierra los ojos.

—¿Qué exactamente?

—La parte del piloto está cubierta de polvo. Míralo, se nota en la capa gris que cubre los mandos. Pero en el lado del copiloto, nada. Ni una mota. Como si alguien lo hubiera limpiado.

Patricia se aproxima. Su respiración se hace audible mientras observa con atención.

—¿Crees que alguien quiso borrar sus posibles huellas?

Gabriel se encoge de hombros.

—No lo sé. Pero tendremos que investigarlo.

Se enfunda un guante y abre el maletero.

El interior está lleno de bolsas repletas de ropa desordenada y amontonada.

También hay objetos de todo tipo, como un secador de pelo, una sartén y una lámpara de escritorio.

Le basta para entender que no es el comportamiento habitual de una persona que pretendía suicidarse.

No se habría llevado consigo sus pertenencias.

Sin perder tiempo, alza la voz:

—Prestadme atención, por favor —llama a los agentes de la Científica, que levantan la vista al unísono—.

Quiero que reviséis el asiento del copiloto con especial atención.

El salpicadero de ese lado está impoluto, a diferencia del resto.

Parece que alguien lo ha limpiado. Buscad pelos, fibras, huellas, lo que sea.

Sobre todo en la maneta de la puerta y en la tapicería del asiento.

Uno de los técnicos asiente y da media vuelta para transmitir las indicaciones. Otro saca con rapidez un nuevo set de bolsas herméticas. La actividad se reanima.

Patricia se cruza de brazos.

—¿Y ahora qué quieres hacer?

Gabriel la mira sin pestañear.

—Consigue una orden. Vamos a entrar en su casa. Y obtén también los datos de geolocalización de Víctor Fábregas. Fue la última llamada de Mónica Rives y él es la única persona con la que parecía tener relación.

Bruno aporrea la puerta del instituto con el puño, una, dos, tres veces, hasta que los nudillos le arden.

No se detiene. Al otro lado, todo permanece en silencio.

El edificio es un bloque oscuro, sin ventanas iluminadas, sin movimiento.

Solo una luz tenue parpadea tras el mostrador de recepción, como una luciérnaga atrapada en un frasco.

Vuelve a golpear la puerta, más fuerte esta vez.

Unos pasos se arrastran al fondo del pasillo. Después, un ruido metálico, el chirrido de una cerradura antigua. La puerta se entreabre apenas unos centímetros, lo justo para que asome una cara conocida.

—¿Bruno?

El hombre al otro lado hace una mueca, desconcertado.

Tiene el cabello completamente blanco, los mofletes inflados y una expresión amable marcada por los años.

Jorge Gomis. El bedel. El mismo que siempre le dejaba quedarse en la biblioteca después de clase, que le preguntaba qué tal le habían salido los exámenes.

Uno de los pocos adultos que nunca le hicieron sentirse fuera de lugar.

Bruno traga saliva.

—Jorge, necesito entrar. Es importante. Te lo explico dentro.

Jorge duda. Se le nota en la mirada, en la forma en que aprieta los labios y echa un vistazo a la calle. Sabe que no debería, que a esas horas el edificio ha de estar cerrado a cal y canto. Pero, al final, empuja la puerta con un suspiro resignado.

—Me vas a meter en un lío —murmura, y lo deja pasar—. ¿Qué ocurre?

Bruno no responde de inmediato. Camina unos pasos por el vestíbulo en penumbra; después, alza la bolsa de plástico que lleva en la mano.

—Necesito pedirte un favor.

Jorge entrecierra los ojos.

—¿Qué es eso?

—Un libro —responde Bruno sin dudar—. Es extraordinariamente importante ahora mismo, más de lo que te imaginas.

—No entiendo nada, Bruno —musita Jorge con la mirada clavada en la bolsa que el chico sostiene—. Pero no puedes estar aquí. Si alguien nos ve… Conseguirás que me despidan.

—¡Se trata de Kasia! —explota Bruno, demasiado alto. Su voz rebota en las paredes, aguda, rota por la urgencia. La bolsa de plástico le tiembla en la mano. Los dedos también. No consigue controlar su agitación.

Jorge se queda quieto. La expresión de bonachón se disuelve, sustituida por algo más serio. Parece miedo. Cierra la puerta y se acerca a Bruno.

Él respira hondo, aunque no le sirve de mucho. Lo intenta otra vez.

—Jorge, hace unos días reabrieron el caso de Kasia. Y este libro, por una serie de razones que no puedo contarte, es importante. De verdad. Necesito que me abras la biblioteca. Tengo que comprobar quién lo ha tomado prestado desde 2014.

—Bruno… —susurra el bedel, y se lleva una mano a la cabeza—. Me estás pidiendo algo… No sé qué decirte. Me duele lo de Kasia, claro que sí. Siempre me dolió. Pero esto…

—No se enterará nadie —insiste Bruno, y avanza un paso—. Te lo prometo. Tardaré solo unos minutos. Después me iré y no diré nada a nadie. Tienes mi palabra.

Hace una pausa. Jorge empieza a dudar.

—Sé que eres buena persona, Jorge. Si me ayudas, estarás haciendo lo correcto.

El bedel no contesta. Solo baja la vista un instante. Luego, casi a regañadientes, echa mano al manojo de llaves que le cuelga del cinturón.

—Date prisa —dice en voz baja—. Y prométeme que no volverás por aquí.

Bruno asiente, aliviado.

Ambos se deslizan por el pasillo sin hablar. Las luces del techo permanecen apagadas, pero Jorge presiona el interruptor de la biblioteca en cuanto gira la llave. La fluorescencia fría revela el interior: estanterías alineadas como soldados, sillas apiladas, el viejo mostrador al fondo.

Bruno corre hasta él.

Sus ojos recorren la superficie con ansia, buscando. Recuerda bien: hay un cajón donde guardan los libros de registro. Tira de él con torpeza. Dentro, los tomos están numerados. Ya ha comprobado el código en la etiqueta adhesiva de El Principito que lleva en la bolsa: tomo número 3.

Lo saca. Lo abre.

Pasa páginas sin detenerse hasta una que le interesa. Una anotación fechada sobre un libro cualquiera de hace mes y medio. Último préstamo: Irene Alcaraz.

Se queda quieto.

Es una buena señal. Significa que el registro todavía se hace a mano. Si hubiesen cambiado a un programa informático, le habría resultado mucho más difícil, tal vez imposible.

Jorge carraspea desde la entrada. Mira el reloj de la pared.

—Bruno…

—Ya casi está —murmura él sin apartar la vista del papel.

Sigue rastreando el código que ha ido a buscar, pero no da con él. Los nombres, las fechas, los números de los carnets escolares. No sabe exactamente qué espera encontrar, pero necesita ver la secuencia completa. Algo que encaje.

Está tardando más de lo que pensaba.

Entonces, un sonido corta el aire.

Un golpe seco.

Lejano, pero claro: alguien ha llamado a la puerta del instituto. Una sola vez.

Jorge se tensa.

Bruno levanta la vista.

—¿Has quedado con alguien? —pregunta el bedel con un hilo de voz.

—No.

Ambos se quedan inmóviles.

El silencio regresa, más tenso que antes. Hasta la biblioteca parece contener la respiración.

Bruno vuelve a bajar la vista al tomo de registro.

—Dame un minuto más.

—Tengo que ir a ver quién es. Por favor, date prisa —responde Jorge, pálido.

Otro golpe en la puerta del instituto. Esta vez, más insistente.

Jorge desaparece y Bruno continúa con su labor, ensimismado, absorto.

Pasa las páginas con tanta rapidez que una se le desgarra bajo los dedos. Es un sonido seco, un crujido leve que le eriza la piel, pero no se detiene. Sigue buscando; devora renglones, columnas, fechas.

El corazón le late en la garganta.

Entonces, lo ve.

En medio del caos de nombres y números, ahí está.

« El Principito . Fecha del último préstamo: 17 de diciembre de 2013. Kasia Nowak».

Bruno se queda inmóvil.

Pasa el dedo por encima con lentitud, comprobando letra a letra, dígito a dígito. No hay error. Está escrito con bolígrafo azul, caligrafía precisa, reconocible.

El mismo libro. El mismo ejemplar. Kasia fue la última en tomarlo prestado antes de desaparecer.

La información pesa, pero la mente de Bruno no termina de asimilarla. La adrenalina le impide pensar con claridad. Todo dentro de él es ruido y velocidad. Sabe que eso significa algo. Algo muy importante. Pero no logra conectarlo todavía.

Sus ojos siguen clavados en el libro de registro cuando lo nota.

Un desplazamiento de aire.

Demasiado tarde.

Un impacto seco en la sien lo derriba contra la mesa. El golpe le parte el labio.

Ni siquiera llega a notar el segundo, el de su cuerpo al caer al suelo.

Para él, ya no hay sonido.

Ni luz.

Todo se ha vuelto negro.