La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Patricia Siles está en su despacho con Gabriel Somoza, que permanece de pie, apoyado en la pared.

No le ha dicho aún lo que piensa, lo que le bulle en la cabeza desde que terminaron de hablar con Fabián Núñez.

Tal vez porque sabe que va a sonar más emocional de lo que le gustaría. Pero eso no cambia los hechos.

Detesta a los hombres como Fabián. No solo ella; sería absurdo pensar que es algo personal.

Cualquiera con un mínimo de decencia siente repulsa al imaginar siquiera que alguien pueda mezclar el deseo con algo tan frágil y vulnerable como la niñez.

Es monstruoso. Un tipo así no merece ni siquiera el intento de comprensión.

Solo pensar en él le crispa los nervios.

—Pues ya sabemos quién era realmente Thomas —dice por fin sin apartar los ojos de la pantalla del portátil donde repasa informes.

Gabriel asiente despacio sin moverse del sitio.

—Sí. Solo nos falta saber qué pasó con Kasia —contesta.

Kasia… Ese nombre que cae como una piedra cada vez que se pronuncia. La pieza que aún no encaja, que sigue bailando en el aire incapaz de asentarse. Patricia entrelaza los dedos y apoya los codos en la mesa. Está cansada, pero no lo demuestra. O al menos, lo procura.

—No podemos fiarnos de lo que dice Fabián —responde—. Afirma que nunca interactuaron como Fabián y Kasia. Que siempre fue Thomas. Que solo quería formar parte de su vida pero que jamás la tocó.

—¿Y por qué iba a mentir con eso? —pregunta Gabriel por fin girándose hacia ella—. Es un hombre derrotado. Ha confesado todo. ¿Por qué mentir justo en esa parte?

Patricia alza una ceja. No necesita pensar la respuesta.

—Porque también es un hombre que acosó a una menor en Valencia. Y que trabajó en Jávea justo cuando Samantha Reynolds desapareció. Son demasiadas coincidencias para fiarse de sus palabras.

Gabriel suelta un suspiro corto, casi inaudible.

—No digo que lo esté descartando. Digo que es extraño. Confiesa todo lo demás, pero eso no. Va a ir a la cárcel de todos modos. Y ya le has oído: no le queda mucho tiempo de vida.

—No intentes comprender la mente de un hombre como Fabián —le aconseja Patricia en un tono que no admite réplica—. Será mejor para nuestra salud mental.

Gabriel no contesta, pero su expresión le da la razón.

El silencio que sigue no es incómodo, sino práctico. Ambos necesitan unos segundos para reordenar las ideas, para no dejarse arrastrar por la repulsión. Patricia vuelve la mirada hacia el ordenador.

—Están terminando el retrato robot con Mandy —dice en voz baja, más para recordárselo a sí misma que para informar a Gabriel—. Si coincide con la apariencia de Fabián durante esos años, será suficiente para llevarlo al fiscal.

—¿Estás segura? —pregunta Gabriel.

—No. Pero estoy cabreada.

Gabriel asiente.

De repente, la puerta del despacho se abre. El agente Martín Muñoz asoma la cabeza.

—Te estaba buscando, jefa —dice.

—Pues aquí me tienes —contesta Patricia—. ¿Qué pasa?

—Ha aparecido el coche que conducía Mónica Rives. Estaba en una zona apartada de Callosa d’en Sarrià.

Patricia se levanta de inmediato.

—¿Y alguna idea de dónde ha podido ir ella?

—Sí —responde Martín—. Está dentro del coche. Muerta. Parece que se ha suicidado. Dejó el motor en marcha y colocó una manguera desde el tubo de escape hasta el interior.

Bruno lleva rato caminando en círculos. Un paso tras otro, siempre sobre el mismo tramo de parquet, como si hubiese trazado un circuito imaginario en su salón.

El sonido de sus pisadas es su única compañía en un hogar donde cada objeto permanece en su lugar, a pesar de todo.

Los cojines alineados sobre el sofá, los libros ordenados por tamaño en la estantería, la alfombra sin un solo pliegue.

Todo como debe estar. Salvo sus pensamientos, donde el caos se impone.

No es policía. Esa frase no deja de repetírsela, aunque ya le resulta demasiado repetitiva. No es policía. No puede intervenir. Tiene que esperar. Observar desde fuera.

Entiende que su obsesión por estar siempre en el meollo nace de la escasa confianza que deposita en los demás. Necesita hacer las cosas por sí mismo. Sabe que debería trabajar en ello y aceptar que no siempre puede ser él quien lleve la voz cantante.

Se detiene delante de la encimera y se prepara un café. El aroma se mezcla con el silencio que llena la casa a medida que la luz del día se disuelve tras los cristales. Bruno no tiene sueño. Ni ganas de cerrar los ojos. Solo tiene ganas de café, aunque ya sea tarde.

Mientras espera, se apoya en el fregadero y repasa mentalmente lo que sabe, lo que ha oído, lo que intuye. Hay cosas que no cuadran, aunque no sepa explicar por qué.

Vuelve a la mesa con la taza humeante entre las manos.

Se sienta. El vapor sube despacio y le roza la cara, cálido, familiar.

Respira hondo. Y ahí está. Sobre la madera, al lado del portátil, el pequeño juguete que Yago Fábregas le entregó ilusionado en medio de una carcajada, justo antes de jugar a esconderse por la casa.

Bruno se lo guardó en el bolsillo sin pensar y se lo llevó consigo.

Ahora lo observa. Un muñeco con la cabeza mordida, sin demasiado valor.

Yago no lo echará en falta. Tiene decenas.

Pero ese momento —el juego, las risas, el permiso tácito para subir la escalera y colarse en la habitación de Víctor— fue una oportunidad. Una que Bruno aprovechó.

Revisó los cajones con disimulo. Sin hacer ruido. Uno por uno. Sin tener claro qué esperaba encontrar. Algo fuera de lugar. Una contradicción. Una verdad escondida entre calcetines. Pero no había nada. Al menos, nada evidente.

No sabe por qué desconfiaba. Solo que lo hacía. De todos. De lo que dicen, de cómo lo dicen. No se fía. Por eso fuerza su presencia donde no ha sido invitado. Por eso observa, escucha y analiza cada detalle.

Toma otro sorbo de café. La taza le quema los labios. No le importa.

Alarga la mano hacia la estantería y toma el ejemplar desgastado de El Principito que robó de la biblioteca del instituto.

El mismo con el que Kasia estaba obsesionada.

El mismo que ella releyó infinidad de veces por considerarlo una lectura de referencia.

Lo observa en silencio y acaricia las tapas con suavidad.

La portada está raída por los bordes, la ilustración casi borrada.

Lo abre y busca el capítulo veintiuno. Por un momento se olvida de su café. Pasa las hojas con cuidado, aunque el papel cruje bajo sus dedos. Finalmente, ahí está. El encuentro entre el Principito y el zorro. Y la frase que tantas veces oyó de boca de Kasia: «Lo esencial es invisible a los ojos».

Aunque ya la sepa de memoria, Bruno la lee en voz baja.

Intenta, como en tantas ocasiones antes, despojarla del peso de todo lo que vino después.

Leerla como si fuese la primera vez. Como si no supiera nada de Kasia.

Como si no hubiese pasado horas preguntándose si esa maldita frase tendría alguna relevancia.

Algo, sin embargo, le hace salir de su meditación sobre las moralejas del libro.

Bajo una palabra —no sabría decir cuál de todas le llamó primero la atención—, el papel presenta una hendidura apenas perceptible.

No es una mancha ni una arruga. Es una pequeña marca, parece que alguien hubiera presionado el papel con algo afilado.

Se inclina sobre el libro, lo acerca a la lámpara de la mesa.

Otra página. Otra hendidura. Justo debajo de una letra.

Un poco más abajo hay otra. La misma marca. Bruno empieza a sentir un leve cosquilleo en la nuca. Hay demasiadas para que sea casualidad.

Coge un bolígrafo y una hoja en blanco. Regresa al inicio del capítulo y empieza a anotar la letra que ve sobre cada una de las marcas que encuentra.

No quiere perder el orden. Lo hace con precisión, incluso cuando duda con la tercera marca: ¿es una C o una A?

Tiene el trazo curvado; se inclina por la C. Sigue avanzando.

Una tras otra, sin pausa.

Cuando termina, repasa lo escrito. Dos palabras se forman con claridad.

«N», «E», «C»… y después el resto. Las observa unos segundos más.

Y entonces lo ve. Lee en voz alta, sin apenas voz:

—Necesito ayuda.

El pulso se le acelera.

El libro se le cae de las manos y se estampa contra el suelo.