Capítulo 22
Fabián Núñez se sienta en el banco de hormigón con la esperanza de que el tiempo pase rápido.
La celda es estrecha, oscura, sin ventanas.
Comparte el espacio con un hombre enjuto de rostro afilado y mirada vidriosa que no le ha quitado los ojos de encima desde que entró.
Lo observa sin pestañear, con una hostilidad tan evidente que parece valorar sus costillas por si más tarde tiene que romperlas.
Fabián desvía la vista. No quiere provocarlo, pero tampoco darle la impresión de ser débil.
Se pregunta si alguien le oiría si empezara a gritar.
Desde el pasillo solo llegan voces apagadas, risas que se mezclan con comentarios sobre el último partido del Real Madrid.
Un tipo se queja del árbitro, otro canta un gol.
Ninguna urgencia. Ningún indicio de que alguien, ahí fuera, recuerde que lo han encerrado con un desconocido que tiene hambre en la mirada.
Le sudan las manos, le pasa cuando se pone nervioso. Se seca las palmas en los pantalones y respira hondo.
«¿Cómo he podido ser tan idiota?».
No era difícil prever que Bruno Porta intentaría alguna jugada sucia. Lo que no esperaba era verlo con un agente en la puerta de su casa, tan tranquilo, como si no acabara de traicionar a un viejo profesor que siempre lo trató bien. Nunca lo suspendió, aunque ahora se arrepienta de ello.
Pero lo peor vino después. Cuando ya todo había pasado. Cuando tuvo tiempo —días, incluso— de revisar, de limpiar, de deshacerse de cualquier resto. Y no lo hizo. O no lo hizo bien.
Ahora mismo están registrando su casa. Se lo han dicho sin mirarlo a los ojos; ya deben de saber lo que hallarán. Y él también lo sabe. Van a encontrarlo. Todo lo que necesitan está ahí, esperándolos. Entre esos papeles olvidados, en ese cajón que no comprobó. En esa foto. Esa maldita foto.
No recuerda cómo terminó en ese montón. Juraría que la había roto. O quizá lo pensó y no llegó a hacerlo. No es capaz de verlo con claridad. Solo recuerda el momento en el que apareció ante sus ojos. Entonces ya era tarde.
«¿Por qué no la quemé? ¿Por qué no fui más cuidadoso?», piensa.
Se le revuelven las tripas. Tiene que hablar con su abogado. Ya. No puede esperar ni una hora más. Necesita una estrategia, una salida, algo que lo saque de ese agujero.
El problema es que no tiene ni idea de cómo hacerlo, y eso le provoca ganas de rendirse.
Gabriel se apoya en el respaldo de la silla y entrelaza los dedos en la nuca.
Mira al techo mientras en su cabeza las piezas del caso giran como fragmentos de cristal suspendidos en el aire.
Algunas encajan con claridad: aristas limpias, coincidencias sólidas.
Otras se mantienen flotando a la espera a ser descartadas o a revelar su forma real.
Patricia Siles está a su lado. Ambos aguardan a Fabián Núñez en la sala de interrogatorios.
El registro en la casa del antiguo profesor de Música ha sido decisivo.
Por primera vez desde que empezó esa investigación, Gabriel siente que no camina a ciegas.
Ha visto con sus propios ojos la carpeta: una colección grotesca de fotografías de Kasia Nowak tomadas a diferentes horas y en distintos lugares.
En la parada del autobús, en el patio del instituto, sentada en un banco mientras hablaba por teléfono.
Algunas son borrosas, sacadas con prisas; otras, extrañamente cuidadas, ampliadas, seleccionadas con minuciosidad.
Demasiado meticulosas para no ser el resultado de una fijación enfermiza.
Gabriel recuerda cómo se le heló la sangre al encontrar aquella imagen del actor alemán. El supuesto Thomas que nunca llegó a existir. Era una construcción. Un disfraz hábilmente tejido. Y Fabián Núñez parece haber sido el titiritero.
Encaja. Todo empieza a encajar. Al menos en parte.
Lo más perturbador es que, entre los objetos incautados, también apareció algo más.
Algo que no forma parte del caso de Kasia, al menos no directamente, pero que huele a podredumbre.
Un hallazgo lo bastante grave para destrozar la vida a Núñez, aunque consiguiera salir limpio de la investigación que los ocupa.
Con eso, cualquier fiscal tendría los dientes afilados.
Y dentro de prisión, con ese tipo de material, no tardaría en encontrar enemigos. O castigos.
Gabriel lo sabe bien. Ha visto hombres rotos por mucho menos.
Pero no puede permitirse distracciones. Tiene que centrarse.
Lo importante es determinar si Fabián hizo algo más que acechar a Kasia.
Si la siguió hasta el lugar en el que desapareció.
Si tuvo algo que ver con esa noche de tormenta.
Por ahora es el principal sospechoso, el que está mejor colocado en la línea de fuego.
Y, al mismo tiempo, es posible que solo sea una pieza que no llega a formar parte del puzle final.
Eso es lo que lo inquieta. Porque, si no es él, ¿quién entonces? ¿Y por qué todo lo demás sigue sin encajar por completo?
La puerta se abre y Gabriel alza la vista. Fabián Núñez entra primero. Camina con los hombros hundidos, el paso lento. Se diría que le pesan más los años que la culpa. Hay algo en su aspecto que delata abandono: una dejadez crónica que se ha ido instalando poco a poco, sin resistencia.
A su lado, el abogado parece recién salido de una revista de moda: traje gris perla, camisa perfectamente planchada, corbata de seda azul oscuro.
De su cuello emana una fragancia sutil pero cara.
Huele a letrado sin escrúpulos, de esos que batallan con saña.
Se sienta con elegancia, incluso el modo en que cruza las piernas parece ensayado.
Gabriel comienza a hablar.
—Soy el inspector Somoza. —Su voz no sube de tono, pero tampoco invita a relajarse—. Ella es la inspectora Siles. Les informo de que esta conversación será grabada.
Ninguna respuesta. Solo un gesto de aprobación por parte del abogado.
Gabriel se inclina hacia la mesa. Revisa las hojas frente a él, aunque no las necesita. La primera pregunta ya estaba formulada desde hacía horas.
—Señor Núñez, ¿puede explicarme qué hacía una fotografía del actor alemán Finn Wagner en su casa?
El abogado se adelanta antes de que Fabián mueva un solo músculo.
—Mi cliente ha decidido no hacer ningún tipo de declaración por ahora, inspector.
Gabriel no se inmuta. Se lo veía venir. Es el momento de contraatacar. Puede funcionar, o no.
—Perfecto —dice, y apoya la espalda en el respaldo—. Entonces hablaré yo. Hay algo que debe saber, señor Núñez.
El abogado alza la vista, alerta. Fabián ni siquiera pestañea.
—Durante el registro de su casa, hemos encontrado un disco duro externo conectado a su ordenador. Y lo que se vio con un simple vistazo… —Hace una pausa, elige bien sus palabras—. Es pornografía infantil.
Ahora sí. El abogado se remueve en la silla. Fabián baja la cabeza, pero no hay sorpresa en su expresión. Solo un intento torpe de parecer indiferente.
—Eso —continúa Gabriel sin alzar la voz— es más que suficiente para que un juez lo mande a prisión. Y créame, señor Núñez, la cárcel no es amable con hombres como usted.
Un silencio denso se instala en la sala. Patricia Siles lo rompe al cambiar de postura y cruzar los brazos con una lentitud calculada.
—Por si fuera poco —añade Gabriel—, ese ordenador suyo parece viejo.
Muy viejo. Lo que significa que, cuando el equipo de Pericias Informáticas termine con él, si tuvo algo que ver con la persona que engañó a Kasia Nowak haciéndose pasar por un tal Thomas, lo sabremos.
Con todo lujo de detalles. Estoy seguro, señor Núñez, de que, si lo habla con su abogado, él le dirá que los datos se pueden recuperar, por mucho que usted lo borrase todo.
Encontraremos que usó una VPN, las conversaciones con Kasia… Todo.
Gabriel sabe perfectamente que eso último es un farol. Es posible que lo encuentren, pero también que no haya nada. En cualquier caso, era el momento de lanzar ese dardo.
Los ojos del abogado se estrechan. Los de Fabián siguen fijos en la mesa, como si al no mirar pudiera evitar que lo que se avecina ocurra. Pero ya es demasiado tarde para eso.
—Y hay algo más —interviene Patricia—. El comisario está deseando que tengamos a alguien a quien acusar en el caso de Kasia Nowak para arrojarlo a la opinión pública y que esta lo haga trizas. Usted es un candidato perfecto, señor Núñez. ¿Está seguro de que quiere seguir callado?
Se forma un silencio espeso, sostenido. El tipo de pausa que no se puede rellenar con palabras vacías.
El letrado mantiene la compostura. Imperturbable.
Pero Fabián empieza a deshacerse en la silla.
Sus hombros se hunden aún más, las manos le tiemblan.
No hay dramatismo en su expresión, solo un derrumbe mudo.
Parece que las últimas palabras de la inspectora hubieran empujado la pieza tambaleante de un castillo interior a punto de venirse abajo.
Entonces habla. Su voz es ronca, sucia, como arrastrada por una garganta en ruinas.
—Yo estaba enamorado de Kasia —La frase cae como un vaso que se estampara en el suelo—. Jamás le habría hecho daño.
El abogado gira la cabeza hacia su cliente con violencia y alza la mano en un gesto tajante.
—Ni una palabra más, Fabián. —Su tono se ha tensado. Ya no hay rastro del brillo controlado que tenía al entrar.
Gabriel no se inmuta. Lo ignora por completo y continúa con los ojos puestos en Fabián.
—¿Por eso creó a Thomas? —pregunta—. ¿Para poder hablar con Kasia?
Fabián tarda unos segundos en responder. Mira a Gabriel. Luego baja la vista. Mantiene una batalla interior. Al final, se rinde.
—Sí. —La palabra sale apenas audible—. Era la única manera de acercarme a ella…, de estar… dentro de su mundo.
El abogado se incorpora ligeramente.
—Inspector Somoza, necesito una pausa. Tengo que hablar a solas con mi cliente.
Gabriel se vuelve hacia Fabián.
—¿Es eso lo que quiere usted?
Fabián posa en él la vista. Hay un brillo turbio en sus ojos.
—No —dice con firmeza inesperada—. No quiero parar. Necesito soltarlo todo. Ya me da igual.
El letrado lo fulmina con la mirada.
—Actúa en contra de mis recomendaciones. No me haré responsable de lo que ocurra a partir de este momento.
Fabián lo observa con una mezcla de resignación y lástima. Luego suspira, ha estado conteniéndose demasiado tiempo.
—Ya todo da igual —dice—. Me voy a morir.
Hace meses que cada vez que toso aparece una mancha enorme de sangre.
Lo sé. Sé muy bien lo que me pasa y lo que me espera.
Es demasiado tarde para ir al médico y, aunque no lo fuera, no pienso pasar por todo eso.
Solo quiero… —Traga saliva, cierra los ojos—. Irme con un poco de dignidad.
Gabriel no responde de inmediato. Se limita a asentir muy levemente. Ya no tiene frente a él a un sospechoso. Tiene delante a un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, ha decidido dejar de esconderse.