La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Lo que sí hay —prosigue— es otro tipo de registro.

Uno policial. La denuncia por acoso interpuesta por una mujer unos días antes de que Kasia desapareciera.

Y un atestado policial que constata las cuarenta y ocho horas que usted pasó en el calabozo.

—Hace una pausa mínima. Y entonces, remata—: ¿Fue allí donde perdió la memoria, señor Núñez?

Fabián se queda inmóvil. Un segundo. Dos. Luego desvía la mirada hacia el suelo. Cuando vuelve a alzarla, en sus ojos hay algo diferente. Ya no finge sorpresa.

—Eso fue un malentendido —responde en un tono más grave de lo habitual—. Me acerqué a una chica…

—A una menor —corrige Patricia sin levantar la voz.

Él vacila, se humedece con la lengua los labios resecos y continúa, ignorando la interrupción.

—Me equivoqué, nada más. No sabía su edad. Y además ella retiró la denuncia, ¿no?

Patricia asiente lentamente, como si le concediera ese punto solo para desmontarlo después.

—Para empezar, me alegro de que haya recuperado la memoria, señor Núñez. Es una buena señal, ¿verdad, inspector Somoza?

Gabriel asiente sin decir nada.

—Por otro lado —continúa Patricia—, sí, claro, la retiró.

Llevo muchos años en esto, señor Núñez. Sé perfectamente cómo funcionaban las cosas entonces.

Las chicas —dice con resignación en la voz— solían retirar denuncias cuando se llegaba a un acuerdo.

Sabían que era lo mejor para evitarse problemas ante un escenario en el que se verían desprotegidas.

Quizá por eso se libró usted. Porque de haber sucedido hoy, dudo mucho que hubiese vuelto a dar clase.

Fabián sacude la cabeza con fuerza.

—No fue como usted lo cuenta. Solo estuvimos hablando.

Patricia no responde. En lugar de eso, abre la carpeta que tiene sobre las rodillas con un gesto pausado y meticuloso. Busca entre los papeles y extrae uno. Lo sostiene con ambas manos y comienza a leer en voz alta, sin teatralidad, sin necesidad de enfatizar nada. El contenido se defiende solo:

—«Entonces la denunciante abandonó la discoteca Woody con la intención de marcharse a casa.

Iba sola. El hombre identificado como Fabián Núñez Gumper la interceptó en la avenida de Suecia, a la altura del cruce con la avenida Blasco Ibáñez.

Cuando la denunciante le pidió que la dejara en paz, el hombre la agarró de los brazos e insistió en que lo acompañara.

Cada vez de manera más fuerte, hasta que ella comenzó a gritar y una pareja que andaba por las inmediaciones preguntó si había algún problema.

En ese momento el denunciado la soltó y ella salió corriendo en dirección a su casa».

Cuando termina de leer, dobla el informe con la misma calma con la que lo había abierto. Acto seguido, lo deja en su regazo y lo mira.

—¿Le parece una simple conversación?

—Fue un malentendido —repite Fabián con la mandíbula tensa—. Ya lo he dicho.

Bruno tiene dibujada una sonrisa sutil en los labios. Patricia no necesita mirarlo para saber que está disfrutando. Empieza a conocerlo. Gabriel, en cambio, sigue impasible. No interviene. Solo escucha.

Transcurre un largo silencio. Patricia deja que se asiente, que pese.

Luego, sin cambiar el ritmo, lanza la siguiente pregunta:

—¿Tiene alguna foto suya de 1991?

Fabián parpadea como si no hubiera entendido bien.

—¿Perdón?

—Una foto suya. Una cualquiera. De ese año.

—¿De 1991? —Fabián suelta un bufido—. Tendré que buscar. No soy muy de hacerme fotos, la verdad.

—Pues busque. Le agradecería que nos enseñara una cuanto antes.

Fabián se incorpora con torpeza. Se apoya brevemente en el reposabrazos antes de dar un par de pasos inseguros hacia el mueble del televisor.

Abre un cajón, despacio, y extrae un sobre de papel brillante, de esos antiguos, con el logotipo de una tienda de revelado ya desaparecida.

Lo sacude un poco para quitarle el polvo y regresa al sofá sin prisa.

Vuelca el contenido sobre sus rodillas: un grueso taco de fotografías.

Sin orden, sin lógica. Empieza a revisarlas una a una.

Un atardecer sobre un campo de trigo. Una fuente romana —la Fontana di Trevi, en concreto— tomada desde un ángulo turístico cualquiera.

Paisajes, más paisajes, la fachada de una iglesia.

Deja una fotografía en la mesa con la punta de los dedos.

—Esta es más actual. Tendrá unos diez años —dice sin levantar la vista.

—Siga buscando, señor Núñez —responde Patricia.

Él asiente y reanuda el repaso. Una imagen familiar, una playa vacía, otra de un coche antiguo.

Entonces, algo cambia. No dice nada, pero sus dedos se detienen un instante. Apenas una fracción de segundo. Y pasa a la siguiente fotografía con demasiada rapidez.

Aunque lo nota, Patricia calla.

Gabriel, en cambio, ya está incorporado.

—Enséñeme esa foto que acaba de pasar —le indica con voz firme.

Fabián se vuelve ligeramente, confundido.

—¿Cuál? ¿Esta de arriba?

—No —dice Gabriel sin levantar la voz—. La que ha puesto debajo del montón.

Fabián frunce el ceño, perplejo.

—No… no sé a cuál se refiere.

Gabriel extiende las manos.

—Deme las fotos. Todas.

La tensión flota en el aire como electricidad estática. Durante unos segundos, Fabián parece a punto de negarse. Pero no lo hace. Coloca el taco en las manos del inspector con una lentitud extrema, como si le entregara algo frágil o peligroso.

Gabriel lo recibe sin apartar la vista de él. Sus dedos se dirigen a la última foto del montón. La extrae. La mira un instante. A continuación la muestra, primero a Patricia, luego a Bruno.

Es él.

Finn Wagner les devuelve la mirada, atractivo y sonriente. La misma foto que encontraron en el USB escondido en el hueco de la cisterna del cuarto de baño de Kasia. La misma imagen con la que alguien le hizo creer que se llamaba Thomas. Que era alemán. Que estaba enamorado de ella.

Patricia se pone de pie. Despacio.

—Fabián Núñez Gumper, queda detenido por su presunta implicación en la desaparición de Kasia Nowak. Tiene derecho a guardar silencio. Tiene derecho a un abogado; si no puede contratar uno, se le asignará un letrado de oficio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra…

La lectura de los derechos resuena como un juicio anticipado. Bruno se levanta también. Gabriel ya está llamando a la comisaría.

Fabián no dice una palabra.

Solo respira. Aliento corto. Superficial. Como si el aire de esa sala —que tanto necesitaba una ventana abierta— ya no fuera suficiente para él.