La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Gabriel abre los ojos antes de que suene el despertador. La luz del amanecer se cuela por las rendijas de la persiana anunciando la llegada de un nuevo día.

Cuando sale de la habitación, Patricia ya prepara café.

—Vamos, Gabi —murmura—. Hoy va a ser largo.

Gabriel asiente, sin necesidad de palabras, y se sienta en el sofá. Al cabo de un rato, Patricia le lleva su taza de café y se acomoda a su lado.

Azabache aparece sin hacer ruido, con su pelaje negro brillante como la tinta. Se restriega contra las piernas de Gabriel con insistencia y maúlla como si se sintiera ofendido.

—Ya era hora —dice Patricia con una media sonrisa al tiempo que observa al gato—. Lleva muchos días necesitado de cariño.

Gabriel se agacha y lo acaricia con suavidad. Azabache ronronea de inmediato y frota la cabeza contra su mano como si quisiera asegurarse de que aún está ahí, que no lo ha olvidado.

—Lo sé, chico. Perdona —susurra Gabriel.

Aprovecha ese momento para revisar su teléfono. Varias notificaciones, ninguna urgente. Un solo mensaje le llama la atención. Es de su madre:

Cómo estás, cariño? Todo bien?

Llevamos días sin saber de ti.

La prima Ruth nos ha invitado a su boda. Es en noviembre.

Le digo que vamos todos

Gabriel se queda mirando la pantalla unos segundos. Siente un pequeño nudo en el estómago, no por el contenido del mensaje, sino por lo que implica: un recordatorio de una vida que transcurre lejos de todo eso. Fuera del ruido, del caso, de las desapariciones.

Escribe sin pensarlo mucho:

Todo bien, mamá.

Muy ocupado con el trabajo. Ok a lo de la prima

Después, alza la mirada hacia su compañera.

—Entonces ¿lo tienes claro? ¿Quieres hacerlo así?

Patricia asiente mientras unta mantequilla sobre la tostada.

—Sí. Con lo que tenemos ahora mismo no basta para conseguir una orden de registro —responde sin rodeos—.

Pero Fabián Núñez no debería negarse a darnos una foto suya de hace años.

Si conseguimos una más o menos de 1991… —Hace una pausa para organizar mentalmente el resto de su argumento—.

Y si en esa foto su rostro coincide con el retrato robot que Mandy va a hacer esta mañana, entonces tendremos algo más sólido.

Suficiente para justificar una orden y entrar en su casa.

Gabriel se rasca la barbilla pensativo.

—Cada vez parece más claro que lo de Samantha y lo de Kasia está relacionado —dice al fin—. Pero también tenemos que estar preparados para lo contrario. Podría ser una coincidencia. Una rebuscada coincidencia, pero posible después de todo.

—Estoy de acuerdo —responde Patricia sin dudar—. Aunque si están relacionados, hay algo que no podemos ignorar.

Gabriel levanta la vista.

—Solo una persona con la edad de Fabián Núñez encajaría como sospechoso —continúa Patricia—. Por lo que sabemos hasta ahora, de las opciones que barajamos, él es la única pieza que encaja.

Se inclina hacia delante.

—Aunque tal vez se nos escape algo. Alguien.

—Tal vez —admite Patricia, y deja la tostada a un lado—. Quizá no esté en nuestro radar todavía.

Durante unos segundos no dicen nada. Azabache salta hasta el regazo de Gabriel sin pedirle permiso y se acurruca.

—¿Te parece bien que llevemos a Bruno con nosotros? —pregunta Gabriel.

—Sí. Puede sernos útil.

—Por cierto, necesito que me acompañes a una boda en noviembre.

Bruno espera frente a la puerta de la casa de Fabián Núñez, impaciente. A su derecha, Gabriel Somoza mantiene esa calma que exaspera; a la izquierda, Patricia Siles sostiene una carpeta delgada entre las manos. No hablan. No hace falta.

Hace frío, más que los días anteriores, y el color del cielo es el preludio de una intensa tormenta.

Lo han puesto al día durante el trayecto. Patricia habló en voz baja, como si los antecedentes de Fabián Núñez fueran un secreto demasiado sucio para decirse en voz alta. Pero no lo eran. Estaban registrados. Documentados. Archivados. Y, aun así, ese tipo había estado dando clase a adolescentes.

«Es un puto despropósito», piensa Bruno mientras fija la mirada en la puerta cerrada.

Gabriel pulsa el timbre. Una vez. Luego otra.

Tardan. Se oyen pasos arrastrados al otro lado. Una cerradura gira con desgana.

La puerta se entreabre.

Fabián Núñez aparece descalzo, despeinado y en calzoncillos. La camiseta que lleva puesta es una reliquia gris raída por el cuello. El aire que sale del apartamento es denso, húmedo, cargado de algo agrio y estancado. Bruno da un leve paso atrás por instinto.

—¿Qué ocurre? —pregunta Fabián con los ojos entrecerrados, desconcertado.

Gabriel saluda. Le dice que tienen que volver a hablar con él.

Bruno no dice nada. No necesita hacerlo. Lo observa. Lo estudia.

De repente, lo recuerda impartiendo clase.

Fabián con una pizarra detrás, tiza en mano, y su sarcasmo habitual bailándole en la lengua.

En aquel entonces, Bruno era poco más que un crío.

Ahora sabe más. Ahora entiende ciertas miradas, ciertos gestos.

Ahora sabe qué hay detrás de ese tipo. La ira crece en su interior.

¿Cómo demonios dejaron que alguien así diera clase en un instituto?

Fabián los mira intentando fingir que no sabe por qué están allí, pero Bruno cree ver algo más en sus ojos: una chispa de reconocimiento. Y de alarma.

—¿Puedo… vestirme, al menos? —pregunta.

Gabriel asiente impasible.

Fabián los invita a pasar y a aguardarlo en el salón mientras desaparece tras la puerta de su habitación.

Bruno se gira un poco hacia Patricia, que continúa con los ojos fijos en la puerta. Tal vez trata de imaginar qué ocurre detrás de ella.

—Esto se va a poner interesante —murmura él.

Ella no responde. Pero el gesto que cruza por su rostro dice lo mismo.

Y Bruno tampoco puede dejar de mirar esa puerta.

No esa vez.

Ahora hay cuatro personas en ese salón que necesita, con urgencia, una ventana abierta.

Patricia espera a que Fabián tome asiento. Lo observa mientras se acomoda en el extremo del sofá. Se ha vestido con lo primero que ha encontrado en el armario: un pantalón de chándal desteñido y un jersey que le queda muy holgado. Su delgadez no tiene nada de poético. Es pura fragilidad.

Patricia mantiene la voz neutra, quizá con un toque sutil de agresividad. Es lo que corresponde ahora.

—Soy la inspectora Siles. Estoy al frente del Grupo de Homicidios. Ya conoce a Bruno —dice con un leve gesto de la cabeza hacia él— y también al inspector Somoza.

Fabián asiente una sola vez. No pregunta por qué están allí. Ya lo sabe.

—Investigamos la desaparición de una mujer, como no ignora —continúa Patricia—. Kasia Nowak. Debo hacerle algunas preguntas.

Él no se mueve. Parpadea con lentitud, los ojos hundidos en unas cuencas oscuras; parece no haber dormido bien en días. Patricia saca su libreta, más por costumbre que por necesidad.

—¿Cuánto tiempo lleva viviendo en La Nucía?

Fabián pone cara de sorprendido.

—Desde siempre —responde sin vacilar—. Solo estuve unos años fuera, cuando estudiaba en el conservatorio de Valencia. Pero luego volví.

Patricia anota.

—¿Cuándo fue eso?

—A principios de los setenta. Tendría… veinte años, más o menos. ¿A qué viene todo esto?

—Como ya le he dicho, debo hacerle algunas preguntas. Usted limítese a contestarlas, por favor. ¿Trabajó desde entonces en el instituto de La Nucía? —pregunta Patricia reconduciendo la conversación.

Resignado, Fabián niega con la cabeza.

—No, ese instituto no existía todavía. Lo inauguraron en el año 2005. Antes estuve en el de Benidorm.

—¿En alguno más, aparte del de Benidorm?

—Sí, claro. Al principio estuve en muchos centros. En Alicante, en Elche… Es lo normal hasta que consigues plaza como titular.

—¿Y en Jávea?

La pausa dura medio segundo más de lo necesario. Fabián parece pensar la respuesta.

—Sí. En Jávea también.

—¿En qué año? —pregunta Patricia inmediatamente.

—No lo recuerdo.

La inspectora levanta la mirada. Espera. Fabián, incómodo, carraspea y alterna la mirada entre Gabriel y Patricia.

—Haga memoria —insiste la inspectora.

—A ver…, principios de los noventa, tal vez. Noventa y uno. O noventa y dos. Algo así.

No hay temblor en su voz, pero sí en sus dedos, que se aferran al reposabrazos del sofá. Patricia no dice nada. Se limita a escribir.

Levanta la vista de la libreta y busca a Gabriel con la mirada. Él asiente con discreción, concediéndole vía libre. También lee el lenguaje corporal de Fabián, y parece coincidir con ella en que ha llegado el momento de presionarlo.

—¿Le suena el nombre de Samantha Reynolds, señor Nú­ñez? —pregunta Patricia con un leve cambio en el tono de voz.

Fabián hace una mueca, desconcertado. Parpadea varias veces.

—No… No, no me suena de nada. No lo he oído en mi vida. ¿Por…?

Patricia no se mueve. Le sostiene la mirada durante unos segundos interminables. El poder del silencio, piensa.

—Samantha Reynolds desapareció durante unas vacaciones en Jávea en el verano de 1991. Tenía diecisiete años. Sospechamos que su caso podría estar relacionado con el de Kasia Nowak.

Fabián traga saliva con dificultad.

—¿Y cree que yo tuve algo que ver con eso? —Se lleva una mano al pecho como si necesitara reafirmar su identidad—. Es absurdo. Me parece… ofensivo. Sinceramente.

No parece alterado. Ni indignado. Sin embargo, hay cierta rigidez en su mandíbula que antes no se apreciaba.

Patricia se inclina hacia delante.

—Eso lo ha dicho usted, no yo. Pero mire, esto es lo que sé hasta ahora —empieza, y hace una pausa medida—. Que nos ha mentido.

Él parpadea, rápido esta vez.

—Usted le dijo a mi compañero, el inspector Somoza, que los días previos a la desaparición de Kasia Nowak estaba en Valencia y que sufrió un accidente que le provocó una pérdida de memoria.

¿Recuerda eso? —No espera respuesta. Continúa—: Accidente del que, por cierto, no hay ni un solo registro médico en su historial.

Ni ambulancia, ni parte de urgencias ni siquiera una visita al centro de salud más cercano.

Fabián abre la boca, pero Patricia levanta una mano para que no la interrumpa. No ha terminado.