La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Patricia regresa a la sala con paso firme y expresión serena, aunque en su mente aún resuena la conversación que acaba de mantener con la agente Baena. Se sienta, acomoda ligeramente la pantalla del ordenador portátil y respira antes de hablar.

—Siento haberme ausentado, señora Reynolds —dice en un tono que busca ser tan cortés como honesto—. Ha surgido algo urgente. Ya está resuelto.

Robert, sentado junto a la pantalla, traduce la frase.

Mandy Reynolds, al otro lado, ladea ligeramente la cabeza como si buscara el mejor ángulo de la cámara y luego asiente.

Sonríe y mueve una mano quitándole importancia con un gesto pausado.

También niega despacio, dejando claro que no guarda rencor a la inspectora. Patricia lo agradece en silencio.

—Permítame presentarme —continúa—. Soy Patricia Siles, jefa del Grupo de Homicidios. Esta conversación forma parte de una investigación en curso. Es sobre un caso que, oficialmente, está prescrito. Pero creemos que puede tener relación con otro más reciente. Le agradezco mucho su colaboración.

Robert traduce palabra por palabra. Mandy escucha, sus ojos atentos, aunque no muestra gran emoción.

—Tenemos entendido que en el verano de 1991 pasó sus vacaciones en España, en la localidad de Jávea.

Y que, durante esas semanas, solía salir por las noches con Samantha Reynolds —dice Patricia observando cada pequeño cambio en el rostro de la mujer—.

Samantha desapareció poco después. ¿Es correcto?

Robert vuelve a traducir. Mandy parpadea una vez y contesta con un simple:

— Yes.

Patricia asiente y toma nota. Mantiene el tono neutro, aunque nota que el pulso se le acelera un poco.

—¿Recuerda si ese verano Samantha tuvo algún romance?

La mujer se incomoda visiblemente. Una leve sonrisa se dibuja en sus labios antes de que el rubor le suba por el cuello hasta las mejillas.

Sin duda ha entendido la palabra «romance».

Mira a su marido. Él traduce mientras ella suspira, como si no supiera bien por dónde empezar.

Finalmente, contesta. Robert la escucha con atención y traduce casi al instante:

—Dice que eran tres chicas jóvenes, comenzaban a salir solas por la noche… Otro país, otra cultura. Y sí, Samantha tuvo algunos romances. Todos breves. Una o dos noches, como mucho.

Patricia no reacciona de inmediato. Deja pasar unos segundos.

—¿Hubo alguien que insistiera más que los demás con Samantha? —pregunta sin cambiar el tono.

Mandy desvía la mirada, pensativa. Busca algo en su memoria. Entorna los ojos mientras rebobina mentalmente varias escenas. Asiente despacio y comienza a hablar.

—Puede ser —traduce Robert. Espera unos segundos más y completa—: Dice que han pasado treinta años, pero recuerda que Samantha era la más llamativa de las tres.

Los chicos se acercaban a ella siempre. Había uno que solo la invitaba a copas en la barra.

Era mayor que el resto, elegante, muy guapo.

Lo recuerda bastante bien. Tenía más clase al vestir.

Quizá por eso destacaba. No era un chaval, seguramente trabajaba y por eso tenía dinero.

Pero nunca pasó nada entre ellos. Samantha se aprovechaba y bebía gratis, solo eso.

—¿Más mayor? ¿Cuántos años calcula que tendría ese hombre? —pregunta Patricia.

Mandy se encoge de hombros.

—Mi mujer dice que es difícil saberlo. Calcula que unos treinta y tantos, pero ha pasado mucho tiempo.

—¿No era raro? ¿A nadie le llamaba la atención una chica de diecisiete con un hombre que superaba la treintena?

Mandy asiente con vehemencia al oír la pregunta traducida.

—Dice que claro que les parecía raro —traduce su marido—.

Pero eran otros tiempos. Muy diferentes a ahora.

No había móviles ni redes sociales. Para quedar con una persona solo contabas con el teléfono fijo y, en el caso de Samantha, que vivía en una casa de veraneo, usar las cabinas públicas.

Hoy en día la gente no sabe ni lo que son.

Por aquel entonces no era tan raro ver a hombres mayores acercarse a chicas sin que la opinión ciudadana les pasase por encima.

Digamos que la figura de la mujer no estaba muy protegida.

Patricia toma notas en su libreta. Lo hace rápido y sin apartar la vista de la pantalla.

Robert aprovecha la pausa para intervenir.

—Si me permite, inspectora Siles… Mi padre ya siguió todas esas pistas y no encontró nada. También habló con Mandy y con Selena, otra de las amigas de mi hermana en Jávea. Samantha tuvo sus líos, pero, al menos él, no encontró nada raro. Solo para que lo sepa.

Patricia asiente, pero no le importa mucho lo que Robert acaba de decir.

—¿Recuerda el nombre del local donde solían ir, Mandy? —pregunta al cabo de un instante.

La mujer sonríe, casi con nostalgia. Su respuesta es inmediata.

—Claro. Daytona Beach. Era un chiringuito de playa. Ponían música, allí se juntaban los jóvenes. Íbamos todas las noches —traduce Robert.

Patricia apunta el nombre. Rodea las palabras con un pequeño círculo. Luego subraya.

—¿Cree que podría reconocer en una fotografía al hombre del que me ha hablado? —pregunta sin levantar la voz, pero con la atención fija en el rostro de Mandy.

Al oír la traducción de Robert, su esposa aprieta ligeramente los labios. Mueve la cabeza, duda. Luego responde.

—No lo sé —traduce Robert—, pero, si quiere intentarlo, adelante.

Patricia asiente y, sin más preámbulos, abre la carpeta que tiene junto al cuaderno.

Desliza una fotografía hasta dejarla frente a la cámara.

Es una imagen policial. Fabián Núñez, detenido en 2014 por acoso a una menor.

En la foto aparece serio, el rostro sin afeitar, las ojeras marcadas. Una mirada vacía que no dice mucho.

—¿Le suena? —pregunta girando levemente la imagen hacia la pantalla.

Mandy entrecierra los ojos. Se acerca. Observa la fotografía. Luego niega despacio.

—Dice que no —responde Robert con un dejo de frustración—. El que ella vio era más joven. ¿No tiene alguna de ese hombre con esa edad?

Patricia cierra la carpeta sin responder de inmediato.

—No, no la tengo —admite con honestidad—. Pero la conseguiré.

Mira a Robert, luego de nuevo a Mandy.

—¿Estaría dispuesta a colaborar con un retrato robot? Con un dibujante. No sería hoy, claro, pero podríamos organizarlo para mañana por la mañana.

Mandy tarda unos segundos en contestar. Al final asiente, aunque sin mucho entusiasmo.

—Mi esposa dice que hará lo que pueda —contesta Robert—. Pero añade que han pasado treinta años. El recuerdo no es nítido.

—Lo entiendo. —Patricia anota otra línea en su cuaderno—. No le pediré más de lo que sea capaz de aportar. A veces, un pequeño detalle es suficiente.

Ha hablado con voz segura.

Y entonces, levanta la mirada.

—Gracias, señora Reynolds. Ha sido de gran ayuda.

No lo dice con cortesía, sino con convicción.