Capítulo 19
Gabriel frena junto al bordillo, frente a una verja de hierro oxidado que se tambalea con el viento. Bruno espera en el asiento del copiloto sin decir nada, pero su rostro habla por él.
La casa de Mónica Rives aparece ante ellos como un vestigio de tiempos mejores que nunca regresaron.
Las paredes están cubiertas de manchas de humedad y grafitis antiguos; una persiana rota cuelga como un párpado rendido sobre la única ventana visible.
El jardín, si alguna vez lo fue, ha desaparecido bajo un mar de maleza reseca.
La valla que rodea la propiedad se derrumba en varios tramos, vencida por el óxido y la desidia.
—Bonito sitio —murmura Bruno.
—Tú espera aquí. Iré yo solo —ordena Gabriel.
Se baja del coche y avanza por un sendero de tierra que apenas se distingue entre las malas hierbas.
Repara en un colchón tirado junto al porche, cubierto de moho y rodeado de latas vacías.
Al acercarse a la puerta, el olor se vuelve insoportable.
No es solo basura; hay algo más rancio, más penetrante.
Un olor nauseabundo que lo obliga a respirar por la boca.
Golpea la puerta con los nudillos. Nada. Lo intenta de nuevo, más fuerte esa vez. Dentro, silencio absoluto. Se gira hacia el coche, donde Bruno niega con la cabeza.
—Su coche no está. Quizá tengamos que esperar —comenta Gabriel.
Entonces, una ventana se abre con un chirrido en la casa contigua. Un hombre mayor, en camiseta interior y con el pelo alborotado se asoma sujetando un cigarro entre los dedos.
—¿Puedo ayudarle? —pregunta con la voz ronca de fumador.
Gabriel se identifica mostrando la placa.
—Policía. Busco a Mónica Rives, la mujer que vive aquí.
El hombre resopla y sacude la cabeza.
—¿Qué ha hecho esta vez? Esa loca nos trae a mal traer. Entre los olores y los ruidos… Esto no es vida, ¿sabe? Alguien debería llevársela, ustedes o los de servicios sociales, me da igual.
—Solo necesito hablar con ella —responde Gabriel manteniendo la voz neutra.
—Pues suerte con eso. Hace un par de madrugadas, apareció, dejó el coche en marcha y empezó a cargar el maletero con bolsas y más bolsas. Bolsas grandes. Luego se largó pitando. Desde entonces, ni rastro. Y ojalá no vuelva.
Gabriel intercambia una mirada rápida con Bruno, que asiente.
—Está huyendo —dice en voz baja.
Saca el móvil y marca sin dudar. Al segundo tono, Patricia responde.
—Tenemos un problema —le suelta Gabriel—. Mónica Rives no está en casa. Según un vecino, hace dos días se largó de madrugada con el maletero lleno. Necesito que emitas una orden de búsqueda para el vehículo, el Renault Laguna. Establece controles lo antes posible. Creo que intenta escapar.
Patricia permanece sentada y pensativa. Tiene la mirada fija en la pantalla del ordenador que le han colocado delante, pero su mente repasa el caso de Kasia Nowak.
Están en una sala sin ventanas del departamento de Pericias Informáticas. El técnico ha comprobado la conexión; la imagen es nítida; el sonido, correcto. Dentro de unos minutos iniciarán la videoconferencia con Mandy Reynolds, la mujer de Robert y antigua amiga de Samantha.
La inspectora Siles no habla. No porque no tenga nada que decir, sino porque está concentrada ordenando mentalmente las preguntas que quiere hacer a Mandy.
Robert se sienta a su lado, rígido y con la mirada clavada en el monitor.
Será él quien se encargue de la traducción, como ha propuesto desde el principio.
Patricia ha aceptado, pero también ha hecho llamar a Diana, una de las traductoras oficiales de la policía, para que escuche la conversación desde otra sala.
No por desconfianza. No en el sentido estricto, al menos.
Es simplemente una cuestión de metodología.
A esas alturas, ha aprendido que no puede permitirse asumir que alguien lo hará todo bien.
Ni siquiera, como en este caso, cuando se trata del hermano de la víctima.
«Confiar ciegamente en alguien solo te garantiza una cosa: que no verás venir el golpe», se repite mientras entrecierra los ojos al ver que el software abre la ventana de conexión. Todo está listo.
Echa una ojeada a Robert. Tiene la mandíbula tensa, los labios apretados.
Desde que llegó, no ha pronunciado una palabra más de la cuenta.
Está tranquilo. Quizá demasiado. Trata de comprender en qué medida el hallazgo del cuerpo de su hermana puede suponer un descanso a su agonía.
Las consecuencias de un dolor prolongado que ansía sofocarse.
Hace un par de horas ha recibido una llamada de Gabriel.
Siguen sin localizar a Mónica Rives. Todo indica que se ha desvanecido en cuanto se ha olido que las cosas se complicaban.
No es la primera vez que alguien desaparece justo antes de que lleguen las preguntas importantes, pero en esta ocasión hay algo que no cuadra del todo.
Han pedido a Víctor Fábregas —el único contacto regular que parece tener esa mujer— que intente localizarla, pero tampoco él ha conseguido nada.
Según sus palabras, Mónica ya no le responde ni por WhatsApp.
Su móvil se apagó la noche en la que un coche muy parecido al de ella siguió a Gabriel y Bruno, y ya no ha vuelto a encenderse.
Tal vez el registro de llamadas que ha solicitado la inspectora aclare algo.
«Se ha largado —piensa Patricia—. Pero no puede ir muy lejos». No cree que tenga los medios. Ni los contactos. Ni la cabeza fría como para organizar una huida en condiciones. Según le ha contado Gabriel, esa mujer lleva tiempo perdida. Solo es cuestión de tiempo que cometa un error.
Un pitido sordo la saca de sus pensamientos. El técnico levanta el pulgar. En la pantalla aparece la interfaz de la videollamada. Robert se aclara la garganta. Patricia se ajusta discretamente el auricular y cruza las piernas. Deja que el silencio juegue a su favor. El momento ha llegado.
De repente, la puerta de la sala se abre y la agente Blanca Baena entra con paso firme y el rostro contraído. Ni siquiera disimula la premura.
—Inspectora Siles, ¿tiene un momento?
Patricia gira la cabeza hacia ella, contrariada. En la pantalla, la imagen de Mandy Reynolds acaba de aparecer. Parece más joven de lo que la inspectora esperaba, con el pelo recogido en una coleta baja y unos ojos que no saben si mirar directamente hacia la cámara o esquivar lo inevitable.
—¿Es urgente? —pregunta Patricia sin apartar del todo la vista de la pantalla.
—Creo que puede ser importante —responde la agente Baena con una seriedad que no deja lugar a dudas.
Patricia lanza una última mirada a Robert, que ya ha comenzado a saludar a su esposa en inglés, y se levanta con un leve suspiro. El sonido de sus pasos marca el ritmo de salida. No le gusta dejar nada a medias, mucho menos en un momento así. Pero algo en el tono de Blanca no le permite ignorarla.
Ya en el pasillo, con la puerta cerrada a su espalda, se gira hacia ella con expectación.
—¿Qué pasa?
—Perdón por la interrupción, de verdad, pero he pensado que esto era relevante para la conversación que va a tener ahora, jefa. —La agente saca la carpeta que sujetaba debajo del brazo—. He comprobado la coartada de Fabián Núñez, como me pidió.
Patricia alarga la mano sin decir palabra. Abre la carpeta. El papel está aún caliente; acaba de salir de la impresora. Echa un vistazo y sus ojos se clavan en lo importante. No tarda en leer lo esencial.
—¿Estuvo en Valencia con su hermano, como aseguró?
—Sí. Al menos los días previos a la desaparición de Kasia Nowak. Lo detuvieron por acosar a una menor —añade Blanca con una nota seca en la voz.
Patricia pasa la página, encuentra el parte policial. Fecha, lugar, descripción del incidente. Todo está ahí.
—¿Cómo se nos ha podido pasar esto? —exclama, aunque sin levantar la voz, pero sí cargando cada sílaba de incredulidad.
La agente Baena se encoge ligeramente de hombros, incómoda.
—Lo importante es que ahora lo sabemos —responde con cautela.
Patricia cierra la carpeta de golpe.
—Buen trabajo, Baena —dice—. Vuelvo a la sala.
Bruno Porta se sienta en el extremo del sofá.
A su izquierda, Gabriel tiene la vista fija en Víctor Fábregas, analiza sus gestos.
La estancia está en penumbra, pese a que es media tarde.
Las cortinas entornadas filtran una luz apagada, y un televisor encendido sin volumen proyecta imágenes que nadie mira.
Yago, el hijo de Víctor, corretea por el salón con un coche rojo en la mano. Da vueltas, hace ruidos de motor con la boca y, cada pocos segundos, se detiene frente a Bruno para mostrarle un juguete distinto. Primero un dinosaurio, luego un muñeco sin brazo, después una linterna que no se enciende.
—Mira, ¿te gusta este? —pregunta el crío mientras le enseña una grúa diminuta con una rueda rota.
Bruno sonríe con la boca, no con los ojos.
—Está genial —murmura, sin saber qué otra cosa decir.
Intenta concentrarse en la conversación, pero el chasquido de las piezas de plástico contra el suelo lo distrae constantemente. Gabriel ni se inmuta. Víctor, en cambio, levanta la voz un poco.
—Cariño, ya está bien. Déjanos un rato, ¿vale? Ahora necesito hablar con estos señores. Luego jugaremos juntos, ¿sí?
El niño lo mira un instante, pone cara de enfado y, sin decir nada, vuelve a correr en círculos imitando una sirena.
Bruno se muerde el interior de la mejilla para no perder la paciencia.
—Víctor —dice Gabriel alzando apenas la voz por encima del bullicio infantil—, es preciso que encontremos a Mónica cuanto antes. ¿Tiene idea de dónde puede estar?
Víctor niega con la cabeza, los labios apretados.
—No… no tengo ni idea. Estoy tan sorprendido como ustedes. Que se haya ido así, sin comentar nada…
Gabriel asiente una sola vez, no aparta los ojos de él.
—¿Cuándo fue la última vez que habló con ella?
—Hace un par de noches —responde Víctor—. Me llamó. Estaba… rara. No dijo mucho. Solo que me agradecía todo lo que había hecho por ella. Eso fue todo. Me pareció extraño, sí, pero tampoco le di muchas vueltas. Ya sabe cómo es.
Hace una pausa. Echa un vistazo a Yago, que ahora se ha tumbado boca abajo junto a la mesa del comedor y hace rodar un tren por la pata de una silla. Luego se inclina ligeramente hacia Gabriel y Bruno, y susurra:
—A veces consume… cosas. No siempre es consciente de lo que dice.
Bruno nota que Gabriel se tensa a su lado.
—¿Y por qué no me contó eso cuando fui a preguntarle por el coche? —inquiere en un tono que, sin ser agresivo, resulta cortante.
Víctor se encoge de hombros.
—No lo sé. No caí en la cuenta. No pensé que fuera importante en ese momento.
El niño suelta un grito de emoción por haber hecho chocar dos trenes imaginarios, y Bruno siente cómo una gota de sudor le recorre la nuca.
—Bueno —dice Gabriel—, ahora sí lo es.
Un coche de plástico vuela por el aire y aterriza en el pecho de Bruno con un golpe seco. No le duele, pero el impacto lo desconcierta. El crío lanza una carcajada, ajeno a todo.
—¡Yago! —grita Víctor al tiempo que se pone en pie de un salto—. ¡Te he dicho que pares ya!
El pequeño se queda congelado durante un segundo con el brazo aún en alto. Luego mira al suelo en silencio.
Bruno se incorpora con calma y se alisa la camiseta.
—No pasa nada —comenta sin mirar a nadie.
Se gira hacia Gabriel, que sigue con la mandíbula apretada y la atención fija en Víctor.
—Me voy un rato con Yago, que quiere que vea su colección —dice en tono neutro—. Luego me pones al día.
Víctor asiente, aliviado.
—Gracias, Bruno. De verdad.
—¡Vamos! —chilla el niño recuperando de inmediato la energía—. ¡Te voy a enseñar todos mis juguetes! ¡Todos!
Sale disparado hacia la escalera sin esperar respuesta. Bruno lo sigue con paso tranquilo. El suelo de la planta superior cruje bajo sus pies. Yago corre por el pasillo y abre de golpe una puerta al final.
—¡Aquí! —anuncia antes de desaparecer dentro.
Bruno llega un instante después. Su mirada apenas recorre el cuarto cuando oye el estruendo: Yago ha volcado un enorme cubo en medio de la alfombra.
Una avalancha de juguetes la inunda: muñecos, piezas de construcción, pelotas blandas, trenes de plástico, hasta un xilófono con las dos baquetas mordidas.
—Este es Robozilla. Y este es Tommy. Este dispara, ¿ves? Pero ya no tiene pilas. Y este es el malo, se llama Pato Ninja…
Bruno se queda en el quicio de la puerta con los brazos cruzados. El chaval habla sin parar, sin esperar respuesta. Apenas respira entre frases.
Bruno no dice nada. Solo lo observa.
Y piensa en su madre.
En que ese niño nunca llegó a conocerla. En que crece entre adultos agotados y habitaciones llenas de ruido artificial. Y, sin embargo, ahí está, entusiasmado por compartir su mundo con un desconocido que le ha sonreído durante diez segundos seguidos.
Bruno desvía la mirada. Y entonces nota algo extraño. Se fija en el pomo de la puerta. No es eso lo que le llama la atención, sino lo que hay encima: un pestillo. No por dentro. Por fuera.
Entorna los ojos. Lo estudia un instante más. Sí. No hay duda. Esa puerta puede cerrarse desde el pasillo.
Yago no se detiene. Ahora hace rodar una ambulancia por la alfombra a la vez que canta algo ininteligible.
—Toma —dice Yago, y ofrece a Bruno un muñeco con la cabeza mordida—. Tú puedes jugar con este.
Bruno lo coge y lo sostiene en la mano mientras sigue mirando el pomo, sin moverse. Acaba de encontrar algo que no esperaba.
Decide que es el momento idóneo de actuar.
No hay nadie que pueda ver lo que va a hacer.
—¿Qué tal si jugamos al escondite? —sugiere a Yago.