Capítulo 18
Patricia Siles empuja la puerta sin prisa y deja que el silencio se acomode antes de hablar. La traductora camina a su lado, una mujer joven de rostro impasible, de esas que saben pasar desapercibidas incluso en una sala como esa.
Al fondo, sentado con la espalda algo encorvada, Robert Reynolds, el hermano de Samantha, espera sin mover un músculo. Tiene las manos entrelazadas sobre la mesa, los nudillos blancos debido a la tensión, y la mirada perdida.
Ayer contactaron con él desde la comisaría para darle la noticia. Se ha subido al primer avión disponible para estar ahí.
Patricia no se sienta aún. Observa. Evalúa.
—¿Puede presentarnos, por favor? —indica en voz baja a la traductora.
Pero antes de que ella articule palabra alguna, Robert comienza a hablar.
—No será necesario —dice sin mirar a ninguna de las dos—. Hablo español.
La voz suena clara, sin titubeos, sin apenas acento. Ni rastro de afectación. Parece que llevara días ensayando justo esa frase.
Patricia entrecierra los ojos apenas un segundo, calibra la información. Luego asiente con una ligera inclinación de la cabeza.
—Vaya —responde—. Se nota que domina el idioma. Aun así, por si surge alguna expresión más técnica o poco habitual, la traductora se quedará con nosotros. ¿Le parece bien?
Robert asiente sin cambiar de postura. Sus ojos siguen anclados en el vacío.
—Yo tenía catorce años cuando Samantha desapareció —murmura—. Estábamos de vacaciones. Una casa alquilada cerca del mar. Una semana normal… hasta que dejó de serlo.
Patricia contiene el impulso de tomar notas. Solo escucha.
—Después de eso, mi padre vino cada año, algunos varias veces. Se arruinó en el proceso. Pero nunca dejó de buscar a Samantha. España se convirtió en su segundo hogar. Y también en el mío. Durante años, viví más aquí que en Inglaterra.
Al fin levanta la mirada. No hay súplica en sus ojos. Solo un agotamiento seco, envejecido. Un rostro que no intenta disimular la tristeza.
—Así que sí —concluye—, hablo español. Aunque no me gusten los motivos.
Patricia se sienta despacio sin perderlo de vista. Deja una carpeta en la mesa y, con un gesto breve de la mano, indica a la traductora que tome asiento junto a ella. La mujer obedece en silencio con las manos sobre las rodillas.
—Lamento mucho su pérdida, señor Reynolds —dice la inspectora sin impostar el tono—. Y lamento también que haya tenido que pasar tanto tiempo para que su familia reciba, al menos, algunas respuestas.
Robert esboza una sonrisa que no llega a nacer del todo. Apenas un gesto torcido en la comisura de los labios, y vuelve a desviar la mirada.
—Mi familia desapareció con Samantha —responde—.
Mi padre falleció hace seis años. Pasó los dos anteriores a su muerte sobreviviendo a duras penas, convertido en la sombra de un hombre al que apenas reconocía.
Mi madre…, bueno… —Deja caer la frase con un suspiro áspero—.
Mi madre murió un año después que él, aunque, si soy sincero, se fue el mismo día que Samantha.
Patricia asiente despacio. No hay dramatismo en esas palabras, pero sí un peso antiguo, sedimentado. Como cuando alguien ha contado la historia tantas veces que esta ya ha perdido la forma original.
—Después de esta conversación —continúa la inspectora—, uno de nuestros agentes le ayudará con las gestiones necesarias para repatriar el cuerpo de su hermana, si ese es su deseo. También con toda la documentación que precise. Le asistiremos en lo que necesite.
Robert alza la mirada. Por primera vez, la sostiene de frente. Tiene los ojos hundidos, rodeados de arrugas que son más de las que corresponderían a su edad. No hay hostilidad. Solo un agotamiento que viene de muy atrás.
—Hace mucho que acepté que Samantha estaba muerta —dice—. Esa no fue la sorpresa cuando recibí su llamada.
Patricia se tensa levemente. Espera.
—La sorpresa fue que alguien la hubiera encontrado, si soy sincero. No estoy muy contento con el trabajo de la policía española, inspectora. Sé que no es culpa suya, pero ese daño ya está hecho —añade Robert.
Patricia mantiene el contacto visual, sin adornos.
—¿Saben quién la mató?
—Estamos trabajando en ello —responde Patricia sin titubear.
—¿Y cree posible encontrar a la persona que asesinó a mi hermana? —pregunta Robert con la voz más firme ahora—. Porque mi hermana fue asesinada. Ni se suicidó ni tuvo un accidente. De eso estoy seguro.
Patricia se queda en silencio unos segundos. Aprieta los labios como si quisiera retener las palabras antes de que salgan. A Robert no le gustará lo que va a decir. Pero no tiene sentido edulcorarlo.
—Debo informarle —empieza sin rodeos— de que en España el delito de asesinato prescribe a los veinte años. Eso significa que, legalmente, no podemos iniciar un proceso penal contra un sospechoso por la muerte de su hermana.
Robert la mira. Esa vez sin contenerse del todo. La rabia le atraviesa los ojos como una corriente eléctrica que apenas logra controlar.
—¿Me está diciendo que esa es la manera de impartir justicia aquí? —espeta—. ¿Que alguien puede matar a una niña y, si pasan veinte años, librarse de la cárcel?
—Le estoy diciendo —responde Patricia con una calma medida— que esa es la legislación vigente. Y que yo, como agente de la ley, esté o no de acuerdo, tengo la obligación de cumplirla.
Robert aparta la mirada. Se recuesta en la silla, luego se incorpora de nuevo. Sus manos, hasta ahora entrelazadas, se separan en un gesto de incomprensión.
—Entonces… supongo que la conversación termina aquí —zanja, y hace ademán de levantarse.
—Espere —interviene Patricia rápidamente—. Quiero enseñarle algo. Aunque no podamos abrir un procedimiento penal por la muerte de su hermana, existe una forma de buscar al culpable. Y de lograr que rinda cuentas ante la justicia.
Robert gesticula sorprendido, no del todo convencido.
—¿Cómo?
Patricia abre la carpeta que había dejado en la mesa. Extrae una fotografía en papel satinado y se la ofrece. Robert la coge con cuidado. Observa la imagen: una adolescente sonriente con el cabello rubio claro y los ojos verdes. Su expresión se oscurece al instante.
—Es mi hermana.
—Sí —confirma Patricia—. La foto se tomó el verano anterior a su desaparición.
Guarda la fotografía en la carpeta y saca otra.
—Y esta —añade depositándola frente a Robert— es Kasia Nowak. Una chica polaca desaparecida en 2014.
Robert no dice nada. Solo observa. Tarda unos segundos en pestañear. Mira la foto, cierra los ojos y luego los abre para volver a mirarla, como si su cerebro necesitara ajustar el enfoque.
—Se parece —murmura finalmente—. Mucho. Me habría costado diferenciarla, si no me lo hubiera dicho. ¿Y dice que esta chica también desapareció en esta zona?
—Relativamente cerca. En La Nucía, un pueblo pequeño que está…
—Conozco La Nucía —interrumpe Robert.
—Encontramos el cuerpo de su hermana mientras buscábamos a Kasia —explica Patricia en el tono sereno y firme de quien sabe que lo que va a decir puede romper algo—. La última señal registrada del teléfono de Kasia Nowak, en 2014, apuntaba a un lugar conocido como el barranco del Infierno.
Robert ladea la cabeza, intrigado.
—Fue una noche de tormenta muy fuerte —continúa la inspectora Siles—.
Se pensó que podía tratarse de un error en la triangulación, un fallo por las condiciones meteorológicas.
Pero ahora, después de encontrar los restos de Samantha en esa misma zona, la posibilidad de que ambas desapariciones estén relacionadas ha cobrado peso.
Robert no la interrumpe. Escucha con una concentración rígida, atrapando cada palabra al vuelo.
—Mi padre —dice entonces— recorrió esa ruta una y otra vez.
Fui con él en un par de ocasiones. No era un sendero fácil, pero lo conocíamos bien.
Días antes de desaparecer, mi hermana preguntó por ese lugar.
Decía que quería hacer la ruta, que se la habían recomendado unas chicas con las que charló en la playa.
Patricia se inclina ligeramente hacia delante y anota algo en su libreta.
—¿Llegaron a sospechar de alguien en aquel momento? —pregunta sin apartar la vista del papel.
Robert niega con la cabeza sin dudar.
—No. De nadie en particular. Samantha tenía diecisiete años. Salía algunas noches con dos amigas inglesas que también veraneaban en Jávea. Más allá de eso, no había nadie especialmente cercano. Si conoció a alguien durante esas salidas, no lo supimos. Tampoco lo contó.
Hace una pausa, luego traga saliva. Le cuesta seguir.
—Mi padre se dejó la piel por encontrarla.
Una de las cosas que más le frustraban era ver cuántas desapariciones hubo por aquella época en la zona del Levante.
Muchas. Algunas, incluso, tuvieron difusión a nivel nacional.
Pero casi nunca se encontraba al responsable.
Eso le dolía especialmente, porque el caso de Samantha apenas tuvo repercusión.
Como si no importara. Como si su hija no importara.
Patricia no dice nada. Sigue tomando notas. Pero ahora sus dedos se mueven con más fuerza sobre el papel.
—Me gustaría hablar con alguna de esas amigas que salían con Samantha durante el verano de 1991. ¿Es posible? —pregunta.
—De acuerdo. Pero ya lo hizo mi padre durante años, y no recuerdan nada interesante.
—Tal vez, o tal vez no quisieron decirle nada a su padre. Sea como sea, es mi trabajo comprobarlo. ¿Podría facilitarme algún contacto?
—Por supuesto. Una de ellas es ahora mi mujer.