Capítulo 17
Patricia Siles está sentada entre dos técnicos de Pericias Informáticas que trabajan con las imágenes recibidas de la sucursal bancaria de Pego. Tienen el registro horario en el que se efectuó la retirada de dinero, lo que les ahorra mucho tiempo para encontrar lo que buscan.
El móvil de Patricia vibra. Es un mensaje:
Mamá, esta semana te vamos a ver?
No hay emoticonos. Ni adornos. Solo esas palabras, escritas desde la inocencia de un niño pequeño que echa de menos a su madre.
Teclea una respuesta sin pensarlo mucho:
Por supuesto. Estoy terminando unas cosas en comisaría, pero en cuanto termine voy a recogeros
No tarda en enviar el mensaje, antes de que la duda se cuele en la espera. Antes de volver a pensar en lo que está dejando atrás.
Su exmarido tenía razón en una cosa: nunca supo conciliar su vida laboral con la familiar.
Las reuniones, los informes, los interrogatorios…
siempre iban con ella, pegados a su piel.
Ahora duerme sola en casa de Gabriel Somoza y, aunque ha aprendido a vivir con eso, la aterra que sus hijos aprendan también a hacerlo sin ella.
No puede permitirse fallar de nuevo. No con ellos.
Por eso no cometerá los mismos errores que ha estado cometiendo durante los últimos años.
Lleva tiempo pensando en renunciar a su cargo de jefa del Grupo de Homicidios.
En buscar un trabajo puro de oficina en el que el horario esté marcado, cumpla con las horas y vuelva a casa.
Sería lo más inteligente, pero claro, no sería lo que realmente quiere hacer, porque, en el fondo, disfruta mucho de su día a día.
Un dilema, entre tantos otros, al que hacer frente más adelante.
Tal vez cuando hayan resuelto el caso de Kasia Nowak.
—Patricia —la llama uno de los técnicos—, mira esto.
La inspectora Siles gira hacia la pantalla.
El vídeo del cajero automático comienza a reproducirse.
Imagen granulada, fija. La acera está vacía durante unos segundos, hasta que una figura entra en el encuadre.
Solo se ve un brazo. El resto, fuera de plano.
Y justo cuando el sistema debería captar algo útil, la cámara se oscurece.
Una mano con guante negro cubre por completo el objetivo.
—¿Puedes retroceder un poco? —pide Patricia.
Lo hacen. Una vez. Otra. Intentan avanzar fotograma a fotograma, ralentizar el vídeo, ajustar el contraste. Nada. La imagen sigue igual: negra, ciega.
—No hay mucho que ver, jefa —dice el técnico sin apartar la vista del monitor—. Ha tapado el visor justo antes de insertar la tarjeta. Calculado al milímetro.
—¿Alguna prenda visible? ¿Manga? ¿Pulsera? —insiste Patricia, tensa.
—Nada. Ni una costura. Ni un reflejo. Solo la mano.
De algún modo, Patricia se lo imaginaba. Se pregunta en qué estaría pensando la persona que vendió el violín de Kasia por Wallapop.
Hay aspectos que no cuadran.
No es lógico suponer que esa persona supiera que el instrumento perteneció a Kasia Nowak.
Alguien que se toma tantas precauciones para cubrir sus huellas —cuenta no rastreable de PayPal, retirada en cajero tapando la cámara…
— simplemente lo destruiría, no lo vendería por doscientos cincuenta euros a un comprador que vive en La Nucía.
No, no tiene sentido. Patricia se inclina a pensar que el vendedor tomó esas precauciones porque el objeto era robado, si bien desconocía su importancia.
Han comprobado su actividad en la plataforma y ya ha realizado más de treinta ventas: bicicletas, teléfonos móviles, ordenadores portátiles…
Y siempre actúa igual. Nunca queda en persona y obtiene el dinero por PayPal.
La pregunta ahora es: ¿a quién se lo robó?
Será difícil encontrar a la persona que se esconde tras ese perfil de Wallapop sin tenderle una trampa. Solo que, desde que vendió el violín, no ha vuelto a poner nada más a la venta. Aunque Patricia estará atenta y, si se lo pone en bandeja, no desaprovechará la oportunidad.
—Inspectora Siles, la estaba buscando —dice una suave voz femenina.
Patricia se vuelve. La agente Baena, una policía joven, delgada, con la melena recogida en una coleta tirante y una carpeta bajo el brazo, la observa con una mezcla de urgencia y respeto.
—Se trata del hermano de Samantha Reynolds. Acaba de llegar.
Patricia asiente con un leve movimiento de la cabeza. Deja escapar un leve suspiro y vuelve la vista hacia los técnicos.
—Gracias por vuestro trabajo. Avisadme si lográis sacar algo más de ese vídeo.
—Lo haremos —responde uno de los técnicos sin apartar la vista del monitor, al tiempo que el otro levanta la mano en señal de despedida.
Patricia abandona la sala sin decir nada más y sigue a la agente Baena por el pasillo. Cada paso que da la acerca a una conversación que ya conoce demasiado bien. No importa cuántas veces lo haya hecho. Nunca se convierte en rutinaria.
El hermano de Samantha. Otro rostro roto.
Otra versión del mismo dolor. El de los que llegan tarde.
El de los que no pudieron evitarlo. El de los que cargan con preguntas para las que nadie tiene respuesta.
Patricia aprieta el paso. Sabe que no hay modo de suavizar lo que está por venir. Solo puede procurar no empeorarlo.
—Baena —dice Patricia—, había encargado a Sabater y Molina contrastar una coartada que dio Fabián Núñez, el antiguo profesor de Música en el instituto de Kasia. Están tardando más de la cuenta. ¿Podrías ver qué pasa y meterles algo de caña?
La agente asiente con una perfecta sonrisa.
—Por supuesto, jefa.
Gabriel conduce con la mirada fija en la carretera. Las palmeras se suceden al borde del arcén. Bruno va a su lado con los brazos cruzados y la cabeza apoyada en el cristal de la ventanilla.
—Esa Celia Gil te la tiene jurada, ¿eh? —rompe el silencio Gabriel sin mirarlo.
Bruno se encoge de hombros.
—Sí —responde con indiferencia—. No me puede ni ver. Como tantas otras personas. Pero no me afecta. A estas alturas, uno se acostumbra.
Gabriel asiente sin apartar las manos del volante.
—¿Y crees que sabía lo del violín? ¿Que era de Kasia?
—No —dice Bruno enseguida—. Puede que sea torpe, pero no tan idiota. Venderlo en Benidorm, a unos pocos kilómetros de La Nucía…, sería demasiado burdo. Creo que fue una casualidad. Rocambolesca, sí, pero casualidad, al fin y al cabo.
—Coincido. Aun así, te aseguro que, a veces, los detalles más absurdos son los que acaban llevándote a la verdad. Y aunque ignoremos qué sabe, conviene tenerla controlada. He pedido que pinchen su línea. Esta misma tarde tendremos acceso. Una patrulla vendrá a devolverle su móvil.
—¿Suele hacerse así? ¿Tan serviciales sois en la policía?
Gabriel esboza una sonrisa.
—Para nada. Pero no me gusta esperar. Si Celia tuviera que ir hasta Alicante a recoger su teléfono, podrían pasar días y ella estar más tranquila. Cuando uno está preocupado por algo es cuando más errores comete. Tan solo intento aprovecharme de eso.
Bruno gira la cabeza hacia él y sonríe también.
—Ojalá hubiera contado antes con tu ayuda. Las cosas serían distintas.
Gabriel no responde, pero absorbe el significado de cada una de esas palabras. No es que le incomoden. Solo que no sabe bien qué hacer con ellas.
Bruno se mete la mano en el abrigo y saca un libro. Lo deja sobre el salpicadero, como si no tuviera importancia. Es un ejemplar desgastado de El Principito . Las esquinas dobladas, la tapa deslucida.
Gabriel lo mira de reojo.
—¿Y eso?
—Lo cogí de la biblioteca. Bueno…, lo robé —admite Bruno sin orgullo, pero tampoco con culpa—. Era el libro preferido de Kasia. Lo releía continuamente.
Gabriel vuelve a fijar la vista en la carretera. No dice nada al principio. Solo respira más lento.
—¿Cuándo vas a decirme qué es lo que encontraste en la habitación de Kasia? —pregunta Bruno casi sin mirarlo.
Gabriel abre los ojos. La pregunta no le sorprende, aunque sí el momento. Clava la vista en Bruno durante unos segundos, luego asiente con la cabeza despacio.
—Sabía que eras bueno cuando decidí que nos ayudaras con el caso —admite.
Bruno gira un poco el cuerpo hacia él, alerta. Está acostumbrado a que le oculten información, pero no a que se lo reconozcan de forma tan directa.
—Me lo imaginé —responde—. Fue raro que cambiases de planes de repente. Que dijeras que ibas a ver a Mateo Climent y después a la comisaría, dejando de lado lo de la profesora de violín. Solo podía significar una cosa: que habías encontrado algo importante.
Gabriel respira hondo. Lo que va a decirle a continuación es delicado. Así que su tono cambia. Baja la voz.
—Es complicado, Bruno. Primero tenía que comprobar qué era. A veces encuentras algo que no significa nada. O que lo modifica todo. En este caso… —Hace una pausa breve—. Era una memoria USB. Estaba escondida en el hueco de la cisterna del cuarto de baño de Kasia. En una bolsa pequeña de plástico.
Bruno lo mira con el ceño fruncido.
—¿Qué había en ese pendrive ?
—Imágenes. Un par del supuesto Thomas. Sabíamos que Kasia había recibido esas fotos por los registros, pero no eran imágenes almacenadas en un servidor.
Eran archivos que solo se podían ver una vez y luego desaparecían.
Kasia debió de sospecharlo, o estar al corriente, e hizo capturas que luego almacenó en el pendrive .
—¿Y habéis averiguado algo sobre él?
Gabriel asiente con resignación.
—Lo que seguro que ya te imaginas. Pertenecen a un actor alemán relativamente famoso.
Pero no es nuestro hombre. En el momento en el que se supone que hablaba con Kasia estaba en Nueva Zelanda rodando una serie de televisión.
Es imposible que fuera él. Los mensajes que le enviaban a Kasia procedían de Alemania, aunque casi con toda seguridad se utilizó una VPN para falsear la localización.
En cualquier caso, se ha inspeccionado el historial de ese actor.
Nunca ha pisado España y no cuadra para nada que fuese él realmente quien enviase los mensajes.
Un par de agentes revisaron sus redes sociales.
Es muy activo desde hace años. Descubrieron que grabó un pódcast en directo que coincide en fecha y hora con una larga conversación entre Kasia y el supuesto Thomas. Así que no, definitivamente no es él.
Bruno traga saliva.
—Entonces alguien la engañó haciéndose pasar por otra persona.
Gabriel asiente.
—Eso parece.
Bruno se queda callado unos segundos. Luego pregunta:
—¿Y había algo más?
Gabriel no responde de inmediato. Levanta una mano y se la pasa por la mandíbula.
—Sí. Había fotos íntimas. De Kasia. Muchas. Demasiadas. Pero lo curioso es que no hay rastro de que se las enviara a ese tal Thomas. Ni por correo ni por aplicaciones de mensajería. Nada.
Bruno entorna los ojos, incómodo.
—Ese tipo de fotos son más frecuentes de lo que uno cree. Sobre todo, a esa edad, cuando eres adolescente. A veces no hay una razón concreta. Solo… lo haces.
Gabriel ladea la cabeza, poco convencido.
—Puede ser. Pero también es posible que las vendiera. Hay gente dispuesta a pagar por ese contenido, y no poca. Eso explicaría el dinero. La ropa nueva. Los teléfonos. Los caprichos.
Bruno no dice nada. Su silencio es una forma de asentir.
—Y si es así —continúa Gabriel—, esa puede ser la pista más importante que tenemos. Necesitamos saber a quién vendía Kasia esas fotos. Quién estaba al otro lado.
Después de esa frase se forma un silencio sepulcral.
Los dos piensan que esa podría ser la clave.