Capítulo 16
Bruno se queda quieto unos segundos antes de levantarse. El sonido de unos nudillos golpeando su puerta aún resuena en su cabeza.
No entiende cómo lo han apartado así. Sin explicaciones, sin una llamada. Justo en el momento más importante de la investigación. Si no fuera por él, por su insistencia, por el violín que él encontró, el caso seguiría muerto. Lo sabe. Lo sabe todo el mundo. Aunque hayan decidido olvidarlo.
Durante un rato, se ha planteado no abrir.
Dejarlo ahí fuera, al inspector estrella.
El que acapara titulares y del que todo el mundo habla.
Que se lo coma solo. Pero luego ha recapacitado.
No es el momento de hacerse enemigos. Aún no.
Sigue queriendo estar dentro. En el núcleo. Donde pasan las cosas importantes.
Respira hondo antes de girar el pomo.
—Gabriel —dice sin ocultar del todo su tono seco—. Me disponía a salir.
Hace un gesto con la cabeza en la dirección del coche. Gabriel, sin embargo, no se inmuta.
—Mejor entramos. ¿Qué tal si preparas un par de cafés mientras te pongo al día? Hay novedades.
Bruno duda un segundo. No es una petición. Se hace a un lado y lo deja entrar.
Gabriel se mueve con cierta familiaridad por la casa y se toma la libertad de sentarse en el sofá. Bruno lo observa desde el umbral con los brazos cruzados. No le gusta sentirse invitado en su propio hogar.
—¿Le pongo leche, inspector Somoza? —pregunta Bruno con sarcasmo.
—Solo —contesta Gabriel con cara de circunstancias.
Bruno se gira y empieza a moler café.
—Vengo de hablar con los padres de Kasia —suelta Gabriel, directo, sin calentamientos previos—. Ya tenemos la identidad del cuerpo que apareció en el barranco del Infierno.
Bruno se da la vuelta abruptamente.
—¿Y…?
—No es ella.
Bruno se lleva una mano a la frente, ha comenzado a sudar.
No sabe si es de alivio o de decepción. Desvía la mirada al suelo.
Quizá, si ese cuerpo hubiese sido el de Kasia, por fin habrían encontrado las respuestas que necesitan.
Se diría que la agonía se resiste a abandonarlo y que insiste en complicarlo todo.
—¿Quién es?
—Samantha Reynolds. Británica. Desapareció en el verano de 1991 cuando estaba de vacaciones en Jávea con su familia.
Tenía diecisiete años. Salió una mañana de casa para asistir a un taller de cerámica y no volvió.
El caso se archivó sin resolver. No fue muy mediático, por algún motivo extraño que hace que ciertas noticias sean virales y otras, como esta, pasen desapercibidas. Tal vez por eso no lo recuerdas.
—Sí. Por eso y porque no había nacido —bromea Bruno.
Gabriel se ríe, pero Bruno no le presta mucha atención. Su cerebro empieza a procesar la información.
—Treinta años… Es una locura. Ha estado allí todo este tiempo. —Se pasa una mano por la cara intentando despejarse de golpe—. Me alegra que haya aparecido, aunque haya sido por casualidad.
Gabriel niega con la cabeza.
—Tal vez no haya sido tan casual.
Saca el móvil del bolsillo interior de la chaqueta, desbloquea la pantalla y le muestra una fotografía. Dos chicas, una al lado de la otra. Samantha y Kasia, diferentes años, diferentes calidades de imagen, pero una clara similitud. Los ojos de Bruno van de una cara a la otra.
—¿Lo ves? —dice Gabriel—. Mismo pelo, mismos rasgos. Hasta el color de ojos.
Bruno toma el teléfono y se queda atónito. Hay algo inquietante en la imagen, algo que va más allá del parecido.
—Esto sí que es interesante… —musita.
Guarda un segundo en silencio, luego alza la vista.
—¿Por dónde empezamos?
Gabriel señala la cafetera.
—Por tomarnos ese café. Después, vamos al instituto. Quiero hablar con Víctor Fábregas. También tengo que contarte lo que hemos descubierto de la matrícula parcial del coche que nos siguió.
Bruno camina en silencio junto a Gabriel Somoza por el mismo patio agrietado donde pasaba los recreos junto a Kasia antes de que todo se torciera. Antes de que la vida adulta le arrebatase la inocencia de la niñez.
El sol se filtra entre las ramas de los árboles. Al pisar el asfalto descolorido, le invaden recuerdos de épocas pasadas. Tiempos en los que nadie parecía fijarse en él, en los que era el centro de las burlas y de comportamientos tan inmaduros como inapropiados.
Somoza no habla, ya le ha dicho todo lo que tenía que decirle durante el café. Sus pasos son firmes, medidos, impregnados de esa aura mística que lo envuelve y le confiere su característica presencia. Esa que impone respeto.
Bruno lo observa de reojo. Entiende, aunque no lo comparta del todo, por qué mantiene esa distancia tan marcada entre él y el caso.
No es desinterés. No es cobardía. Es otra cosa.
Una forma de protegerse, quizá. O de proteger a los demás.
Y, pese a todo —a las reservas, a los silencios cargados—, Bruno está convencido de que no podría haber nadie mejor para ocuparse del caso de su amiga.
Somoza no va a mirar hacia otro lado. No es de esos.
Cruzan el umbral del edificio y el aire del interior los recibe con un murmullo amortiguado de clases en marcha. En la recepción, tras el mostrador, Celia Gil los ve entrar. Brazos cruzados. Boca tensa. La hostilidad es su carta de presentación. No mira a Bruno, y él no espera que lo haga.
—Buenos días, Celia —dice Gabriel en tono neutro—. Venimos a ver al director Fábregas.
Celia se mantiene quieta, la mandíbula en tensión.
—Él lo recibirá a usted, como agente. Pero este chico no puede entrar. —Señala a Bruno con desprecio—. No es policía.
Bruno contiene el impulso de replicar. Es lo que Celia querría. Es de ese tipo de personas que no saben gestionar los conflictos y se sienten cómodas aumentando la tensión. No le dará ese gusto.
—Está bien —responde—. Esperaré.
Gabriel se gira hacia Celia con una ceja ligeramente alzada.
—¿Podrías indicarme dónde está su despacho?
Celia asiente una sola vez, pero no contesta de inmediato.
—¿Y mi móvil? ¿Cuándo podré recuperarlo? —pregunta.
—Eso no depende de mí —dice Gabriel sin alterarse—. Te avisarán desde la unidad correspondiente.
La conserje asiente otra vez, seca. Esperaba esa respuesta. Luego señala un pasillo al fondo.
—Segunda puerta a la derecha. Voy a ver si puede recibirle ahora —comenta, y descuelga el teléfono.
Bruno da un paso hacia el lateral del mostrador.
—¿Puedo aguardar al inspector aquí, en la recepción?
Celia clava por fin los ojos en él. No hay rastro de cortesía.
—No. Vete a la biblioteca. Ya sabes dónde está.
Bruno asiente. No dice nada más. No vale la pena. Da unos golpecitos con los dedos en el mostrador, se despide de Gabriel y echa a andar por el pasillo con resignación.
Víctor Fábregas recibe al inspector Somoza con una sonrisa cordial y una voz que todavía arrastra un leve carraspeo.
Gabriel entra en el despacho con semblante serio al tiempo que echa un vistazo al entorno.
No es el típico despacho institucional, gris y desapasionado.
Hay madera auténtica en ese escritorio de caoba que domina la estancia.
Sobre él, un lapicero con forma de carrito de palos de golf en una esquina, una pizca de humor personal que suaviza el protocolo.
En la estantería hay libros de psicopedagogía, lomos bien alineados, títulos especializados.
En la pared, varios cuadros enmarcan certificados de excelencia educativa y reconocimientos varios que hablan de años de servicio diligente.
Presta atención a uno con una foto antigua acompañada de una nota de prensa. Varios hombres, entre los que se encuentra Víctor, más joven, posan trajeados y sonrientes en la puerta principal del instituto bajo el titular: «Inaugurado el primer instituto de La Nucía».
—¿Ya se ha recuperado del catarro? —pregunta Gabriel sin sentarse todavía.
Víctor Fábregas asiente a medias haciendo un gesto vago con la mano.
—Más o menos. Este invierno ha sido horrible. Mi hijo Yago me pega todos los virus del colegio y, no sé por qué, siempre acabo yo peor que él. Es como si en mí se cebaran —responde con una mezcla de resignación y humor.
Gabriel esboza una leve sonrisa. Luego se sienta, saca el móvil del bolsillo interior de la chaqueta y lo desbloquea.
—Imagino que se pregunta por qué estoy aquí. El caso sigue avanzando y necesito hacerle unas preguntas.
Fábregas cambia de postura. Se inclina ligeramente hacia delante.
—Por supuesto. Dígame.
Gabriel gira el móvil y le muestra la pantalla. Es la ficha técnica de un Renault Laguna gris oscuro. Justo debajo, la matrícula: 1988 GJX.
—Este vehículo está a nombre de su suegro, Sebastián Salas. ¿Sabe dónde está ahora?
Fábregas tarda unos segundos en contestar. Mira la pantalla, luego a Gabriel.
—Sí, claro. No dimos de baja ese coche cuando Sebastián falleció, la verdad. Era un vehículo secundario, apenas lo usaba. Después, cuando murió mi mujer y tuve que encargarme de todo… —Hace una pausa breve, lo justo para evitar que el recuerdo se le atragante—. Bueno, decidí regalárselo a Mónica.
Gabriel frunce levemente el ceño.
—¿Mónica, la matrona?
—Sí, la matrona que asistió en el nacimiento de mi hijo.
Se quedó sin trabajo poco después, por el revuelo que causó todo lo relacionado con mi mujer y el parto en casa.
Lo pasó muy mal. Y yo sentí que…, bueno, que tenía parte de culpa.
Así que le di el coche. Ella necesitaba uno y nadie iba a usar ese Renault.
Un poco antes de eso, tuve un accidente con él y la reparación era cara, así que compré uno nuevo.
Me pareció una forma de ayudarla, de compensar de alguna manera el lío en el que se vio metida.
Gabriel asiente con lentitud y guarda el móvil.
—Lo imaginé cuando vi el modelo —dice.
Víctor hace una mueca de desconcierto.
—¿A qué se refiere?
—El otro día, en su casa. Esa mujer le llevó las medicinas que usted necesitaba para el catarro y fue con ese coche. No pude ver la matrícula desde mi posición, pero sí el modelo y el color.
—Comprendo.
Gabriel se queda pensativo unos segundos. Luego levanta la vista.
—¿Me facilitaría un modo de localizar a Mónica?
—Claro, por supuesto. ¿Me permite preguntarle por qué necesita hablar con ella? No es mera curiosidad, es que tal vez pueda ayudarle.
—Hace un par de noches, alguien nos siguió en ese coche a Bruno Porta y a mí. No entiendo muy bien por qué lo hizo, pero quiero averiguarlo.
Víctor se queda callado. Afianza los codos en el escritorio y apoya la frente en las manos mientras niega con la cabeza.
—Esa pobre chica… —Suspira—. Lo siento mucho, de verdad.
—¿Por qué? No es culpa suya.
—Me siento responsable, en cierto modo. Intento ayudarla desde hace años, pero es verdad que cada vez es más complicado. Digamos que… no está muy bien. —Víctor se señala la sien con el índice—. Ya me entiende.
—¿No está bien? ¿Qué le hace pensar eso?
—Pues… su comportamiento. Se aísla, no se relaciona con nadie. Su casa es un vertedero… Síndrome de Diógenes, creo que lo llaman. No sé, cosas de ese estilo. Es una pena. Era una chica extraordinaria en su día.
—Ya veo —dice Gabriel—. En cualquier caso, quiero escuchar lo que tenga que contar.
Bruno empuja la puerta con cuidado. El chirrido metálico no pasa desapercibido, aunque la biblioteca está casi vacía a esas horas.
Da un paso y se detiene. Durante un instante, solo respira.
Nada ha cambiado. Las lámparas fluorescentes, el mostrador agrietado en las esquinas, el murmullo lejano del sistema de ventilación.
Para ser un instituto público, la biblioteca siempre le pareció un pequeño milagro: amplia, relativamente cuidada, con estanterías bien surtidas y ordenadas por alguien que, al menos, parecía respetar los libros.
Aquí pasaba él los recreos cuando era adolescente.
Aquí aprendió a esconderse sin que nadie lo notara.
Aquí leyó por primera vez el relato corto de Stephen King Rita Hayworth y la redención de Shawshank mientras imaginaba que Andy Dufresne estaba al frente de esa biblioteca.
Avanza despacio, como si caminara por un recuerdo. Sabe exactamente adónde va. Gira hacia el fondo, se interna por el pasillo estrecho que separa las secciones de novela contemporánea y de ensayo histórico. Ahí está: la mesa. Sigue oculta entre dos estanterías altas, resistiendo el paso del tiempo.
Se acerca y se queda de pie unos segundos.
Observa la superficie desgastada, los arañazos, las cicatrices sin pulir.
Posa la mano con lentitud. Deja que los dedos exploren por sí solos.
No tarda en encontrarlo: el nombre de Kasia, grabado con un clip en una esquina. La K es más profunda que el resto.
Desliza la yema del índice sobre las letras. Kasia. La primera vez que le habló de libros, ella lo miró como si se expresara en otro idioma. Pero luego vinieron Tokio blues , Fahrenheit 451 , Cien años de soledad …, y entonces Kasia comenzó a leer por su cuenta. Sin parar. A devorarlo todo.
La recuerda ahí, en esa misma silla. Las piernas cruzadas, la cabeza inclinada, las uñas mordidas.
Tenía El Principito entre las manos y los ojos tan fijos en la página que ni siquiera parpadeaba.
Decía que era su libro favorito, que había frases en él que eran mejores que cualquier experiencia real.
Bruno pensó que estaba exagerando. Luego lo volvió a leer, con otra perspectiva. Y entendió.
Se incorpora y echa a caminar entre los estantes.
Al principio, sin rumbo, rozando los lomos con la mano sin prestar demasiada atención.
Pero algo dentro de él se activa. Su mirada se vuelve más precisa.
Se dirige a la sección de clásicos. Libros de bolsillo envejecidos, algunos con el lomo despegado. Y, de pronto, ahí está.
El Principito .
Es el mismo ejemplar: tapa azul celeste, esquinas dobladas, letras apenas visibles en el lomo. Lo toma con cuidado, como si tocara algo frágil. Mira a un lado. Luego al otro. Nadie. Ni siquiera el ruido lejano del pasillo. La biblioteca, por ahora, le pertenece.
Kasia leyó ese mismo ejemplar muchas veces hasta que se compró el suyo.
Se abre el abrigo y guarda el libro dentro, junto al pecho. Sin apuro. No es un robo. Al menos, no para Bruno.
Es un recuerdo. Un ancla. Algo que necesita más que nadie.