La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Gabriel se apoya en el borde del escritorio con la vista fija en la pantalla apagada del ordenador, perdido en sus pensamientos.

Hay demasiados frentes abiertos, pero por primera vez en días siente que el caso avanza, aunque sea a empujones.

Ha dejado piezas sueltas por el camino. No le preocupa, sabe que está a tiempo de volver a unirlas todas.

El nombre de Bruno cruza por su mente. No ha vuelto a llamarlo.

Ni siquiera ha contestado a su último mensaje.

Se pregunta si habrá entendido su silencio, aunque lo duda.

Mañana se lo dirá en persona, no quiere hacerlo por teléfono.

Le explicará lo de la memoria USB, la necesidad de actuar con discreción, de analizarla antes de implicarlo.

No son excusas. Son los hechos. Lo que haría cualquiera en su posición. Lo que se espera de él.

Y, sin embargo, el remordimiento sigue ahí.

Le pedirá a Bruno que lo acompañe a reunirse con Víctor Fábregas.

No puede quitarse de la cabeza ese coche.

El mismo que los siguió la noche anterior.

Una matrícula que, según los registros, está todavía a nombre del suegro fallecido de Fábregas.

Un detalle que huele a desidia o a algo más.

Esa vez quiere escucharlo cara a cara. Sin evasivas.

Es muy consciente del valor de Bruno en la investigación, no prescindirá de él. Al fin y al cabo, es la persona que ha buscado la verdad con mayor insistencia. Tal vez pueda ayudarlo a entender por qué Kasia guardaba esas fotos en un USB.

Por último, está el banco desde el que se extrajo el dinero de la cuenta de PayPal.

No entiende cómo pueden tardar tanto en enviar las grabaciones.

Lo de siempre: excusas, trámites, un tecnicismo detrás de otro.

Se acabó. Ha encargado a dos agentes que se personen en la sucursal de Pego mañana a primera hora.

Irán con una orden judicial en la mano, firmada y sellada gracias a Patricia, que ha movido los hilos con eficacia.

Pero todo eso será mañana, porque hoy no piensa abandonar la comisaría hasta que un forense le confirme la identidad del cuerpo que encontraron en el barranco del Infierno.

Ha pasado más de media hora desde que Patricia acudió al laboratorio para hablar con los agentes de la Unidad Científica. Al parecer, ya tenían un informe preliminar, pero el tiempo transcurre y Patricia no vuelve.

Gabriel desbloquea su teléfono y le envía un mensaje a Bruno:

Seguimos esperando los resultados del laboratorio. Acabaré tarde. Mañana te recojo a primera hora

Bruno no tarda en contestar. No lo hace con palabras. En su lugar, utiliza un emoticono de una mano con un pulgar hacia arriba.

En ese momento unos nudillos llaman con suavidad a la puerta. Gabriel levanta la vista justo cuando Patricia entra en su despacho con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la expresión tan neutra que, por sí sola, ya resulta sospechosa.

—¿Y bien? —pregunta él sin rodeos.

Patricia se detiene frente al escritorio. Tarda un segundo en responder.

—No es ella. Tendremos que seguir buscando.

Gabriel suspira y entrelaza los dedos bajo la nuca.

—¿Y quién es?

—Por eso han tardado tanto. —La inspectora Siles carraspea antes de continuar—.

Calculan que el cuerpo lleva allí unos treinta años.

Dicen que ha sido difícil extraer ADN válido, pero han conseguido algo.

A falta de confirmación definitiva, parece que coincide con el de Samantha Reynolds. Es una chica que…

Patricia se detiene al ver que Gabriel ha abierto los ojos como si le hubieran encajado una bofetada.

—¿Sabes quién es? —pregunta impresionada.

—Sí, claro —responde él sin dudar—. Era una adolescente inglesa que desapareció en 1991 durante unas vacaciones con su familia en Jávea. Nunca la encontraron.

Patricia esboza una media sonrisa cargada de admiración.

—Claro que sabes quién es. Lo sabes todo —dice con una leve sonrisa—. Entonces entenderás que en 1991 el uso del ADN no estaba muy extendido. Aun así, ha habido suerte y el de esa chica estaba en la base de datos. Fue de los primeros.

Gabriel no responde. Se sienta, enciende el ordenador y empieza a teclear con rapidez.

—¿Qué haces ahora? —inquiere la inspectora Siles acercándose.

—Espera un momento.

La pantalla cobra vida. Gabriel abre el navegador, escribe el nombre de Kasia Nowak y selecciona una fotografía. Luego repite el proceso con Samantha Reynolds, busca una imagen antigua, de archivo, y la coloca junto a la otra.

Gira la pantalla hacia Patricia sin decir nada.

—Mira esto —susurra—. ¿Qué opinas?

Ambas fotos quedan enfrentadas, iluminadas por la luz fría del monitor. El parecido es abrumador. Una es el reflejo desdibujado de la otra. Distintas, sí. Pero con esa familiaridad inquietante que hace imposible apartar la vista.

Patricia no dice nada. Pero Gabriel ya lo ha visto en su cara. Piensa lo mismo que él.