La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Está bien —continúa Ramón—, te lo contaré.

Tu amiga no era una santa que digamos. Era un poco…

juguetona. Le gustaba dirigir miradas subidas de tono y le gustaba que la mirasen, de eso estoy seguro.

Cuando no podía venir a clase y cosas así, me escribía mensajes, ¡a mí, por Dios!

, en lugar de hacerlo a su profesora. Entenderás que eso a Susana no le sentaba muy bien.

No sé, hacía cosas como esa que estaban totalmente fuera de lugar. Era muy incómodo, joder.

Bruno no muestra reacción alguna.

—¿Y tú alguna vez entraste en su juego? —pregunta.

Ramón lo fulmina con la mirada.

—Vete a la mierda, Bruno Porta.

Después se levanta, paga su cuenta y se marcha sin mirar atrás.

Patricia se cruza de brazos. La silla le resulta incómoda, pero no se mueve. Está demasiado concentrada.

Gabriel no ha dicho una sola palabra en los últimos cinco minutos y apenas ha parpadeado. Está sentado al lado de Emilio observando con atención cómo trabaja. El técnico sigue ocupado en el pendrive sin levantar la vista, ajeno a la tensión que se acumula tras él.

Veinte minutos. Patricia los ha contado. En ese tiempo han repasado todo lo que tienen, aunque más por necesidad que por convicción. Lo del violín se ha evaporado, pista muerta. Lo sabe, y Gabriel también, aunque ninguno lo haya dicho en voz alta.

La cuenta que anunció el violín en Wallapop utilizó una identidad falsa.

Algo que ya se imaginaban. El titular lo envió desde una oficina anodina en Pego, una pequeña localidad sin apenas cámaras en la calle, sin grabaciones que recuperar.

Lo único que queda es el rastro del dinero: una transacción en Wallapop, una cuenta de PayPal y, de ahí, al efectivo, retirado en un cajero automático del mismo pueblo.

Patricia revisa la carpeta sobre la mesa.

Ya la ha abierto dos veces. No hay nada nuevo dentro, pero el gesto le sirve para ordenar sus ideas.

El cajero es su último recurso. La cámara podría haber captado un rostro.

Aunque sabe que es poco probable. Si el vendedor se ha molestado en montar todo eso con tanto cuidado, ¿de verdad cometería un error tan básico como mirar al objetivo?

Sea lo que sea, lo sabrán pronto. Ya ha puesto a un par de agentes a trabajar con esas grabaciones. Es lo único que les queda para que ese hilo no se acabe.

Gabriel se aclara la garganta. No para hablar, sino porque lleva demasiado tiempo en silencio.

Patricia lo observa un momento. Tiene el rostro tenso, las venas de las sienes hinchadas por la concentración.

No es el mismo hombre que conoció hace años, pero esa obsesión suya por los detalles sigue intacta.

—¿Cuánto más? —pregunta ella sin apartar la vista de Emilio.

—Depende —responde el técnico sin girarse—. La contraseña no es sencilla. Aunque, si todo va bien, esto funcionará.

Patricia asiente sin molestarse en ocultar su impaciencia.

Emilio pulsa una última tecla y se detiene. La pantalla parpadea. Una ventana se abre y aparecen dos carpetas. Las dos tienen nombre: «Thomas» y «Kasia».

—Empieza por la carpeta donde pone «Thomas» —ordena Patricia sin apartar la vista de la pantalla.

Con un leve cabeceo, Emilio hace doble clic y la carpeta se abre.

Dos fotografías se muestran en el monitor.

El mismo chico en ambas. Veinte años, tal vez un poco más.

Rubio. Ojos azules. Una mandíbula bien definida y una sonrisa amplia, simétrica, tan perfecta que parece robada de una campaña publicitaria de dentífrico.

Gabriel se inclina hacia delante. Su tono es neutro, pero en su mirada hay algo más.

—Parece que por fin ponemos cara al bueno de Thomas.

Emilio mira al inspector, desconcertado.

—¿Pero no teníais nada de antes? —pregunta girándose hacia Patricia—. ¿Nada de la antigua investigación?

—Nada —responde la inspectora, firme—. Solo las transcripciones de sus conversaciones con Kasia.

Al parecer, puso mucho cuidado en no dejar nada tras de sí.

Fue meticuloso. No dejó huellas digitales, ni nombres reales, ni imágenes.

Solo una IP cuya ubicación era Ludwigsfelde, que luego resultó ser falsa.

Seguramente usó una VPN para fingir que estaba allí.

Tal vez ni siquiera sea alemán. Y quién sabe si estas fotos son reales.

Por un instante, el silencio se instala en la sala. Patricia observa el rostro del chico. Tan nítido. Tan limpio. No encaja con la actitud que mostraba con Kasia, en la que la controlaba y la anulaba. No encaja con nada.

—Abre la otra —dice Gabriel entonces sin levantar la voz—. La que pone «Kasia».

Emilio obedece.

El contenido aparece de golpe, sin avisar, llenando la pantalla con decenas de miniaturas que se expanden una tras otra.

Fotografías. Unas ciento cincuenta, tal vez más.

Todas de la misma chica: Kasia. En todas se la ve desnuda o a medio vestir.

Lencería negra, roja, blanca perlada. Sujetadores finos, tangas, transparencias.

En varias, posa. Mira a cámara. Seductora.

O tal vez solo se lo han pedido así. Hay un atisbo de incomodidad en su mirada que solo Patricia parece notar.

Nadie dice nada durante unos segundos. Emilio deja el ratón inmóvil. Gabriel ha apretado la mandíbula.

Patricia se cruza de brazos.

—¿Puedes comprobar el EXIF de las fotos? —pregunta Gabriel—. De las de Thomas. De las de Kasia no hace falta, reconozco su habitación. Sé que las tomó allí.

Emilio regresa a la carpeta «Thomas», abre un programa de su portátil y escanea la foto.

—Lo siento, pero no tiene metadatos. Están borrados. Puedo intentar escarbar un poco más, pero eso sí que me va a llevar más de media hora.

Patricia saca su móvil.

—Espera un momento. Amplía la imagen de Thomas —solicita.

Emilio obedece. Patricia abre la aplicación Google Lens en su teléfono, lo acerca a la pantalla y toma una captura de la foto de Thomas. En menos de cinco segundos obtiene una interminable lista de resultados.

Una entrada de la lista conduce directamente a la biografía de Finn Wagner, un actor y modelo alemán de treinta años que goza de cierta fama. Las fotografías que encuentran en la red no dejan lugar a dudas. Es el mismo hombre de la fotografía que Kasia tenía en su memoria USB.

—Bien visto, jefa —comenta Emilio—. Parece que ahora tenéis hasta su nombre real.

—Creo que no nos servirá de mucho. Es evidente que no era él quien se escribía con Kasia. Alguien debió de utilizar sus fotos. Parece que el tal Finn no era tan conocido como ahora en 2014. Quizá por eso Kasia se lo tragó.

Gabriel se levanta.

—Sigue trabajando con los metadatos, Emilio. Y envíanos una copia de las fotos lo más rápido posible.