Capítulo 14
Bruno pulsa el timbre por segunda vez. El zumbido estridente se ahoga sin respuesta. El piso de Susana Quintas, la profesora de violín de Kasia, se ubica en pleno centro de La Nucía. Es un edificio de tres plantas relativamente moderno.
Vuelve a mirar hacia arriba. Las ventanas de la tercera planta están cerradas.
Es ahí donde vive la profesora. Bruno lo sabe, aunque nunca ha estado en esa casa.
Conoce muy bien a Susana y a su marido. Durante años, ha preguntado aquí y allá, extrayendo información de debajo de las piedras si era necesario.
Todo por ayudar a Kasia; todo porque nadie investigó como debía hace siete años.
Kasia dejó de acudir al conservatorio un par de años antes de desaparecer. Al principio fue por una gripe; luego, otra excusa. Finalmente, no regresó. Con el paso del tiempo, Kasia admitió que allí no se encontraba cómoda. «No me entienden, no encajo, no quiero volver», decía.
Nunca fue una adolescente fácil. Desde pequeña encontró la forma de doblar las reglas sin romperlas del todo. Es algo que Bruno, aunque le cueste admitirlo, sabe con certeza.
Insiste con el timbre. Esta vez presiona con el dedo un segundo más de lo necesario. Sigue sin haber respuesta.
Resopla y saca el móvil del bolsillo. Desbloquea la pantalla, busca el contacto y marca. Tres tonos. Cuatro.
—¿Diga? —La voz de Susana suena seca, sin rastro de cortesía.
—Señora Quintas, soy Bruno Porta. Amigo de Kasia Nowak. Hoy tenía usted una cita con el inspector Gabriel Somoza para que le hiciera algunas preguntas.
Una pausa breve, cortante. Después, su respuesta:
—Sé quién eres, Bruno. ¿Qué es lo que quieres?
—Estoy justo en la puerta de su casa y me preguntaba si sería tan amable de reunirse conmigo para charlar un rato. La investigación se ha reabierto y pienso que su testimonio es de vital importancia.
—No. De ninguna manera. Tú no eres policía ni tienes ningún derecho a venir a mi casa para interrogarme.
—No se trata de interrogarla —dice Bruno intentando suavizar el tono—. Es solo que…
Pero la línea del interfono ya está muerta. Susana ha colgado.
Bruno se queda con el teléfono en la mano mirándose a sí mismo en el reflejo oscuro del portal. Por un momento, no sabe si volver a pulsar el timbre o simplemente marcharse. Lo que sí tiene claro es que, sin Gabriel Somoza, sus posibilidades de éxito disminuyen.
Lo entiende, en parte. No todo el mundo quiere hablar con él. Ni abrirle la puerta. Ni escucharlo. En realidad, nadie quiere hacerlo. ¿Cuántos amigos tiene?, se pregunta con una indiferencia pasmosa. La respuesta es simple: ninguno.
No es un lamento. Es una constatación.
A esas alturas, incluso él sabe que ha terminado por convertirse en alguien incómodo.
Su carácter ayuda, claro. Pero también sus decisiones.
El empeño casi obsesivo por desenterrar lo que todos prefieren olvidar.
A nadie le gusta que le hagan mirar atrás, sobre todo cuando hay ciertos indicios que podrían hacerte parecer culpable. O, como mínimo, sospechoso.
Durante años ha pensado que tenía un don.
Leer a la gente. Intuir sus motivaciones.
Desnudar sus intenciones sin que hicieran falta palabras.
Pero últimamente no está tan seguro. Se ha equivocado demasiadas veces.
Ha sobrestimado sus capacidades, y eso es un error muy grave que no se puede permitir.
Camina sin rumbo por la acera cuando, de repente, oye su nombre.
—¿Bruno? —dice una voz masculina.
Cuando se gira, ve a Víctor Fábregas avanzando hacia él con su hijo cogido de la mano.
—Hola, Víctor. ¿Qué tal va ese catarro?
—Mejor, aunque sigo fastidiado. ¿Qué haces por aquí? —pregunta Víctor con las consecuencias del constipado aún presentes en la voz.
Bruno señala la entrada de un supermercado ubicado un poco más abajo en la misma calle.
—He salido a comprar algunas cosas que necesitaba.
Víctor se queda mirándolo con una sonrisa.
—Oye, quería darte la enhorabuena. Estuve pensando el otro día, cuando viniste a verme, y caí en la cuenta de que tienes mucho que ver en el hecho de que se haya reabierto la investigación de Kasia. Eso es bueno para todos.
—Gracias, Víctor; si me permites tengo que…
—Creo que estaría bien que organizásemos algo en el instituto y avisar a la prensa para que le den cobertura.
Para que la gente no olvide, ya sabes. Me gustaría contar con los padres de Kasia, pero hace tiempo que no hablo con ellos.
Sé que tú tenías buena relación con su familia. ¿Te importaría comentárselo?
Bruno hace una mueca. No está seguro de que Dominic Nowak esté por la labor.
—Claro. Por supuesto.
Bruno se despide de Víctor. El crío ya estaba dando tirones de la mano a su padre para que dejase de hablar. Ambos se pierden calle abajo, y Bruno reanuda su caminar sin rumbo para ordenar sus ideas hasta que encuentra algo que podría servirle.
Un pub irlandés en la esquina, con sus farolillos verdes y la promesa tácita de que, al menos ahí dentro, nadie le dará la espalda. Ni le cerrará la puerta en las narices.
No encuentra un motivo razonable para no entrar y beberse una pinta. Así que lo hace.
Dentro, el suelo de parquet cruje con cada paso. El olor a cerveza y madera barnizada le resulta vagamente reconfortante. Un bar como tantos. Con su barra con acabados de cobre, sus grifos pulidos y esa iluminación cálida que invita a quedarse siempre un rato más.
Se sienta en una bancada tapizada, pide una pinta sin mirar la carta y espera.
El camarero, un tipo joven con barba profusa, asiente sin decir palabra. Bruno apoya los codos en la mesa y deja que el murmullo de fondo lo envuelva.
El lugar está medio vacío. Una pareja de turistas, un hombre mayor que lee el periódico, dos chicos riéndose al fondo. Y entonces ve a alguien que le resulta familiar.
Al fondo del local, en otra bancada, casi oculto por una columna de madera, está él. Ramón Peña. El marido de Susana Quintas.
Bruno parpadea, pero no hay error. Es él. Mismo corte de pelo. Misma expresión dura. Lleva una chaqueta oscura y sujeta una jarra medio llena. Mira hacia la barra, pero no parece esperar a nadie. Está solo.
Bruno piensa que hay ciertas casualidades que se presentan muy esporádicamente en la vida y que nunca hay que dejarlas pasar.
Agarra su cerveza y, sin pensarlo demasiado, se levanta y se dirige hacia el lugar donde se encuentra Ramón.
Se sienta delante de él sin más. Ramón levanta la cabeza y lo mira extrañado. Por un instante parece que está a punto de hablar, pero se limita a gesticular.
—Hola —dice Bruno con voz neutra.
Ramón tuerce el labio.
—¿Nos conocemos?
Bruno se limita a estirar la mano.
—Bruno Porta.
Eso es todo. No ofrece más contexto. No menciona a Kasia, ni a Susana, ni los motivos por los que quiere hablar con él. Solo dice su nombre. Y espera.
Ramón lo observa unos segundos, hasta que una media sonrisa se le forma en la cara.
—Ya sé quién eres. Eres ese chico que va haciendo preguntas incómodas por ahí. El que se cree detective.
Bruno asiente con una leve inclinación de la cabeza.
Desde esa distancia, el olor a alcohol le llega de forma nítida.
No solo cerveza. También algo más fuerte.
Tal vez whisky. Se pregunta cuántas rondas lleva Ramón.
Tiene los ojos ligeramente vidriosos y un leve temblor en la mano cuando vuelve a coger su jarra.
Estar borracho puede hacerle hablar más. O hacerle saltar antes de tiempo. Ambas opciones son posibles.
—Las preguntas son solo eso —responde Bruno—. Preguntas. La incomodidad; bueno, eso ya no depende de mí.
Ramón suelta una risa ronca. Golpea la base de la jarra contra la mesa sin mirarlo.
—¿Y qué quieres ahora?
Bruno adopta un tono más amable. Le cuesta, pero sabe que es lo que corresponde en ese momento.
—Solo conversar un rato. Mira, sé que eres un tipo tranquilo.
Que no te metes en líos. Y créeme, no estoy aquí para buscarte ninguno.
Pero la policía está investigando. Tarde o temprano querrán hablar contigo.
Y pensé que quizá sería mejor que nos entendiéramos ahora, sin uniformes de por medio. Estoy colaborando con ellos.
Ramón lo mira con los ojos entrecerrados.
—¿Entendernos sobre qué?
Bruno apoya los antebrazos en la mesa sin levantar la voz.
—Sobre tu mujer. Sabes que Susana no soportaba a Kasia. No hace falta fingir que lo ignorabas.
Ramón niega con la cabeza de inmediato, casi con violencia.
—Eso no es verdad. Susana siempre la trató de maravilla.
Bruno mantiene la mirada fija. Sin alterar el tono.
—Pues Kasia no pensaba lo mismo. Me lo dijo hace años. Que Susana le tenía celos. Algo extraño, porque era solo una adolescente. Me contó que una vez la echó de vuestra casa por llevar pantalón corto. Y que pensaba que todo eso tenía que ver contigo. ¿Recuerdas algo de eso?
Ramón desvía la mirada. La mandíbula se le tensa; no por indiferencia, por contención.
Gira la jarra entre los dedos. Luego la alza con la voz más baja, casi arrastrada:
—Cuidado con lo que estás insinuando.
Bruno no responde de inmediato. Deja que el silencio se asiente en la mesa.
—No insinúo nada. Solo te repito lo que Kasia me contó.
—Todo eso son estupideces.
—Pero ¿sucedió o no? —pregunta Bruno.
Ramón da otro trago a su cerveza.
—Sí, pero eso no quiere decir que la tratase mal. Susana es muy recta a veces, y puede que ese día se pasara, que la chiquilla no había hecho nada malo por ir en pantalón corto, pero bueno… No quiero… En fin, dejémoslo ahí.
—No, Ramón. Necesito que me expliques qué pasaba. Tarde o temprano, no seré yo quien te lo pregunte. Si de verdad no tienes nada que esconder, dímelo.
Ramón apoya la jarra en la mesa con más fuerza de la necesaria.
—¿Quieres saberlo? ¿De verdad quieres saberlo?
Bruno asiente.