La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Bruno se queda quieto en mitad del salón con el rotulador aún en la mano. Ha regresado a su corcho, a su investigación. La que llevaba a cabo cuando a nadie más parecía importarle lo que le sucedió a Kasia.

Gabriel le ha pedido que esperase en su casa a que él volviera a llamarlo. No ha dado muchas explicaciones. Ha dicho que iba a visitar a Mateo Climent, actual gerente de Villa Violeta desde que su padre, Vicente Climent, falleció hace algunos años.

Se pasa una mano por la nuca. No debería afectarle tanto. Gabriel siempre ha sido esquivo con sus planes. Siempre ha trabajado así: saltando entre ideas como si siguiera una partitura que solo él entiende. Pero esa vez ha sido distinto.

«Lo dejaremos para más adelante», eso ha dicho. Ni una sola palabra sobre el porqué.

Tenían una cita con Susana Quintas, la profesora de violín de Kasia.

Una ruta trazada, preguntas listas para indagar y saber si había algún problema entre ambas.

Pero Gabriel ha cambiado de idea. Le ha comunicado que haría una visita breve a Mateo Climent, cuyo hogar se encuentra relativamente cerca del de Bruno, y que volvería a comisaría.

Ha alegado que la coartada de Susana es sólida y ha añadido que deben centrar esfuerzos, lo cual es cierto.

Después de que Kasia abandonase la casa de Susana al terminar la clase de violín, la profesora emitió en directo en su canal de YouTube durante las dos horas siguientes.

Es poco probable que ella tuviera algo que ver con la desaparición de Kasia.

Nadie parece necesitar a Bruno.

«Vuelve a casa. Te llamaré cuando sea el momento», le ha dicho también el inspector Siles. Un par de frases más, pero simples. Vacías. Como si Bruno fuera un peón que se puede guardar en la caja mientras no se juega esa parte de la partida.

Se gira hacia el tablón de corcho. Observa una fotografía de Kasia tocando el violín.

Añade otra línea, esta vez con una interrogación: ¿Qué vio Gabriel en casa de los Nowak?

Porque algo vio. Tiene que haber sido eso.

En cuanto a Patricia, ella no es de pedir ayuda, es la clase de mujer que lo abarca todo sin recurrir a nadie más.

Otra posibilidad. Más incómoda, más punzante: «Tal vez Gabriel se ha cansado de mí», se dice Bruno.

Traga saliva. Repasa mentalmente las últimas conversaciones con el inspector. No recuerda haber dicho nada fuera de lugar. No le ha contradicho. No ha filtrado información. Ha sido prudente, ha sido útil. Pero algo ha cambiado, y lo sabe.

No es paranoia. Es intuición.

Vuelve a marcar la foto de Susana Quintas con una chincheta roja.

—No pienso quedarme esperando —murmura.

Ni aunque Gabriel lo ordene. Piensa que existen dos tipos de personas en este mundo: las que actúan y las que se limitan a mirar. Él es del primer tipo, y no va a cambiar ahora.

Se pone la chaqueta y sale de casa.

Gabriel Somoza no necesita más de un vistazo para entender en qué tipo de mundo está a punto de meterse. La verja automática se abre con un zumbido lento, como si la propia casa evaluara si merece que lo deje pasar.

No se inmuta. Acelera apenas, maniobra con firmeza y atraviesa el acceso escoltado por un seto perfectamente recortado hasta que la mansión se alza frente a él: blanca, simétrica, majestuosa. El tipo de lugar que se ve en las portadas de las revistas que él nunca compra.

Detiene el coche justo delante del garaje.

A la derecha, un hombre corpulento pasa una bayeta con esmero por el capó de un Ford Torino verde que parece recién salido de una película.

No hace falta ser un entendido para saber que ese coche no es barato.

Tampoco los tres Ferrari que se alinean junto a él, todos rojos, todos relucientes.

Gabriel apaga el motor. Se queda dentro unos segundos observando. El hombre ni se gira, concentrado en su trabajo.

Sabe que Bruno querría estar allí y que se ha sentido desplazado cuando le ha dicho que no, que él se encarga.

Está dispuesto a dejar que lo acompañe cuando se trata de personas a las que el chico conoce; después de todo, ese caso está abierto de nuevo gracias a él.

Sin embargo, es reticente a que participe por decreto.

Solo quiere ver a Mateo Climent y hacerle unas preguntas.

Después, saldrá pitando hacia la comisaría para ver qué demonios contiene ese pendrive que ha encontrado en el cuarto de baño de Kasia.

Baja del coche. No le ofrecen una bienvenida cálida, ni falta que hace. Una mujer joven vestida de negro y con aspecto de asistente le abre la puerta sin palabras y se limita a señalar el interior.

—Mateo Climent está en casa. Le espera en el salón principal.

El salón principal. Por supuesto.

Camina siguiendo a la mujer, que avanza sin volverse.

El suelo brilla bajo sus pies, un mármol tan pulido que su reflejo es intenso.

Hay arte en las paredes —caro, seguro— y una chimenea tan ornamentada que parece más decorativa que funcional.

Todo es amplio. Demasiado amplio. Gabriel no puede evitar pensar que ese tipo de espacio no sirve para vivir, sino para demostrar.

Mateo Climent aparece desde una de las estancias contiguas. No hay presentación. No hay sonrisa. Solo lo observa desde la distancia con la barbilla ligeramente alzada y las manos en los bolsillos. Cuarenta y pocos. Delgado. Traje gris sin corbata, pelo peinado hacia atrás con precisión milimétrica.

—Inspector Somoza, ¿verdad? —La voz de Mateo es suave, cultivada. No suena a alguien sorprendido de tener a un policía en su casa. Más bien parece preparado para todo.

—Así es. Gracias por recibirme —dice Gabriel sin extender la mano.

Mateo tampoco lo hace.

Silencio. Una prueba mutua.

Gabriel decide no perder el tiempo.

—Seré breve. Estoy investigando la desaparición de Kasia Nowak. ¿Recuerda el caso?

Mateo arquea las cejas y se toma un segundo.

—Sí, lo recuerdo. Supongo que tendrá que ver con que trabajaba eventualmente en Villa Violeta, uno de nuestros salones.

—Así es. ¿Usted la conocía?

Mateo asiente.

—Sí, aunque no a nivel personal. Tuve trato con ella porque en aquel entonces solía echarnos una mano en la organización de eventos. La llamé más de una vez para contratarla. Ella tocaba el violín, como supongo ya sabrá.

—¿Podría decirme cuánto le pagaban por cada actuación? —pregunta Gabriel.

Mateo alza la vista, intenta hacer memoria.

—Podría decirle una cantidad aproximada. No lo recuerdo con exactitud, aunque, si lo desea, pediré que revisen los libros de contabilidad.

Gabriel niega con la cabeza.

—Más o menos, para hacerme una idea. ¿De cuánto dinero estamos hablando?

—De unos ciento cincuenta euros por noche. Kasia era muy buena, pero era joven y aún no había hecho carrera en el conservatorio con el violín. No creo que le pagasen más en otro lugar, sinceramente.

—Comprendo. Y, dígame, ¿es posible que Kasia obtuviese más dinero de otra forma? Llegando a acuerdos con los novios, por ejemplo, sin tenerle a usted de intermediario.

—No trabajando en Villa Violeta, al menos. Una de las condiciones que ponemos a los novios cuando se celebra una boda o cualquier otro tipo de evento es que nosotros somos quienes formalizan los contratos con los proveedores externos. Es una manera de controlar quién viene y mantener la calidad.

Gabriel asiente, saca su libreta y anota algo. No es una cantidad que se corresponda con el nivel de gastos de Kasia.

—¿Venía muy a menudo a tocar? —pregunta Gabriel.

Mateo se encoge de hombros.

—Durante una temporada sí que vino un par de veces o tres al mes. Nunca más de eso. Depende de lo que contraten los novios o los encargados de los eventos. Pero, en cualquier caso, Kasia solo estuvo con nosotros en Villa Violeta medio año, aproximadamente.

Gabriel le sostiene la mirada. Mateo es un hombre apuesto y educado, pero él siempre intenta ver lo que hay detrás de la fachada.

—¿Recuerda que Kasia tuviera algún comportamiento inadecuado? ¿Algún amigo o amiga con quien intimase? ¿Algo que le llamara la atención?

Mateo levanta las cejas.

—Me han hecho esa pregunta muchas veces. Mire, lo cierto es que Kasia fue una trabajadora ejemplar con nosotros. Siento decirle que nunca vi nada de eso ni me llegó esa información. Ella venía, hacía su trabajo, cobraba y se iba.

Gabriel se levanta después de darse una palmada en las rodillas.

—Muchas gracias por su tiempo, señor Climent. Contactaré con usted si necesito preguntarle algo más.

Gabriel ha vuelto a la comisaría. Empuja la puerta de su despacho con el hombro mientras sostiene un café en una mano y el móvil en la otra. Cierra con el pie y suspira al encontrar silencio. Hay demasiado bullicio por los pasillos. Necesita aislarse.

Nada más sentarse frente a su escritorio descubre una nota sobre él. No hay sobre. No hay firma. Solo una hoja arrancada de un bloc con una frase en tinta azul que no precisa más explicación: «Te ha llamado Laura Prieto».

Gabriel la lee sin sorprenderse. Suspira. Arruga el papel en un solo movimiento y lo lanza a la papelera sin dedicarle más atención. Encesta. Ni siquiera mira.

Laura. Siempre Laura.

Lleva semanas insistiendo. Desde que resolvió el caso de la desaparición de Rafael Sierra, esa periodista ha estado detrás de él para entrevistarlo.

Primero correos. Luego llamadas a su móvil que nunca obtuvieron respuesta.

Ahora, directamente, al teléfono de la comisaría.

Como siga molestando, Gabriel tendrá que tomar cartas en el asunto.

Seguro que intuye algo. El helicóptero, el cordón policial en el barranco del Infierno…

Gabriel se deja caer en la silla, que chirría con un gemido molesto. Apoya los codos en el escritorio. Se frota los ojos.

No va a darle el gusto. No hoy. Y, con toda probabilidad, mañana tampoco.

Descuelga el teléfono fijo.

—Ya estoy en el despacho, Patricia. Ven sola.

Cuelga antes de que ella pueda contestar.

La inspectora Siles no tarda en aparecer.

Gabriel oye el ritmo firme de sus pasos aproximarse por el pasillo antes de que llame suavemente con los nudillos y abra la puerta.

Lleva una carpeta bajo el brazo, ha estado trabajando.

Como siempre. Cuando entra y lo ve, se le escapa una leve sonrisa, fugaz, casi imperceptible.

Nunca lo diría en voz alta, pero Gabriel lo nota: la alivia no estar sola en la comisaría.

—¿Cómo ha ido? —pregunta Patricia, y cierra la puerta tras de sí.

Gabriel asiente con la cabeza, se echa hacia atrás en el asiento y se saca una bolsa de plástico transparente del bolsillo. Un objeto pequeño en su interior. Un USB negro, sin etiquetas, sin marcas.

—Tengo algo —dice colocándolo encima de la mesa.

Patricia arruga la frente y deja la carpeta a un lado. Da un paso adelante y observa el pendrive con atención.

—¿Dónde lo has encontrado?

—En el hueco de la cisterna del cuarto de baño de la habitación de Kasia Nowak. Pegado a la tapa por dentro con cinta adhesiva.

Ella abre los ojos de par en par.

—Buen trabajo, Gabi.

Él asiente.

—¿Y qué contiene? —pregunta Patricia.

Gabriel niega con la barbilla.

—No lo sé. Te estaba esperando.

Patricia ladea la cabeza, casi con impaciencia, y hace un gesto con la mano.

—Pues adelante.

Gabriel introduce el USB en el puerto de su ordenador, que se despierta con un leve zumbido. La pantalla parpadea. Una carpeta aparece durante una fracción de segundo, pero enseguida salta una ventana gris, sin adornos, con una sola frase en letras claras, centrada: INTRODUZCA LA CONTRASEÑA .

Ambos se quedan mirando la pantalla como si esperaran que, por arte de magia, la clave se revelara sola. Pero no hay pistas. Nada más que ese mensaje.

Gabriel se reclina en la silla y aprieta la mandíbula.

—Mierda.

Patricia se cruza de brazos con más fuerza; contiene la frustración.

—No pasa nada. Solo nos llevará más tiempo —comenta.

—¿Hay manera de dar prioridad a esto? —Gabriel señala la pantalla.

Patricia lo dice todo con un gesto de confabulación y estira los labios. Coge su móvil y marca un número. Oye una voz masculina al otro lado.

—Emilio, tengo un USB protegido con contraseña. Puede contener información importante relativa al caso de Kasia Nowak. ¿Cuánto tardas en desbloquearlo?

Una pausa.

—Media hora me parece bien. Necesito que cojas tu portátil y subas al despacho de Somoza. Te esperamos aquí.

Gabriel entrelaza los dedos tras la nuca e intercambia una mirada con Patricia después de que ella cuelgue.

—Muy bien, jefa.

Ella sonríe lo justo.

—Yo también tengo algo, Gabi —dice. Coge la carpeta y se la ofrece—. Hay diecisiete vehículos registrados en un radio de cincuenta kilómetros de La Nucía que coincidan con el fragmento de la matrícula que viste: 8 GJX. Catorce más si, en lugar de ser un ocho, ese último número fuese un tres.

—Era un ocho. Según Bruno —comenta Gabriel.

Patricia se encoge de hombros.

—No lo dudo, pero por si acaso. Echa un vistazo a los nombres, a ver si alguno te dice algo.

Gabriel abre la carpeta y se fija en la lista con los modelos de vehículo y el nombre de cada propietario.

El cuarto le suena mucho, y el modelo es un Renault Laguna. Podría ser, estaba muy oscuro. Solo que hay algo que no le cuadra.

Gabriel señala el nombre.

—Sebastián Salas. Si no es una coincidencia, se trata del padre de Fidela Salas, la esposa de Víctor Fábregas, el director del instituto.

—Me dijiste que esa mujer, Fidela, falleció, ¿no es así?

—Sí. Durante el parto de su hijo. Por lo visto, Fidela tenía miedo a los hospitales después de haber pasado mucho tiempo allí acompañando a su madre, que murió de cáncer.

Patricia se acerca la mano a la barbilla y se acaricia el mentón.

—¿Y qué demonios pinta su padre en todo esto? —pregunta.

Gabriel cruza los brazos.

—Pues no tengo ni idea. Porque ese hombre, Sebastián Salas, está muerto.