Capítulo 12 #2
Gabriel asiente pensativo. Desvía la mirada hacia una puerta cerrada al fondo del pasillo. La recuerda de la última visita, aunque entonces no le prestó mucha atención.
—¿Esa es su habitación?
Anna gira la cabeza.
—Sí. Está igual que el día que desapareció.
—¿Y la policía la registró en 2014?
—Sí. Vinieron al principio, la revisaron, pero no encontraron nada raro. No se llevaron nada.
Gabriel deja pasar unos segundos. No quiere parecer invasivo, pero sabe que no puede irse del hogar de los Nowak sin haber entrado en ese cuarto.
—¿Puedo echar un vistazo?
Anna no contesta. Mira a Dominic. Él levanta la vista. Tiene los ojos hundidos y apagados. Observa a Gabriel, luego a Bruno, que permanece en silencio con las manos entrelazadas a la espalda. Después mira a su mujer.
Y finalmente asiente. Una sola vez.
Gabriel no necesita más.
Se encamina hacia la puerta y Bruno hace ademán de seguirlo. Sin embargo, el inspector le indica con un gesto que espere.
Gabriel empuja la puerta con suavidad y la deja entreabierta. Cuando enciende la luz, la bombilla tarda un par de segundos en estabilizarse. Entonces la ve.
Es una habitación grande, más de lo que esperaba.
Las paredes están pintadas en un tono lavanda que ya ha perdido viveza y, junto al escritorio, hay una lámpara de sal que está apagada.
Sobre la pared de enfrente, una hilera de fotos colgadas con pinzas pequeñas: Kasia con sus padres, Kasia con su violín en un escenario improvisado, Kasia riendo con los ojos cerrados.
La cama está hecha, con un edredón blanco estampado de estrellas y una colección de cojines decorativos que parecen no haber sido tocados en años. En la mesilla de noche, una vela medio consumida y un libro con la cubierta doblada: Cumbres borrascosas , de Emily Brontë.
Empieza por lo obvio.
Abre el primer cajón de la mesilla. Un paquete de pañuelos, una funda de gafas vacía, un par de cargadores con los cables enredados.
Nada relevante. En el segundo, encuentra una libreta con las tapas negras, pero al abrirla descubre que son anotaciones de las clases de música de Kasia: escalas, ensayos, puntualizaciones. Todo limpio, meticuloso.
Se agacha y abre los cajones de la cómoda. Más ropa. Lencería ordenada por colores, camisetas dobladas con una precisión que le sorprende. Aparta algunas prendas buscando dobles fondos, sobres escondidos, cualquier cosa. Nada.
Se gira hacia la estantería y comienza a revisar uno a uno los libros.
Algunos clásicos en edición de bolsillo.
El guardián entre el centeno , de J. D. Salinger.
Una biografía de Jacqueline du Pré. Luego lo ve: El Principito .
Recuerda la conversación con Bruno. Era el libro favorito de Kasia.
Está subrayado en varios pasajes. Gabriel lo hojea despacio; se detiene en cada página, sacude el lomo por si hubiera algo escondido.
Un pétalo de flor seca cae del libro. Lo aparta con cuidado.
No hay cartas. No hay anotaciones personales.
Sobre la cómoda ve un único marco de fotos. Kasia aparece en él tocando el violín bajo una farola, probablemente durante una actuación. Gabriel lo levanta. Le da la vuelta. Desmonta la parte trasera por si alguien hubiera ocultado algo entre la foto y el soporte. Solo encuentra el cartón rígido.
Se dirige hacia el armario.
Al abrir las puertas, se encuentra con una colección de ropa que no se corresponde con lo que ha visto en el resto de la casa.
Vestidos de marca. Pantalones vaqueros aún con la etiqueta.
Zapatillas de deporte de edición limitada.
Todo perfectamente colgado, como si nadie lo hubiera tocado desde el día de su desaparición.
Le lleva un buen rato revisar en contenido del armario. Mete la mano en los bolsillos de las prendas, abre las cremalleras, palpa los dobladillos por si alguien hubiera introducido algo en ellos. No hay nada. Aparte de la ropa cara, solo ve perfumes en una balda y una funda de violín vacía.
Por último, entra en el cuarto de baño. Las baldosas son blancas, frías.
No hay una sola mota de polvo ni una mancha en el espejo.
Alguien ha debido de limpiarlo con regularidad durante todos esos años.
Abre los cajones del mueble bajo la pila: maquillaje, cremas faciales, cepillos de pelo.
Ningún frasco parece alterado, ninguna caja da la sensación de haber sido manipulada recientemente.
Está a punto de irse cuando algo lo detiene.
Una intuición.
Mira el inodoro. Recuerda a Nicolas Cage en Asesinato en 8mm y decide probar suerte. Levanta primero la tapa de la cisterna, se fija en el depósito. Dentro, solo el mecanismo habitual, pero hay algo adherido por la parte interior de la tapa.
Entonces lo ve: una pequeña bolsa hermética, sellada, sujeta con cinta aislante gruesa. La despega con cuidado. Dentro hay un único objeto: un pendrive .
¡Bingo!
Lo sostiene entre los dedos un instante y se lo guarda en el bolsillo. Acto seguido, va al salón para despedirse de la familia Nowak.
La mujer delgada y consumida por el tiempo está sentada, una vez más, en la vieja silla de mimbre que cruje bajo su peso ligero. Se lleva una mano al estómago y presiona. No sirve de nada, claro. El dolor sigue ahí y no se irá hasta que consiga calmarse. Algo que no parece que vaya a suceder nunca.
Aprieta los dientes sin darse cuenta. Últimamente lo hace. Le duelen los músculos de la cara; nota la mandíbula rígida como una bisagra oxidada. Tiene llagas dentro de la boca que se abren con cada roce de la lengua, y aun así no puede dejar de morderse. No hay alivio.
El hombre está de pie, a su lado. Inmóvil, con los brazos cruzados y la expresión de quien lleva horas dando vueltas al mismo asunto sin encontrar solución.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunta ella con la voz ronca por el insomnio y la ansiedad.
Él no responde enseguida. Medita su respuesta.
—Parece que esta vez están muy cerca —dice al cabo sin moverse—. Quizá tengamos que marcharnos.
Ella se endereza tan rápido como le es posible. La silla chirría de nuevo.
—No podemos. ¿Adónde iríamos?
Silencio.
Él se pasa una mano por la nuca y luego asiente.
—Lo arreglaré.
Ella lo mira durante unos segundos.
—¿Por qué han reabierto el caso? —susurra. La pregunta le ronda la cabeza desde que todo esto empezó.
Él la mira por fin.
—No lo sé —responde—, pero eso da igual. Lo importante es no llamar la atención. Si no lo hacemos, todo irá bien.