La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

A primera hora de la mañana, Patricia Siles camina por el pasillo central de la comisaría, ajena al bullicio que se forma a su paso. Todos hablan de lo mismo, de cómo un caso olvidado en el archivo ha vuelto a salir a la palestra.

Frente a la puerta del comisario Alfonso Muñiz, respira hondo. Dentro, la espera la sonrisa que más detesta de allí: ancha, falsa, confiada. La clase de sonrisa que alguien esboza cuando intenta camelar con palabrería barata.

Claro que se ha enterado. Cómo no iba a enterarse, piensa Patricia.

Cuando ayer encontraron un cadáver en el barranco del Infierno, sabía que eso iba a suceder.

Aunque Muñiz ya se había marchado a descansar cuando ella regresó por la tarde.

No se dignó presentarse en el lugar. Es algo que Patricia no entiende.

No es Urriaga. La inspectora Siles lo piensa sin rencor, pero con una punzada de nostalgia.

El viejo jefe podía ser maniático, testarudo y políticamente incorrecto, pero jamás habría desaparecido del mapa en mitad de un día como el de ayer.

Si encontraban un cadáver, él dejaba lo que estuviera haciendo y daba la cara. Así de simple.

Muñiz, en cambio, no interrumpe su descanso. Ni su gimnasio. Ni sus cenas. Patricia lo sabe y lo ha aceptado. Pero no se acostumbra. Es complicado cambiar las costumbres.

Mientras espera unos segundos antes de llamar a la puerta, repasa mentalmente lo que va a decirle. Necesita más efectivos. Ahora la investigación empieza a ponerse seria. El cuerpo, el violín… y ese coche que siguió a Gabriel y a Bruno anoche por esa carretera secundaria sin luces ni cámaras.

Golpea con los nudillos la puerta de Alfonso Muñiz.

—Adelante —dice una voz grave desde el otro lado.

Patricia entra.

El aroma cítrico de la colonia del comisario es su carta de presentación. Alfonso Muñiz se levanta de inmediato, sonriente y con los brazos medio abiertos, como si dudara entre estrecharle la mano o darle un abrazo.

—¡Enhorabuena, inspectora! —exclama—. Sabía que lo conseguirían. Ese hallazgo en el barranco… Una auténtica bomba. Por fin, un avance real en el caso Nowak.

Hace un amago de acercarse más.

Patricia no se mueve.

Su expresión es la misma de una pared en blanco, y basta con eso para que Muñiz se detenga, incómodo, con la sonrisa congelada en mitad del rostro.

—Todavía no se ha confirmado la identidad del cadáver —apunta ella sin sentarse—. Podría no ser Kasia.

Muñiz parpadea, esa posibilidad parece no habérsele ocurrido. Vuelve a su silla con menos entusiasmo.

—Sí, claro, claro. Pero hay que reconocer que tiene toda la pinta.

—Precisamente por eso —añade Patricia— hay que ser cautos.

No podemos permitir que la prensa meta las narices en todo esto.

Además, la ropa no coincide. Según hemos podido saber, Kasia llevaba puestos unos vaqueros y una sudadera blanca el día que desapareció.

El cuerpo que encontramos ayer llevaba vaqueros, pero una camiseta de manga corta.

Muñiz se recuesta, entrelaza los dedos sobre el abdomen y mira hacia un lado. Patricia intuye que su superior no ha escuchado nada de lo que acaba de decirle.

—He estado pensando que tal vez deberíamos convocar una rueda de prensa. Aprovechar la inercia. Que vean que estamos trabajando.

Ella lo mira y por un segundo parece que la temperatura en la sala baja un par de grados.

—Eso no es lo que hablamos, comisario. Y espero que sea usted un hombre de palabra.

Muñiz se aclara la garganta.

—Claro que lo soy. Solo lo decía por mantener informada a la ciudadanía. Transparencia, ya sabe.

—La transparencia no sirve de nada si entorpece la investigación.

Durante unos segundos reina el silencio, roto solo por el leve zumbido del conducto de aire.

Patricia, aún de pie, alza una carpeta para llamar la atención del comisario antes de dejársela en el escritorio.

—Me hace falta más personal. Con el hallazgo del cuerpo, se han abierto nuevas líneas de trabajo. Y necesito recursos para abarcarlas todas —solicita.

Muñiz se encoge de hombros y hace un gesto vago con la mano.

—Tendrá lo que necesite. Dentro de lo razonable.

—Bien. Pues necesito hombres que rastreen los movimientos de la persona que vendió el violín. Usaremos los datos del móvil de Celia Gil. Y quiero a alguien dedicado a localizar el coche que siguió a Gabriel y a Bruno anoche. No puedo encargarme de todo eso yo sola mientras Somoza está en La Nucía.

Muñiz asiente, aunque su entusiasmo inicial se ha diluido por completo. Deja de sonreír.

Patricia se da la vuelta sin más. Sale del despacho sin añadir nada, sin mirar atrás. Ya ha aprendido que, con algunos hombres, las palabras no sirven tanto como los silencios.

La verja metálica de la casa de la familia Nowak conserva esas manchas rojizas que el óxido ha ido formando con paciencia.

El jardín delantero parece más desordenado que la última vez, si acaso es posible.

Las flores marchitas de las macetas se mezclan con hojas secas, y hay una silla blanca de plástico volcada junto a la entrada.

Nadie ha salido a recibirlos.

Cruzan el camino de baldosas rotas en silencio, el inspector Somoza delante. Lo sigue Bruno, más tenso que de costumbre. Gabriel lo entiende; no es una visita agradable para tomar café con unos viejos amigos. Es una especie de anticipación amarga.

Anna abre la puerta antes de que llamen. Se diría que no ha dormido. Lleva una chaqueta gris encima de un camisón deshilachado y ni siquiera intenta disimular su aspecto. Sus ojos, hinchados y sin brillo, se clavan en los de Gabriel por un instante en busca de respuestas que él no puede darle.

—Pasen —dice con voz ronca.

Vuelven al mismo salón donde Gabriel les mostró el violín. Las cortinas siguen corridas. La lámpara del techo ofrece una luz tenue y hay una taza a medio terminar en la mesa. Dominic está sentado en el mismo sillón de la vez anterior con un rosario entre los dedos.

Anna se sienta a su lado con las manos apretadas en el regazo. Mira a Gabriel de nuevo, sin pestañear.

—¿Han identificado ya el cuerpo?

El inspector niega con la cabeza.

—Todavía no —responde con suavidad—. Es pronto. Están trabajando en ello desde esta misma mañana. Probablemente lo sabremos a lo largo del día.

Anna asiente, aunque parece no haberlo escuchado del todo.

—Les prometo —añade Gabriel— que serán los primeros en saberlo. En cuanto tengamos una confirmación, hablaré con ustedes personalmente.

Nadie responde.

El silencio se instala de nuevo. Bruno da un paso atrás y se queda junto a la puerta observando sin intervenir. Dominic sigue sin moverse. Solo su pecho se eleva, apenas perceptible. Gabriel se pregunta si ha oído lo que ha dicho o si simplemente está allí flotando en su propio dolor.

Durante un instante, se queda en pie sin saber cómo abordar el resto de la conversación y pedir permiso para lo que en realidad ha ido a hacer.

Anna rompe el silencio.

—¿Cree que es ella?

Gabriel clava los ojos en los de la mujer, pero no habla de inmediato. Medita su contestación.

—Lo que yo crea no importa. Comprendo que es una situación angustiosa y que necesitan respuestas.

Cabe la posibilidad de que sea el cuerpo de su hija, pero también de que no lo sea.

Lo que puedo decirle es que no se han hallado indicios de que sea Kasia: no se ha encontrado documentación, ni cartera ni teléfono móvil junto al cuerpo. Nada.

—¿Qué ropa llevaba puesta? —pregunta ahora Dominic, poniendo fin a su silencio.

Gabriel asiente mientras accede a su móvil.

—He traído unas fotografías de las prendas con las que fue hallado el cadáver. ¿Creen que podrían echarles un vistazo y reconocer si son de Kasia?

Dominic se levanta como una exhalación, se sitúa al lado del inspector y alarga la mano para cogerle el teléfono. Gabriel selecciona la primera fotografía. Unas zapatillas de deporte que fueron blancas en su día, pero que ahora están muy desgastadas y descoloridas por el paso del tiempo.

Dominic solo necesita un segundo para estar seguro de lo que va a decir. Aparta la vista del móvil y se sienta de nuevo en el sillón mientras su mujer no lo pierde de vista, siguiéndolo con los ojos anegados en lágrimas.

—No es Kasia.

Bruno da un paso al frente con los brazos cruzados e intercambia una mirada con el inspector.

—¿Está completamente seguro, señor Nowak? ¿Quiere que le enseñe el resto de las prendas? —insiste Gabriel.

—Estoy completamente seguro. Esa no es mi hija. El día que desapareció, acababa de estrenar unas zapatillas de deporte. Eran blancas también, pero el logo de la marca era de color rojo. Unas Nike Cortez. Estoy seguro.

Gabriel apaga el teléfono y piensa en su siguiente paso.

—En cualquier caso, les llamaré con la confirmación del laboratorio.

Dominic vuelve a centrarse en su rosario. No contesta. Anna no es capaz de reaccionar. Solo se oyen sus sollozos.

Gabriel la escruta un instante. Tiene el rostro tenso, pero algo en su mirada le indica que, pese al cansancio, todavía está presente. No completamente rota. No aún.

Espera a que se recomponga y decide que es el momento.

—Anna —empieza, bajando un poco el tono—, quería preguntarle algo que es importante para la investigación.

La mujer lo observa con desconfianza, aunque asiente con la cabeza.

—Hemos estado revisando algunos testimonios —continúa Gabriel— y descubrimos que Kasia hacía compras caras. Zapatillas de más de cien euros. Un móvil de gama alta. Varios, en realidad. ¿Se los compraban ustedes?

Anna parpadea sorprendida.

—¿Nosotros? No. No podíamos permitirnos eso. Apenas llegábamos a fin de mes…

—Entonces ¿sabe de dónde sacaba el dinero?

La mujer duda un segundo, pero luego responde con rapidez.

—Actuaba. Tocaba el violín en bodas, restaurantes, eventos privados. Le salían cosas de vez en cuando. Sobre todo, en Villa Violeta.

—¿Sabe cuánto cobraba por actuación?

Anna se encoge de hombros, incómoda.

—No. Supongo que lo suficiente para darse algún capricho. No preguntábamos demasiado. Le gustaba ser independiente.