La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

El sendero de tierra se estrecha conforme descienden, obligándolos a caminar en fila.

Bruno pisa con cuidado. Ha llovido los últimos días y la tierra está resbaladiza.

El sol, que ha aparecido hace poco, apenas logra colarse entre los bordes irregulares del barranco del Infierno.

Un nombre adecuado, piensa. Solo hay que fijarse en la pendiente, la disposición caótica de las rocas y la maleza retorcida.

Patricia va delante con la vista fija en el GPS del móvil.

Gabriel la sigue con expresión taciturna y la chaqueta abierta; mira a un lado y a otro examinando el lugar.

El técnico de drones, un chico joven y moreno que apenas ha dicho su nombre —Fernando, cree recordar— cierra la marcha cargando el maletín como si llevara un bebé entre los brazos.

—¿Estás segura de que fue aquí? —pregunta el técnico mientras se detienen junto a una roca plana desde la que se divisa una hondonada cerrada por la vegetación.

La inspectora Siles asiente sin levantar la mirada.

—Sí. La última señal del móvil de Kasia se emitió desde este punto —contesta al tiempo que, ahora sí, alza la vista del teléfono.

Bruno está callado. Mira el terreno que conoce a la perfección; ha estado ahí muchas veces desde que Kasia desapareció. Todo es tierra reseca, ramas quemadas por el sol y un silencio que se hace más denso cuanto más se adentran. Ni un pájaro. Ni un maldito insecto. Solo sus pasos.

—Me dijeron que esa noche hubo tormenta —añade Fernando mientras abre el maletín—. Bastante fuerte, de hecho. Podría haber afectado a la señal. Hay interferencias cuando el aire está tan cargado.

—Somos conscientes de eso —apunta Gabriel—. Puede que no fuera este el punto exacto. O que la señal rebotara. Pero, claro, es preciso comprobarlo. Si la señal se emitió en este punto, hay que buscar. Y descartar.

Bruno observa cómo el técnico despliega el dron con una rapidez que demuestra su maestría.

Tiene anotados los puntos que Bruno ha sugerido y prepara el aparato para examinarlos.

Mientras el técnico sincroniza la imagen, él piensa en Celia, en cómo le habría gustado estar en su casa cuando la interrogaron.

Había algo en ella que le revolvía el estómago.

La enemistad que sienten se remonta a los años de instituto y, lejos de mejorar, perdura.

Ha sido toda una sorpresa que, casualmente, el novio de Celia sea Damián, el mismo tipo que vendió el violín de Kasia.

La mente de Bruno es ahora un torbellino de ideas en las que trata de buscar la explicación que mejor encaje.

Por supuesto, que Celia tenga algo que ver y que haya decidido vender el violín de Kasia pasados los años para sacar algo de dinero es una posibilidad plausible.

No tiene en mucha estima la capacidad intelectual de Celia, lo que explicaría que fuera tan insensata como para llevar el violín a una tienda de Benidorm.

Por otro lado, mientras se comprueba el testimonio de Damián y Celia, y se averigua quién es la persona a la que supuestamente compraron el instrumento a través de internet, Bruno se pregunta si Celia sería lo bastante calculadora para llevar a cabo algo tan enrevesado como la desaparición de Kasia, de quien no se sabe nada siete años después.

Tal vez contó con ayuda; es algo que no puede descartar.

—Mientras no cambie el viento, estoy listo —anuncia Fernando examinando el monitor—. Voy al primer punto marcado.

Gabriel asiente. Patricia se cruza de brazos. Bruno da un paso atrás cuando el dron alza el vuelo con un zumbido suave pero agudo, como un insecto mecánico que despertara de su letargo.

En la pantalla, el terreno se despliega con una calidad de imagen extraordinaria. Bendita tecnología, piensa Bruno.

El dron desciende por una especie de desfiladero que se forma abruptamente en la ruta del barranco del Infierno.

Llega un punto en el que las ramas de los árboles dificultan el vuelo y el técnico lleva a cabo toda una exhibición de pericia colocando el aparato en las mejores posiciones para examinar el fondo del desfiladero. No se ve nada. Solo rocas y ramas.

En el segundo punto, más de lo mismo. Solo que, de algún modo, el lugar es una especie de vertedero donde se amontonan bolsas de plástico, latas de cerveza que han perdido su color por el paso del tiempo y hasta lo que parece ser la rueda de una bicicleta.

Bruno se pregunta cómo demonios habrá llegado eso hasta allí.

El dron planea unos metros por encima del terreno antes de descender hacia una grieta oscura, casi imperceptible desde su posición inicial.

Fernando maniobra con destreza, concentrado, los dedos firmes sobre los controles.

En la pantalla, la cámara comienza a registrar el interior del foso: una oquedad natural, probablemente formada por el arrastre de agua siglos atrás.

Ahora está casi seca, pero la humedad persiste en las paredes, y la luz apenas se filtra desde la abertura superior.

—Voy a activar la iluminación —dice el técnico.

Bruno nota que se le tensan los hombros. El zumbido del dron reverbera por el barranco y, cuando las luces se encienden, la pantalla muestra un espacio amplio, irregular, lleno de rincones oscuros donde la vegetación no ha crecido.

Durante varios minutos, el aparato sobrevuela la zona explorando sin rumbo fijo. Solo hay piedra, tierra, musgo…, hasta que Gabriel entrecierra los ojos.

—Espera —dice de pronto—. Vuelve atrás. Un poco más. Ahí. Justo ahí.

Fernando obedece sin preguntar. El dron retrocede unos metros y se detiene, flotando inmóvil frente a una hendidura en el suelo. Patricia se inclina hacia la pantalla. Bruno siente que la tensión sube como una ola. Nadie respira.

La cámara enfoca.

Y entonces lo ven.

Un par de zapatillas de deporte, desgastadas, casi cubiertas por tierra y hojas. A su lado, un pantalón vaquero parcialmente enterrado. Y, entre ambos, algo más.

Huesos.

Finos, descoloridos, como ramas que alguien hubiese dejado olvidadas en el suelo.

Pero no lo son. Bruno lo sabe. Todos lo saben.

La imagen es borrosa, pero inequívoca. Una tibia.

Un peroné. Fragmentos de lo que alguna vez fue una persona.

Quizá una adolescente de pelo rubio que no volvió a casa una tormentosa noche de 2014.

Nadie dice nada durante unos segundos.

—¿Estás grabando? —pregunta finalmente Patricia en voz baja, contenida.

—Desde el principio —responde Fernando.

Gabriel da un paso atrás y lanza una mirada hacia el fondo del barranco intentando imaginar qué sucedió allí. Bruno nota cómo se le acelera el pulso.

Si esos huesos son de Kasia, y todo apunta a que así será, habrán descubierto algo que se daba por hecho desde el propio año 2014.

Solo que eso no evita que sea doloroso.

El coche de Gabriel Somoza avanza por la serpenteante carretera que conduce a La Nucía. En su interior, tanto él como Bruno mantienen el silencio. Un acompañamiento que parece perfecto para ambos. Fuera, la noche ya se ha cerrado sobre las montañas.

Gabriel piensa detenidamente en el día de hoy. Siente aún el zumbido lejano de las hélices, el helicóptero suspendido sobre su cabeza girando en bucle. No quiere ni puede apartar de su mente la imagen de los técnicos rescatando aquel cuerpo sin vida. Mejor dicho, lo que quedaba de él.

Bruno tampoco habla. Mira por la ventanilla con expresión sombría, los ojos perdidos en la nada. Lleva horas con ese gesto. Desde que vieron el cuerpo. Desde que lo sacaron de aquella grieta imposible, oculto entre rocas afiladas como cuchillas. No era una escena para olvidar.

Gabriel sabe que Bruno no está bien. Por mucho que fuese evidente que la mayoría de los caminos por los que avanzaría esa investigación llevarían al mismo lugar —al hallazgo del cadáver de Kasia—, el dolor contenido emerge en esos casos.

Lo ha visto en otras ocasiones. Es, sin duda, la parte que menos le gusta de su trabajo.

—Va a ser un milagro si no lo filtran —murmura Bruno de pronto, sin apartar la vista del cristal.

Gabriel no responde de inmediato. Ya ha hecho lo que ha podido. Ha acordonado el sendero y ahuyentado a los curiosos, ha suplicado discreción por radio. Pero sabe que no será suficiente. Un helicóptero llama mucho la atención. Demasiado.

—No te preocupes. He telefoneado al padre de Kasia esta tarde. Al igual que tú, pienso que es cuestión de tiempo que alguien cuelgue un vídeo en internet.

—¿Cómo se lo ha tomado?

—He sido claro. Le he transmitido los hechos, que hemos encontrado un cuerpo, pero que no se ha identificado aún. Podría ser Kasia y podría no serlo. ¿Reconociste las zapatillas de deporte? —inquiere Gabriel.

—La verdad es que no. Estaban muy deterioradas. Kasia llevaba calzado deportivo el día que desapareció. Unas zapatillas blancas de Nike. Pero, claro, esa marca es muy popular.

Gabriel concede una pausa de unos segundos.

—Quería hablar contigo sobre algo que nos dijo Celia Gil a Patricia y a mí esta mañana —suelta sin preámbulos—. Nos contó que Kasia llevaba un tren de vida que no se correspondía con el nivel de ingresos de su familia. Habló de teléfonos móviles caros, ropa de marca y cosas así.

Bruno se gira lentamente y observa a Gabriel, que no puede devolverle la mirada porque está conduciendo, se centra en la imagen del espejo retrovisor.

—Sí. Es cierto. Kasia siempre se compraba el último modelo de teléfono y vestía con marcas de ropa cara. ¿Y qué?

—¿No te llamó la atención? Su padre es carpintero, ¿no? ¿Le iba muy bien?

—No voy a negar que en el instituto la gente se reía y hacía bromas diciendo que Kasia vendía droga, pero te aseguro que eso no era así. Porque, por aquel entonces, la mitad de los alumnos del instituto se fumaba un porro de vez en cuando y nunca nadie lo consiguió a través de Kasia.

—¿Y cómo crees que obtenía el dinero? —insiste Gabriel.

Bruno carraspea y vuelve a clavarle la mirada durante unos segundos. Gabriel sigue con la vista fija en la carretera y pendiente del retrovisor.

—Kasia tocaba el violín en algunas asociaciones, en restaurantes caros que tienen música en directo…

Iba mucho a Villa Violeta, una finca donde se celebran bodas que es propiedad de la familia Climent.

Son muy conocidos aquí, en La Nucía. Siempre he dado por hecho que lo sacaba de ahí.

Era de las pocas chicas de su edad que trabajaban los fines de semana.

—Villa Violeta… Comprendo. Tendrás que darme más información sobre su dueño, quiero hacerle una visita.

Bruno asiente, aunque Gabriel no lo ve porque no lo mira.

—Sé lo que estás pensando —apunta Bruno—. En parte lo entiendo, es tu trabajo.

—Entonces, si ya lo sabes, no hará falta que te diga que me gustaría comprobar las cantidades que Kasia ganaba con sus actuaciones. He de confirmar si cuadran con el nivel de gastos.

Bruno no contesta.

—Y ya puestos, me gustaría que esto no hubiese sucedido en 2014 y tener acceso a su actividad en internet. Pero, claro, eso sería poner las cosas demasiado fáciles.

—¿Lo dices por Thomas, el supuesto novio del que no tenemos nada de nada? —pregunta Bruno.

—Entre otras cosas, sí —contesta Gabriel, que mira, una vez más, por el espejo.

Bruno ha debido de notar algo en el semblante de Gabriel.

—Oye, ¿va todo bien? —pregunta el chico.

—No. Nos sigue un coche. Me he dado cuenta hace un rato, pero quería estar seguro. Ha tenido varias opciones de adelantarme y no lo ha hecho.

Bruno se gira. Está demasiado oscuro para identificar el modelo del vehículo. Solo ve una mancha con dos grandes focos luminosos a cierta distancia de ellos.

—¿Puedes ver la matrícula? —pregunta el inspector.

—Solo el último número y las letras. Lleva fundida una luz de la placa, solo leo: 8 GJX.

Gabriel abre la guantera con un gesto rápido y firme.

El clic seco de la cerradura suena más fuerte de lo que debería en el silencio tenso del habitáculo.

Saca su pistola y la sostiene con determinación en una mano.

No le gusta tener que recurrir al arma, pero no expondrá a Bruno a ningún peligro.

No deja de ser un civil, por muy implicado que esté.

—Voy a tenderle una trampa —dice sin girar la cabeza hacia Bruno—. No salgas del coche pase lo que pase, ¿me oyes? Quédate agachado.

Bruno no responde. No le hace falta. Sus músculos se tensan de golpe como si un resorte invisible lo empujara hacia abajo. Baja la cabeza y se encoge en el asiento del copiloto tragando saliva con dificultad.

Gabriel reduce la velocidad. La carretera está desierta y la oscuridad de la noche lo envuelve todo.

A la derecha, un desvío estrecho y sin señalizar aparece entre la maleza.

Gira sin dudarlo; las ruedas crujen sobre la grava suelta.

Es un saliente olvidado de la carretera, apenas un tramo de asfalto lleno de agujeros que muere contra un muro de roca y arbustos.

El coche que los sigue también aminora. Gabriel lo ha visto por el retrovisor.

—Averigüemos quién eres —murmura, más para sí que para Bruno.

Detiene el vehículo a un lado, apaga las luces y espera.

El otro coche aparece. Imposible aún distinguir la marca y el modelo. Los faros son antiguos, no son led. Algo es algo. Se detiene unos metros más atrás. También apaga las luces. La negrura se lo traga sin que se pueda distinguir nada.

Gabriel respira hondo. Su dedo acaricia el gatillo. No usará el arma hasta que sea la última opción, pero, en caso de tener que hacerlo, estará preparado.

Silencio.

Solo el crujir del motor enfriándose. Y su propia respiración.

Nada.

No se abre ninguna portezuela. Nadie se baja. El mundo parece contener la respiración junto con él.

Y entonces, sin previo aviso, el coche negro maniobra bruscamente. Las ruedas chirrían sobre el asfalto quebrado, el vehículo derrapa y da la vuelta en una maniobra torpe pero efectiva. Vuelve a incorporarse a la carretera principal y se aleja a toda velocidad.

Gabriel coge la radio sin perder tiempo.

—Aquí Gabriel Somoza. Necesito un control de inmediato en la CV-70.

Cubrid todas las salidas que podáis, en especial la de La Nucía.

Vehículo sospechoso, color oscuro, posiblemente un turismo.

Tengo parte de la matrícula: acaba en 8 y las letras son GJX.

El conductor de ese coche nos ha seguido y acaba de darse a la fuga.

Un breve pitido, seguido por la voz rasposa de un agente al otro lado:

—Recibido, Somoza. Movemos unidades.

Gabriel guarda la pistola. Mira a Bruno.

—Ya puedes levantar la cabeza.

Bruno lo hace, lento, con el rostro pálido y una gota de sudor bajándole por la sien.

—¿Quién era?

—No lo sé —responde Gabriel—. Pero lo sabré.

El motor ruge de nuevo. El coche se incorpora a la carretera y reanuda la marcha.