Capítulo 10
Damián se sienta en la silla y cruza las manos. El cuarto es pequeño, sin ventanas, y está iluminado por un fluorescente que parpadea de vez en cuando. Apenas proyecta sombras, salvo las de su interior. Esas sí parece resaltarlas.
Es la primera vez que pisa una comisaría.
Lo piensa mientras traza con la mirada las baldosas blancas del suelo.
Nunca lo habían pillado. Ni una sola vez.
Y eso que lleva más de dos años trapicheando.
Al principio fue marihuana, luego pastillas, después cocaína.
El salto fue fácil. Más demanda, más dinero.
Una forma rápida de pagar deudas, de dejar atrás la mierda de trabajos basura. Nunca imaginó que duraría tanto.
Pero le duró.
Hasta hoy.
La puerta se ha cerrado tras él hace unos minutos y no ha vuelto a abrirse.
Está solo. Absorto en sus pensamientos, con la imagen del borracho del calabozo todavía rondándole la cabeza.
Roncaba como una bestia. A veces se despertaba pateando al aire.
Damian no quiere pasar mucho tiempo en ese lugar nauseabundo.
No le han explicado gran cosa, solo que está detenido y que le harán unas preguntas.
Lo que le preocupa, lo que de verdad le jode, es no saber cuánto tiempo pueden tenerlo ahí por lo que llevaba encima.
Solo unos gramos. Dos, quizá tres. Lo justo para esa noche.
Ya había colocado casi todo lo demás antes de que ese tipo —el de la chaqueta oscura con pinta de policía de película antigua— le plantara cara.
«¿Damián?».
Ni siquiera intentó negarlo. Lo supo al instante. Lo buscaban a él.
Ahora no deja de pensar si tenía que ver con la droga o si fue por otra cosa.
Es posible que quieran el nombre de alguien más grande que él. No es difícil, Damián es muy consciente de su insignificancia. No la rehúye.
Pero no es tonto, no dirá nada. Si lo hiciera, sería peor. Mucho peor.
Se remueve en la silla. Se masajea las muñecas allí donde las esposas han dejado marca, pero no hay manera. La tensión le baja por los brazos, le anuda el estómago.
La puerta se abre y entra el hombre que lo arrestó, junto con esa mujer que le puso la zancadilla. No piensa olvidarlo. Ha sido desmesurado, a su juicio.
Ambos se sientan frente a él y lo escrutan. Decide no mantener el contacto visual y se mira las manos.
—Damián Fajardo, soy la inspectora Siles y él es el inspector Somoza. Te recuerdo que esta conversación va a ser grabada y que tienes derecho a contar con la presencia de un abogado.
Damián se queda callado. Necesita tiempo para pensar. No es algo que se le dé extraordinariamente bien.
—¿De qué va todo esto, señora? —pregunta.
—Inspectora —corrige Patricia.
—Sí…, eso. —Damián pide disculpas con un gesto—. Solo llevaba un par de gramos. No creo que sea necesario todo esto —dice señalando la sala que lo rodea.
—No estás aquí por la droga. Hemos cursado la propuesta de sanción, por supuesto. Pero ese no es el motivo por el que queremos hablar contigo —comenta Gabriel Somoza.
Damián se lo temía. Las palabras de ese hombre acaban de confirmarlo. Se proponer averiguar con quién trabaja. Llegar más lejos.
Aprieta los labios y espera que digan algo más.
La inspectora rebusca en el interior de una carpeta y extrae una fotografía que le muestra.
—¿Reconoces este violín?
Damián lo mira. Claro que lo reconoce.
—Pues no.
Patricia saca otra foto del interior de la carpeta.
—Este eres tú, ¿verdad?
La foto es borrosa, pero Damián sabe perfectamente que sí, es él. Aparece de perfil con las gafas de sol puestas y el mástil del violín asomando por el hombro.
Lo han pillado. Ya no puede seguir negándolo.
—Vale, sí. Vendí ese violín en una tienda de segunda mano. No sé qué hay de malo en eso. No es robado, si es lo que insinúan.
—¿De dónde lo sacaste? —pregunta el inspector Somoza.
Damián arruga la frente.
—Lo compró mi novia por Wallapop. Solemos hacer eso. Si vemos algo que está tirado de precio lo compramos para revenderlo por más dinero. Buscamos información del violín en internet y vimos que era muy caro. Como lo vendían muy barato, decidimos sacarnos unos cuantos euros.
—¿A quién se lo compró tu novia? —indaga Gabriel.
Damián se lleva la mano a la barbilla, finge pensar.
—Pues no tengo ni idea. El vendedor no podía quedar en persona y lo envió.
—¿Te dio algún dato? ¿Su nombre, te dijo dónde vivía…? ¿Algo? —insiste Somoza.
—No lo recuerdo. ¿Así que todo esto es por ese maldito violín? —Damián sonríe aliviado—. Mire, puede llamar a mi novia y mirar su móvil. Ahí estará la conversación. Es todo lo que sé. Solo quiero irme de aquí.
Patricia se levanta sin desviar la mirada de Damián.
—Aún es pronto para eso, me temo —dice—. Tenemos que comprobar un par de cosas. Mientras tanto, puedes volver a tu celda.
Celia Gil no ha dejado de caminar en círculos desde hace más de una hora. Lleva despierta desde las cinco de la mañana. Ha dormido muy poco, si es que a eso lo puede considerar dormir.
Su diminuto apartamento, con las paredes tan delgadas que se cuela el sonido del ascensor cada vez que alguien sube, parece todavía más pequeño cuando su ansiedad crece.
Va descalza mientras fuma un cigarrillo tras otro.
Sus ojos se desvían hacia el teléfono cada pocos minutos; espera una llamada, un mensaje. Pero nada de eso sucede.
Es la tercera vez que mira a través del cristal de la ventana como si fuera a encontrar allí alguna respuesta. Pero solo encuentra la calle oscura y el cartel del kebab de la esquina parpadeando. Los vecinos ya se han quejado varias veces de que se quede encendido durante toda la noche.
«Esto no era lo que quería», piensa. Y no es la primera vez que lo hace.
Cuando era más joven, tenía planes. Proyectos.
Se veía diferente. No en ese cuchitril con gotelé en las paredes y un inodoro que pierde agua.
Se imaginaba en una gran casa blanca con terraza y piscina ofreciendo mojitos a sus amigas mientras la música sonaba a través de unos altavoces carísimos.
No con la espalda encorvada por la tensión y malviviendo al lado de un tipo como Damián.
Si no fuera porque su novio es una de las pocas personas que no la ignoran, no saldría con él.
Suspira y vuelve a mirar el móvil. No hay mensajes ni llamadas de Damián. Otra vez. «¿Dónde está? ¿Por qué no contesta?».
Y luego está lo de Kasia.
Cuando vio esa mañana a Bruno Porta en el instituto, con esa cara de imbécil que parece disfrutar provocando, sintió un impulso tan primario que tuvo que contenerse para no seguirlo y estamparle la cabeza contra una farola.
No es tan tonta como su madre insiste en hacerle creer.
Sabe perfectamente lo que Bruno y ese policía pretendían hablar con el director.
Ella tuvo demasiados encontronazos con Kasia en el pasado.
Gritos, amenazas, empujones. Demasiados ojos puestos sobre ella.
Si algo pasa, si alguien abre la boca, será su nombre el primero que pronuncien.
Llaman a la puerta.
Celia se queda paralizada unos segundos. El corazón le da un vuelco. ¿Damián? ¿Por fin?
Cruza el apartamento en dos zancadas y abre sin mirar por la mirilla. Pero no es Damián. No es él quien está al otro lado.
—Buenas noches, Celia.
Es el policía que acompañaba a Bruno. Esa vez viene con una mujer.
Por un segundo, Celia no sabe si cerrar la puerta o echarse a llorar.
Gabriel y Patricia se adentran en el apartamento con una ligera sensación de claustrofobia.
El olor es lo primero que les golpea, una mezcla densa de tabaco rancio y humedad.
Parece que nadie hubiera abierto una ventana en semanas.
Una nube de humo flota en el aire. Gabriel no entiende cómo es posible que a la propia Celia no le moleste.
El piso no da para mucho: un sofá desvencijado, una mesita baja con un cenicero desbordado y un espejo pequeño con un par de rayas de cocaína encima.
La limpieza brilla por su ausencia. En una esquina, el inspector Somoza distingue una cucaracha inmóvil junto a una botella vacía de cerveza. No quiere saber si está viva o muerta.
—Perdonen el desorden… —murmura Celia sin demasiado convencimiento—. Si quieren pueden sentarse.
Pero no hay mucho donde elegir. Un taburete cojo y una silla de plástico.
Gabriel prefiere quedarse de pie. Patricia también.
No se trata solo de incomodidad. Es estrategia.
Estar de pie da ventaja. Dominio. Celia lo nota, porque se retuerce las manos, se muerde un padrastro, cambia el peso de un pie al otro.
—¿Estás bien, Celia? —pregunta Patricia en el tono suave que usa cuando busca ganarse la confianza de alguien.
La chica asiente demasiado deprisa. Los ojos, demasiado abiertos.
—Sí. Solo… solo estoy preocupada. Mi novio no ha vuelto desde anoche. No coge el móvil. No es normal en él.
Gabriel la observa con atención. Su mirada vuelve a la mesa del centro. A las dos líneas de cocaína mal cortadas apenas disimuladas bajo el reflejo sucio del espejo.
—¿Has estado consumiendo algo? —pregunta con frialdad, sin levantar la voz.
Celia parpadea. Tarda un segundo de más en reaccionar.
—¿Qué? No. Eso… eso no es mío. Es de Damián. Yo no…
Gabriel no le responde. Solo la mira.
Sabe perfectamente cuándo alguien miente. Y Celia lo está haciendo.
Su respiración, su postura, la forma en que su mirada se pierde o la manera en la que se rasca el cuello.
—Ya… —dice él finalmente sin apartar la vista del espejo—. Tu novio está en comisaría, detenido —informa sin rodeos.
Celia se queda paralizada durante un instante.
Luego se lleva ambas manos a la cabeza como si intentara contener una explosión interna.
Se levanta y empieza a andar en círculos por el minúsculo salón, hablando sola, murmurando frases inconexas entre dientes.
Golpea el sofá con la palma abierta, gira sobre sí misma y vuelve a andar.
El humo denso en el aire parece envolverla, atraparla como una red invisible.
—¿Cuánto llevaba encima? —pregunta con los ojos brillantes y la voz al borde del colapso.
—Poca cantidad —interviene Patricia en tono firme, autoritario—. Pero no es por eso por lo que hemos venido.
Celia se detiene en seco. Gabriel la observa, siempre atento. No aparta la mirada de ella ni un segundo. Hay algo en sus gestos, en la forma en que intenta anticiparse, que lo lleva a sospechar que Celia intuye que lo siguiente que va a oír la descolocará.
—Queremos que nos expliques de dónde sacó Damián el violín que vendió en la tienda de segunda mano —dice.
Y ahí está. El cambio. La transición exacta.
Celia se queda blanca. No pálida. Blanca. Abre los ojos más de lo normal. La mandíbula le tiembla. Gabriel piensa que ha debido de esnifar más de un par de rayas.
No añade nada. Solo espera. Observa. Hay verdad en las primeras reacciones, en ese microsegundo antes de que el cerebro maquille lo que sale por la boca.
—Lo compré por Wallapop —balbucea Celia al fin con voz apagada—. No… no sé nada de ese violín. Ni siquiera llegué a tocarlo.
—¿Tienes el contacto del vendedor? —pregunta Patricia casi al mismo tiempo.
—No… Bueno, no lo sé. Fue todo a través de la aplicación. El vendedor me lo envió por correo.
Gabriel no se inmuta. Hasta ahora, es lo mismo que ha declarado su novio.
—Háblame de Kasia Nowak —dice entonces.
La reacción de Celia es inmediata. Esas palabras han pulsado un interruptor.
Se transforma. Se tensa como una cuerda. El rostro se le enciende de golpe. La ira salta por los aires.
—¿Otra vez con eso? —grita—. ¡Eso fue hace años! Estoy harta de que me señalen, de que la gente susurre mi nombre como si yo tuviera la culpa de todo. ¡Ya está bien!
—Baja el tono —advierte Patricia cruzándose de brazos—. O te llevamos ahora mismo a comisaría y seguimos la conversación allí.
Celia aprieta los labios. Se muerde el inferior hasta dejarse una marca roja. Gabriel nota el temblor en sus dedos. Está luchando consigo misma. Pero cede.
—Vale. Está bien. Es verdad. La odiaba —dice de pronto con los ojos clavados en la alfombra raída—.
Kasia no era buena persona. Tonteó con mi novio, y él me dejó por ella.
Y, encima, iba por ahí con esa sonrisa falsa haciendo como que no se metía con nadie.
Pero siempre me observaba. Siempre. Buscaba el momento de hacerme quedar mal delante de todos. Como si se alimentara de eso.
Levanta la vista. Ahora hay lágrimas contenidas, pero también rabia. La de años. La de silencios tragados y burlas soportadas.
—Era una arpía —añade con la voz rota—. Y me arruinó la vida. Me la arruinó más de lo que nadie se imaginaba.
Se rompe y aparecen las lágrimas. Gabriel está atento. Con un gesto, indica a Patricia que espere. Sabe cuánto tiene que aguardar. Hasta que el silencio surta efecto. Hasta que ese llanto ceda levemente y comience el sosiego.
—¿Tuviste algo que ver con la desaparición de Kasia? —dispara cuando llega el momento.
El llanto se corta.
Silencio.
Celia levanta la cabeza dejando entrever dos ojos enrojecidos en un rostro que vivió épocas mejores. El reflejo de una niña que vio truncados sus sueños.
—No. Nada. No voy a mentir. Me alegré de su desaparición entonces, pero ojalá no hubiera sucedido nunca. Si siguiera viva, nada de esto habría pasado —contesta a la vez que abre los brazos señalando su hogar.
—¿Recuerdas dónde estabas la noche que Kasia desapareció? —pregunta Patricia.
—Fue una noche de tormenta. Muy fuerte. Estaba donde cualquier adolescente de dieciséis años debería estar. En casa de mis padres. Pero Kasia no hizo lo mismo.
De nuevo, silencio.
—Nadie me preguntó en su día nada de esto —continúa Celia—. Si lo hubieran hecho, tal vez les habría dicho lo que pensaba de ella. Parece que ya nadie se acuerda de cómo era esa chica. Pregunten al miserable de Bruno Porta por el tren de vida de Kasia. Seguro que de eso no les ha hablado.
—¿A qué te refieres? —inquiere Gabriel.
Celia suelta una risotada.
—¿No lo saben? Claro, cómo no. Kasia siempre llevaba el último móvil, estrenaba ropa de marca todas las semanas, zapatillas también, colgantes de oro y brillantes…
Los padres de Kasia no tienen donde caerse muertos.
¿De dónde sacaba el dinero, eh? Kasia no era trigo limpio.
Pero seguro que eso no se lo han preguntado ustedes.
Gabriel y Patricia intercambian una mirada.
Patricia da un paso al frente.
—Muy bien, Celia, de momento nos vamos a llevar tu teléfono móvil. Y necesito que vengas a comisaría esta tarde para prestar declaración —sentencia.