Capítulo 9
Patricia Siles se sienta con indiferencia en la silla metálica de una terraza cualquiera y finge concentración absoluta en la pantalla de su móvil. Tiene las piernas cruzadas, una cerveza que no piensa consumir frente a ella y los ojos entornados, simulando que envía un mensaje importante.
Sin embargo, cada pocos segundos su mirada resbala hacia el callejón.
El callejón de los atracadores. Así lo llaman. Estrecho, sucio, mal iluminado, con la pinta perfecta para que alguien entre y salga habiendo perdido algo.
Esa mañana, cuando la inspectora Siles consiguió la pista, todo se activó.
Un nombre apenas susurrado: Damián. Un tipo que podría ser quien vendió el violín de Kasia hace unas semanas.
Nada más. No tienen su apellido. No tienen su dirección.
Solo ese nombre y una vaga descripción: joven, pelo negro, mirada huidiza.
Es una información escasa pero suficiente para intentar dar con él.
Gabriel llevó a Bruno de vuelta a su casa y se reunió con Patricia en una cafetería de las afueras de Benidorm.
Cruzaron ideas en voz baja hasta que surgió el plan: ella esperaría en una terraza, Gabriel daría vueltas por la manzana; observaría, provocaría, tantearía el terreno como un depredador buscando a su presa.
Patricia apenas parpadea mientras vigila el callejón de reojo. Cada figura que pasa, cada sombra la contempla en silencio. El tipo podría aparecer en cualquier momento. O no aparecer en absoluto. Quién sabe. Después de todo, no puede fiarse de la palabra de aquella mujer.
Lo que sí sabe es que no va a permitirse perderlo si lo ve.
Mañana por la mañana tienen otra cita: un técnico de drones los espera en el barranco del Infierno, el último punto desde donde el móvil de Kasia emitió señal. Sabe que apenas dormirá unas horas esta noche. No importa, está habituada. El descanso es un lujo que aprendió a ignorar hace años.
Un cincuentón se acerca a la mesa de Patricia.
—¿Estás sola? ¿Quieres que te acompañe? —pregunta en un tono que pretende ser seductor.
Patricia no le contesta. Basta con mirarlo fijamente a los ojos y negar con la cabeza para que el hombre entienda que no tiene ninguna posibilidad, así que gira sobre los talones y se marcha.
Una pareja joven aparece por el callejón. Patricia se tensa. Cuando sus rostros se dibujan al abandonar la oscuridad y captar cierta luz, los descarta. Son extranjeros. Y han tenido suerte, por lo visto.
Gabriel aparece y desaparece. Procura no llamar la atención. Se le da bien.
Patricia sigue observando. Sigue esperando. Y sabe que, si ve por allí a Damián, lo reconocerá. No por la cara. Sino por la forma en que camine. Por cómo mire alrededor. Por la manera en que las personas que tienen algo que ocultar intentan parecer invisibles.
Y ella es experta en detectar a los que quieren esconderse.
Gabriel se mantiene en movimiento, cruza la acera despacio, sin dejar de escanear el entorno. Disimula mirando escaparates de tiendas cerradas, revisa el reloj, se aparta para que pase un ciclista. Nada fuera de lo común.
Hasta que lo ve.
Una pareja joven sale del callejón. Ella lleva una mochila al hombro, él la toma de la mano con aire despreocupado. Mientras caminan, charlan y ríen, ajenos a lo que está a punto de ocurrir.
Y entonces aparece él.
Sale de un bar con la puerta mal cerrada; una luz rojiza se filtra desde el interior. Avanza directo hacia los chicos. Paso rápido, firme, determinado. Gabriel se detiene junto a una boca de riego y observa.
El hombre les dice algo. Un susurro rápido. No hace falta leer los labios. Los chicos se miran entre sí, dubitativos, incómodos. Pero no se van.
Gabriel lo sabe en ese instante. Les acaba de ofrecer algo. Y no es su caridad.
El chico extranjero echa mano a su cartera.
Gabriel ya se está acercando. Anda a buen paso, pero sin correr. El pulso bajo control, pero sus facciones ya están tensas.
A dos metros de la escena, se planta en seco.
—¿Damián? —pronuncia su nombre.
El hombre se gira con brusquedad, como si le hubieran gritado. Sus ojos se clavan en los del inspector Somoza. Esa vez sin gafas de sol. Rostro afilado, mandíbula apretada. Y sí, es él. No hay ninguna duda.
Damián titubea. Un segundo. Dos.
Y entonces echa a correr.
Gabriel arranca tras él sin pensarlo. Lo ve zigzaguear entre mesas vacías, sortear un cartel tambaleante. Corre como lo haría alguien que ha tenido que escapar muchas veces.
Pero no llega lejos en esa ocasión.
Patricia, sentada hasta hace apenas un segundo, se levanta de golpe. Calcula. Espera. Y cuando él pasa por su lado, le pone la zancadilla.
Damián cae a plomo. El crujido de su cuerpo al dar contra el asfalto resuena por toda la calle.
—¡Joder! —gruñe revolviéndose, y se lleva las manos a una pierna.
Gabriel llega al instante. No hay margen para más carreras. Le clava una rodilla en la espalda y saca las esposas con un solo movimiento fluido.
—Se acabó el paseo, Damián.
Clic.
El sonido metálico de las esposas al cerrarse marca el final de la huida. La pareja de jóvenes ya no está. Una anécdota para contar de su visita a España.
Gabriel respira hondo. El sudor le resbala por la nuca.
Ahora sí, lo tienen.