Capítulo 29
Patricia está sentada en el sofá. Lo observa con atención, pero no lo interrumpe. Sabe que está procesando. No le cuesta imaginar lo que ocupa su cabeza: Sebastián Salas, el verano del noventa y uno, el Gran Torino. Todo empieza a esclarecerse.
El teléfono de Patricia suena. Contesta y mantiene una breve conversación a la que Gabriel no presta mucha atención. Si es importante, se lo explicará después. Ahora está ocupado tratando de resolver el caso de Kasia Nowak.
—Eran los agentes que siguen a Fabián Núñez —dice Patricia en cuanto cuelga—.
Ha parado a tomar algo en Castellón y ha seguido conduciendo; está a punto de llegar a la frontera con Francia.
Parece que intenta huir. He dado orden de que esperen a ver si hace algo antes de llegar a la frontera y, si no es así, que lo detengan allí.
Gabriel asiente.
—Bien hecho. Y ahora, dime, ¿qué opinas de lo que hemos estado hablando?
—Tu relato cuadra, no lo niego, Gabriel —empieza al fin en tono neutro y sin levantar la voz—.
Pero vamos a repasarlo. Sebastián cogió el Gran Torino sin permiso.
Es un coche que su dueño, Vicente Climent, tenía en alta estima.
¿Cómo es que este no se dio cuenta de que los kilómetros que marcaba el Gran Torino habían variado?
Gabriel se detiene y mira fijamente a su compañera.
—Eso mismo pregunté a su hijo, a Mateo. Me dijo que el cuentakilómetros estaba estropeado.
Que ya lo estaba cuando su padre compró ese coche.
Era una reparación complicada, había que levantar todo el salpicadero.
Vicente Climent no quería que nadie metiera mano al Gran Torino. Era casi una reliquia para él.
—Y… ¿tenemos claro que Sebastián Salas tuvo acceso a ese vehículo? —inquiere Patricia.
Gabriel asiente con vehemencia.
—Sí. La familia Climent pasó ese verano en Sevilla. Lo he comprobado. Ha sido fácil. Efectivamente, la Villa Bahía Blanca se inauguró ese año y un agente del Grupo de Homicidios de la comisaría de Sevilla me ha confirmado que la familia al completo residió en un bungalow cerca de esa villa.
—¿Cómo ha podido saberlo tan rápido?
—Se ha acercado a preguntar. No veo que sea algo con lo que Mateo Climent mintiese.
—Gabriel suspira—. Durante ese verano, Sebastián Salas, que era íntimo amigo de Vicente, residió en la mansión donde está el Gran Torino.
Tuvo acceso a él. Y no es solo eso. Mandy Reynolds lo reconoció.
Tú misma le has enseñado una foto de Sebastián rondando los cuarenta, la que conseguí del archivo del periódico local.
No dudó ni un segundo, según me has contado.
Está convencida de que es el mismo hombre que vio con Samantha en el Daytona Beach.
—Sí. Hace treinta años —añade Patricia—. Manteniendo una conversación en la barra. Nada más.
Gabriel la mira con cara de circunstancias.
—Pero sí, eso también es innegable —admite Patricia—. Solo quiero tenerlo muy claro, Gabriel. Lo que planteas es… descabellado. Y hemos de buscar la manera de que un fiscal acepte todo esto.
—Lo sé. Sin embargo, todo cuadra —responde él al instante con esa firmeza que solo muestra cuando está seguro de algo—.
Piénsalo bien: a Sebastián le gustaba el senderismo.
Desde siempre. Víctor Fábregas me explicó que cada fin de semana se iba solo a hacer rutas.
Caminos difíciles, a veces sin señalizar.
El cuerpo de Samantha Reynolds apareció en uno de esos caminos.
Hace una pausa. Patricia no lo interrumpe.
—Y el propio Sebastián —continúa Gabriel— murió en una de esas rutas. Supuestamente por una caída.
—Una ruta que había hecho cientos de veces —añade Patricia, más para sí misma que para corregirlo.
—Exacto —dice Gabriel inclinándose un poco hacia ella—. ¿No te resulta raro que una persona tan acostumbrada al terreno, a las pendientes, al clima muera por un simple resbalón?
Patricia se muerde el labio. El silencio se alarga.
—Sí, admito que es raro —responde al fin—. Aunque también podría haberse desmayado o haber sufrido un infarto en un mal momento. No sería la primera vez.
—Podría ser —reconoce Gabriel, si bien su tono apenas deja espacio para la duda—. Pero se le practicó una autopsia. Ya sabes que es obligatorio cuando se produce una muerte accidental de ese tipo. Y no se mencionó nada de eso en el informe.
Patricia lo escruta con los ojos entrecerrados.
—¿Lo has mirado?
—Por supuesto —contesta Gabriel.
—¿Descansas en algún momento? —pregunta Patricia.
—¿Y tú?
Ambos se sostienen la mirada sonrientes.
—¿Has pensado bien en lo que planteas? —pregunta Patricia arrastrando las palabras—. Sebastián Salas falleció un par de meses antes de que Kasia desapareciese
—Sí. Esa es la parte en la que he intentado unir los puntos comunes entre Mónica, Víctor, Sebastián, Vicente… Y, después de darle muchas vueltas, lo que más me cuadra es esto. Estoy seguro de que vamos a encontrar algo en esa casa, si se confirma lo que sospecho.
—Gabriel, todo eso está bien, pero sabes que puedes estar equivocado.
—Lo sé. En ese caso tendríamos que seguir buscando. Estaríamos igual que ahora.
Patricia se toma unos segundos para sopesar la situación.
—¿Y cuál sería el siguiente paso?
—Depende —contesta Gabriel—. ¿Puedes conseguir una orden de registro para la casa de Víctor Fábregas con lo que tenemos?
—Te consta que no.
—Entonces, necesitamos a Bruno.
Bruno Porta sigue con la mano en el marco de la puerta mucho después de que el coche haya desaparecido calle abajo.
Ni siquiera nota el frescor de la brisa en los nudillos, como tampoco la humedad que se le acumula en la espalda.
Está inmóvil, mirando sin ver, con el cuerpo clavado allí como si las piernas no le respondieran.
La llamada de Gabriel lo ha descolocado.
No por lo de volver a colaborar —eso, en el fondo, le ha devuelto algo que no sabía que echaba tanto de menos—, sino por lo otro.
Por lo que vino después. El motivo. La demanda concreta.
La forma en que Gabriel formuló la petición, sin adornos, sin paños calientes, con esa voz que parece no temblarle nunca.
Y lo peor no fue oírla. Lo peor fue entenderla.
Porque en el momento en que Gabriel pronunció esas palabras, Bruno ya sabía lo que significaban.
No hizo falta que se lo explicaran. La posibilidad, absurda hasta hacía apenas unas horas, se dibujó nítida en su mente, con la claridad que ofrece una bombilla que se enciende en la oscuridad.
Si lo que han ido a buscar confirma lo que teme… Ya no sabe qué pensar.
Le arden los ojos y no ha llorado. Ni una sola lágrima. No es eso. Es otra cosa. Una presión interna, una culpa, una carga. Algo que no se va y que insiste en herirlo en lo más profundo de su ser.
No se perdona no haberlo visto antes. Lo tuvo delante, en sus propias manos.
Y no lo relacionó. No lo asoció con nada.
No hizo las preguntas correctas. Solo ahora, al entregárselo a Gabriel y ver la forma en que Patricia lo ha metido en una bolsa con guantes, ha entendido la magnitud.
Eso ha sido como una bofetada de realidad.
Gabriel dijo que podía ser útil, que quizá estaban buscando justo eso. Pero ni en sus peores suposiciones imaginó que sería tan útil.
Una parte de él quiere meterse de nuevo en casa, cerrar con llave, prepararse un café y fingir que todo eso no está pasando. La otra —la que hoy grita más fuerte— no se fía ya ni de las paredes de su salón.
Se toma un tiempo con la vista fija en la nada hasta que interioriza que ahora solo puede hacer una cosa.
Esperar.