Capítulo 8 #2
El director deja la regadera en el suelo, también el medidor. Se acerca unos pasos y le estrecha la mano.
—¡Me alegro de verte! ¿Qué haces aquí, muchacho? —Su voz suena ronca; es evidente que está enfermo.
Gabriel da un paso al frente.
—Soy el inspector Gabriel Somoza. Bruno está colaborando con la policía en relación con la desaparición de Kasia Nowak. Hemos ido al instituto para hablar con usted, pero nos han comentado que estaba enfermo en casa.
Al director le cambia la cara. Parece que le ha apenado volver a oír el nombre de Kasia.
—Kasia… —balbucea—. Me complace que sigan investigando. No sé si es cosa tuya, Bruno, pero, si es así, enhorabuena.
Bruno se limita a asentir.
El ruido de un motor rompe el silencio. Un coche se aproxima a la casa y se detiene delante de la puerta. Tiene las ventanillas bajadas. Una mujer delgada, desgastada por el paso del tiempo, dirige la mirada hacia donde se encuentran los tres hombres. Su expresión es fría. Neutra. No dice nada.
—¡Oh! Discúlpenme un segundo. Es la enfermera. La he llamado para pedirle que me trajera algo para este resfriado que me está matando.
Gabriel observa a Víctor mientras este se acerca al coche y la enfermera le da una caja de pastillas.
Charlan un rato; ella parece indicarle la manera en la que ha de tomarlas.
Hay algo en esa mujer de piel reseca y ojos hundidos que lo inquieta.
Cuando termina de hablar con Víctor, desvía la mirada directamente hacia Gabriel y sus ojos se encuentran durante un breve segundo, hasta que ella vuelve a posar la vista en la carretera y, acto seguido, desaparece conduciendo un viejo Renault Laguna.
En cuanto la enfermera se ha ido, el director los invita a entrar en su casa.
Lo primero que llama la atención a Gabriel es que desprende un aroma agradable.
El suelo brilla de tal manera que parece que lo hubieran pulido esa misma mañana y cada objeto está en su lugar exacto, como si una línea invisible delimitara el punto donde debe descansar cada cosa.
El interior del chalet es un reflejo del jardín: sobrio, ordenado, una perfección imperturbable.
Salvo por un detalle.
Un cochecito de juguete, de plástico rojo y azul, está volcado en mitad del salón. Gabriel lo observa sin decir nada.
Bruno se detiene junto a una estantería. Hay varias fotos enmarcadas. Toma una entre las manos. Es Víctor, más joven, con un niño sonriente a cuestas. Detrás, semioculta, otra imagen más antigua: una mujer de mirada cálida, rostro ovalado y melena oscura. La madre de Víctor, probablemente.
—Lo vi hace poco —comenta Bruno, y señala la foto del niño—, paseando contigo. Está enorme.
Víctor sonríe con esa mezcla de orgullo y cansancio que solo tienen los padres recientes.
—Crece demasiado rápido —responde al tiempo que se acomoda en uno de los sillones—. Aunque te aseguro que está acabando con mi salud —bromea.
Bruno y Gabriel se sientan en el sofá, el inspector en el borde con la espalda recta y las manos unidas entre las rodillas.
—Sé lo que pasó con su mujer —dice sin rodeos—. Lo siento mucho.
Víctor asiente despacio. No se sorprende. Tal vez lo esperaba. Tal vez todo el pueblo lo sabe.
—Gracias.
—La enfermera que ha venido antes, ¿es la misma que asistió el parto? —indaga Gabriel.
Víctor se queda en silencio unos segundos. Mira hacia la puerta calculando sus palabras.
—Sí —responde al fin—. Es Mónica. Antes era matrona. De las buenas. Pero después de aquello… dejó de ejercer.
Su voz es tranquila, pero su tono ha decrecido. Calla un instante.
—No fue culpa suya —continúa al cabo—. Ni de nadie, en realidad.
Mi mujer y yo queríamos que el parto tuviera lugar en casa.
Fue decisión de ambos. Ella… —Hace una pausa breve, los pensamientos se le atascan en la garganta—.
Ella tenía miedo a los hospitales. No deseaba pisar uno nunca más.
Yo… yo solo quería respetar su voluntad.
Sé lo que se dice por ahí. —Mira a Bruno—.
No los culpo, la gente tiende a hablar de más en situaciones como esa.
Pero lo cierto es que ni mi mujer ni yo éramos naturalistas; el único motivo por el que decidimos que Yago naciese aquí fue porque mi esposa entraba en pánico cada vez que pisaba un hospital.
Le pasaba desde que su madre murió de una larga enfermedad.
—¿Crees que habría sido diferente en un hospital? —pregunta Gabriel, sin expresar juicio.
Víctor se encoge de hombros.
—No lo sé. Tal vez no. O tal vez sí. Nunca lo sabremos. —Traga saliva—. Es una decisión de la que me arrepiento todos los días. Pero no fue culpa de Mónica. El pueblo… el pueblo la condenó. Dejaron de saludarla, de mirarla siquiera. La culparon por algo que no fue su responsabilidad.
Hace una pausa. Mira a Gabriel con seriedad.
—Yo no. Yo me siento en deuda con ella. Porque fuimos nosotros quienes quisimos aquello. Fuimos nosotros quienes tomamos esa decisión, y no sería justo cargar la culpa en otra persona.
El cochecito sigue en el centro del salón. Imperturbable. Un recuerdo de lo que queda y de lo que se ha perdido.