Capítulo 8
Patricia Siles camina por la avenida con paso firme, el abrigo medio abierto, dejando que el aire salado de Benidorm le golpee la cara.
De nuevo aquí. Esta vez sola. No es lo ideal, pero, después de la llamada de Gabriel —y la frustración en su voz al contarle que el director del instituto no se ha presentado hoy y que han tenido que ir a buscarlo a su casa—, ha decidido adelantarse.
Siempre lo hace. Siempre va un paso por delante.
La tienda de artículos de segunda mano donde apareció el violín de Kasia está a unos metros.
Guarda en el bolsillo interior la impresión arrugada de la foto borrosa del sospechoso.
No es una imagen clara, pero a veces basta una silueta, un gesto, una prenda concreta para despertar una memoria dormida.
No quiere que se le pase nada. Por eso ha estado investigando al dueño de la tienda.
Asegura que le vendieron el violín y su historia cuadra después de ver en la grabación de la cámara de seguridad a un sospechoso que coincide con la descripción que hizo el hombre.
Sin embargo, no conviene dejar ningún cabo suelto, así que Patricia ha estado repasando sus antecedentes.
Nada.
Resulta que es un hombre normal y corriente. O, al menos, eso sugiere su historial.
A su alrededor, hay una multitud de comercios abiertos cuyos trabajadores podrían ser muy útiles en la investigación. Tendrá que entrar en todos ellos. Preguntar. Mostrar la foto. Son demasiados para una sola persona, pero se ha tomado una pequeña licencia.
Ha contactado con la policía municipal.
Un par de agentes de uniforme, jóvenes y dispuestos, la esperan al final de la calle.
Nadie debe saberlo, quien menos el comisario.
No hay un protocolo oficial ni una orden firmada, pero ser la jefa del Grupo de Homicidios tiene sus ventajas.
Y si alguien cuestiona su método, que lo hagan cuando el caso esté resuelto.
No es la única ayuda que ha requerido. Sin que nadie más lo supiera, ha solicitado a dos agentes con los que tiene confianza que comprueben la coartada de Fabián Núñez, como Gabriel le pidió. Espera tener noticias pronto y que el comisario Muñiz no se entere.
Detiene el paso frente a la tienda de segunda mano. Empuja la puerta y entra.
El tintineo de la campanilla suena hueco. Detrás del mostrador, continúa el mismo hombre, que le clava la mirada después de reconocerla, expectante.
—Buenos días —dice Patricia, y saca con cuidado la foto del bolsillo—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
El hombre se encoge de hombros.
—Sí. Claro.
—¿Es él? —Patricia le muestra la imagen impresa—. ¿Es este el joven que le vendió el violín?
El hombre sostiene la foto. Patricia se fija en cómo le tiemblan las manos. Tarda unos segundos en levantar la vista del papel y asentir con la cabeza.
—Sí. Es él. Pero, como le dije, no lo conozco. Era la primera vez que lo veía.
—Me lo imaginaba. —Patricia guarda de nuevo la foto—. Si vuelve a verlo, llámeme de inmediato —ordena, y sale de la tienda.
La búsqueda se alarga más de lo previsto.
Los agentes de la policía local se han dispersado por la zona.
Uno pregunta en el supermercado que hace esquina; el otro, en los bares, que empiezan a llenarse de jubilados atendidos por camareros sudorosos.
Mientras tanto, la inspectora Siles recorre los comercios con determinación, aunque el cansancio y la escasa confianza en encontrar algo útil empiezan a calarla hasta los huesos.
Una panadería, un estanco, una perfumería donde la dependienta no deja de mirarla con recelo.
Patricia se detiene incluso frente a una marquesina y enseña la foto a dos mujeres mayores que esperan el paso del autobús.
Nada. Ni una reacción. Ni un destello de reconocimiento.
Piensa que todo eso es inútil. Que no va a sacar nada. Pero justo cuando se da la vuelta para alejarse de la parada, ve venir al agente más joven, el del bigote incipiente, acompañado de una mujer que parece salida de otro mundo.
Es joven, pero su piel apagada y sus ojos hundidos le echan años encima. Va envuelta en una chaqueta tres tallas más grande, el pelo apelmazado, las uñas negras de mugre. Huele tan mal que Patricia lo percibe incluso a tres pasos de distancia.
—La conocemos bien —dice el agente bajando la voz mientras se acerca—. Pide limosna en un semáforo. Afirma que sabe quién es el hombre de la foto.
Patricia tuerce los labios, contiene un suspiro. La mujer alza la cabeza con una expresión que mezcla desconfianza y necesidad.
—Sí—afirma con voz áspera—. De todos modos, no os contaré nada si no me dais algo. Solo un detalle, una propina. Lo que sea.
Patricia arquea las cejas. Rebusca en los bolsillos, pero no lleva nada en efectivo. Mira a los agentes, incómoda. El más veterano saca un billete arrugado de veinte euros y lo deja caer en la mano de la mujer, que lo aprieta con rapidez y se lo guarda en lo más profundo del abrigo.
—Ese tío trapichea en el callejón de los atracadores —dice bajando la voz como si alguien escuchara—. Se llama Damián. Lo he visto por allí muchas noches.
—¿Apellido? —pregunta Patricia con el bloc de notas ya en la mano.
—No lo sé. —La mujer se encoge de hombros—. Nadie le llama por el apellido. Pero, si lo buscáis, lo encontraréis allí. Casi cada noche.
Patricia asiente, aunque algo en su interior se resiste a entusiasmarse demasiado. Sabe que muchas veces esas pistas se evaporan en cuanto cae la noche por la ínfima credibilidad de los testigos. Pero tendrá que probar.
Esa noche no volverá a casa. Se quedará en Benidorm.
La casa del director parece sacada de una revista de arquitectura: fachada blanca, líneas sencillas, ventanales amplios y un jardín tan cuidado que uno duda si alguien vive realmente allí o si es solo un decorado.
Rosales en flor, setos recortados al milímetro, un pequeño sendero de piedra que conduce a la puerta principal.
Todo está en su sitio. Demasiado en su sitio.
—Menudo chalet —apunta Gabriel—. ¿Se me escapa algo o ser director de instituto está mejor pagado de lo que pensaba?
—La familia de su mujer tenía dinero —contesta Bruno.
—¿Tenía?
—Ya no queda nadie de esa familia. Fidela, la mujer de Víctor, el director, falleció durante el parto de Yago, que ahora es el heredero.
El padre de Fidela, Sebastián Salas, tenía una empresa de alimentación para mascotas.
Vendían, sobre todo, comida para perros.
Bueno, aún la venden. Solo que Víctor y su mujer decidieron desprenderse de la empresa cuando Sebastián murió.
—¿Hace mucho que falleció?
—Fue el mismo año en que Kasia desapareció.
Un par de meses antes. Era un hombre muy activo para su edad.
Hacía rutas de senderismo él solo todos los domingos.
Se despertaba a primera hora de la mañana y se ponía en marcha.
El día que murió había ido a subir el Ponoig.
Es una ruta un poco difícil, aunque me consta que Sebastián la había realizado en multitud de ocasiones.
Hay tramos en los que el sendero es muy estrecho y la pendiente es abrupta.
Debió de perder el equilibrio y se golpeó la cabeza al caer.
Encontraron su cuerpo dos días después de que la familia diese la voz de alarma.
—¿Y la madre de Fidela? ¿Sigue viva?
—No. De hecho, no llegué a conocerla. Por lo que sé, murió de cáncer siendo aún joven.
Gabriel se detiene un instante antes de subir el escalón. No se oye nada. Ni un coche, ni una radio, ni el zumbido lejano de una cortadora de césped. Solo el canto de un pájaro y el roce de las hojas al moverse. Un silencio placentero.
De camino, Bruno le ha explicado quién es Celia Gil.
Ha dicho que no sabía que ahora trabaja como conserje en el instituto.
Le ha contado que compartía algunas clases con Kasia y que no se llevaban bien.
Por lo visto, la dejó su novio y lo pasó mal.
Se rumoreaba que él estaba colado por Kasia y por eso rompió con Celia.
No era más que un rumor, pero a Celia no le sentó bien.
Odiaba a Kasia y siempre estaba metiéndose con ella.
Un día se pelearon en el patio del instituto.
Esa vez Kasia no aguantó más y respondió a las provocaciones de Celia.
Fue algo muy sonado por entonces. Cuando Kasia desapareció, Celia no mostró ni un atisbo de pena o sufrimiento.
No participó en las batidas ni colaboró de ninguna manera.
Solía colgar publicaciones en redes sociales, indirectas que sugerían que celebraba lo ocurrido, como imágenes con botellas de champán descorchándose y cosas así.
Con el paso de los años, Bruno ha intentado hablar con Celia varias veces, pero ella se ha negado. No soporta que Bruno trate de averiguar qué sucedió ese día y varias veces le ha increpado por la calle al grito de: «¡Deja a los muertos tranquilos!».
Ahora, Gabriel tiene esa historia en la cabeza mientras observa la puerta del chalet de Víctor Fábregas, intacta, barnizada, reluciente.
Quiere pensar que encontrarán respuestas dentro.
Que el director del instituto ha visto algo, ha oído algo, recuerda algo que los demás han pasado por alto.
Porque ya ha aprendido que, muchas veces, los secretos no están escondidos.
Solo están muy bien colocados. Como los arbustos de ese jardín.
Llama al timbre. Una vez. Luego otra.
Nadie responde. Al cabo de unos largos segundos, Gabriel se gira hacia Bruno.
—Me parece que Celia nos ha mentido. O el director no está tan enfermo.
Entonces se oye un ruido. Procede de una caseta de aperos situada en el otro extremo del jardín. El director acaba de cerrar la puerta. Está aún de espaldas, sosteniendo una regadera y un medidor de humedad. Cuando se gira y los ve, se queda sorprendido y se acerca lentamente.
Tiene mala cara; está pálido y sudoroso.
—¿Bruno Porta? —pregunta al reconocer a su antiguo alumno.
—Hola, Víctor. ¿Cómo estás? —lo saluda Bruno.