Capítulo 7
A primera hora de la mañana siguiente, Gabriel mantiene el coche en marcha mientras observa la verja metálica del instituto. El motor de su viejo coche empieza a dar señales de acercarse a su final.
A su lado, Bruno Porta guarda silencio mirando por la ventanilla el lugar donde coincidió con Kasia años atrás. Su expresión es tensa.
Gabriel desbloquea el móvil y abre la imagen.
La amplía con dos dedos, concentrado. El rostro borroso de un hombre de perfil, oculto tras unas gafas de sol oscuras, se muestra desde el otro lado de la pantalla.
Podría ser cualquiera. Podría no ser nadie.
Aun así, hay algo en la postura del sujeto, en la curva de su mandíbula o en la forma en que inclina la cabeza que despierta una incomodidad difícil de explicar.
—Aquí está —dice, y gira el móvil hacia Bruno—. Esta es la imagen procesada, lo mejor que Patricia ha podido conseguir; la cámara no era muy buena.
El joven lo toma con cuidado, estudia la imagen con detenimiento apretando los labios.
—No lo reconozco —admite al cabo de un momento—. Pero con esa calidad podría ser mi primo y no reconocerlo, no sé.
Gabriel recupera el móvil sin decir nada. Está de acuerdo. La foto es casi inútil, pero no del todo. A veces, una imagen así basta para agitar la memoria de alguien. Una vecina, un dependiente, alguien que reparara en algo sin ser consciente.
—Creo que sería buena idea volver al barrio —comenta—. Hablar con la gente. Es posible que alguien viera algo.
Bruno no contesta; esa decisión no le corresponde a él.
—Sí. Pasaremos por allí después —añade Gabriel—. Además, quiero que hablemos con la policía municipal. Suelen conocer a los delincuentes habituales; podría servir. Y también quiero volver a la tienda de artículos de segunda mano; tal vez el dueño sí lo reconozca ahora.
Hace una pausa. Observa a través del parabrisas el edificio grisáceo del instituto, tan anodino como una caja de zapatos. El cartel junto a la entrada luce letras desgastadas, y en el patio algunos adolescentes matan el tiempo antes de entrar en el aula.
—Pero ahora —dice finalmente— quiero hablar con el director. Cuéntame todo lo que sepas de él.
—Su historia es triste —dice Bruno con la vista clavada en el edificio del instituto.
Gabriel se limita a observarlo de reojo, nota que se remueve en el asiento, incómodo; sabe que lo que le va a contar no es agradable.
—Víctor Fábregas —continúa Bruno—. Es distinto. Muy querido en La Nucía. Un tipo peculiar, sí, pero de los buenos. De esos que uno respeta, aunque no siempre entienda. No comparto muchas de sus ideas, la verdad, pero lo admiro. De lo poco salvable que queda en ese instituto.
Gabriel frunce levemente el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A que la mayoría de los profesores hacen lo justo para sobrevivir al curso —responde Bruno con una sonrisa amarga—.
Fábregas no. Él se implica. Se le nota. Siempre tiene tiempo para escuchar, y no solo a los alumnos.
A cualquiera. Es de los pocos que quisieron hablar conmigo cuando empecé a investigar a fondo la desaparición de Kasia. Pero arrastra una historia pesada.
Gabriel lo mira, esperando.
—Hace unos años, su mujer estaba embarazada.
Ambos eran naturalistas convencidos. Habían decidido que el bebé naciera en casa con una matrona del pueblo, una chica joven que dirigía esa clase de partos.
Ya lo había hecho otras veces, pero, en aquella ocasión, se complicó.
—Bruno traga saliva, más afectado de lo que pretende demostrar—.
El parto se torció y la mujer de Fábregas murió.
Cuando llegó la ambulancia era tarde. Demasiado.
En cualquier caso, no conozco muchos detalles.
Ya sabes cómo son este tipo de historias en un pueblo tan pequeño como La Nucía.
Cada uno cuenta una versión diferente, aunque el resultado es el mismo en todas.
Gabriel asiente despacio. No dice nada. Le cuesta imaginar esa escena: una casa silenciosa, una vida escapándose gota a gota mientras el reloj sigue avanzando. Entiende esa clase de dolor. No necesita más detalles.
—El niño sobrevivió —añade Bruno—. Pero desde entonces, él ya no es el mismo. Es amable e intenta parecer el de siempre, solo que no lo es, ni por asomo. Más silencioso. Creo que se siente culpable. Verlo pasear con ese niño por la calle no deja de ser un recordatorio de lo que pasó.
Gabriel desvía la mirada hacia el portón del instituto. El cielo comienza a nublarse.
—¿Tuviste trato con él? —pregunta.
—Claro. Mucho. Yo era un buen alumno y él me apoyaba —responde Bruno esbozando una sonrisa que no le llega a los ojos—. Fue él quien insistió para que representase al instituto en unas olimpiadas de matemáticas que luego gané.
Gabriel gira la cabeza lentamente.
—¿Qué tal actuó cuando Kasia desapareció? —pregunta.
Bruno levanta las cejas.
—Bien, supongo. Participó en su búsqueda —dice bajando la voz—.
Se le veía destrozado. Desde entonces, organiza todos los años un acto en el patio del instituto.
Pancartas, velas, entrevistas con la prensa local.
Hace lo imposible para que la gente no olvide, pero ha sido inútil a pesar de las buenas intenciones.
Gabriel vuelve a mirar la verja del centro. Intuye al hombre antes de conocerlo: mirada cansada, ojeras, piel cetrina. Un hombre que vive con una culpa que no puede expiar, ni con actos simbólicos ni con discursos esperanzadores. Eso le trae recuerdos.
—Vamos a conocerlo —dice al fin, y abre la puerta del coche.
Bruno va tras él en silencio. Ambos cruzan la calle por la que hace años Kasia caminaba ajena a su destino.
Bruno se siente observado mientras atraviesa el patio del instituto.
Algunos adolescentes, sentados en bancos metálicos o apoyados en las paredes, interrumpen su almuerzo para seguir con la mirada a los dos hombres que acaban de cruzar la verja.
No hace mucho, él era uno de esos adolescentes.
La gente suele decir que daría lo que fuera por ser joven eternamente y vivir ajeno a las complicaciones de la vida adulta.
Solo que en su caso no es así. No guarda un buen recuerdo de aquella época.
Al llegar a la puerta principal, Gabriel pulsa el timbre sin decir nada. Un pitido breve. La puerta se desbloquea y acceden al interior.
La recepción es amplia, está mal iluminada y tiene cierto aire decadente. Detrás del mostrador, una mujer rebusca algo, agachada, en una caja de cartón abierta. El crujido del papel burbuja acompaña el silencio de la sala.
—Buenos días —dice Gabriel con voz firme pero educada.
La mujer se endereza con un suspiro breve, se gira y, de repente, se queda inmóvil. Es evidente que no esperaba esa visita; parece desconcertada. Sus ojos se clavan en Bruno. Él, por su parte, la ha reconocido al instante.
—¿Tú? —dice ella en un tono hostil—. ¿Qué haces aquí?
No contaba con encontrársela. No ahí. Le prometió a Gabriel que no se involucraría tanto en la investigación. Debe mantener la compostura.
—Acompaño al inspector Somoza —responde evitando la mirada de la mujer por un segundo—. Quiere ver al director.
Ella cruza los brazos y adopta una postura desafiante. Boca cerrada, labios apretados. La expresión de quien no tiene intención de facilitar nada.
—¿De qué se trata? —pregunta sin apartar los ojos de Bruno.
Entonces Gabriel da un paso al frente; ha percibido la tensión.
—Estamos investigando la desaparición de Kasia Nowak —dice con calma.
Un segundo de silencio. Luego, los ojos de la mujer pasan de Bruno a Gabriel, y de nuevo a Bruno. Algo se rompe en su mirada. No de tristeza. De ira contenida.
Bruno no se mueve. Le encantaría empezar a hablar y dejarla en evidencia. Sería fácil. Muy fácil. Pero lo cortés no quita lo valiente.
—¿Y usted es…? —pregunta la conserje.
Gabriel se lleva la mano al interior del abrigo y saca la placa de policía.
—Como le ha dicho él, soy el inspector Gabriel Somoza. Le repito que queremos hablar con el director por un tema relacionado con la desaparición de Kasia Nowak.
—Eso fue hace muchos años —contesta ella.
—Soy consciente de eso. ¿Quién es usted?
La mujer parece ir perdiendo valentía ante la contundencia de Gabriel.
—Yo… Me llamo Celia. Trabajo en la recepción.
Gabriel se guarda la placa con un movimiento lento mientras utiliza el silencio y desvía la mirada hacia Bruno. Sabe que hay algo más y parece interesado en averiguar de qué se trata. Tal vez sea su manera de contrastar la información.
—Celia iba con Kasia y conmigo al instituto —informa Bruno—. No se llevaba muy bien con Kasia, como tantos otros, pero lo suyo iba un paso más allá, ¿verdad, Celia?
Ella explota sin previo aviso.
—¡Tú no eres policía! —grita, y lo señala con un dedo que tiembla ligeramente—. ¡Lárgate de aquí ahora mismo! ¡Deja de meter las narices donde no te llaman!
Bruno no pestañea. La mira con calma. Y entonces esboza una media sonrisa. Justo la reacción que esperaba. Justo lo que quería provocar.
Una demostración gratuita del carácter de Celia. Una muestra en vivo y en directo para Somoza. Su pequeña carta de presentación, que ha sido extraordinariamente fácil de conseguir.
—Tranquilízate —dice con voz baja, casi conciliadora, aunque sin un gramo de verdadero interés en calmarla—.
Nadie te ataca. Solo estoy ayudando al inspector.
Me ha parecido relevante que supiera que tú y Kasia no os llevabais bien.
Al fin y al cabo, aquella pelea entre vosotras fue en el patio del instituto. Lo vio todo el mundo, ¿no?
La mención reaviva algo en los ojos de Celia. Se remanga el jersey, dejando ver varios tatuajes dignos de un pasado diferente. Se cruza de brazos mientras mueve sin parar los dedos, de uñas largas.
—Eres un miserable. ¡Llevas años molestando a todos con lo de Kasia cuando solo te importa a ti!
—grita más fuerte aún, tanto que una profesora que cruza el pasillo se detiene a mirar, desconcertada—.
¡Y el director no está! —exclama girándose hacia Somoza—.
Está en su casa, enfermo. Si quiere algo, vaya a buscarlo allí.
Gabriel respira hondo. Da un paso más y se apoya levemente en el mostrador sin perder el control.
—Mire —dice con serenidad gélida—, a mí también me importa lo de Kasia. No voy a interrogarla aquí para no ponerla en evidencia delante de los alumnos ni del personal. Pero le aconsejo que empiece a calmarse. Hablaremos en otro momento.
Celia lo fulmina con la mirada respirando agitadamente. Bruno la observa en silencio. El caos que ha sembrado se ha desplegado solo. Sin esfuerzo.
Y eso siempre le ha dado cierto placer.