La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Patricia Siles lleva más de dos horas sin moverse de su silla.

La pantalla del ordenador parpadea frente a ella, devolviéndole imágenes grises, repetitivas, casi hipnóticas.

Personas que van y vienen. Sombras que cruzan la acera.

Coches que pasan sin detenerse. Pero de lo importante, nada. Absolutamente nada.

El despacho está en silencio salvo por el zumbido del ventilador del ordenador y el tictac agudo del reloj de pared que alguien colgó hace años y que, a estas alturas, solo sirve para recordarle cuántos minutos está perdiendo.

«Por supuesto que ninguna cámara apunta directamente a la tienda —piensa con irritación mientras adelanta el metraje—. Eso sería demasiado fácil».

Estira el cuello, que le cruje como si llevara días sin moverse. Se frota los párpados con los nudillos, y los abre y los cierra varias veces. Tiene los ojos secos, la vista borrosa; parece que le hubieran echado arena.

Se levanta para prepararse un café. Instantáneo, claro.

Malo pero funcional. Mientras el agua se calienta en el microondas de la sala común, piensa en su siguiente paso: una cámara instalada en la oficina de Correos, al otro lado de la calle en la que se ubica la tienda donde se encontró el violín de Kasia.

No apunta hacia la tienda, pero desde ese ángulo, quizá…

Regresa al escritorio con la taza en la mano.

El café huele más a plástico que a café.

Le da un sorbo de todas formas, consciente de que su estómago sufrirá las consecuencias.

Reproduce el vídeo. Al principio, nada nuevo.

Personas que entran y salen de la oficina.

El reflejo del tráfico en los cristales. Un perro atado a una farola.

Avanza. Se detiene cada vez que alguien entra en plano. Examina bolsos, mochilas, cualquier cosa que pudiera servir para transportar un violín.

Y entonces lo ve.

Una figura. Hombre, probablemente. Camina rápido y con la cabeza gacha.

Lleva gafas de sol, aunque el día está nublado.

Viste con una sudadera gris, sin logotipos ni detalles visibles.

Pasa por delante de la oficina y, por un segundo —uno solo—, al girar hacia la tienda de segunda mano queda al descubierto lo que cuelga de su hombro.

Patricia detiene el vídeo de inmediato. Retrocede. Pulsa la barra espaciadora. Fotograma a fotograma. Sus ojos se clavan en la imagen.

Allí está.

La forma es inconfundible: curvada, elegante, recortada contra la silueta de ese hombre. El perfil de un violín.

Se inclina hacia la pantalla. Trata de enfocar. El rostro del hombre apenas se ve. Solo un lado de la cara cubierto en parte por el pelo y esas malditas gafas de sol. Ni una marca. Ni una seña particular.

Pero lo que lleva en el hombro basta.

—Te tengo —murmura, apenas audible, con una media sonrisa.

Algo es algo. No es una prueba. No todavía, pero podría serlo.

Una mujer está sentada en su vieja silla de mimbre, esa que cruje con cada movimiento.

Tiene la mirada fija en la fotografía que sostiene entre los dedos huesudos, secos y descamados.

La observa como si pudiera extraer de ella una respuesta que aún no ha llegado.

O quizá como si esperara que la imagen cobrara vida y le dijera lo que debe hacer.

No oye la puerta al abrirse. O quizá la oye, pero finge que no. Ya no está segura de lo que ignora adrede y lo que simplemente olvida. Solo siente una sacudida en el pecho cuando la voz grave de él irrumpe en la estancia.

—¿Qué tienes ahí?

Intenta esconder la foto con un gesto torpe llevándola hacia su regazo, pero es tarde. El hombre ya la ha visto. Camina hacia ella con paso rápido, enojado. No grita, no necesita hacerlo. El modo en que se mueve ya lleva implícita la amenaza.

—Dámela —dice, y antes de que ella pueda reaccionar, se la arranca de las manos.

Sus dedos se quedan suspendidos en el aire, temblorosos, igual que si sujetase algo invisible. Él mira la foto. No por mucho tiempo. Solo un segundo. Lo suficiente. Luego levanta la vista hacia ella.

—¿Otra vez?

Las palabras le caen encima a la mujer como una losa. Se encoge y se echa a llorar. La silla cruje con su llanto, un sollozo que le nace en la garganta y le sacude los hombros.

—Tienes que olvidarte de eso —dice él sin suavidad—. Hay que dejar esa parte enterrada.

Ella alza la cabeza. El rostro demacrado, los ojos hinchados. Ha pasado años tragándose lo que piensa, pero hoy, por fin, lo dice.

—Irás a la cárcel —susurra, y cada sílaba le cuesta lo mismo que si estuviera escupiendo cristales.

El hombre aprieta la mandíbula. Mira la fotografía una vez más, después se la guarda en el bolsillo, despacio.

—Puede que sí —dice con frialdad—. Pero te recuerdo que tú también.

La mujer se queda sin aire. Lo sabe. Siempre lo ha sabido. La culpa no es un visitante, vive en ella. Se sienta a su mesa. Duerme en su cama. Lleva su apellido.

Él se da la vuelta sin decir nada más. Cruza la estancia y sale sin molestarse en dar un portazo. No hace falta.

La mujer se queda sola con su temblor, su silencio y una silla que parece cada día más frágil. Como ella.