La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Bruno se detiene un instante al pasar junto al violonchelo que descansa sobre su soporte, en una esquina cerca de la estantería. El instrumento tiene una gruesa capa de polvo. No se ha usado en años. Un objeto venerado más que utilizado.

Se acomodan en un sofá de líneas sencillas. El profesor Núñez se sienta en un sillón individual con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Sus ojos van de Gabriel a Bruno, y cuando habla lo hace sin rodeos.

—¿Se sabe algo de Kasia? ¿Han descubierto qué le pasó? —pregunta con la voz quebrada por una tensión que no parece fingida—. Lo he pasado muy mal desde entonces. Nunca volví a ser el mismo.

Gabriel saca un cuaderno del bolsillo interior de su chaqueta. Abre la tapa con calma y se toma un segundo antes de contestar.

—Estamos reabriendo el caso. Contamos con nueva información.

Fabián asiente con vehemencia, como si no tuviera claro si eso es una buena o una mala noticia.

—Queremos saber qué recuerda del día en que desapareció —añade Gabriel—. ¿Dónde estaba usted y qué hacía?

La pregunta parece coger al profesor por sorpresa. La preocupación se vislumbra ahora en su rostro.

—No estaba en la ciudad. Esa semana fui a Valencia, a casa de mi hermano. Él vive allí desde hace años.

Gabriel anota algo sin levantar la vista.

—¿Tiene más hermanos?

—No. Solo él. Mauricio.

El bolígrafo raspa la hoja con un sonido firme.

—¿Qué día se fue a Valencia, profesor? ¿Lo recuerda?

Fabián niega con la cabeza, y el pellejo de su papada oscila de un lado a otro.

—No lo recuerdo. Todo eso está muy borroso. Ha pasado mucho tiempo.

—Se había pedido unos días para visitar a su hermano, ¿es correcto?

—Sí.

—¿Por algún motivo en especial? —inquiere Gabriel.

—Verá… Yo tuve un problema estando en Valencia. Resulta que me di un golpe en la cabeza al salir de la ducha y sufrí amnesia retrógrada, con lo que todos esos recuerdos los tengo muy difuminados.

Gabriel lanza una mirada rápida a Bruno. Quiere saber si estaba al tanto de lo que el anciano acaba de decir. Bruno le devuelve la mirada y se encoge de hombros.

—Entiendo que le atendieron en un hospital —apunta Somoza con el bolígrafo preparado para escribir el nombre del centro.

—No, no. Mi hermano es técnico de laboratorio. Él me ayudó. Me dijo que había sido un golpe, pero que, si no sentía náuseas ni tenía sueño, no debía preocuparme.

—Eso lo recuerdas muy bien. ¡Qué curioso! —comenta Bruno.

El profesor lo mira de soslayo, pero no contesta.

Gabriel le hace un gesto con la mano a Bruno indicándole que se mantenga al margen.

—O sea, que está usted diciendo que sufrió un golpe que le hizo perder la memoria, doy por sentado que también quedó inconsciente, y que decidió no acudir al hospital porque su hermano se lo sugirió, ¿es eso? —recapitula Gabriel.

—Así es —contesta Fabián.

Gabriel arquea las cejas. No puede ocultar su asombro.

—Voy a necesitar el contacto de su hermano, señor Nú­ñez.

Fabián se levanta con rapidez en busca de su móvil. Gabriel levanta la palma de la mano para que se detenga.

—Después. Ahora hábleme de su relación con Kasia. ¿Se llevaban bien? —pregunta sin levantar el tono.

—Sí. Teníamos una buena relación. Como con todos mis alumnos. Kasia era… aplicada. Reservada, sí, pero educada. Nunca hubo ningún problema.

Bruno lo mira en silencio. Siente que algo se le revuelve por dentro. No por lo que el profesor Núñez dice, sino por cómo lo dice. Con una facilidad que no encaja con los recuerdos que guarda. No puede evitarlo.

—Eso no es cierto —suelta en voz baja pero firme—. Tú la tratabas mal. La castigabas a menudo, sin motivo. ¿Por qué eras así con ella?

Fabián se gira hacia él con un movimiento brusco. Su ex­presión cambia. Ya no es el profesor arrepentido, sino el hombre a la defensiva, el que se atrinchera detrás de su autoridad.

—Tú no eres policía. No tengo por qué responderte.

—Yo sí soy policía —interviene Gabriel sin dejar espacio al silencio—. Y le hago la misma pregunta.

Fabián aprieta los labios. Mira a Bruno un instante más, con una mezcla de desdén y tensión. Luego se vuelve hacia Gabriel.

—Yo no era duro con Kasia. Si alguna vez consideré que debía ser sancionada, la llevé al despacho del director. Era él quien decidía los castigos, no yo.

Pero hay algo en la forma en que lo dice, en cómo sus ojos esquivan los del inspector, que hace que Bruno sienta un viejo nudo en el estómago. Uno que conoce bien.

Gabriel, por su parte, no reacciona. Solo baja la mirada al cuaderno y anota algo más.

Bruno observa al profesor con disimulo. Fabián se ha colocado al borde del sillón con las manos unidas, como si estuviera rezando.

Hay algo en su voz que no termina de encajar, algo demasiado pulido, demasiado artificial.

Le agrada, en cierto modo, ver cómo han cambiado las tornas y ahora las personas que eludieron preguntas incómodas se enfrentan a ellas.

Es una especie de justicia divina que le resulta muy placentera.

—¿Se enteró de la desaparición de Kasia durante su estancia en Valencia? —pregunta Gabriel sin rodeos. Su tono es neutro, pero Bruno sabe que detrás de esa calma se esconde la tensión de quien ha empezado a atar cabos.

Fabián asiente con fuerza, casi agradecido de poder hablar.

—Sí, claro. Me enteré por la prensa. Fue un shock. En cuanto lo leí, cogí el coche y vine para acá. Sentía que debía estar aquí.

—¿Cuánto tiempo había pasado desde el golpe que le hizo perder el conocimiento hasta que decidió coger el coche y conducir, usted solo, dos horas? —pregunta Gabriel en un tono afilado.

—No lo recuerdo.

—No me queda claro —insiste Gabriel—. La pérdida de memoria es anterior al golpe. Es decir, que lo que pasó después no lo ha olvidado, ¿verdad?

—Eso es —afirma el profesor en voz baja.

—¿Y el golpe fue antes de enterarse por la prensa de que Kasia había desaparecido?

Fabián asiente. Gabriel hace una pausa.

—Entonces le sugiero que se esfuerce en recordar.

El silencio que sigue es demasiado largo para Bruno y decide tensar un poco más la cuerda.

—Dices que viniste a La Nucía en cuanto te enteraste de lo de Kasia… Pues no recuerdo haberte visto durante las batidas. Ni en los primeros días, siquiera.

Fabián se gira hacia él, desconcertado. No esperaba que le llevaran la contraria. Bruno no aparta la mirada.

—¿Qué día exacto regresó al pueblo, señor Núñez? —interviene Gabriel, más directo ahora.

—El viernes —responde el anciano tras una breve pausa—. Me quedé en Valencia hasta el viernes. Regresé para el fin de semana.

Bruno levanta la cabeza, sorprendido. Gabriel también. No hace falta decirlo en voz alta: Kasia desapareció un miércoles.

Fabián lo nota. Se remueve en la silla, se pasa una mano por el cuello.

—Mi hermano… —empieza—. Estaba pasando por una mala época. No podía dejarlo solo. Intenté venir antes, de verdad, pero no era tan sencillo.

Bruno lo observa en silencio. No hay rabia en sus ojos, solo una sospecha que crece muy despacio, como una mancha de humedad. Porque no es lo que dice Fabián. Es la forma en que lo dice.

Y lo que no dice.

Gabriel se apoya en el respaldo del asiento con la mirada fija en el parabrisas sucio. Bruno, a su lado, no dice nada. Solo tamborilea suavemente con los dedos sobre el muslo. Lo más probable es que esté pensando, al igual que él.

No le molesta su presencia. De hecho, le sorprende no sentir esa incomodidad habitual que le provoca estar con alguien demasiado tiempo.

Bruno no le llena el aire con palabras innecesarias, no siente esa necesidad insoportable de colmar los silencios.

Gabriel lo agradece. Pero debe ser tajante y marcarle los límites.

—No puedes tomar partido de esa manera en los interrogatorios, Bruno —dice—. He decidido que me acompañes porque ver una cara conocida suele hacer que las personas a las que interrogo se sientan más cómodas. Pero no puedes ni debes participar.

—Lo sé. Lo siento. A partir de ahora me controlaré —contesta Bruno, y asiente. Ya imaginaba que Gabriel iba a reprenderlo.

El silencio se alarga. Al cabo de unos segundos, Gabriel lo rompe.

—No me gusta ese tipo —dice con voz grave—. La historieta de la amnesia no se sostiene. ¿No recuerdas haberlo visto en ningún momento durante esos días?

—Apostaría a que no —contesta Bruno—, pero no estoy completamente seguro. Lo que tampoco recuerdo es verle marcas de un golpe en la cabeza o algo parecido.

Gabriel entrecierra los ojos. Podría haber algo más. Algo que nadie se ha molestado en desenterrar. Tendrá que investigarlo.

—Debo saber más sobre ese viejo profesor.

Es muy difícil, por no decir imposible, obtener registros de geolocalización de su móvil en 2014, pero pediré a Patricia que localice al hermano, el tal Mauricio.

Seguramente encontremos el agujero de su coartada.

Mientras tanto, necesito hablar con alguien que trabajara con Fabián Muñoz en esa época. Creo que nos será útil.

—El único que sigue en el instituto es el director —dice Bruno sin dudar—. Víctor Fábregas.

Gabriel asiente despacio.

—Entonces iremos a verlo mañana por la mañana —afirma al tiempo que pone el motor en marcha—. Es tarde y tengo que volver a la comisaría. Te llevo a tu casa.