Capítulo 5
Contar con Bruno agiliza mucho el proceso. Gabriel ha ido a recogerlo de nuevo para que lo acompañe en el siguiente paso. Además, tenerlo presente también ayudará a discernir si todo lo que dice es cierto. Aunque pueda parecerlo, la confianza del inspector Somoza nunca es absoluta.
Apaga el motor y el silencio se instala de inmediato en el interior del coche. Solo se oye el tictac pausado del intermitente, olvidado, hasta que lo acalla.
—¿Es aquí? —pregunta.
—Sí. Aquí es. Supongo que estará en casa. No es un hombre con una gran vida social.
La casa del antiguo profesor de Música se alza frente a ellos; una vivienda baja de fachada blanca y persianas verdes, igual que la mayoría en esa calle tranquila donde nunca pasa nada.
O eso parece. Gabriel entrecierra los ojos.
A veces, las casas más anodinas guardan las historias más retorcidas.
Sin embargo, ese barrio de las afueras de La Nucía no ofrece esa sensación.
Bruno mira fijamente la entrada. No hay movimiento, solo una maceta caída en un rincón del porche y el sonido lejano de un cortacésped, insistente.
La mañana ha sido una pérdida de tiempo.
Ni un testigo útil, ni una pista que valga la pena.
Preguntaron en cada tienda, en cada cafetería, incluso en un estanco minúsculo con cierto encanto.
Nadie recuerda haber visto a un chico con sudadera gris y un violín bajo el brazo.
Nadie. Parece que aquel tipo hubiera atravesado la calle sin tocar el suelo.
Gabriel se masajea el puente de la nariz.
Está cansado. No físicamente. Es el otro cansancio, el que no se quita durmiendo.
El que se instala cuando la investigación empieza a parecer una caza de fantasmas.
Su obsesión por abarcarlo todo está lastrando su salud, pero no le importa. Es justo lo que quiere.
Confía en haber encontrado un hilo del que tirar.
Han localizado un par de cámaras de tráfico que cubren la zona: una en una esquina de la manzana adyacente, otra justo frente a un paso de peatones cercano.
Si tienen suerte y el joven que vendió el violín tomó esa ruta, aparecerá en las grabaciones.
Patricia ha vuelto a la comisaría para encargarse de ello. Es rápida y eficiente con los trámites.
Ahora Gabriel quiere continuar con otra pista sugerida por Bruno. El profesor de Música.
Echa un vistazo al retrovisor, un gesto instintivo al que recurre a menudo para vigilar la calle.
Lanza una última mirada a la casa antes de volverse hacia Bruno.
Fuera, el mundo sigue girando como si no pasara nada.
Como si lo que están a punto de remover no llevase años pudriéndose bajo la superficie.
—Háblame de ese profesor antes de entrar —dice Gabriel sin rodeos—. ¿Qué tipo de hombre era?
Bruno tarda un segundo en contestar. Se rasca la barbilla mientras busca las palabras adecuadas. Al final, se encoge de hombros.
—Era peculiar. Muy peculiar —responde con una mueca que no es del todo sonrisa—. De esos que un día te suelta un insulto delante de toda la clase y al siguiente aparece con bombones para todos como si nada.
Gabriel arquea una ceja.
—¿Insultos?
—Sí —afirma Bruno—. Nos llamaba inútiles, mediocres, a veces hasta cosas peores.
Pero lo decía con esa voz suave que tenía, casi con elegancia, como si fuera parte de una ópera.
Lo hacía sonar menos grave de lo que era.
Aun así, te aseguro que dolía igual. Cuando eres un adolescente no tienes los mecanismos de defensa que se forjan con el tiempo.
Gabriel asiente en silencio. Ha visto ese tipo de personajes antes. Encantadores para algunos, inestables para otros. Impredecibles.
—¿Y nadie se quejaba? —pregunta.
Bruno suelta una risa breve, seca.
—Supongo que estaba a punto de jubilarse y nadie quería problemas.
Ni el director ni los padres. Ni siquiera los alumnos, si te soy sincero.
Era más fácil dejarlo estar. Nadie lo tomaba muy en serio.
Decían que era excéntrico y con eso lo justificaban.
Una especie de artista bohemio, ya sabes.
Pero había días… —Hace una pausa—. Había días que se largaba en mitad de la clase.
Así, sin decir palabra. Cogía su abrigo, su maletín y desaparecía.
—¿Y luego volvía como si nada?
—A veces sí. Otras no lo veíamos hasta la semana siguiente. —Bruno carraspea—. Sí, ya lo sé. Muy normal todo —sentencia con ironía.
Gabriel entrelaza los dedos. Hay algo inquietante en todo eso. No solo en el comportamiento del profesor, sino en la forma en que los demás parecían aceptarlo. Esa dejadez que tanto le molesta.
—¿Y Kasia era la alumna favorita para este tipo de comportamientos?
Bruno mueve despacio la cabeza en señal de asentimiento.
—Con Kasia tenía fijación, sí —dice finalmente—. Y no de la buena. Por eso lo comenté. Parece que la gente tiende al olvido cuando ciertas desgracias suceden, pero yo no. No tengo esa facilidad.
Gabriel observa la expresión resignada de Bruno.
—Siempre se metía con ella —continúa él—. La castigaba por cualquier tontería. Recuerdo una vez que la agarró de la oreja. —Chasquea los dedos—. Así, sin más, en plena clase. La arrastró hasta el despacho del director. Todos se rieron. Todos menos ella, claro.
Gabriel se queda callado. Su instinto le dice que no es solo una anécdota más del pasado.
Hay algo enterrado ahí. Algo que nadie quiso ver.
O que vieron y prefirieron ignorar, pero tampoco puede confiar en el criterio de Bruno ciegamente.
Intenta imaginarse a Kasia siendo humillada, quiere meterse en su piel y sentir lo que sintió ella.
Solo así podrá llegar a comprender quién era Kasia y qué sentimientos despertaba en las personas a su alrededor.
—Y hay algo más —añade Bruno—. La semana en la que Kasia desapareció, Fabián Núñez, el profesor de Música, no fue al instituto. Faltaba muy a menudo, por lo que nadie le dio importancia. Pero yo creo que sí la tiene.
—¿Has podido averiguar el motivo por el que faltó?
—El director me dijo en su momento que se había cogido unos días libres, pero, como ya te expliqué, a mí no me toman en serio.
Sin decir nada más, abre la puerta del coche.
—Vamos a ver qué tiene que contarnos ahora.
Bruno intenta mantenerse relajado, la mirada neutra, las manos cruzadas a la espalda. Su apariencia debe ser tranquila. Cordial, incluso, aunque por dentro le arda la sangre.
El profesor de Música está justo enfrente, más encorvado que en su recuerdo, con el rostro flácido y los ojos hundidos. No es ni la sombra de lo que fue. Aun así, algo persiste. Esa expresión apenas perceptible. Una malicia sutil y comedida que Bruno recuerda bien.
Lo odia. Lo detesta. Detesta a cualquiera que hiciera daño a Kasia. Y ese hombre —ese saco de huesos con voz suave y gestos amables— es uno de ellos.
No se lo ha mencionado a Gabriel. ¿Cómo hacerlo?
Ya sospecha que al inspector Somoza empieza a costarle dar por buena cualquier palabra que salga de su boca.
Además, es un recuerdo brumoso, infantil, distorsionado por el tiempo y la rabia.
Pero lo recuerda. Recuerda pasar por esa misma calle, una tarde cualquiera, y ver a un grupo de niños correteando por ese jardín.
Niños pequeños, de cinco o seis años. Uno de ellos tenía el mismo color de pelo que Kasia.
El profesor Fabián Núñez no tiene hijos. Eso lo comprobó años atrás. Solo un hermano en Valencia, con dos críos que podrían coincidir con esas edades. Pero no vive aquí ni ha vivido nunca. Entonces ¿quiénes eran esos niños?
Gabriel ha conseguido lo que Bruno llevaba tiempo esperando: una excusa para entrar. Para cruzar esa verja oxidada, pisar ese porche cubierto de musgo, ver el interior de esa casa y obtener respuesta a algunas preguntas incómodas. Por fin.
Después de que la puerta se abriera, ha aparecido un hombre de rostro alargado, pelo escaso y gafas de montura fina que cuelgan en equilibrio sobre una nariz puntiaguda.
El hombre se ha quedado inmóvil. Sus ojos se posan en Bruno durante un segundo largo; parece que intenta ordenar en su memoria rostros ya desdibujados.
Bruno no dice nada. Espera.
Es Gabriel quien da el primer paso.
—Inspector Somoza —dice, y le muestra la placa—. Estamos investigando la desaparición de Kasia Nowak. ¿La recuerda?
El nombre hace que el profesor Núñez parpadee, apenas un segundo. Luego desvía la mirada hacia Bruno. Lo observa con más atención. Las piezas comienzan a encajar de forma lenta y algo torpe.
—Tú… Tú fuiste alumno mío, ¿verdad?
Bruno asiente sosteniéndole la mirada. Él también ha cambiado. Mucho, de hecho. Ya no es ese adolescente tímido a quien nadie dedicaba su tiempo. Ahora cuenta con una serie de habilidades que le permiten no sentirse inferior. De algún modo, espera tener la oportunidad de demostrárselo.
—Bruno Porta —dice, y se obliga a sonreír—. Tuve clases contigo durante un par de cursos.
Ha decidido tutearlo. Normalmente no lo haría. Pero si ese hombre se ha tomado la licencia de tutearle primero, él no se rebajará.
El rostro del profesor se ilumina con una especie de alivio.
—Claro. Ya me acuerdo. Has cambiado mucho. ¿Eres policía?
—Solo estoy colaborando con el inspector Somoza —aclara Bruno—. No soy policía.
Fabián Núñez tarda un instante más en reaccionar. Luego da un paso atrás y abre del todo la puerta.
—Pasad. Si se trata de Kasia… Bueno, sí, claro. Entrad.
La voz del profesor suena más apagada ahora. El nombre de la chica ha traído consigo una corriente de aire frío. Bruno cruza la puerta con decisión. Gabriel lo sigue.
La casa es sorprendentemente luminosa. El sol entra a raudales por los ventanales del salón y se refleja en las superficies de madera clara y en los marcos de fotografías familiares en los que Bruno se fija en busca de alguna pista. Es la casa de un anciano solitario.