La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

La casa de la familia Nowak parece mostrar el estado de ánimo de sus habitantes.

La pintura de la fachada se desprende en escamas.

Las persianas permanecen a medio bajar, dejando entrever un interior sombrío y desalentador, como el aire que se respira antes de una tormenta.

Gabriel lo percibe en cuanto pisa el porche: un jardín descuidado, trastos desperdigados por todos los rincones, muebles de madera podridos…

Bruno se adelanta. No necesita llamar. La madre de Kasia ya está abriendo la puerta antes de que él levante el puño. Tiene el rostro demacrado; parece que se lo hubieran exprimido lentamente durante los últimos siete años. Aun así, se esfuerza por esbozar una sonrisa triste al verlo.

—Hola, Bruno —dice con voz pausada—. Pasa, por favor. Hace frío hoy.

El padre aparece enseguida en el recibidor. Es más reservado, más seco. Su manera de mirar a Bruno deja claro que entre ambos ha surgido algún problema. Sus ojos, sin embargo, se clavan enseguida en los desconocidos que lo acompañan.

—¿Quiénes son? —pregunta sin molestarse en sonar cortés.

—Son inspectores de policía —responde Bruno con un gesto rápido—. Gabriel Somoza y Patricia Siles. Quieren hablar con vosotros.

—¿Quieren hablar o han venido a remover mierda?

No le tiembla la voz, pero hay algo frágil detrás de la fachada que ese hombre muestra. Una fatiga muy antigua.

—Por favor, Dominic, cálmate. —La mujer posa una mano en el brazo de su marido—. Vamos a escucharlos.

—¿Escuchar qué, Anna? ¿Otra teoría absurda? ¿Otra pista que no lleva a ninguna parte? Le pedí a Bruno que lo dejara. Que nos dejara. Y aquí estamos de nuevo. Con policías en la puerta de casa.

—Señor Nowak —interviene Gabriel por primera vez.

Habla con suavidad, si bien en tono firme.

Sabe cuándo tiene que tomar cartas en el asunto y cuándo no—.

No hemos venido a prometerles nada ni a darles esperanzas.

Pero necesitamos hablar con ustedes porque hay algo que deben saber.

Algo importante. No estamos aquí por una corazonada.

Un silencio. Miradas que se alternan antes de que se pronuncie la siguiente palabra.

El padre de Kasia se cruza de brazos. Clava los ojos en los de Gabriel durante un segundo que se alarga demasiado.

—Muy bien —responde al fin sin moverse—. Pero si esto es otra pérdida de tiempo, quiero que se marchen y no vuelvan jamás.

Gabriel asiente. No hay espacio para rodeos ni para mentiras.

Entiende a ese hombre. Ahora más, después de descubrir la chapuza de investigación que se hizo en su día.

Se avergüenza por ese tipo de situaciones.

No es capaz de entender cómo alguien con la responsabilidad de un inspector de homicidios no cumple con su deber.

Ya no se trata de ser extraordinario, sino de ejecutar una serie de pasos simples e inamovibles, algo con lo que cualquier investigación debe contar. Solo que no fue así con Kasia.

Dominic Nowak se da la vuelta y Anna los invita a pasar.

El salón es un mausoleo.

Gabriel no necesita más que un vistazo para comprenderlo.

Todo en esa estancia parece congelado en el tiempo, como si el propio aire evitara moverse por respeto.

A un lado, encima de un mueble, la llama de una vela tiembla con delicadeza frente a una foto de Kasia.

La niña sonríe desde el marco ignorando que ese retrato se convertirá en altar.

Alrededor de la fotografía, una docena de flores marchitas reposa sobre una pequeña manta de encaje.

Encima, colocados con sumo cuidado, hay objetos que claramente fueron suyos: una pulsera de cuentas, una cinta para el pelo, una nota doblada tantas veces que casi se ha roto por la mitad y, presidiéndolo todo, un gran retrato de la joven.

Tiene los ojos verdes de su madre, pero la expresión serena y terca de su padre.

Gabriel se aclara la garganta. No quiere rodeos. No ha ido a reconfortar ni a remover el pasado. Ha ido a cumplir con un deber.

—Lamento irrumpir así en su casa —empieza con voz grave—, pero no estaríamos aquí si no creyésemos que es necesario. Hemos decidido reabrir el caso de su hija.

La madre de Kasia se estremece. El padre permanece inmóvil, las palabras parecen no surtir efecto en él.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —murmura Anna.

Gabriel no responde al instante. En su lugar, se inclina hacia la mesa de centro. Abre la cremallera de la bolsa negra que porta al hombro y la deposita con suavidad sobre el cristal, justo entre ellos. Un gesto lento, deliberado. Cuando retira la mano, deja al descubierto parte del contenido.

—Porque hemos encontrado esto —dice.

El padre de Kasia se queda mirando la bolsa con curiosidad. Pasan unos segundos. Cuatro, cinco… Y entonces su expresión se fragmenta.

Se lanza hacia delante, abre la bolsa con un temblor exagerado en las manos y extrae el violín.

Sus dedos rozan la madera con sumo cuidado. Lo levanta despacio, lo observa deseando ver en él un mensaje oculto, una pista, algo que le ofrezca las respuestas que espera desde hace siete años.

—Es el suyo —susurra.

Mira a su esposa. Anna ya está llorando. Se tapa la boca con ambas manos y cae de rodillas frente al altar improvisado. Se pone a rezar en su lengua materna.

Dominic no tarda en seguirla.

Lloran. Lloran de una forma que hace que la habitación parezca más pequeña, más asfixiante. Gabriel se obliga a mantener la mirada fija en el suelo, en la grieta de una baldosa. Aprieta los puños con fuerza.

No puede con ese sonido. Ese dolor no debería existir. Lo sabe muy bien.

«Lo encontraré», piensa sin decirlo en voz alta.

Encontrará al culpable.

No descansará hasta hacerlo.

El coche se detiene frente a una tienda cuya fachada parece estar a punto de derrumbarse. Está encajada entre una peluquería de rótulos vistosos y un local vacío. El cartel, medio descolgado, ha vivido tiempos mejores. En él se lee: BUY & SELL .

Bruno es el primero en bajar del vehículo. Mira el local con una mezcla de incomodidad y resignación. Gabriel observa su reacción con atención y, antes de seguirlo, intercambia una mirada fugaz con Patricia.

La tienda tiene un pasillo angosto que acaba en una sala mayor.

Está desordenada hasta el extremo, como si alguien hubiera arrojado el contenido de cinco casas abandonadas y luego se hubiera marchado sin molestarse en organizar nada.

Hay sillas rotas apiladas contra la pared, lámparas de araña colgando del techo, relojes sin manecillas, cintas en VHS y discos de vinilo.

En definitiva, pocas cosas aprovechables.

Bruno se detiene cerca de una vitrina que apenas se sostiene sobre sus patas astilladas.

—Estaba ahí —murmura, y señala con la barbilla un hueco entre una guitarra sin cuerdas y una caja de herramientas oxidada—. El violín. No tenía estuche.

—¿Qué hacías en una tienda como esta? —pregunta Gabriel.

—Precisamente, buscar el violín de Kasia.

Tuve suerte, lo reconozco. Pero la suerte, al final, hay que saber encontrarla.

Cuando Kasia desapareció, llevaba su violín con ella.

Nunca se encontró. Teniendo en cuenta que es un objeto relativamente caro, no era descabellado pensar que quien lo tuviera podría verse en la tentación de venderlo.

Por eso, desde hace tiempo, lo busco en este tipo de establecimientos.

Gabriel asiente sin apartar la vista del lugar. Imagina el instrumento allí, trata de visualizar la escena.

Desde el fondo del local emerge un hombre corpulento con camiseta de tirantes y un cigarro apagado entre los dedos. Su calva reluce bajo la única bombilla encendida, y su expresión es la de alguien que no espera nada bueno de la vida.

—¿Buscan algo en concreto? —pregunta sin molestarse en sonar amable.

Gabriel saca la placa y se la enseña con un movimiento pausado.

—Inspector Somoza. Investigamos un objeto que vendió hace unas semanas. Un violín. Este hombre —señala a Bruno— asegura que lo compró aquí.

El dependiente se encoge de hombros mostrando cierta indiferencia.

—Lo recuerdo. Yo se lo compré a un chaval joven, pero no lo conocía. ¿Qué pasa con ese violín?

—Necesito identificar a la persona que se lo vendió a usted. ¿Hace cuánto que ese chaval se lo trajo?

—Un par de semanas, más o menos. No sabría decir…

—¿Tiene cámaras de seguridad? —pregunta Gabriel, y levanta la vista para buscarlas entre tantos objetos.

El hombre se ríe, pero no es una risa real. Más bien un ruido áspero, como una tos disimulada.

—¿Aquí? No, qué va.

—¿Y registro de ventas? ¿Alguna nota, una factura, un albarán? —interviene Patricia.

—Nada de eso. Aquí todo es sencillo. Vienen, me venden algo a lo que pueda sacar partido y se van. Ese violín era caro y lo compré barato.

Gabriel lo observa en silencio. Sabe reconocer la mentira, pero ese tipo no parece estar mintiendo.

—¿Recuerda algo más de ese chico? ¿Cómo vestía? ¿Algún acento? ¿Parecía nervioso?

El hombre se rasca la barriga pensativo.

—Sudadera gris, creo. No muy hablador. Estaba como… con prisa, sí. Pero no dijo nada raro. No sé, un tipo normal y corriente, o eso pensé.

Patricia, a un lado, se mantiene callada. Lo analiza, intenta descifrar si está siendo sincero. Bruno sigue inmóvil junto al hueco donde encontró el violín, parece pensativo.

Gabriel saca una tarjeta y se la entrega al dependiente.

—Por favor, si recuerda algo, llámeme.

Bruno Porta empuja la puerta de la tienda de artículos de segunda mano y sale a la calle. El sol lo golpea de frente, pero ni lo nota. Solo piensa en lo inútil que ha sido esa vi­sita.

No debería haberse hecho ilusiones. Ya lo presentía.

Ese lugar no iba a ofrecerle nada más que polvo, vitrinas mal iluminadas y un dependiente con poca memoria.

Aun así, duele. Duele porque está acostumbrado a obtener respuestas, aunque sean mínimas.

Duele porque ya no es él quien toma las decisiones. Está a merced de los inspectores.

Se cruza de brazos y mira a su alrededor. La calle huele a pan recién hecho. Un niño pasa corriendo riendo a carcajadas con un globo rojo, ajeno a las maldades presentes en el mundo.

Gabriel Somoza y Patricia Siles le imponen respeto —porque son buenos, de los mejores—, pero hay algo dentro de Bruno que se revuelve.

El instinto. La costumbre de ir por libre.

De seguir su propio olfato. En su cabeza ya ha trazado al menos cinco formas de conseguir la identidad del chico que vendió el violín.

Algunas rozan lo ilegal. Otras no tanto.

Pero no da un solo paso. Sabe que su carácter puede salirle caro. Se gira hacia Gabriel, que revisa algo en su móvil, apoyado en una farola.

—¿Y ahora qué? —le pregunta sin ocultar del todo el fastidio que le arde en la voz.

Gabriel levanta la cabeza, se guarda el móvil en el bolsillo de la chaqueta y le lanza una mirada rápida y decidida.

—Ahora continuamos la inspectora y yo. Puedes marchar­te a casa.

Es posible que te necesite más adelante —dice—.

Nosotros vamos a preguntar en los comercios cercanos, a ver si alguien recuerda al joven del violín.

Con suerte, ese chico entró a alguna otra tienda y llamó la atención.

Y hay que buscar cámaras de seguridad. Si lo tenemos en vídeo, aunque sea una imagen borrosa, ya contamos con un punto de partida.

Bruno asiente. No dice nada. Solo se mete las manos en los bolsillos y empieza a caminar hacia la parada de autobús después de despedirse, esforzándose por mantener la disciplina. No es lo habitual, pero esa vez está dispuesto a adaptarse.

Sabe que Gabriel Somoza no es como los otros agen­tes que han llevado el caso de Kasia Nowak. Puede confiar en él.

Esteban, el dueño de la tienda de artículos de segunda mano, se ha quedado solo.

Lo incomoda el silencio que reina cuando la campanilla de la puerta deja de sonar y durante unos segundos permanece de pie, inmóvil, mirándola.

Luego finge normalidad. Se sienta tras el mostrador, despliega el periódico y lo abre por una página cualquiera.

Pero no lee.

La tinta baila frente a sus ojos, sin sentido.

Su mente está en otra parte. En la manera en que uno de sus visitantes —el del gesto serio, el que parecía no tragar con nada— lo miraba, como si pudiera ver a través de él.

Le sudan las manos. Siente un picor en el pecho.

Le falta el aire, aunque lo disimula bien.

¿En qué maldito momento compró ese violín?

Lentamente, aparta el periódico y echa un vistazo por el cristal del escaparate.

Los tres siguen allí, hablando a media voz frente a su tienda.

No puede oírlos, aunque tampoco le hace falta.

El tono del interrogatorio ha sido suficiente para que sepa que no es una visita rutinaria.

Algo buscan. Y no tardarán en volver si no lo encuentran.

La mujer se marcha hacia la derecha. Uno de los hombres cruza la calle. El otro se queda observando el entorno un instante, con las manos en los bolsillos, y luego también se aleja.

Es el momento.

Esteban saca el móvil del cajón, pulsa un número que conoce de memoria y se acerca el teléfono al oído. No hay saludo. No hay formalidades.

—Han venido a preguntar por el violín. No quiero problemas, así que pregunta a tu chica de dónde lo sacó.