La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Patricia anota y subraya el nombre.

—¿Qué pasó con ella? —pregunta impaciente.

—Su novio la dejó, y se rumoreaba que había sido por Kasia, porque él estaba colado por ella.

No sé si era verdad, pero el instituto entero hablaba de eso.

Un día, Celia y Kasia se enzarzaron en una riña en el patio.

A gritos. Celia le tiró la mochila al suelo, le escupió…

Kasia, que no solía contestar a las provocaciones, por algún motivo ese día estalló, y se pelearon.

Tuvieron que separarlas, y Celia acabó con la nariz sangrando a borbotones.

Más tarde encontré a Kasia llorando sola.

A veces daba la sensación de que no era tan fuerte como quería aparentar.

Gabriel se cruza de brazos y observa a Bruno, intenta leer entre líneas.

—¿Y los profesores? ¿Alguien intervino?

—Lo típico, las reunieron a las dos, las informaron de que si volvía a pasar las expulsarían y poco más. No pasó de ahí. No hubo sanción, ni parte ni nada.

Patricia deja de escribir.

—¿Y qué sabes tú del supuesto novio de Kasia?

—¿El de Alemania?

—Sí. ¿Era real?

Bruno asiente, aunque su gesto se tiñe de duda.

—Presumiblemente sí. Pero nadie sabía nada en el pueblo.

Eso es algo que filtró la policía a la prensa cuando investigaron el teléfono móvil de Kasia.

Parece que tenía una re­lación con un chico de Alemania, un tal Thomas, que nunca apareció.

Vivía en Ludwigsfelde, una pequeña localidad cerca de Berlín.

Me consta que la policía fue allí a buscarla creyendo que se había fugado con él, pero en ese lugar nadie sabía nada ni de Kasia ni de él.

—Es extraño que nadie lo supiera. Son cosas que los ado­lescentes suelen contar entre sus amigos —comenta Patricia.

—Quizá debería aclarar que Kasia y yo no éramos íntimos amigos. Nos llevábamos bien, o eso creo, pero no teníamos la confianza suficiente para hablar de ese tipo de cosas.

—Entonces no puedes saber si realmente era un secreto para todos o si Kasia se lo contó a alguien —insiste Patricia.

—Llevo años preguntando y te aseguro que nadie sabía nada.

Pueden haberme mentido, pero sería absurdo, porque fue algo que descubrió la policía al registrar los mensajes del móvil de Kasia.

Lo que se sabía seguro era que se habían conocido a través de Facebook.

Él la agregó a ella y comenzaron a hablar.

El tono de los mensajes fue subiendo; había cientos y cientos de páginas de transcripciones.

Al final eran novios, aunque nunca llegaron a verse, por lo que tengo entendido.

Gabriel, ahora sí, saca una libreta para tomar notas.

—Según he podido constatar en los informes, Thomas, el chico alemán, anulaba psicológicamente a Kasia. ¿Notaste algo raro en ella?

—Eso lo sabéis vosotros mejor que yo. Nunca he tenido acceso a esas conversaciones. Nadie fuera de la policía, de hecho. Estaría encantado de revisarlas, si me lo permitís —sugiere Bruno.

Patricia se muerde el labio. Mira a Gabriel de reojo. Él le devuelve la mirada sin decir nada, pero transmitiendo un mensaje: Bruno no debe exceder ciertos límites.

—Si decidiéramos que eso podría ser útil te lo haríamos saber. De momento, entiende que ese es nuestro trabajo —sentencia Patricia.

Gabriel carraspea. Bruno asiente y baja la mirada.

—Hay varias cuestiones sobre las que me gustaría conocer tu opinión antes de ponernos en marcha. La primera es la nota que encontró la madre de Kasia —comenta Gabriel.

—¿Te refieres a la nota de suicidio que apareció en un abrigo un mes después de su desaparición? —pregunta Bruno esforzándose por sonar irónico.

Gabriel asiente con semblante serio.

—No fue una nota de suicidio, en realidad —contesta Bru­no—. Fue una nota en la que ella hablaba de la muerte como concepto. No decía que fuese a suicidarse.

Observa cómo las miradas de Patricia y Gabriel se encuentran.

—Bruno, la hemos leído y recuerdo que ponía literalmente las palabras: «Quizá morir sería la solución». ¿Qué te hace pensar que no hablaba de su propia muerte? —indaga Gabriel.

Bruno hace una mueca con los labios.

—Que la conocía. Sé leer a las personas, tengo habilidad para eso.

He leído mucho sobre el suicidio y he repasado mentalmente nuestras conversaciones antes de que ella desapareciese.

Soy psicólogo, entre otras cosas. Creedme, sabría reconocer los rasgos típicos, y os aseguro que Kasia no se suicidó.

—A veces creemos que conocemos a las personas, pero la realidad nos sorprende —replica Patricia.

Un silencio se instala en la estancia.

—Si soy sincero, yo tampoco creo que se suicidara —dice Gabriel—. De haberlo hecho, su cuerpo habría aparecido. Existe la posibilidad de que lo hiciera en una zona alejada y de difícil acceso, pero es poco probable.

Bruno asiente. Está de acuerdo con Gabriel.

Patricia entrelaza los dedos en el regazo y observa a Bruno con atención. No dice nada. Solo escucha. Lo observa. Lo estudia.

Bruno no evita su mirada, pero tampoco se la sostiene demasiado tiempo.

Tiene ese aire de suficiencia que siempre ha puesto en guardia a la inspectora Siles.

No es prepotencia, para ser exactos. Es algo más sutil, más peligroso.

Como si creyera que tiene todas las respuestas.

Como si el hecho de haber acudido por voluntad propia lo colocara moralmente por encima de ellos.

Y, sin embargo, ahí está. Buscando ayuda.

Pero Patricia no se fía. No lo hace nunca.

Ni siquiera de los que, en teoría, están de su lado.

Esa desconfianza permanente, ese radar interior que nunca descansa es parte de lo que la ha llevado hasta ahí.

La mantiene despierta cuando los demás se relajan.

La mantiene alerta incluso ahora, cuando todo indica que Bruno Porta no tiene nada que ocultar.

Gabriel sí cree en él. Lo ve en su manera de hablarle, en ese leve gesto de asentimiento que solo ofrece a quienes considera sinceros. Patricia lo nota. Y le gustaría decirse que eso debería bastar, que si Gabriel confía en Bruno Porta, ella también puede hacerlo.

Pero no. No basta.

—Háblame de Kasia —pide desviando la conversación.

Gabriel la mira. La conoce mejor que nadie y sabe adónde quiere llegar.

Bruno parpadea despacio. La petición parece haberlo sorprendido. Luego se encoge de hombros y cruza una pierna sobre la otra con estudiada indiferencia.

—Kasia era… particular —responde en ese tono que desprende soberbia, tal vez de manera involuntaria—. Demasiado lista, demasiado bella. Y eso no suele acabar bien en una chica de diecisiete años.

Patricia no hace comentarios. Solo anota mentalmente la elección de las palabras. «Particular». «Demasiado». Una forma elegante de decir que era conflictiva.

—Tenía muchos enemigos. Algunos profesores no la soportaban.

El director estaba harto de verla en su despacho.

—Bruno hace una pausa breve—. Pasaba horas allí.

Castigada oficialmente. Pero también porque era donde solía meterse cuando quería desaparecer del mapa.

Creo que a veces era justo lo que buscaba.

—¿Y sus compañeros? —inquiere Patricia sin cambiar el tono.

—Bueno… Como ya he dicho, las chicas la envidiaban, porque Kasia sabía que era atractiva y lo usaba a su favor. Y los chicos… Tonteaba con muchos. Le gustaba llamar la atención. Era su forma de estar presente, supongo. Aunque, cuando tocaba el violín…

Bruno se interrumpe por primera vez. Las palabras que está a punto de pronunciar requieren un tono distinto. Más bajo. Casi reverente.

—Poseía un talento innato. Yo no había escuchado nada igual. Era como si la música la transformara. Tenía algo. Una especie de magia que atrapaba.

Patricia lo mira en silencio. No escribe en su libreta. No lo interrumpe. Pero no se pierde el leve temblor en su voz cuando menciona el violín. Esa emoción inesperada que asoma por un instante y que desaparece enseguida, como una cortina que alguien cierra de golpe.

Quizá haya algo más ahí. Quizá no.

Pero lo que sí sabe Patricia, con la misma certeza con la que sabe que no confía en nadie, es que hay verdades que no se dicen de inmediato.

—¿Estabas enamorado de ella? —suelta a bocajarro.

Bruno no parece sorprenderse por la pregunta. De algún modo, Patricia sospecha que la esperaba.

—No en aquel entonces. O puede que sí y no era consciente de ello. Lo cierto es que me dolió mucho su pérdida. Me afectó. Como si un pedazo de mí se hubiera ido con Kasia.

«Es una respuesta demasiado ambigua —piensa Patricia—. Estaba colado por ella y, por algún motivo, no lo reconoce».

—Bueno… Creo que es suficiente de momento, ¿verdad, Gabriel?

El inspector Somoza asiente y cierra su libreta.

—Lo primero que debemos hacer es averiguar quién vendió ese violín y empezar a tirar del hilo.

Tal vez no nos lleve a ningún sitio. Pero antes es preciso hablar con la familia de Kasia.

Según me ha informado Gabriel, tienes relación con ellos, Bruno.

Dado que fuiste tú quien encontró el violín y tenemos que explicarles por qué reabrimos el caso, nos gustaría pedirte que nos acompañaras.

Bruno se pone en pie abruptamente y señala la puerta con un gesto.

—Después de ti.