Capítulo 3 #2
Se remueve en la silla, se lleva dos dedos al entrecejo y asiente.
—Kasia Nowak desapareció el 12 de marzo de 2014 —dice sin levantar la vista—.
Un miércoles como tantos otros. Volvía a casa después de recibir su clase habitual de violín.
La profesora declaró que había salido alrededor de las ocho.
Aquella tarde llovía a cántaros. La tormenta colapsó media provincia, tal vez lo recordéis.
Patricia Siles asiente lentamente sin perder detalle. Tiene la libreta abierta sobre las rodillas, pero no escribe nada. Todavía no. Gabriel Somoza, por su parte, permanece en silencio con los brazos cruzados. La expresión se le ha endurecido un poco.
—Según los informes, la profesora de violín fue la última persona en ver a Kasia —añade Gabriel—. ¿Es correcto?
—Sí, así es. Hubo cortes de luz por la tormenta. En La Nucía no hay muchas cámaras de seguridad, pero alguna podría haber captado a Kasia de haber funcionado ese día. Se juntó todo —responde Bruno.
Un silencio sirve de antesala para el resto de la conversación. Fuera, el viento agita las hojas del ficus que hay junto a la ventana, como si la naturaleza también recordara aquella tormenta.
—Según nuestras fuentes —añade Gabriel—, Kasia solía hacer ese camino a pie. Lo conocía bien. Nunca tuvo problemas. Su teléfono… —Hace una pausa para calibrar el valor de sus palabras—. Ese día, su teléfono se apagó antes de que entrara en la clase.
Bruno lo mira. Lo sabe perfectamente. Lleva años estudiando la desaparición de su amiga.
—Justo antes —confirma Bruno—. A las dieciocho horas y cincuenta y seis minutos.
En ese momento se corta todo rastro: llamadas, ubicación, incluso los datos móviles.
Pero aquí viene lo inquietante —dice girándose hacia Patricia antes de proseguir—: a las veintidós horas y diecisiete minutos, la señal se recupera por unos segundos en el barranco del Infierno, cerca de Denia.
Patricia le sostiene la mirada.
—Exacto —asiente Gabriel—. La señal solo duró unos segundos. Luego volvió a desaparecer para siempre. Técnicamente, podría ser un error, según nos han explicado. Esa noche la tormenta colapsó varias antenas. Las comunicaciones se volvieron un caos.
—¿Se siguió esa pista o se descartó? —indaga Patricia, que anota ahora con rapidez—. Odio hacerte esta pregunta, pero los informes son muy incompletos y no contamos con esa información.
Bruno se inclina hacia delante. Modula la voz.
—Descuida. Estoy muy al tanto de eso. Sí, se investigó —afirma—.
Aunque quizá sea una exageración de lo que realmente sucedió.
Supongo que conoces el lugar. El barranco del Infierno es un sendero circular de unos nueve kilómetros.
Es una zona inmensa repleta de despeñaderos y recovecos.
Nunca apareció el cuerpo. Ni rastro de sangre. Ni ropa. Nada.
Gabriel se inclina hacia delante.
—¿Conoces bien esa zona, Bruno? El barranco del Infierno. ¿Hay algún tipo de depredador que pudiera haber hecho desaparecer un cuerpo?
Bruno niega con la cabeza sin pensárselo mucho.
—Claro que la conozco. La he recorrido unas veinte veces desde que Kasia se esfumó.
De hecho —dice señalando un mapa del corcho—, en ese mapa están los puntos que no he conseguido explorar.
Lugares escarpados adonde no es sencillo llegar sin un equipo y una preparación adecuados.
—Vuelve a centrar la mirada en Gabriel—.
Por otro lado, no, allí no hay lobos, ni osos ni nada parecido.
Como mucho, algún perro salvaje al que su dueño haya abandonado.
Y si hay varios, pueden formar una manada.
Pero ni siquiera así… No serían capaces de hacer desaparecer un cuerpo entero.
Lo habrían destrozado, sí, pero se habría encontrado algo. Restos. Ropa. Huesos.
Gabriel asiente despacio con los ojos entornados.
—¿Y jabalíes?
Bruno suspira.
—Ahora sí hay. Bastantes. Pero en 2014 eran raros por esa zona.
Muy esporádicos. Dudo mucho que tuviera algo que ver con ellos.
Tampoco con los buitres. Si Kasia terminó en ese barranco, su cuerpo sigue allí.
En algún lugar de difícil acceso. Y eso —añade alzando ligeramente la voz, como si llevara tiempo esperando ese momento— es algo que quería proponeros.
Gabriel y Patricia lo miran atentos. Él se aclara la garganta.
—En 2014 la policía no disponía de drones con cámaras de alta definición como los de ahora.
Las búsquedas eran a pie, desde helicópteros, con perros.
Pero ahora se podrían rastrear zonas escarpadas, profundas, inaccesibles.
Zonas que entonces ni se consideraron por falta de medios.
He preparado una lista con las coordenadas.
Patricia entrecierra los ojos. Gabriel le lanza una mirada rápida, un gesto apenas perceptible. Ella aguanta la suya unos segundos más, evaluando algo que no ha verbalizado todavía. Bruno lo percibe: no le gusta que alguien a quien no conoce meta las narices en su caso.
Al final, asiente.
—Lo pondré en marcha. Pero necesitaré saber con exactitud qué ropa llevaba Kasia Nowak ese día. Facilitará la búsqueda.
Bruno responde sin dudar:
—Una sudadera blanca con capucha y unos vaqueros. Lo recuerdo a la perfección porque era una combinación que vestía a menudo.
Patricia anota algo más en su libreta, esta vez con firmeza. Luego levanta la vista.
—¿Y qué más? —pregunta Gabriel con la mirada clavada en Bruno—. ¿Qué más crees que se les pasó a los agentes hace siete años?
Bruno vacila un segundo, pero luego se apoya en el respaldo de la silla y resopla por la nariz.
—No te lo tomes a mal. Soy consciente del corporativismo que existe en la policía.
Pero básicamente se dedicaron a organizar batidas con los vecinos —responde—.
Voluntarios, perros, gente con linternas caminando por los márgenes del camino, por los bancales, por los huertos.
Sin embargo, era evidente que el cuerpo de Kasia no iba a aparecer cerca de allí después de la primera batida.
Si alguien la interceptó de camino a casa tuvo que hacerlo muy cerca ya de su domicilio.
Su familia vivía en las afueras, en una zona poco transitada.
Entre campos y chalets dispersos. Si hubiese sido en mitad del pueblo, a pesar de la lluvia…
es muy probable que alguien lo hubiera visto.
Patricia asiente muy despacio sin levantar la vista de sus notas. Gabriel la mira un segundo y luego se vuelve hacia Bruno.
—O era alguien a quien Kasia conocía —añade en voz baja—. Alguien en quien confiaba. Y no dudó en irse con esa persona.
Bruno no responde enseguida. Lo piensa. Y asiente.
—Eso también es una posibilidad, por supuesto.
—¿Y los familiares? ¿Las personas cercanas? —insiste Gabriel—. ¿No se investigaron a fondo?
Bruno se inclina hacia delante, apoya los antebrazos en las rodillas. Le tiembla un poco la voz, pero no de miedo: de rabia contenida.
—No sé por qué no me sorprende que no tengas información sobre eso. Gabriel, yo he llegado hasta donde he podido. Pero no soy policía, te consta. Muchas personas ni siquiera me escuchan porque saben quién soy. Porque piensan que busco algo más. Que no es por ella, sino por mí.
Gabriel no dice nada. No hace falta.
—Y no, no se investigó a la profesora de violín, por poner un ejemplo —continúa Bruno—. Ni una sola vez. Y siempre me ha generado desconfianza. No por lo que decía, sino por cómo trataba a Kasia.
Patricia alza la cabeza.
—¿A qué te refieres?
Bruno se pasa una mano por el rostro. Duda. Pero ya no hay marcha atrás.
—Un día Kasia fue a clase con pantalones cortos. Hacía calor, era casi verano, y ella apenas tenía dieciséis años. La clase se daba en la casa de la profesora. En su salón. Nada raro, en teoría. Pero esa tarde, la mujer la echó. Le dijo que no volviera a presentarse así.
—¿Le molestó la ropa? —inquiere Gabriel.
—Eso decía. Pero según Kasia, no era por ella. Era por su marido. Afirmaba que la miraba de una manera sugerente. Que era muy celosa. Que no soportaba que él reparara en las alumnas.
—¿Y cómo era el marido? ¿Algún antecedente?
Bruno se encoge de hombros.
—Es informático. En apariencia, un tipo gris, burdo y vulgar. Pero si me preguntas si se investigó, no. No lo hicieron. Nunca.
Patricia juguetea con el bolígrafo.
—Veo que tenemos varios frentes por donde avanzar.
Gabriel asiente. No con entusiasmo, sino con determinación. Parece que, de pronto, el caso ya no es solo un archivo olvidado en una estantería, sino algo que vuelve a estar muy vivo.
Bruno se remueve de nuevo en la silla. No está nervioso. Es capaz de mantener la calma, aunque esta sea la primera vez que dos inspectores de homicidios se encuentran en su salón haciéndole preguntas sobre aquello que lleva investigando años.
—Hay más personas —dice tras una breve pausa.
Patricia levanta la vista, expectante. Gabriel no se mueve.
—¿Quiénes? —pregunta la inspectora con evidente reticencia.
—El profesor de Música, Fabián Núñez, es uno de ellos. El del instituto. Un auténtico cabrón. Trataba fatal a Kasia. Delante de todos. La humillaba constantemente en clase. Era una situación incómoda para todos.
Los ojos de Patricia vuelven a estar fijos en la libreta; aun así, pregunta:
—¿Consta alguna denuncia, queja, algo?
Bruno se percata de que la inspectora va a poner en tela de juicio todas sus afirmaciones.
—No. Porque Kasia no deseaba que se supiera.
Todos lo veíamos, pero ella le restaba importancia.
Decía que no quería ser «la pesada» que se queja por todo.
Pero se le notaba. Iba apagándose poco a poco.
—Se inclina, baja la voz—. No era una chica especialmente querida.
No era popular, aunque tampoco invisible.
Tenía talento. Era guapa. Y eso, a veces, basta para que te odien.
Gabriel ladea la cabeza.
—¿Celos?
—Sí. Muchas chicas le tenían envidia. La aislaban. Hacían comentarios. Se reían por lo bajo cuando pasaba. Nunca lo decían de frente, claro. Pero ella lo sabía. Me lo contaba. Había una en especial: Celia Gil.