Capítulo 3
El coche se detiene en una curva estrecha y Patricia apaga el motor.
El silencio es casi total, apenas interrumpido por el canto lejano de un pájaro y el crujido suave de la grava bajo los neumáticos.
La periferia de La Nucía no ha cambiado tanto como imaginaba.
Sigue siendo un rincón extraño, atrapado entre el verde húmedo de la montaña y la sequedad polvorienta del litoral.
Es curioso cómo la memoria distorsiona los recuerdos agradables con el paso del tiempo. La última vez que estuvo allí fue con su exmarido, en aquel hotelito rural donde intentaron salvar algo que ya estaba roto. Le sorprende ahora recordar que ese paseo le resultara tan sereno.
—¿Es aquí? —pregunta, aunque la cabaña de madera frente a ellos no deja lugar a dudas. Es tal cual la ha descrito Bruno Porta por teléfono.
Gabriel asiente sin decir nada. Él tampoco parece tener prisa. Observa la vivienda con esa expresión suya de falsa calma, pero a la vez algo parece incomodarlo.
¿Se estará replanteando confiar en Bruno? Al fin y al cabo, no saben mucho de él.
Es un pensamiento efímero que surca la mente de Patricia, a pesar de que en el fondo sabe que no es así.
Si Gabriel ha decidido dar por válida la versión del misterioso Bruno Porta, le guste o no, es por un motivo.
No cambiará de opinión con tanta facilidad.
Es ese instinto que se supone deben tener los inspectores de homicidios.
La habilidad de mirar a través de los ojos de una persona y ver qué secretos esconde.
Ella cree ser buena en eso, pero lo de Gabriel es superlativo.
Baja del coche y se queda un momento junto a la puerta de la valla hecha con troncos que delimita la propiedad.
Se cruza de brazos, pensativa. La cabaña no es gran cosa.
Una estructura simple, rectangular, de madera oscura que parece más propia del Pirineo que de esa zona del Mediterráneo.
Pero está impecablemente mantenida. El jardín, aunque mínimo, tiene grava limpia y plantas en macetas de cerámica.
Todo ordenado, todo en su sitio. Es un lugar agradable.
Bastante más cuidado que el hogar que comparte con Gabriel.
No puede evitar dudar. Es parte de su oficio.
—¿Estás seguro de que este hombre nos va a ayudar? —pregunta.
Gabriel gira la cabeza hacia ella. No sonríe, pero hay una chispa de convicción en sus ojos. La misma que tenía cuando le propuso ese encuentro. La misma que siempre ha tenido cuando está a punto de sacar algo en claro.
—Lo estoy —dice con esa seguridad que nunca necesita adornar.
Y por eso ha ido hasta allí, al fin y al cabo.
Porque rara vez se equivoca. Porque últimamente parece más centrado que nunca.
Más atento a los detalles, más eficaz. Está perfeccionando su trabajo de tal forma que no deja lugar al error.
Y eso… eso provoca en la inspectora Siles algo parecido a la admiración. Aunque nunca lo admitiría en voz alta.
Patricia da un paso hacia la cabaña, sube los dos escalones de madera y llama a la puerta. Tres golpes secos.
Del otro lado, el silencio se prolonga unos segundos más de lo esperado.
Contiene el aliento. Debe centrarse en lo importante: el caso.
Entonces algo se mueve dentro. Una sombra se perfila tras la cortina.
Y la puerta se abre despacio sin un solo chirrido.
Al otro lado aparece un hombre joven, tal y como Gabriel lo había descrito: delgado, de mirada intensa y penetrante, con una barba corta que no parece descuidada, sino medida.
Hay algo en su presencia que desconcierta, como si cada uno de sus movimientos estuviera calculado al milímetro.
Transmite seguridad, pero también algo más difícil de definir: un aura envolvente, tal vez. Cautelosa. Misteriosa.
—Bruno Porta —dice él al ver a Patricia.
—Hola, Bruno —responde Gabriel con seriedad—. Ella es Patricia Siles, inspectora jefa del Grupo de Homicidios.
—Lo sé —contesta Bruno—. Gracias por venir, inspectora.
Les hace un gesto para que pasen. Patricia cruza la puerta y se encuentra con un interior que no se esperaba.
No es tanto la cabaña rústica que parecía desde fuera, sino un espacio acogedor, cálido y sorprendentemente ordenado.
La madera lo envuelve todo: las paredes, el techo inclinado, el suelo cubierto por alfombras de tonos ocres.
Hay una estantería enorme repleta de libros que ocupa casi toda la pared del fondo.
Reconoce varios manuales esenciales sobre criminología y psicología, pero también hay ensayos de historia y novelas, muchas con los lomos cuarteados por el uso.
Le llama la atención una especie de adorno.
Un llavero con forma de violín que no pinta nada ahí ni casa con la decoración.
En una esquina, un corcho cubre buena parte de la pared.
Patricia se acerca casi sin pensarlo. Está lleno de recortes de periódico, fotografías impresas, flechas trazadas con rotulador rojo y pequeñas notas escritas con letra firme.
En el centro, una foto: una joven rubia de expresión serena.
Es Kasia Nowak. Bajo su imagen, alguien ha escrito en mayúsculas: NO OLVIDAR .
Sobre la mesa, varios libros abiertos, un cuaderno de anillas con hojas llenas de subrayados y un mapa desplegado.
Todo está dispuesto con precisión, como si cada objeto tuviera una función específica en el rompecabezas mental de su dueño.
A Patricia le llama la atención uno de los libros abiertos; tiene ilustraciones y multitud de marcas y anotaciones.
Lo coge y le da la vuelta: es El Principito , de Antoine de Saint-Exupéry.
Ha oído hablar de él, pero no lo ha leído.
Siente que Gabriel tiene razón. Bruno Porta se ha tomado muy en serio la desaparición de Kasia. Podría ser muy útil.
—¿Os apetece café o preferís ir al grano? —pregunta Bruno desde la cocina, que no es más que un rincón abierto con una barra de madera pulida.
—Al grano —responde Gabriel.
Aunque Patricia mira de soslayo un tarro de café Illy, invadida por el deseo, y se queda con las ganas.
Bruno asiente, serio, y se cruza de brazos mientras se aproxima. Su forma de hablar es peculiar. No titubea, no decora sus frases con amabilidad innecesaria. Habla como si cada palabra fuera irrefutable, como si la realidad tuviera que adaptarse a sus conclusiones.
—No voy a negar que me entristece que haya tenido que aparecer el violín para que la policía se tome esto en serio —comenta—. Aunque sé que no es culpa vuestra.
—Empecemos por ahí. ¿Dónde lo encontraste? —pregunta Patricia sacando su libreta.
Bruno se sienta en una silla y les indica que tomen asiento en el sofá.
—En una tienda de segunda mano en Benidorm. Cuando lo vi, supe que era el de Kasia por la marca de la voluta. Por eso no lo toqué y pedí al encargado que se pusiera unos guantes.
—¿Te dijo quién se lo había vendido? —indaga Patricia.
—De ser así, habría continuado con la investigación yo mismo. Esa es una de las razones por las que acudí a Gabriel. Vosotros podéis solicitar los registros, entre otras muchas cosas, pero yo no. No soy policía —responde Bruno con un dejo de frustración.
—¿Haces esto por tu cuenta? Me refiero a esto. —Patricia señala el corcho lleno de anotaciones—. Aquí hay horas de investigación. ¿Alguien te ha contratado?
—No. Lo hago porque se lo debo a Kasia. Fue la única persona del instituto que me trató bien, que no se reía de mí.
Digamos que ni ella ni yo gozábamos de una gran popularidad por aquel entonces.
Fueron unos años duros para mí. Siento que es algo que debo hacer.
—Bruno carraspea—. Por otro lado, no niego que haya decidido ganarme la vida como detective.
He visto cómo te fijabas en la estantería y que te han llamado la atención los tratados de García-Pablos.
Tengo pensado ejercer de ello en un futuro próximo porque he descubierto que es algo que me encanta.
Sin embargo, no lo haré hasta que resuelva este caso.
Sus ojos se clavan en los de Patricia esperando una reacción. Pero ella permanece quieta, sin permitirle adivinar qué piensa.
—¿Qué tiene que ver ese libro, El Principito ? —pregunta.
Bruno desvía la mirada hacia la mesa.
—Todavía no lo sé. Tal vez nada. Kasia lo leyó muchas veces, lo llevaba consigo a todas partes, de hecho.
Creo que fue la única persona que lo sacó de la biblioteca durante los años que estudiamos en el instituto.
Es un libro cargado de reflexiones. Intento enfocar esto desde todos los ángulos.
Trato de averiguar qué interés tenía El Principito para Kasia.
Patricia asiente.
—La inspectora Siles y yo hemos repasado el caso —anuncia Gabriel—. Han pasado siete años y nos gustaría conocer qué has averiguado durante todo este tiempo. Hemos tenido un problema al intentar contactar con Javier Aliaga, el anterior policía encargado del caso…
—Sufrió un ictus hace dos meses y su estado actual no es bueno, lo sé —interrumpe Bruno.
Gabriel se queda callado.
—¿Hay algo que no sepas? —pregunta Patricia con cierta ironía.
Bruno la observa y se da cuenta de que debe medir sus palabras.
No es alguien que guste, no es alguien que caiga bien. Tras tantos años sufriendo el menosprecio de quienes lo rodean, lo tiene claro.
Tampoco es algo intencionado; al contrario, desearía caer bien y gustar, pero no es así.
Sabe que no debe ser tan pedante porque eso lo hace parecer prepotente, como sabe también que lo mejor es que intente explicarse sin parecer un capullo.
—Muchas cosas, inspectora —miente. Es consciente de que su conocimiento excede lo cotidiano, pero no lo dirá en voz alta—. Por eso me alegra que estéis aquí.
—Vamos a centrarnos en lo importante —interviene Gabriel Somoza—. ¿Qué tal si repasamos lo que sabemos del día que desapareció Kasia?
Bruno se yergue. Esperaba esa pregunta. Eso significa que van a contar con él. De otro modo, no lo incluirían y tomarían sus propias decisiones. Eso es bueno. Quiere colaborar.