La noche de la tormenta (Trilogía de la Noche 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Patricia Siles no deja de mirar el móvil sobre la mesa; espera una llamada. Apoya los codos en el escritorio y entrelaza los dedos con fuerza, intentando disimular la tensión que le recorre el cuerpo. Frente a ella, Gabriel Somoza se pasea de un lado a otro, incapaz de estarse quieto.

La inspectora recorre con la mirada el informe que su compañero le ha dejado en la mesa.

No hace falta que lea todas las líneas para entender lo que representa: otro caso olvidado, arrastrado por la corriente del tiempo hasta quedar cubierto de polvo.

Gabriel la ha puesto al día con la precisión habitual, pero ha tenido que admitir que la información disponible es escasa.

Resulta difícil entender cómo un caso de tal magnitud no contó con una investigación acorde.

La zona donde se cree que desapareció es un problema en sí misma: caminos sin asfaltar, parcelas vacías, tramos de bosque espeso donde la visibilidad es nula a los pocos metros.

El tipo de lugar donde las búsquedas, por intensas que sean, terminan siendo simbólicas.

Se registró el área, sí. Al menos esa parte se hizo bien.

Se movilizaron recursos. Pero no se encontró absolutamente nada.

Ningún objeto personal. Ninguna pista. Solo silencio.

Con el paso de los días, la versión más cómoda fue ganando fuerza: Kasia había huido.

El registro de su actividad aportó una pista: hablaba con un chico alemán por internet.

Un supuesto novio. Se tejió una historia de fuga romántica, de rebeldía adolescente, y de pronto todo pareció encajar.

La policía pidió colaboración internacional.

Se rastrearon sus movimientos. Incluso se llegó a buscar en Alemania.

No hubo resultado.

Aquel supuesto novio nunca apareció. No dejó rastro digital. No existía. O, al menos, no supieron dar con él.

Para Patricia, lo inquietante no es tanto la desaparición en sí, sino el abandono progresivo del caso. Con el tiempo, Kasia fue convirtiéndose en una nota marginal. Otro expediente frío, sin resolución. Otro nombre entre cientos. Las búsquedas se detuvieron. Las preguntas también.

En los informes no constan sospechosos, no constan interrogatorios. No consta que se tirase de ningún hilo. ¿Hubo dejadez policial? Todo apunta a que sí, lamentablemente.

Ahora, tantos años después, Gabriel vuelve a mencionarla. Y lo hace en ese tono que usa cuando algo le huele mal.

Patricia no sabe aún qué busca su compañero exactamente, pero tiene claro que no es casualidad que haya desempolvado el nombre de Kasia Nowak. Y eso, más que cualquier otra cosa, la pone en alerta.

—No te hagas muchas ilusiones, Gabi —dice manteniendo la voz en un tono tajante—. Puede que no sea nada: una pista falsa, como tantas otras.

Gabriel se detiene a su lado y se inclina apenas hacia ella.

—Tengo un presentimiento —responde, con esa intensidad que Patricia ha aprendido a reconocer y temer a partes iguales—.

He estado investigando al tal Bruno Porta.

No es un cualquiera. Es una especie de genio, Patricia.

Un tipo peculiar, pero brillante. Tiene un coeficiente intelectual fuera de lo normal.

Patricia alza la vista hacia él, evaluándolo. Sabe que Gabriel no es de los que se dejan llevar por corazonadas sin más. Pero también sabe —porque lo ha visto antes— que, cuando se obsesiona con algo, es casi imposible hacerlo entrar en razón.

—¿En qué te basas para decir eso? —pregunta.

Gabriel se acerca a su escritorio y abre una carpeta que había dejado allí. En ella hay impresas varias hojas con información sobre Bruno Porta.

—Mejor alumno del instituto. Mejor calificación en las pruebas PISA de su año a nivel europeo. Cursó Derecho y Psicología de manera simultánea, siendo premio extraordinario de carrera en ambas… ¿Sigo?

Patricia le indica con un gesto de la mano que es sufi­ciente.

—Así que era eso lo que hacías anoche ensimismado en tu ordenador mientras preparaba la cena.

Gabriel asiente.

—Te estás obsesionando demasiado. Deberías tomártelo con más calma. ¿A qué se dedica ahora el tal Bruno?

—No tiene trabajo —contesta Gabriel.

—¿De qué vive entonces?

—Parece que se conforma con poco. Vive en una pequeña casa rural que pertenece a sus padres. No debe de tener grandes gastos.

—Creo que te cae bien ese tipo —comenta Patricia—. A veces no logro entender los baremos que usas para que alguien te caiga bien o mal.

Gabriel levanta las cejas y desvía la mirada.

—No me cae ni bien ni mal. Lo que realmente pienso es que, viendo su currículum, me cuesta creer que haya patinado con lo del violín.

Si me lo ha traído es por algo. Y sí, no lo voy a negar, me parece alguien fascinante y creo que me ha puesto en bandeja un caso que quiero llevar.

—Se sienta frente a ella—. ¿Tú recuerdas el caso de Kasia?

—Sí. Recuerdo las noticias, pero ni tú ni yo formábamos parte del Grupo de Homicidios. No estoy al tanto de los detalles técnicos, aunque veo que has puesto remedio a eso —dice Patricia señalando la carpeta con los informes del caso que Gabriel ha preparado.

—Yo llegué justo un año después. En 2015.

Era un novato y me fijaba mucho en dónde pisaba.

Nunca formé parte del equipo que llevó ese caso.

Era demasiado mediático, y a mí me asignaban lo que nadie quería.

Pero ¿sabes qué? Tengo una memoria fabulosa y recuerdo perfectamente que nadie comentaba nada de esa investigación.

Una desaparición que había salido en todas las portadas a nivel nacional y, nada, tan solo un año después no le importaba a nadie.

Lo que siento es que estamos en deuda con esa chica y con su familia. Eso es todo.

—No te precipites —sugiere Patricia—. Ya veremos en qué queda todo esto.

Suspira y vuelve a mirar el teléfono.

—¿Has llamado a Javier Aliaga? —pregunta Gabriel.

Patricia se ríe y niega con la cabeza.

—Gabi, está jubilado. No voy a llamarle para preguntarle sobre un caso que llevó hace siete años si no tengo nada firme.

En ese momento, el teléfono de la inspectora Siles comienza a sonar y a vibrar sobre la mesa. Se incorpora, coge el móvil al segundo tono y se lo pega a la oreja.

—¿Sí?

Reconoce la voz del agente de la Policía Científica de inmediato. Toma aire, aguanta la respiración mientras escucha.

—¿Están seguros? —pregunta con las cejas enarcadas. Apunta mentalmente cada palabra—. Entiendo —murmura, y cuelga sin añadir nada.

Levanta la vista. Gabriel la observa, expectante, como un resorte a punto de dispararse.

—Han encontrado muestras de ADN, las han cotejado con la base de datos y, sí, coincide con el de Kasia Nowak —dice Patricia, aún procesando la magnitud de la noticia—.

En la barbada del violín, esa pequeña pieza donde se apoya la barbilla.

Les ha costado, había contaminación por todas partes, pero han conseguido aislarlo. Es suyo. No hay duda.

Durante un segundo, el despacho queda en silencio. Luego Gabriel se incorpora de un salto, incapaz de esperar un segundo más.

—Tenemos que hablar con el comisario —dice con una voz firme que a Patricia no le deja lugar a réplica.

Antes de que pueda reaccionar, Gabriel ya ha cruzado la puerta.

Y ella tiene esa sensación única que supone el preludio de un gran caso.

Gabriel Somoza cruza el umbral del despacho del nuevo comisario con Patricia a su lado y siente que le invade la nostalgia.

No puede evitarlo. Desde que Urriaga se jubiló, esa estancia ya no es la misma.

Antes, sobre la cómoda junto a la ventana, había una vieja cafetera de acero que echaba humo a todas horas, impregnando el aire con ese olor amargo y familiar.

Ahora solo queda un mueble impersonal lleno de carpetas alineadas con precisión.

Hasta los cuadros de las paredes han cambiado: donde antes colgaban fotos de la plantilla en cenas de Navidad ahora hay diplomas enmarcados y frases motivadoras que no dicen nada útil.

Por un instante, Somoza recuerda lo que Urriaga acostumbraba a decir al respecto de las frases que suelen ir escritas en los sobres de azúcar: «La gente no es consciente del daño que hacen estas tonterías.

Uno se levanta por la mañana, se toma un café y lo primero que lee es que debe arriesgar para ganar.

El siguiente que toma lo consigue pidiendo limosna porque está arruinado».

Y una leve sonrisa se dibuja en su cara.

El comisario Alfonso Muñiz los recibe tras su escritorio. Su postura es impecable; su sonrisa, medida. No da puntada sin hilo. Les ofrece asiento con un gesto elegante, quizá demasiado forzado.

—Inspectores, es un placer —dice entonando cada palabra como si diera una rueda de prensa.

Patricia, que lleva la voz cantante como jefa del Grupo de Homicidios, se adelanta.

Expone los hechos con objetividad: el hallazgo del ADN de Kasia Nowak, el violín, la oportunidad de reabrir un caso olvidado.

Gabriel escucha en silencio; la frustración le hierve por dentro.

Muñiz asiente, interesado, pero es evidente que no tiene ni idea de quién era Kasia.

Ni del caso. Ni de una noticia que en su día cubrieron todos los periódicos.

Se supone que un comisario debería conocer los hechos, al menos, por antiguos que sean, piensa Gabriel al tiempo que aprieta los puños sobre sus rodillas. Pero es un puesto político; Muñiz nunca ha trabajado en la calle, como ellos. De ser así, lo sabría o, como mínimo, le sonaría.

Muñiz finge reflexionar unos segundos con los dedos entrelazados.

—Puede ser una gran oportunidad para la comisaría —dice sonriendo con una falsa modestia—.

Resolver un caso antiguo durante mi mandato…

sería un golpe de efecto positivo. Sobre todo, si contamos con alguien de su perfil, inspector Somoza.

Un agente tan querido e idolatrado como usted, alguien con experiencia… Los medios adoran esas historias.

Gabriel se tensa. Patricia, que lo conoce muy bien, le lanza una mirada fugaz de advertencia, pero ya es tarde.

—No —dice él, cortante—. No pienso convertirme en una marioneta mediática.

El silencio que se instala en el despacho es incómodo. Ga­briel sostiene la mirada al comisario sin pestañear. Si Muñiz quiere un héroe al que poner en un escaparate, deberá buscar en otra parte.

Aún sonriendo, el comisario se reclina en su silla sin darse por aludido. Pero Gabriel sabe que el golpe ha sido certero. Y no piensa disculparse.

—En ese caso, inspector Somoza, tendré que considerar su propuesta. Vamos justos de efectivos ahora mismo y hablamos de un expediente que se cerró hace siete años.

Las facciones de Gabriel se tensan. No entiende de jerarquías. Las respeta, pero más por eludir problemas que por corresponder sus valores.

—Ha aparecido una nueva pista que es crucial, comi­sario. Ese violín era el que llevaba Kasia Nowak el día que desapareció, y alguien lo ha vendido hace unos días. —Suspira antes de continuar—. La familia tiene derecho a saber qué pasó con su hija y poder descansar —apunta en un tono afilado.

El comisario hace una mueca con los labios.

—Como tantas otras familias, inspector. Como, por ejem­plo, esa chica que se escapó de un psiquiátrico hace veinte años.

—Silvia Orts —interrumpe Gabriel.

—¿Cómo? —pregunta Muñiz con cara de extrañado.

—Esa chica de la que habla tenía un nombre: Silvia Orts.

Patricia levanta la mano pidiendo calma. Es evidente que percibe cómo aumenta la tensión de la conversación.

—Comisario —dice—, ya sabe que al principio es mejor llevar el caso sin llamar mucho la atención.

La prensa nos perjudicaría, sin duda. Deje que Somoza y yo trabajemos a nuestra manera.

Tal vez no lleguemos a ninguna parte. Después de todo, no nos podemos fiar de un desconocido que nos trae una prueba crucial así, sin más.

Airearlo antes de tiempo no beneficiaría a nadie.

Si terminamos resolviéndolo, acaparará todas las portadas queramos o no.

Alfonso Muñiz se toma unos segundos, tal vez para pensar, tal vez para añadir dramatismo a la escena. Comienza a asentir con las manos entrelazadas y los codos apoyados en la mesa.

—Me parece adecuado lo que propone, inspectora Siles. Hagámoslo de esa forma.

Patricia inclina la cabeza en señal de agradecimiento. Le detalla entonces los pasos a seguir, y el comisario pone cara de entenderlo todo, aunque Gabriel no tiene claro que sea así.

Cuando Patricia se despide y ambos se levantan, el comisario fija su atención en Gabriel, que no la rehúye.

—Tengo mucha confianza en usted, inspector Somoza. No me decepcione.

Patricia reacciona con rapidez esta vez, agarra del codo a su compañero y abandonan el despacho.