Capítulo 1
Gabriel Somoza deja caer la mochila junto a la puerta de su casa y se pasa la mano por el rostro. Nota la fatiga del largo viaje. Fuera, la tarde se deshace en un cielo nublado sobre la Coveta Fumá y el petricor, arrastrado por el viento, se cuela en el pequeño salón.
Cierra la puerta con un leve chasquido y se queda quieto unos segundos mientras respira hondo.
El silencio de su hogar lo envuelve. Patricia no está.
Seguramente, su jornada se ha alargado o habrá ido a ver a sus hijos.
Sigue viviendo con él; ya ni se molesta en buscar piso.
Lo cierto es que hay una conexión entre ambos que lo hace sentir bien.
Con ella puede comentar casos y hablar del trabajo, y además cuenta con su punto de vista, el cual tiene siempre muy en cuenta.
Hasta ahora prefería una vida solitaria, disfrutar del silencio de su casa junto al mar con la única compañía del rumor de las olas y de Azabache, su gato negro. Su compañera lo ha cambiado todo, ahora siente que la soledad no es el camino, que su sonrisa ocupa ciertos vacíos que necesitaba llenar.
La vida del inspector ha cambiado. Ha aceptado que su mujer y su hija no volverán.
No es fácil aceptar algo así. Es solo una consecuencia del paso del tiempo.
La muerte es irreversible, y el dolor que deja, también.
Solo queda aprender a vivir con él, y parece que ha encontrado la forma de hacerlo más llevadero: centrarse en su oficio, sin descanso.
Acaba de volver de Chicago, donde ha estado tres semanas trabajando codo con codo con Kevin Laguardia, el detective cuya fama de implacable ha cruzado fronteras.
Y no podría haber encontrado un refugio mejor.
La intensidad, la presión, el ritmo frenético…
, todo ha sido exactamente lo que Gabriel necesitaba.
Cada caso, cada pista, cada minuto empleado en la investigación le han recordado que todavía es capaz de rendir, que aún puede mantenerse a flote y ser útil.
Fue el propio Gabriel quien solicitó unirse al plan de colaboración internacional.
El nuevo comisario, Alfonso Muñiz, se mostró reticente al principio, pero aceptó por la insistencia de su subordinado.
Todo es diferente desde que Urriaga se jubiló.
Los cambios empiezan a notarse y, en general, no son bien recibidos, aunque eso es algo que a Gabriel le trae sin cuidado.
Se quita la chaqueta y la deja en una silla. Luego camina hasta la cocina, donde el eco de sus propios pasos lo acompaña. Se sirve un vaso de agua, lo bebe de un trago y vuelve al salón, frente a la ventana abierta hacia el mar encrespado.
Sin pensarlo demasiado, conecta su teléfono a la barra de sonido y pulsa la tecla.
Hacía mucho tiempo que no escuchaba música.
Durante años, cada nota le resultó insoportable, como si el entretenimiento fuese algo que no le estuviera permitido.
Pero Laguardia, con su costumbre de trabajar acompañado de viejas canciones, le ha recordado que quizá la música no tiene la culpa de nada.
La voz de Nina Simone llena la estancia, grave y desgarradora. «Sinnerman» empieza a sonar; el ritmo creciente cataliza la motivación de Gabriel. Cierra los ojos un instante y se deja envolver por esa energía, por esa urgencia que parece hablarle directamente.
Sobre la mesa baja, una pila de libros espera: manuales de técnicas de interrogatorio, tratados de criminología, estudios de comportamiento criminal.
Los abre uno tras otro, subraya párrafos, toma notas.
Lleva horas, días, semanas obsesionado con la perfección.
Con convertirse en un profesional extraordinario.
Tiene claro que quiere ser el mejor y se prepara para ello. No lo hace por la gloria, no lo hace por la fama. Lo hace porque ha entendido que ese es su único propósito en la vida.
Le viene a la memoria una imagen suya procrastinando un domingo cualquiera en la cama mientras su hija le tiraba de la camiseta para que se levantara.
El recuerdo le produce dolor y, por eso, lo mantiene en su mente el menor tiempo posible.
Ya no es ese hombre. No lo volverá a ser jamás.
Ni se quedará dormitando en la cama ni su hija le tirará de la camiseta.
Cuando el sol empieza a deslizarse detrás del horizonte y tiñe de tonos anaranjados su barrio adormecido, Gabriel Somoza se calza unas zapatillas viejas y sale de casa.
Se obliga a caminar al menos media hora al día.
Es una norma que se impuso hace meses, desde que su vida empezó a girar exclusivamente en torno a libros, informes y anotaciones dispersas.
No hace deporte, ya no. No encuentra el tiempo ni la motivación. Pero caminar, aunque sea solo media hora, lo ayuda a no oxidarse del todo. Le recuerda que aún existe algo más allá de las páginas que subraya de madrugada.
La Coveta Fumá sigue siendo un lugar tranquilo.
Casas bajas, jardines recortados, calles en las que el tiempo parece haberse detenido.
Sus vecinos lo respetan. Saben que no es un hombre de conversaciones amables ni de sonrisas vacías.
Entienden —o al menos aceptan— que rehúye las interacciones humanas salvo cuando son estrictamente necesarias.
Camina en silencio por el sendero que desciende hasta la playa. El aire huele a salitre y a tierra húmeda, arrastrando los últimos restos del invierno. El sonido del mar, grave y rítmico, se cuela en sus pensamientos y lo acompaña.
Todo parece estar igual que siempre, pero cuando pisa la arena fría y suelta sus ojos se fijan de inmediato en una figura que avanza en su dirección.
Un hombre de estatura media, joven. No le resulta familiar.
Si fuese algún vecino del barrio, le sonaría, al menos.
Los conoce a todos, aunque algunos se dejen ver poco.
Esa persona, sea quien sea, no vive en la Coveta Fumá.
La forma en que camina —rápido, decidido, la mirada fija— lo pone en alerta. No es casualidad. No es un paseo despreocupado. Parece dirigirse directamente hacia él. Transporta algo en la mano derecha, una especie de maletín que agarra con la mano enfundada en un guante de cuero.
Gabriel se detiene unos segundos y lo observa con disimulo. El viento le echa el pelo hacia atrás y lo obliga a entornar los ojos. El instinto que tantas veces lo ha salvado en su trabajo le musita al oído un susurro incómodo.
Algo no encaja.
Mientras avanza un paso más hacia la orilla se pregunta quién será ese desconocido. Y qué es exactamente lo que quiere de él.
Bruno Porta camina hacia Gabriel Somoza con su habitual seguridad. Irradia una confianza que parece inquebrantable. No hay obstáculo que lo frene. No duda, no vacila: está decidido a hacer lo que ha ido a hacer, y nada ni nadie logrará detenerlo. Está preparado.
Tal como se ve en las fotos, Gabriel es un hombre apagado, casi desdibujado.
Un gris palpable lo envuelve como un manto de tristeza que se percibe incluso a varios metros de distancia.
Sus ojos, marcados por unos párpados caídos, reflejan con claridad esa carga que arrastra de su pasado.
Bruno lo sabe bien. Pocas cosas escapan a su conocimiento.
Salvo una. La que lo ha llevado hasta la Coveta Fumá.
—Hola —saluda cuando se detiene a escasos metros del inspector Somoza.
—Hola —responde Gabriel arrugando la frente mientras una expresión incierta se adueña de su rostro.
Bruno observa la posición de su mano. Es un instinto típico de los polis.
Absurdo, sí, porque por mucho que doble el brazo hacia atrás y oriente la palma no encontrará un arma.
Gabriel Somoza no es el tipo de policía que sale a dar un paseo por la playa con la pistola encajada en el pantalón.
De ser así, Bruno no habría ido a buscarlo.
—Me llamo Bruno. Bruno Porta. He venido para hablar con usted sobre algo que podría interesarle —anuncia clavando los ojos en él.
Gabriel gira la cabeza y echa un vistazo por encima de su propio hombro. Bruno lo observa con atención; sabe que el inspector analiza su único punto ciego, incapaz de relajarse en terreno abierto. Sabe que es meticuloso, receloso, tenso. Es, sencillamente, el hombre ideal para su cometido.
Somoza no responde de inmediato. Su mirada fija denota una desconfianza instintiva, una resistencia que, sin embargo, no descarta del todo ese encuentro.
—¿Quiere que vaya directo al grano? —inquiere Bruno.
—Lo agradecería —responde Gabriel en un tono áspero, aunque sin hostilidad abierta.
Bruno se permite una sonrisa casi imperceptible.
Cualquier otra persona le habría preguntado cómo lo había encontrado, pero Gabriel no.
Quizá porque ya está acostumbrado a ser un rostro conocido gracias a la prensa y a sus hazañas.
Bruno apenas ha necesitado tres segundos para confirmar que ese hombre le gusta.
—¿Le suena el nombre de Katerzyna Nowak? —lanza, seguro de la reacción que provocará.
Los ojos de Gabriel se abren apenas un poco más. Un leve destello de interés parpadea en su mirada.
Ladea la cabeza. La desconfianza sigue siendo palpable.
—Sí, claro —contesta—. Kasia Nowak. Desaparecida en La Nucía hace siete años, en 2014.
Bruno asiente apretando los labios. De no ser porque podría malinterpretarse, habría sonreído ante la seguridad cortante que destilan las palabras de Gabriel.
—Yo la conocía, inspector Somoza. Íbamos juntos al instituto cuando desapareció.
Sé que usted no llevó el caso. No formaba parte del Grupo de Homicidios por aquel entonces —dice dando un paso al frente—.
Pero también estoy seguro de que sabe que no se hizo una buena investigación —sentencia modulando la voz, y arquea las cejas.
Gabriel se lleva una mano a la barbilla. El sonido de las olas al romper contra las rocas llena el silencio que se abre entre ellos, cargado de tensión.
—¿Qué es lo que quiere de mí? —pregunta al fin sin apartar la vista.
—Que me ayude a encontrarla.
El inspector hace una mueca, como si la petición le resultara amarga.
—¿Por qué no me ha buscado en comisaría? ¿Por qué abordarme aquí, tan cerca de mi casa? Es un poco violento —se queja, y lanza a Bruno una mirada de reproche.
—Lo sé. Y lo siento. Pero no tengo en mucha estima a sus compañeros, inspector.
No es algo personal, es solo que la investigación sobre Kasia fue…
lamentable, siendo generoso. Siempre ha existido la posibilidad de que alguien metiera la pata…
o encubriera algo. Prefiero hablar con usted en privado.
Tal vez peque de maniático, pero no me fío.
—Una conversación en mi despacho también habría sido privada —replica Gabriel con escepticismo.
—Las paredes oyen. Aquí no hay ninguna —dice Bruno conforme abre los brazos para señalar la inmensidad de la playa desierta.
Gabriel deja escapar un suspiro y se rasca la nuca visiblemente incómodo.
—He repasado ese caso. Varias veces, de hecho.
No voy a entrar a valorar, con un desconocido a quien no le compete juzgarlo, el trabajo que hicieron mis compañeros —afirma en tono serio—.
Sin embargo, ha pasado mucho tiempo y gran parte de las pruebas encontradas se filtraron a la prensa, con lo que voy a tener la deferencia, porque es amigo de Kasia, según dice, de advertirle que ese caso está cerrado.
Bruno se queda callado. Unos segundos de silencio.
—Parece que el novio que Kasia conoció por internet nunca visitó España, y ella no salió del país.
Al menos, no por medios de transporte que se pudieran controlar —continúa Gabriel—.
Si se marchó, debió de hacerlo utilizando una identidad falsa, lo que sería muy raro —aclara, y carraspea antes de continuar—.
Luego está la nota de suicidio… Estoy de acuerdo en que, si realmente se hubiera suicidado, lo normal habría sido que su cuerpo hubiera aparecido.
Pero era su letra. Lo siento, lo más probable es que esté muerta.
—Lo sé —admite Bruno con serenidad—. No he venido a pedirle que me ayude a encontrarla con vida. Me basta con encontrarla, y que quien le hizo daño pague las consecuencias.
Gabriel guarda silencio, pensativo. Experto en leer a las personas, Bruno percibe la lucha interna que libra el inspector: quiere aceptar, le interesan ese tipo de casos, pero algo lo retiene. Quizá el modo en que le ha llegado la información. Sin duda ha sido poco convencional.
—Supongo que, por la manera en que habla, me ha investigado —dice finalmente con una ceja arqueada—. Así que sabrá que ahora tenemos otro comisario.
Bruno asiente con un gesto sobrio.
—Por mucho que me gustase la idea de reabrir el caso —añade Gabriel—, no podría convencer al comisario sin una nueva prueba. Así que, si me permite, querría continuar con mi paseo. Que le vaya bien —sentencia esquivando a Bruno para reiniciar de nuevo la marcha.
Bruno, ahora sí, sonríe. Una sonrisa breve, pero cargada de intención.
—¿Y si le dijera que tengo algo que podría hacerle cambiar de opinión? —propone con un brillo casi desafiante en los ojos.
Gabriel se gira y fija la mirada en Bruno sin perder ese gesto cansado que parece parte de su piel.
—Le diría que me lo enseñara, claro —responde cruzándose de brazos.
Bruno levanta el maletín que lleva en la mano, a modo de trofeo.
—Es el violín de Kasia —anuncia—. Lo encontré en una tienda de artículos usados hace unos días.
Gabriel alza la vista de inmediato. Sus pupilas se mueven, intensas, entre Bruno y el maletín que alza en un intento de desentrañar la verdad solo con observarlo.
—¿Cómo puede estar seguro de que es el suyo?
Bruno lo mira directamente a los ojos, decidido.
—Por la marca de la voluta. Fue culpa mía, así que lo recuerdo muy bien.
El silencio que sigue está cargado de significado, como si el propio viento y el olor salobre del mar que arrastra con él se detuvieran a escuchar.
Una mujer permanece sentada en una vieja silla de mimbre.
Inmóvil, parece que el más leve movimiento pudiera hacerla desmoronarse.
El vestido que lleva, de un color indefinido y apagado, le cae sobre el cuerpo huesudo como un sudario.
Hace días que apenas prueba bocado. La culpa le ha carcomido el apetito, le ha devorado las ganas de dormir, de hablar, de existir.
Sus manos, delgadas como ramas secas, descansan temblorosas en su regazo. El dolor es constante, un lastre silencioso que recorre cada rincón de su cuerpo y la merma cada día.
Frente a ella, sobre la mesa desvencijada, reposa una fotografía.
La imagen está gastada por las lágrimas y el roce de unos dedos que no se resignan a soltarla.
En ella, una adolescente sonríe con timidez mientras sostiene un violín entre las manos.
Sus ojos brillan con la inocencia de quien aún cree que todo es posible.
La mujer la contempla durante largos minutos, incapaz de apartar la mirada.
Esa niña nunca volverá. Y ella lo sabe.
Podría haberlo evitado.
Pero no lo hizo.