30 En El Pasado
TREINTA
EN EL PASADO
HARRIET
Harriet miró de reojo a Malcolm. Parecía igual de nervioso que ella, agarraba el volante con ambas manos y tenía los ojos clavados en la carretera. Harriet inspiró hondo.
—Cuando el otro día dijiste que ya se te ocurriría algo, no me hubiera imaginado que estabas pensando en tus padres.
—¿Ah no? —La miró por un instante—. ¿Qué hubieras imaginado entonces?
—Has dicho que conoces al decano de la universidad. Creía que le hablarías bien de mí para que me dejen tomarme un tiempo sabático o algo hasta que… se haya acabado todo.
Malcolm resopló y ella observó cómo tensaba la mandíbula.
—¿Pasa algo? Pareces casi más tenso que yo.
—No, qué va, todo bien. Mis padres ya se han encargado de eso —explicó—.
Mi padre es uno de los patrocinadores de la universidad.
El laboratorio en el que nos dejan trabajar, ese que tiene de todo, ha sido cosa suya.
Y en cuanto a ti, mi padre lo ha arreglado todo.
Podrás tomarte libre dos trimestres, no habrá mayor problema. Confía en mí, ¿vale?
—Lo intento. —Miró por la ventanilla y contempló el paisaje, cada vez más bello a medida que se alejaban de Oxford—. ¿Vivís en Eastbourne? —preguntó.
Él asintió.
—Entonces ¿por qué no celebrasteis aquella fiesta en vuestra casa en vez de en un hotel?
—A mi madre no le gusta el jaleo y las fiestas de Todd suelen desmadrarse. El hotel es una solución que conviene a todos, ¿entiendes?
Harriet lo miró, luego negó con la cabeza.
—Nunca entenderé qué le pasa a la gente con tanto dinero por la cabeza para que lo despilfarren en bobadas como esa.
Él se rio. La primera risa desde que habían arrancado. El primer momento en el que reconoció al chico que tanto le había gustado en el Nosebag.
—Háblame de tus padres. ¿Cómo son?
Un suspiro.
—Mamá es bastante guay. Era como tú, por si te interesa.
Tenía orígenes humildes, también estudiaba con una beca en Oxford.
Fue allí donde conoció a mi padre. Ya te he hablado de mi abuelo.
Era un gran hombre, adorable. Le gustaba mamá, decía que era inteligente y convenció a papá para que se casara con ella, con la esperanza de que lo mantuviera con los pies en la tierra.
—Parece que la jugada no salió del todo bien.
—Fue mamá la que se adaptó a papá, no al revés. Papá era como Todd, ¿sabes? Conseguía todo lo que quería. Si no era por las buenas, era por las malas. Si no se lo daban de manera voluntaria, lo cogía sin más. Moldeó a mi madre hasta obtener un resultado adaptado a él. Y ahora es como él.
—¿Lo sientes?
—¿Que mi madre ya no sea ella misma?
—Formar parte de esta familia.
Se tomó su tiempo antes de responder. Luego la miró brevemente.
—Cada día —admitió por fin.
—¿Qué tienes pensado hacer cuando acabes la carrera?
—Irme muy lejos. Puede que al extranjero.
—¿Y crees que tus padres lo permitirán?
Malcolm soltó una breve risa sarcástica antes de negar con la cabeza y no decir nada.
En el coche volvió a reinar el silencio hasta que apareció un enorme portal de hierro forjado ante ellos.
—Hemos llegado —anunció él, detuvo el coche, se inclinó por la ventanilla hacia fuera para introducir un código en un aparato sujeto a un poste. El portal se abrió para franquearles el paso.
Ya casi habían llegado a la casa cuando Malcolm frenó de golpe y se dirigió hacia ella.
—¿Podrías hacerme un grandísimo favor?
Harriet tragó, esperó.
—Mi padre odia que diga que me llamo Malcolm así que, cuando entremos y te presente, tienes que llamarme por mi primer nombre.
—Vale. —Ladeó la cabeza—. Pero antes tengo que confesarte algo.
Él esperó.
—Desde que hemos arrancado estoy súper nerviosa por el encuentro con tus padres, pero ahora que me pides esto estoy muerta de miedo.
—¿Por qué?
—Cuando era pequeña, me inventé un nombre para mí y, además, tenía un amigo imaginario.
Mi madre… siempre me animó a ser quien quisiera ser, ¿entiendes?
Me permitió desarrollarme de manera completamente libre y descubrir por mi cuenta qué me hacía más feliz y fuerte.
Siempre decía lo mismo: que era mi madre, pero que eso no significaba que le perteneciera.
Le estaré eternamente agradecida por ello.
—Ojalá fueran todos así —dijo él en voz baja.
—Sí, mi madre es una mujer maravillosa y la mejor madre que cualquier hijo pueda desear —dijo con un tinte te melancolía en la voz.
Malcolm se detuvo a pensar en sus palabras, al final sonrió.
—Si las circunstancias no fueran las que son, me hubiera encantado conocer a tu madre. Creo que me caería bien.
Harriet le cogió la mano.
—Es John, ¿no? Tu nombre real es John.
Si le pidieran a Harriet que describiera a los Carrington en dos palabras, esas palabras serían arrogantes y estirados.
Sabían que procedía de una familia humilde y, aun así, se habían vestido de punta en blanco para recibirla. Edward Carrington llevaba traje y camisa, ambos en negro. Su mujer Catherine la saludó con un vestido con el que podría perfectamente haber ido a la ópera.
Debía de tratarse de una declaración de intenciones en toda regla. Harriet pilló a la primera qué pretendían transmitirle.
Puedes considerarte afortunada porque nos rebajemos a recibirte. Así que, deberías estar muy agradecida.
John ya le había vaticinado que sus padres y Todd no eran tan distintos. Tampoco ellos comprenderían la situación en la que se encontraba ni cabía esperar que se disculparan con ella.
Ahora se encontraba sentada frente a ambos, jugueteando nerviosa con el forro de su falda, la prenda más elegante que poseía, intentando sostener sus miradas críticas.
Edward carraspeó después de estudiarla de arriba abajo.
—Así que tú eres la señorita que le ha robado el corazón a nuestro Todd —dijo con tono altivo.
Ella inspiró hondo, trató de hacer lo que había ensayado con John: mantener la calma, aunque estos padres resultaran ser un par de insufribles. Sin embargo, esto era el colmo de la desvergüenza. Había contado con granjearse miradas críticas, incluso condescendientes, pero esto…
—Bueno… —soltó con voz algo ronca—. Esa no es la mejor manera de describirlo. Su hijo… él me… más bien…
—Bah, una riña insignificante —la interrumpió Carrington y le dedicó una mirada penetrante—. Típico de Todd. El chaval siempre ha sido muy posesivo cuando se trata de la chica de sus ojos. Le debe de gustar usted mucho, por todo lo que nos ha contado.
—¡En absoluto! —protestó Harriet alterada—. Detesto a Todd y me gusta Malcolm… quiero decir John. Iba a quedar con John cuando llegó Todd y me… bueno, ya saben lo que me hizo.
La sonrisa de Edward se torció por lo que se hizo cargo su esposa.
—Querida —entonó con voz meliflua—. John y Todd siempre han competido entre sí cuando se trata del bello sexo.
Y a Todd no le gusta nada perder. Eso sí, lamenta mucho que haya usted malinterpretado sus sentimientos para con usted.
El pobre pensaba que usted sentía lo mismo por él.
Ha sido un lamentable malentendido el que ha hecho que nos encontremos ahora todos aquí sentados.
—Señaló hacia el centro de Harriet—. ¿De cuánto está?
—Estoy en la semana once —respondió —. Y sí, ya sé que aún no es tarde para abortar, pero no quiero. No voy a matar a mi bebé, aunque no me haya quedado embarazada por propia voluntad.
—John ya lo había mencionado —dijo Catherine—. Por eso queremos proponerle un trato. Un negocio en el que todos salen ganando. —Se giró hacia su marido, el cual se levantó, fue hacia un armario y sacó una carpeta de uno de los cajones. Se detuvo ante ella, se la entregó.
Al ver que ella no hacía amagos de abrirla, el hombre suspiró, volvió a sentarse en su sillón, entrelazó los dedos.
—Si acepta usted, le pagaremos una suma cuantiosa. Quinientas mil libras. Ese dinero se le abonaría tan pronto hubiera acabado todo y sería en compensación por los inconvenientes causados por nuestros hijo.
—¿Qué significa eso?
—Ese bebé… el hijo de Todd… queremos ofrecerle un hogar, Harriet.
—¿Quieren comprar mi bebé?
—Qué palabra tan fea para una solución tan cabal —opinó Edward picado—.
Es la única opción con sentido. Usted es joven, quiere acabar los estudios y forjarse un futuro.
Pero ¿cómo hacerlo con un hijo y sin dinero?
La echarían de la universidad, se quedaría sin carrera ni formación para poder ocuparse de su hijo. ¿Y la familia de usted?
—¿Qué pasa con mi familia? —preguntó ella casi sin voz.
Edward carraspeó.
—Resulta que sé en qué condiciones se encuentran. Sus padres están divorciados. Su madre ha vuelto a casarse. El dinero apenas da para llegar a fin de mes. Y también está Rosamund, su hermana—. Se detuvo, con un gesto de la mano le cedió la palabra de nuevo a su esposa.
—Este hijo no sería más que una carga para usted y sus seres queridos.
Para nosotros, sin embargo, sería un miembro más de la familia.
El primogénito de Todd, que mi marido y yo criaremos haciéndolo pasar por nuestro.
A este bebé jamás le faltará de nada. Formaría parte de una familia acomodada, ¿entiende?
No tendrá usted que preocuparse de si su hijo está bien, podrá usted vivir su vida, tener más hijos llegado el momento.
Considere este dinero como el capital con el que iniciar un futuro mejor.
Piénselo, Harriet. ¿Quiere ser una madre soltera que sobrevive a duras penas o quiere ser médica?
—O sea, que les he entendido bien a la primera. Me están diciendo que les venda mi bebé.
—No le estamos diciendo ni exigiendo nada.
Tan solo le estamos ofreciendo ceder la responsabilidad de criar a un hijo a los abuelos biológicos para que lo críen ellos.
Y el dinero tampoco es el precio del bebé, sino por los inconvenientes originados.
Faltará usted a clase, varios trimestres, hasta que haya nacido el bebé.
—¿Y cómo se imaginan que será eso? —consiguió preguntar Harriet con un hilo de voz.
—Pues, dará a luz usted aquí en nuestra casa y firmará un contrato de confidencialidad. Le garantizo que no les faltará de nada, ni a usted ni al bebé.
—¿Y qué pasa con Todd?
—Le aseguro que no lo verá en ningún momento. Jamás volverá a verlo. Él se mantendrá lejos de usted y el bebé será su hermano menor. Nunca tendría nada que ver con el bebé. ¿Qué me dice?
Harriet tragó, cerró los ojos por un instante. Al volver a abrirlos, estaban húmedos.
—¿Por qué están dispuestos a pagarme tanto dinero para que guarde silencio y les entregue mi hijo?
Catherine le dedicó una sonrisa fría como el hielo.
—Mi marido y yo queremos que se mantenga el buen nombre de la familia.
—O sea, no puedo decirle a nadie que tengo un hijo. ¿Ni siquiera a mi madre?
—A nadie.
—Jessie lo sabe. Es mi compañera de piso.
—Ella ya ha firmado.
Harriet se quedó de piedra.
—¿Cómo dice?
Edward la miró con frialdad.
—Todo el mundo tiene algo, una especie de deseo profundo, por el que estaría dispuesto a hacer lo que fuera. A veces basta con un empujoncito. ¿Entiende?
A Harriet todo le daba vueltas. Eso ya era demasiado. Se levantó de golpe, tambaleó.
—Me lo pensaré. ¡A solas!