31 Desenzano Di Garda
TREINTA Y UNO
DESENZANO DI GARDA
ERIN
—O sea, que te has enterado de todo.
—Estaba fuera, escondido detrás de un montón de estiércol. Llegué a oír bastante, pero no todo.
—Lo dicho, pareces saber quién soy. ¿Es así?
Él se encogió de hombros.
—Referente a tu nombre, solo ha sido una mentira a medias. Erin Blake era tu nombre artístico, pero luego lo usaste para registrarte bajo ese nombre. Naciste y se te registró como Rosamund Hobs y eres de Layton, al igual que tu media hermana Harriet Tatcher.
Erin lo miró impávida.
—Teníamos la misma madre, pero padres distintos.
El padre de Harriet abandonó a mamá siendo Harriet aún un bebé.
Más tarde conocería a mi padre y se casó con él.
Harriet quiso mantener su apellido porque siempre tuvo la esperanza de que su padre volvería algún día para ocuparse de ella.
Pero no fue el caso. Casi nunca llamaba y se olvidaba de sus cumpleaños o de cualquier otra fecha señalada.
Mi padre, sin embargo, la trató como si fuera su hija.
Fue gracias a él que pudo estudiar en Oxford.
¿Cómo iba a saber que allí se encontraría con tu hermano?
John no apartó la mirada, parecía estar reflexionando sobre qué decir o si había algo más que añadir.
Al ver que seguía callado, Erin inspiró hondo.
—Nuestra madre sufrió mucho por Harriet, ¿sabes? Ella y mi hermana estaban muy unidas. No había espacio para nadie más entre ellas. Ni siquiera para mí. Harriet lo era todo para mamá.
—Vale. ¿Y qué más?
—Por eso mamá notó desde el principio, cuando mi hermana apenas daba señales de vida ni nos llamaba desde Oxford, que algo no iba bien.
Eso fue en noviembre, apenas dos meses después de irse a estudiar allí.
No venía a visitarnos ni quería que la visitáramos nosotros.
Decía que estaba hasta arriba de trabajo, incluso por Navidades.
Y eso que a Harriet le encantaba celebrar las Navidades en familia.
Era evidente que le pasaba algo y que nos lo estaba ocultando.
—Mis padres la habían hecho firmar un contrato de confidencialidad. No podía hablar de ello. Con nadie.
Erin tragó.
—Eso lo sé ahora, pero no lo sabía entonces.
Estábamos todos muy preocupados. Las pocas veces que nos llamaba, no parecía ella.
Parecía desesperada, triste y desesperanzada, pero no había manera de que dijera por qué.
Así durante casi un año entero, hasta que un día apareció en la puerta de casa.
Estaba cambiada, más distante, era como estar con una extraña.
Mamá no entendía qué le pasaba así que me pidió que hablara con ella para averiguarlo. Pero Harriet…
—¿Qué?
—Tenía el mismo aspecto que siempre, pero ya no era ella.
Ya no era esa hermana a la que tan unida me sentía.
Y entonces, casi un año después, nos llamó ese hombre.
Un policía. Nos dijo que Harriet se había quitado la vida.
Que se había tirado desde el tejado de la universidad.
A nosotros se nos vino el mundo encima, pero la que peor lo llevó, con diferencia, fue mamá.
Se sentía culpable por no haberse dado cuenta de que Harriet tenía problemas muy gordos.
—¿Harriet no os dijo nada? ¿Nada de nada?
—No. Cada vez que le preguntaba yo algo al respecto, me decía que la carrera se le estaba haciendo muy cuesta arriba y, dado que medicina es una de las carreras más difíciles, pues la creímos.
Erin guardó silencio y observó a John.
—Si no hubiese sido por papá, creo que mamá también se habría suicidado. Sin embargo, lo que hizo fue obsesionarse con averiguar qué le había pasado a Harriet por la cabeza antes de saltar.
—Fue por eso por lo que vino a nuestra casa —constató John suspirando—. ¡Ojalá no lo hubiera hecho!
Erin lo taladró con la mirada.
—¿Sabes cómo nos enteramos?
John negó con la cabeza.
—Un día recibimos una llamada de la policía.
Que fuéramos a recoger los objetos personales de Harriet.
Los agentes nos comentaron que había unos documentos referentes a una cuenta bancaria en Suiza.
Una cuenta con medio millón de libras y que era de mi hermana.
Nadie sabía de dónde venía esa dinero, pero mamá y papá tenían claro que estaba metida en algo que se había convertido en su perdición.
Mamá cogió algo de ese dinero y contrató a alguien para que averiguara qué le había pasado a Harriet.
Tus padres, sin embargo, fueron muy precavidos.
No hubo manera de rastrear ese dinero. Por lo menos, no por aquel entonces.
Hasta que un día – unos dos años tras el fallecimiento de Harriet – me encontré una caja en la que estaban las cosas de Harriet de su época en la universidad. Llevada por la curiosidad, miré dentro.
—Y encontraste una pista, ¿me equivoco?
—Sí. El retrato a lápiz de un chico. El retrato estaba firmado por Jessica, la compañera de piso de Harriet.
Y también tenía título. Malcolm C. Me pasé varios días buscando en Google hasta descubrir que Malcolm Carrington estaba muerto, pero que tenía dos nietos, más o menos de la misma edad que mi hermana y que, casualmente, también estudiaban en Oxford.
—Así que fuiste junto a tu madre y se lo dijiste.
Erin asintió con la cabeza y bajó la mirada.
—¿Qué pasa, Erin?
Ella tragó.
—Para ser sincera no hay nada de lo que me arrepienta más que de habérselo dicho. Se lo conté todo. Le hablé del dibujo de esa tal Jessica y de que había descubierto quién era el del retrato. Mamá captó al instante que lo que le había pasado a Harriet tenía que estar relacionado con los Carrington.
—¿Te comentó que tenía pensado ir a la casa de mis padres?
—No, pero se lo vi en los ojos. Estaba decidida a averiguar por fin el secreto de Harriet. Y lo que vino después… bueno, pasé años especulando al respecto.
—La policía vino varias veces a nuestra casa, preguntando por ella. Querían saber si alguien la había visto —explicó John—. Pero mis padres nunca fueron personas que dejaran que el destino se ocupara de algo tan serio. Se ocuparon ellos mismo, a su particular manera.
—¿Lo sabías?
—No. Solo sé que se deshicieron de los agentes afirmando que tu madre nunca había estado en su casa. La desaparecida, o sea, tu madre, ni siquiera los había llamado por teléfono. Decían que ni conocían ni habían visto jamás a esa mujer.
—Típico —murmuró Erin—. Y se salieron con la suya durante mucho tiempo. Así también encaja el resto. Cuando encontraron a mamá en el sitio donde más suicidios hay en Inglaterra – en Beachy Head – todo el mundo pareció dar por hecho que había saltado porque no había superado la muerte de su hija.
—¿Y tu padre? ¿Él también lo creyó?
—Le mostré el dibujo, le conté lo que había averiguado, pero me dijo que lo dejara estar. Creo que tenía miedo a perderme a mí también. O puede que, efectivamente, creyera que mamá había perdido los nervios y se había suicidado.
—Pero ¿tú no?
—Ella estaba muy, muy furiosa, John, llena de odio hacia tu familia. Sabía que no había ido a ese jodido acantilado para lanzarse al vacío. Mamá no era así. Ella solo quería aclarar de una vez qué le había pasado a Harriet.
—¿Qué pasó luego? ¿Fue entonces cuando empezaste a idear el plan con el que vengarte de mi familia?
Erin negó con la cabeza.
—No. Una parte de mí, una gran parte de hecho, quería dejarlo todo atrás.
No quería pasarme la vida pensando en el pasado y hundirme.
No quería que el odio dominara mi vida, como en el caso de mamá.
Por eso intenté seguir adelante. Por papá.
Pero cuando murió y me quedé completamente sola, salió otra vez todo a la superficie.
Solo podía pensar en que mi padre había muerto sin haber averiguado toda la verdad.
—No quisiste que a ti pasara lo mismo el día de mañana.
—Para decir la verdad, descubrí la verdad por casualidad.
Me encontré con alguien que conocía a mi hermana.
Como mis libros se venden a nivel internacional, trabajo también con un sello editorial en Francia.
Estando allí un día, acudí a una exposición.
El nombre de la artista me resultaba familiar.
Era Jessica, la antigua compañera de habitación de Harriet, la que había dibujado el retrato.
Aquel retrato que había encontrado entre las cosas de Harriet.
Fui hacia ella, me presenté y Jessie casi se desmaya.
Sabía que Harriet había muerto, pero no sabía nada de la muerte de mi madre.
—Así que, le contaste todo a lo que ella te pudo proporcionar más información.
—Me habló de un trato con los Carrington.
No sé lo bien que la conocías, pero se ve que Jessie nunca había querido ser médica.
Su sueño era estudiar Bellas Artes. Pero sus padres jamás le hubieran financiado esa carrera.
No tengo ni idea de cómo se enteraron tus padres.
El caso es que se aprovecharon de ello descaradamente.
—¿En qué sentido?
—Los Carrington le ofrecieron llamar a la hija de unos amigos en Francia.
Julie Curtiss, la pintora famosa. Julie estaba dispuesta a aceptar a Jessica como discípula y hablar con sus padres para que dieran su consentimiento; para que no le arrebataran a su talentosa hija la posibilidad de hacerse famosa y vivir su sueño.
Solo había una condición. Tenía que firmar un contrato de confidencialidad.
Jessie me contó una conversación que tuvo con Harriet.
Harriet le echaba en cara que había aceptado solo porque Jessie había firmado.
Por eso Jessie nunca dejó de arrepentirse de haberlo hecho y por eso fue por lo que decidió contarme el resto de la historia.
—De modo que Jessie te contó lo de la violación.
—Sí, y lo del bebé. El bebé de Harriet que tus padres compraron. Lo único que sigo sin saber es qué pasó con mi madre.
John tenía los ojos anegados en lágrimas. No fue capaz de seguir mirándola.
—A ella también intentaron ofrecerle dinero, pero tu madre no aceptó. Estaba dispuesta a ir a la policía y denunciar a Todd y a mis padres.
Erin sacudió la cabeza.
—No lo entiendo. Mamá no sabía nada de Todd. Lo único que tenía era tu retrato.
—Cuando estuvo en nuestra casa, llegó a ver por un momento a Eliza. Yo no estaba, pero meses más tarde oí una conversación entre mis padres. Estaban hablando de que no habían tenido otra opción más que matar a la mujer porque había visto a la chica. Ahí lo entendí.
—¿Y, aun así, no acudiste a la policía?
John volvió a mirarla, suspiró.
—¿Es por eso por lo que querías que yo cargara con la culpa de todo? ¿Porque mi silencio me hizo partícipe y cómplice?
Erin lo miró.
—Mi idea era mataros a los tres. A tu padre, a Todd y a ti.
Pero entonces me di cuenta de que no lo lograría nunca y que la muerte es un castigo demasiado leve para tu padre.
Así que pensé que tendría más sentido hacerlo sufrir.
Igual que a tu madre. Que lloraran la muerte de un hijo mientras iban a visitar al otro a la cárcel.
—Pero al verte frente a Todd, no pudiste.
Erin se encogió de hombros.
—Parece que me falta el gen asesino. Me di cuenta en el último momento que no quería rebajarme a vuestro mismo nivel. Mi familia… Harriet, mamá… papá y yo, ¡somos mejores que vosotros!
John sonrió.
—Sí, lo sois. Aun así, deberías tener claro cómo acabaría todo tarde o temprano. Después de enfrentarte a Todd, decirle quién eras y que ibas ir a la policía, ya no te quedaba ningún as en la manga. Era evidente que Todd haría lo que fuera para impedirlo.
Erin soltó un quejido.
—Iba armada. Te había cogido la pistola.
Estaba cargada. Pensé que al menos ante un arma mostraría algo de respeto o incluso miedo.
Pero Todd intentó arrebatármela. Y lo consiguió.
No podía dispararme con ella. Tenía que ocurrírsele otra cosa.
Aproveché para salir corriendo, me escondí y entonces…
él se cayó. Estaba tirado en el suelo. No me dio por pensar, simplemente actué.
Cogí una de las barras de hierro que había por allí y la descargué sobre él. Fue defensa propia. ¡O él o yo!
John asintió.
—Quise ayudarte, créeme, por favor. Pero cuando me enteré de todo, no fui capaz de reaccionar. Ni de moverme. Cuando por fin pude volver a pensar con claridad, tú ya no estabas y Todd estaba tirado en el suelo.
—¿Volviste a meterlo en el cobertizo?
—Sí.
—¿Y el cabello que dejaste en su cuerpo? ¿Por qué no repasaste su cuerpo antes de largarte?
—Porque estaba asustado de mí mismo, Erin. Cuando te fuiste, Todd aún respiraba. Debí haber llamado una ambulancia. Podría haberle salvado. Pero no lo hice. Sabía que nunca cambiaría. Como también sabía que papá y mamá harían todo lo posible para no ir a la cárcel ni él ni ellos. Así que…
Erin abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Lo rematé. Cogí la barra y arremetí contra Todd una y otra vez. Estaba furioso con él. Había intentado matar a mi esposa. Y casi lo consigue.
—¿Entonces sí que fuiste tú?
—¡Sí! Y quería que mis padres lo supieran.
Tienen que ser castigados de una vez por lo que hicieron.
Puede que Samantha aún esté a tiempo de convertirse en otra persona.
No sabe lo que hicieron nuestros padres, ni Eliza tampoco.
Es una niña encantadora. Me recuerda mucho a su madre. Creo que lo hice sobre todo por ella.
Erin cerró los ojos.
—¿Y ahora qué? Cuando la policía se entere de quién soy en realidad, pensarán que estás encubriéndome. ¿Y Eliza? ¿Qué pasará con ella si nos meten en la cárcel a tus padres, a ti y a mí? ¿Y Samantha? En el fondo sigue siendo una niña. No lo superará jamás.
—Nadie va a encerrarte. Confía en mí. Esta mañana he mandado un escrito a la policía de Inglaterra declarándome culpable.
Dije que hacía mucho que había planeado la muerte de Todd al descubrir que estaba liado contigo y que tú querías acabarlo.
A lo que él se volvió violento. Jodie es otra de sus víctimas.
Ella corroborará que era un tipo peligroso.
—¿Y tus padres?
—¿Qué pasa con ellos? Has conseguido lo que querías. Todd ha muerto y he sido yo. No podría haber castigo peor para ellos… A excepción de la carta que les he escrito y que recibirán mañana.
—¿Qué carta? ¿Qué pone?
—Que tendrán que entregar a Eliza a la mujer que es su familia de verdad. ¡A ti! Si no lo hacen, le entregaré a la policía las pruebas que demuestran que han tenido que ver con la muerte de la abuela biológica de Eliza.
—Entonces, más tardar mañana, sabrán quién soy.
John sonrió.
—Y por primera vez en su vida no podrán hacer otra cosa que ser testigos de cómo se desmorona toda a su alrededor.
—¿Haces todo esto por el odio que les tienes?
—No los odio, solo lo que son y representan. Al fin y al cabo, son mis padres. —Sacudió la cabeza, la miró embargado de dolor—. Cuando digo que te quiero, lo digo en serio, Erin. Te amo y quiero que seas feliz. Aunque eso signifique que tenga que dejarte ir y que yo tenga que ir a la cárcel.