La noche de bodas 29 Desenzano Di Garda
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29 Desenzano Di Garda

VEINTINUEVE

DESENZANO DI GARDA

ERIN

—¿Tú? —Lo primero que se le pasó a Erin por la cabeza fue que estaba viendo un fantasma. Sin embargo, ese hombre era real. Esa seguridad fue calando poco a poco. Y entonces se abrieron las compuertas: rompió a llorar desconsoladamente.

A él aquello no lo conmovió lo más mínimo.

—Ahórrate el teatro, Erin —le dijo con frialdad calculada—. ¡No te lo compro!

Miró a John, se apartó un poco de él.

—¡Estaba preocupada por ti! —farfulló entre lágrimas—. Me da igual que me creas o no. —Cogió una bocanada de aire—. ¿Se puede saber dónde estuviste metido todo este tiempo? Tus padres, tus hermanas – ¡la preocupación está acabando con ellos!

John soltó una risa sombría.

—¡No me digas! ¿No será que la mujer que ha estado jugando conmigo y me ha estado mintiendo durante dos largos años ahora está intentando hacerme sentir culpable? Eso no cuela, Erin. ¡Déjalo ya!

Lo miró desconcertada. ¿Sabía algo? Y si así era, ¿qué sabía?

—¿No has visto mis mensajes? ¿No te has dado cuenta de las miles de llamadas que te hice?

Él la miró, guardó silencio. Luego asintió.

—Sí. Lo que pasa es que me pareció más inteligente no reaccionar.

—No te entiendo, John. ¿A qué te refieres?

—Ríndete, cariño. ¡Lo sé todo!

Ella dio otro paso atrás, alejándose aún más de él.

—No voy a hacerte nada —la tranquilizó—. Todd era mi hermano, sí, pero se merecía lo que le pasó. Para ser sincero, me sorprende que haya llegado a cumplir los cuarenta y un años sin haber tenido que pagar nunca por sus actos. Sin embargo, parece que tu presencia lo ha cambiado todo.

Erin no apartaba los ojos de él.

—¿Sabes quién soy? ¿Por qué…? —Se interrumpió al ver su sonrisa malvada.

—Hace ya algún tiempo que tengo mis sospechas.

Te comportabas de manera rara cuando coincidías con mi hermano.

Al principio pensé que era porque percibías su aura oscura o que no te caía bien o que te habías dado cuenta de que era un idiota.

Hasta que caí en la cuenta de que tenía que ser algo más.

Por cómo lo mirabas. Por cómo me mirabas a mí cuando estaba él.

Tu aversión manifiesta contra mis padres y tu penoso intento de ocultarlo.

Y luego los días antes de la boda. Estabas muy rara.

Eso no podía deberse a los nervios prematrimoniales.

Por cierto, ¿sabías que cuando estás estresada hablas en sueños?

Lo miró con los ojos muy abiertos.

—Murmurabas cosas inconexas, pero algunas tenían sentido.

Y más ahora, en retrospección. —Echó la cabeza atrás y suspiró—.

Y luego la propia boda. Era tan evidente lo que pretendías con aquel vestido rojo.

No fue solo una rebelión à la Samantha. Fue una declaración de guerra en toda regla.

Contra mi familia: Todd, mis padres. Y, por último, la noche de bodas.

Intentaste emborracharme para no tener que acostarte conmigo.

Incluso eso cobra sentido ahora echando la vista atrás.

A punto de lograr tu objetivo, querías el mínimo contacto posible.

Al fin y al cabo, ya llevabas más de dos años teniendo que hacer de tripas corazón.

Y luego lo de Eliza, mi hermana pequeña.

Erin lo miró, consciente del escalofrío que estaba recorriendo su cuerpo.

—Al principio pensaba que te caía bien porque es una chica simpática.

Además, dijiste que el día de mañana te gustaría tener dos hijas.

Pero el día de nuestra boda me fijé en cómo la miraste primero a ella y luego a Todd…

de manera rara. No fue más que un presentimiento.

Pero todo eso despertó en mí la sensación de que debía andarme con ojo.

Erin asintió compungida.

—Pero entonces ¿por qué te has casado conmigo? No tenías por qué darme el sí, quiero. Nadie te obligó.

De repente, la expresión de su rostro se transformó.

—¿Y aún lo preguntas?

—¡Sí? ¿Por qué?

—Me casé contigo porque te quiero de verdad, Erin. Mis votos no fueron una mentira. Quería casarme contigo, ser el marido perfecto y formar una familia contigo. Pero ¿y tú? ¿Qué querías de mí? Está claro que amor no. No después de lo que te hizo mi familia… y de lo que nos hiciste tú.

Erin abrió los ojos sobresaltada.

—¿Sabías lo que hicieron tus padres?

Él asintió apenado.

—Lo que pasa es que hasta hace poco no tenía ni idea de que la mujer a la que amo también estaba involucrada. Y mucho menos podía imaginarme que tenía un pérfido plan en mente para matar a mi hermano.

—Y tu implicación ¿cuál es? —quiso saber Erin—. ¿Cómo es que la última señal de tu móvil procedía del lugar en el que encontraron a Todd? Del cobertizo en el que estaba Todd. ¿Cómo es posible?

—Muy fácil, Erin. —La miró, ladeó la cabeza—.

Porque estaba allí. A la misma hora en la que también estabas tú.

Me di cuenta de que, ya en el yate, me habías echado algo en la bebida para sacarme de circulación.

Por eso no me lo bebí, sino que lo tiré por la borda y fingí estar grogui.

Cuando saliste a hurtadillas, te seguí. Oí cada una de las palabras que le echaste en cara a Todd.

Lo vi todo. No como Todd y tú, que no os disteis cuenta de mi presencia.