27 Desenzano Di Garda
VEINTISIETE
DESENZANO DI GARDA
ERIN
Hacía una hora que los dos policías se habían ido del yate con las muestras de John para la comparación del ADN.
Erin se había quedado a bordo. Obviamente había intentado averiguar qué pruebas tenía la policía en contra de su marido, pero los hombres no habían contestado ni a una sola de sus preguntas.
O sea, que era evidente que la consideraban cómplice y por ende partían de la idea de que protegería a su querido marido, costase lo que costase.
Estaba apoyada en la barandilla del barco, ensimismada mirando al lago oscuro y los destellos que sobre él lanzaban las luces del pueblo al otro lado de la orilla. Resultaba una imagen casi irreal si se comparaba con los sentimientos que la estaban dominando.
Por primera vez en su vida nos sabía qué hacer. El fin de semana planeado hasta el detalle, la boda – se le había ido todo de las manos.
Antes de acompañar a los agentes al yate, se había topado con Samantha. Su cuñada, siempre tan relajada y rebelde, le había parecido, por primera vez desde que la conocía, completamente indefensa.
Había llorado como una niña pequeña. Erin se había fijado en una mancha roja que ocupaba toda su mejilla. A su pregunta de qué había ocurrido, había respondido con un gesto para restarle importancia.
A Erin no le costó imaginar lo que había pasado.
Samantha, siempre directa, sin respetar si era el momento adecuado o no, había seguramente aprovechado la vulnerabilidad de su padre para decirle cuatro cosas.
El tiro parecía haberle salido por la culata.
O puede que intentara hablar con sus padres sobre la relación trastornada de los hermanos.
La sospecha de que John pudiera haberle hecho algo a su hermano mayor pendía sobre ellos como la espada de Damocles.
Luego se había cruzado con Julia, que estaba saliendo de la habitación de su hermana. Julia había eludido su mirada y había pasado junto a ella sin decir nada. Otra señal de lo mal que pintaba para John. También ella lo consideraba culpable de la muerte de Todd.
La cuestión era si eso le causaba pesar a Julia o más bien alivio por haberse librado por fin de su marido.
Todd…
Erin no podía evitar sentir náuseas al pensar en ese hombre.
Había causado mucho daño a la gente, también a la familia.
Que ahora estuviera muerto y que ya nunca más haría daño a nadie resultaba tranquilizador.
Sin embargo, a sus víctimas, tanto a las del pasado como a las del presente, eso no le serviría de nada.
Erin notó la tensión en los músculos, como cada vez que sus pensamientos giraban en torno a ese monstruo. O, mejor dicho, a esos monstruos. ¡En plural! Todd no había actuado solo.
Se le hizo un nudo en la garganta y rompió a sudar. Erin no soportaba ni un segundo más en aquel yate de lujo.
¡Típico de los Carrington!
De puertas para fuera todo era lujo y perfección, pero por dentro estaban podridos.
Se bajó del barco, corrió a lo largo de la pasarela del muelle y siguió corriendo hasta dejar tras de sí las instalaciones del puerto.
Erin se giró, gimió. No fue hasta ese momento que se dio cuenta de que había salido sin el bolso ni el móvil o la cartera. Había actuado sin pensar, inapropiadamente. ¿Qué pintaba aquí sola en plena noche en una carretera rural?
Contrólate, le susurró la voz en su cabeza, pero Erin era consciente de que estaba llegando al límite de sus reservas. Ya no le quedaban fuerzas para salir huyendo, necesitaba dejarlo todo atrás cuanto antes posible.
Empezar de nuevo.
Pero para ello primero tenía que poner en orden su vida pasada y eso significaba aguantar un poco más. Aguantar y esperar hasta que todo hubiera encajado.
Mientras daba la vuelta a regañadientes para regresar al yate, notó unos faros a su espalda. Segundos después oyó el ruido suave de un motor.
Se estaba acercando una moto.
Se dio cuenta de que estaba indefensa. Era de noche y aparte de ella no había nadie más en la carretera.
Solo este motorista.
El ruido se fue acercando, la luz se hizo más fuerte, luego un destello de luces. Quienquiera que fuera la persona de la moto, le estaba haciendo señales.
Erin aceleró el paso, aunque contra un vehículo motorizado no tenía nada que hacer.
La moto había llegado a su altura, se detuvo.
Erin también, rompiendo a sudar.
Algo en aquel hombre le resultó familiar. Su postura corporal, su manera de moverse al apearse de la moto.
Durante un rato quedó mirando fijamente al hombre, no podía hacer nada más, ni decir ni salir corriendo.
El tío soltó una carcajada, amortiguada a causa del casco. Aun así, la hizo estremecerse.
—No me lo puedo creer —murmuró el hombre—. Han asesinado a tu cuñado y a tu esposo recién estrenado parece que se lo haya tragado la tierra. Estando las cosas así, ¿puedes explicarme qué pintas en mitad de la noche en una carretera poco o nada transitada?
Aquella voz la asustó, la hizo retroceder, fue como perder el suelo bajo los pies.
Entonces el motorista levantó la visera del casco.