24 En El Pasado
VEINTICUATRO
EN EL PASADO
HARRIET
—Cari, esto no puede seguir así. —Jessie se sentó en la cama de Harriet buscando su mirada—.
Van dos meses en los que no hay manera de mantener una conversación normal contigo.
No hablas con nadie, apenas sales de la habitación.
Por no mencionar que ni te presentaste a tu trabajo en el Nosebag.
Con lo contenta que estabas de haberlo conseguido.
—Te devolveré cada céntimo que me has prestado, Jess, prometido. Voy a llamar a mi madre y pedirle que me mande dinero.
—¡Que eso me da igual! —Jessie alzó los brazos al cielo—. No me importa ayudarte para que puedas mantenerte a flote. Lo que pasa es que estoy preocupada por ti. ¡Muy preocupada!
Harriet se encogió de hombros.
—¿Qué quieres que te diga? No estoy pasando por mi mejor momento.
—Pues habla conmigo. Dime de una vez lo que te pasa.
Harriet esquivó la mirada de Jessie.
—Nada, ¿vale? No me encuentro bien. Eso es todo. Tengo náuseas todo el rato y es como si me hubiera quedado sin fuerzas.
—Pues ve al médico, joder, y no te quedes aquí sentada. ¿Cuánto tiempo más crees que van a perdonarte las faltas los profesores? No haces más que faltar a clases y a los seminarios. Como sigas así, vas a joder los exámenes.
—Lo dicho, cuando me encuentre mejor, lo retomo. Pero ahora solo quiero estar aquí acostada y no hacer nada.
—¿Por qué no te vienes conmigo a la habitación de Stella? Va a dar una fiesta de cumpleaños y tú también estás invitada.
—Jess, por favor —rogó Harriet—. Déjalo estar y ve tú sola. Ya me las apañaré.
Sin embargo, Jessie no se movió del sitio y le cogió la mano.
—No hemos nunca hablado de ello porque siempre te cierras en banda, pero esto no puede seguir así. La gente empieza a hablar de ti. Por la foto. Por favor, dime solo una cosa: ¿es real?
Harriet miró a Jessie, luchando contra las lágrimas.
—¿Tú qué crees?
—¡Estoy convencida de que es un montaje! Quien lo haya hecho pretende humillarte. Y esa es la cuestión. Tienes que ir a la policía a poner una denuncia antes de que esto pase de castaño oscuro y se ponga en entredicho tu honor.
—No sabes nada de mí ni de la gente como yo, Jess. ¿En serio crees que si voy a la policía y les digo que… —Se detuvo, rompió a llorar desconsoladamente.
Jessie se asustó y le abrazó con fuerza.
—Sigue hablando, cariño, por favor.
Harriet se desprendió y negó con la cabeza.
—No puedo. Es demasiado doloroso.
—¿Te han…? —Jessie inspiró hondo, la miró horrorizada—. La foto es real, ¿verdad?
Harriet asintió en un gesto apenas perceptible.
—Esto… ¿fue voluntario?
Harriet soltó una risa amarga.
—¿Tú qué crees?
—¡Mierda, joder! —Jessie se levantó, empezó a recorrer la habitación cual animal enjaulado—. ¿Quién fue, Harriet?
—Eso no tiene importancia.
Jessie se detuvo de golpe.
—¡Por supuesto que la tiene!
—La policía no haría nada. No tratándose de él.
Jessie la miró con recelo. Luego soltó un gemido como si acabara de verlo todo claro.
—La carta de Malcolm… Ese día acudiste a la cita, ¿verdad?
Harriet no dijo nada.
—¿Fue él?
Tragó, negó con la cabeza.
—Ahora lo entiendo todo. —Jessie se dio una palmada en la frente—. ¿Qué pasa entre Malcolm y tú? Me he fijado que te mira como con asco, como si lo hubieras decepcionado.
Harriet cerró los ojos.
—Lo vio —susurró con un halo de voz—. Y yo no hice nada, solo seguir allí tirada y clavar los ojos en él. No podía, ¿entiendes?
—¿Te drogaron?
—Tuvieron que meterme algo en el refresco. Algo que me dejó semiinconsciente. Mi mente estaba allí, pero no podía moverme y mucho menos defenderme.
Jessie se sobresaltó.
—¿Y Malcolm lo vio y no te ayudó?
—Porque tuvo que parecerle algo muy diferente. Para cuando él llegó, ya casi había acabado todo.
—Pero ¿por qué no viniste de inmediato a contármelo todo? Hubiésemos podido ir juntas a la policía.
—¿Me hubieses creído?
Jessie la miró con ojos llorosos.
—Por supuesto que te hubiese creído. Hace años me pasó algo muy parecido.
—No podía hablar de ello, Jess, porque sentía mucha vergüenza. Pensaba que había sido culpa mía. Por ser tan ingenua y caer en la trampa.
Su amiga la miró furiosa.
—Nunca es culpa nuestra, sino siempre del hombre. Es él quien cruza el límite, ¿lo entiendes?
Harriet se encogió de hombros.
—¿Qué hago ahora, Jess? Si por mí fuera, lo mandaba todo a la mierda y regresaría a mi casa. Pero no puedo hacerle eso a mi madre. Estaba tan orgullosa de mí cuando conseguí la beca…
—Lo que faltaba, que aun por encima fuera la víctima quien pagara por ello. Tú lo que tienes que hacer es denunciar a ese cabrón y luego pedir ayuda psicológica. Bajo ningún concepto vas a tirar la toalla, ¿me oyes? —Jessie cogió aire—. Fue su hermano, ¿a que sí?
Harriet desvió la mirada.
—¡Joder! —gritó su amiga—. Tienes que ir a la policía, cari. Ese hijo de puta no puede salirse con la suya. ¡Bajo ningún concepto!
Harriet rompió a llorar.
—No tengo pruebas, Jess. Si la droga esa ya hace mucho que debió de salir de mi cuerpo.
—Pero está tu palabra, cariño, y esa también cuenta.
—No con niños de papá como esos.
—¿Qué quieres decir?
—¿Ya no te acuerdas de lo que se cuenta a espaldas de ese tío? Imaginemos por un momento que es verdad, entonces mi caso no sería el primero del que saldría impune.
Jessie reflexionó, luego se le iluminó la cara.
—Quédate aquí, no te muevas del sitio, ¿me oyes?
Se asustó.
—¿Qué vas a hacer?
Jessie fue con gesto serio hacia la puerta, la abrió de golpe.
—Sorpresa.
Media hora más tarde llamaron a la puerta. Harriet frunció el ceño. ¿Por qué se molestaba Jessie en llamar a la puerta si también era su habitación?
Esperó, pero no pasó nada. Volvieron a llamar.
—Harriet, por favor, abre. Soy yo.
La recorrió un fogonazo. ¡Era él! Malcolm.
—¡Lárgate! —gritó cuando la ira se apoderó de ella. Pero ¿qué le había pasado a Jessie por la cabeza como para acudir a aquel idiota? —¡Déjame en paz!
Se asustó al ver que accionaba la manilla y Malcolm entraba en la habitación, aun habiéndole pedido que se largara. Subió la manta hasta la nariz y lo miró furibunda.
—¿No entiendes mi idioma? ¡Lárgate, joder! —Al pronunciar las últimas palabras, rompió a llorar.
Malcolm se sentó en la cama y esperó sin decir nada hasta que Harriet se hubo tranquilizado un poco.
Se limpió la cara con gesto tozudo, lo miró.
—Y sigues aquí.
—Por favor —balbuceó él compungido—. Tengo que oírtelo decir, Harriet. ¿El cabrón de mi hermano te drogó y tuvo relaciones contigo en contra de tu voluntad?
Intentó ver en sus ojos qué estaba pasando por su interior, pero solo vio oscuridad.
Acabó asintiendo con la cabeza.
—Pero ¿por qué le hiciste caso para empezar? Pensaba que no te caía bien. Y mucho menos después de lo que te hizo en Eastbourne.
Ella se lo quedó mirando, frunció el ceño.
—No estarás hablando en serio, ¿no? Fui a ese sitio solo por culpa de tu jodida carta de disculpa. La idea era quedar contigo, ¡no con ese sádico de mierda!
Sacudió la cabeza sin entender nada.
—¿Qué carta, Harriet?
Ella se sobresaltó, entonces lo comprendió.
—¿No fuiste tú quien escribió la carta?
Sin apartar la mirada de ella, negó con la cabeza.
—Tras lo ocurrido, creí que no querrías verme en la vida.
—O sea, que fue tu hermano quien la escribió y me hizo ir allí. —Lo miró sin poder dar crédito—. Pero tú también estabas. Llegaste más tarde… y luego te largaste sin más.
—Fui porque uno de sus colegas me mandó un mensaje diciendo que me diera prisa que su hermano estaba metido en un lío.
—Querían que nos vieras —dijo Harriet consternada.
Malcolm resopló.
—Eso parece?
—Entonces, ¿me crees?
Él asintió con gesto sombrío.
—Pues sí, porque conozco a mi hermano. Encaja con su manera de ser. ¡Es la persona más podrida que hay sobre la faz de la tierra! ¿Puedo ver la carta?
—En el cajón a la izquierda de la ventana.
Malcolm se levantó, fue hacia el escritorio, abrió el cajón con brusquedad y rebuscó en él. Luego la miró con ceño fruncido, la mirada más sombría todavía.
—Aquí no hay nada, Harriet.
—No puede ser —dijo ella con voz temblorosa, fue hacia él, lo comprobó por sí misma.
Cuando sus miradas volvieron a cruzarse, a ella le costó mantenerla—.
Estaba aquí, Malcolm. Tienes que creerme.
Jessie también la vio. Tu hermano ha tenido que…
—Soltó un grito de espanto—. Ha tenido que venir a llevársela.
Ha estado aquí. La carta hubiera sido una prueba incriminatoria, ¿entiendes? ¡Y ahora no tengo nada de nada!