La noche de bodas 22 En El Pasado
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22 En El Pasado

VEINTIDÓS

EN EL PASADO

HARRIET

A su regreso, ni ella ni Jessie volvieron a mencionar el horrible fin de semana pasado en Eastbourne. Ni el hotel, ni a Malcolm.

Harriet se sentía desde entonces empequeñecida y patética. Como alguien fuera de lugar. Oxford rebosaba de gente que pertenecía al entorno. Jessie también pertenecía. Ella era la única con una beca y, por vez primera en su vida, deseó tener más de lo que le correspondía.

Se había topado con Malcolm dos veces desde entonces.

Una vez a la salida de la biblioteca, otra en la cafetería.

En ambos casos, él había bajado la mirada y se había apartado de ella como si fuera un desagradable accidente de tráfico.

Y, sin embargo, su reacción le resultaba extraña.

Era como si el chaval tuviera remordimientos, o puede que sintiera lástima de ella.

Pero cuando sus miradas se cruzaban casualmente, había algo más.

Soltó un gruñido furioso. Que se metiera su lástima en…

—¿Vienes o no? —Jessie la sacó de sus sombríos pensamientos.

Harriet la miró irritada.

—Al Nosebag. Cindy y Laura también van a venir. Será divertido.

Harriet negó con la cabeza.

—Hoy no, cari, ¿vale? Quiero meterme en cama y desaparecer bajo las mantas.

Jessie hizo una mueca de escepticismo.

—¿No estarás planteándote en serio quedar con el tío ese? Dime que no es verdad.

—Claro que no —mintió Harriet.

—Ese tipo no está bien de la cabeza. Es igual de idiota que su hermano. No te confundas.

—Ya lo sé. —La respuesta de Harriet sonó más brusca de lo deseado—. ¿Te has olvidado de que yo también estaba presente en Eastbourne?

—¿En serio que solo quieres un poco de tranquilidad?

—Y estudiar un poco. Puede que me ponga a leer algo. Ya se verá.

Jessie estaba indecisa.

—Será mejor que me quede también.

—Déjalo, ¿vale? No tienes por qué estar pendiente de mí a todas horas. Estoy bien y ahora largo de aquí. Pásalo bien.

Empujó a su amiga hacia la puerta, intentado reírse despreocupadamente.

—En la nevera tienes los restos de la comida del mediodía. Ha sobrado un montón —dijo Jessie con medio cuerpo fuera de la habitación.

—No tengo hambre —respondió Harriet despidiéndose de su amiga con la mano—. ¡Hasta luego!

Ya sola en la habitación, se fijó en el cajón de su escritorio. Jessie creía que había tirado la carta de Malcolm, pero en realidad la había releído un montón de veces. La había encontrado debajo de la puerta un día al volver de las clases.

Se la sabía de memoria.

Lo siento mucho. No era mi intención. Ya sé que suena a excusa barata, pero mi hermano, mis padres…

es difícil de explicar. La jodí, simple y llanamente.

Pero me gustas. ¡En serio! Me gustaría poder hablar contigo.

Por favor, dame otra oportunidad. El jueves a las 21:00 en St. John´s Hall, la biblioteca del lateral. Te estaré esperando.

Le había mostrado la carta a Jessie. Esta había puesto los ojos en blanco y le había aconsejado no ir. ¡De ningún modo! Harriet había declarado firmemente que Malcolm era historia. Estaba completamente olvidado.

Pero para ser sincera, no era verdad.

Ni ella misma entendía por qué seguía sintiendo esas mariposas en el estómago cada vez que lo veía y a pesar de todo lo ocurrido.

Harriet sacó la carta del cajón, alisó el papel de lujo. Y entonces supo qué hacer para encajar en aquel lugar y volver a sentirse como una persona. Iría, ¡vaya si iría! Le echaría en cara lo mal que las había tratado, a Jessie y a ella.

En los pasillos de St. John´s Hall no se oía nada.

Las paredes de piedra parecían tragar todos los ruidos.

Aquella ala del edificio era muy antigua y estaba llena de recovecos.

Por eso Harriet no dejaba de mirar por encima del hombro.

Tras cualquiera de aquellas esquinas podría estar agazapado un perseguidor.

Que la imaginación le estaba jugando una mala pasada no tenía la mayor importancia.

Esa sensación desagradable en la nuca era real.

Por fin llegó a la puerta de madera maciza tras la cual se encontraba la biblioteca. Accionó la manilla con cuidado y entró. El interior estaba oscuro y percibió el olor del polvo que cubría los libros. La luz se encendió de repente y la deslumbró. Pero acto seguido vio a los hombres.

Eran cuatro.

Uno de ellos, el hermano de Malcolm.

A los otros solo los conocía de vista, de alguna fiesta o de verlos en el campus.

Retrocedió hasta la puerta para huir cuando el hermano de Malcolm vino corriendo hacia ella.

—¡No me toques, psicópata de mierda! —siseó mientras lo miraba echando chispas por los ojos—. ¿Quién te crees que eres?

Los otros tíos soltaban risitas tontas. Pero el hermano de Malcolm la miraba serio.

—Siento lo del otro día. Sé que la jodí. Ni idea de por qué lo hice.

—Porque eres idiota —ofreció Harriet con sarcasmo—. Y porque disfrutas haciendo daño a la gente. Eso solo lo hace un narcisista de mierda.

El hermano de Malcolm la miró, se encogió de hombros.

—Si te aseguro que lo siento, ¿me creerás?

Harriet negó con la cabeza.

—¡Ni una sola palabra! ¿Dónde está tu hermano? Hemos quedado.

—Lo sé. Mi hermanito debería aparecer de un momento a otro. Cuando haya llegado, os dejaremos tranquilos, tortolitos. ¿Qué te parece?

Harriet se encogió de hombros.

—Bien, supongo.

Él esbozó una sonrisa maliciosa.

—¿Puedo por lo menos ofrecerte algo de beber mientras le esperas? ¿Champán o una Cola?

—Una Cola estaría bien —respondió ella y volvió a entrar en la estancia.

Él se alejó aprisa, regresó al poco tiempo con el refresco en la mano y se lo ofreció.

—¿Quieres un vaso?

Harriet negó muda con la cabeza. Llevó la botella a la boca y tomó un trago.

Pero ¿dónde quedaba Malcolm?

Miró el reloj, se le hizo un nudo en la garganta. ¡Si hoy también la dejaba plantada, no volvería a dirigirle la palabra en su vida!

Tomó otro trago, luego fue hacia una butaca ubicada delante de la estantería más grande y se sentó.

La luz parpadeó ligeramente.

De repente notó que los cuatro tíos no dejaban de mirarla. Algo no iba bien. Empezó a sentirse mal. Cada vez peor.

—¿No os ibais? —preguntó, le asustó el tono de su voz. Sonó espesa.

—Vamos a quedarnos a hacerte compañía hasta que llegue mi hermano. Somos unos caballeros.

Se rieron. Esas risas le sonaron más a un cacareo. ¿O eran imaginaciones suyas?

De repente, rompió a sudar.

Se levantó de golpe, sin saber si quiera por qué, pero su instinto le decía que algo había cambiado.

Dio unos pasos, tambaleando.

¿Qué estaba pasando?

Al ver la sonrisa falsa del hermano de Malcolm, le entraron ganas de vomitar.

Miró la botella que llevaba en la mano, luego lo miró a él.

De repente, el suelo pareció cobrar vida y moverse. Tuvo la sensación de caer para el lado izquierdo. Llevada por el pánico, retrocedió hasta la butaca, se dejó caer en ella.

—¿Qué habéis… qué…? —Ni siquiera su boca funcionaba. Era como si uno tras otro sus músculos fueran quedando dormidos.

El hermano de Malcolm se acercó a ella, le acarició la mejilla, luego deslizó el dedo desde la garganta hasta el canalillo. Muy despacio le separó las piernas, colocó la mano en su entrepierna.

—Está temblando como una vara verde —dijo uno de sus amigos—. Parece que se ha puesto muy cachonda con la pasti esa.

De repente notó las manos de él por todo el cuerpo y antes de darse cuenta estaban desnudos los dos.

Volvió a separarle las piernas, le introdujo dos dedos haciendo que su interior explotara de dolor. Jessie era la única que sabía que todavía era virgen.

—Oye, tío. ¿Eso es sangre? —Había asco en la voz, pero Harriet no distinguió quién había hablado.

—A nuestra princesita aún no la habían desflorado —se rio el hermano de Malcolm y se incorporó para que ella pudiera verle el pene erecto.

Ella quería salir corriendo, pero no era capaz de moverse.

El hermano de Malcolm se metió entre sus piernas, dejó caerse sobre ella. Luego empezó a embestirla. Una y otra vez hasta que en un momento dado notó algo caliente entre los muslos.

De repente se abrió la puerta.

Oyó voces y pasos agitados.

Luego vio a Malcolm delante de ella y su hermano, que seguía encima de ella.

Tan solo la miró. Con gesto sombrío. Dudó un solo segundo, luego apartó a su hermano de golpe.

—¡Lárgate de aquí, cabrón!

—Relájate, hermanito. Como ves, no ha pasado nada que no contara con un consentimiento mutuo, ¿a que no, cariño? —El hermano de Malcolm la miró con una sonrisa malvada, le guiñó un ojo, porque sabía muy bien que seguía sin poder hablar.

Las lágrimas quemaban en los ojos de Harriet, le dolía la piel, le dolía la entrepierna.

Cuando Malcolm se giró por fin y salió corriendo de allí, ella cerró los ojos.

Deseó estar muerta.