20 En El Pasado
VEINTE
EN EL PASADO
HARRIET
El comedor preparado a todo lujo para el desayuno era enorme, tanto que parecía querer recordarle a Harriet lo pequeña e insignificante que era.
Techos altos con decoraciones de estuco, candelabros de cristal sobre mesas con mantel blanco, servilletas dobladas a la perfección, porcelana elegante y teteras de plata.
A través de los ventanales se veía el mar y la playa. Hacía algo de frío para esta época del año, pero el aroma a pan tostado y pasteles dulces compensaba la incoherencia.
El opíparo bufete estaba pensado para gente que no tenía la necesidad de fijarse en los precios.
Había finísimas rodajas de salmón, al lado, caviar sobre hielo, diferentes tipos de pan casero hecho de masa madre, bollos franceses, huevos cocinados de diferentes estilos, tortitas, gofres y un sinfín de más delicias.
Sin embargo, aquel espectáculo tan solo consiguió quitarle el apetito a Harriet.
Jessie, por su parte, no se cortó. Llenó el plato con cantidades de salmón y tostadas con aguacate, dos huevos pochados, todo ello acompañado de un capuchino. Harriet se conformó con una ensalada de fruta y un cruasán.
—Hasta tienen mantequilla de pistacho —dijo Jessie encantada mientras cortaba la tostada en dos partes iguales—. Mira, ahí atrás tienen un dispensador de miel que sale de un panal de verdad.
Harriet no dejaba de marear el cruasán, moviéndolo de un lado a otro en el plato.
—No me baja nada.
Jessie tomó el último trago de capuchino.
—¿Y eso? ¿Porque no apareció Malcolm? ¿Qué esperabas? No se habló de desayunar juntos.
Harriet la miró.
—¿Y si esto no es más que un juego para ellos?
Jessie dejó el cuchillo a un lado.
—¿Un juego?
—Para dejarnos con el culo al aire. O, mejor dicho, a mí.
—¿Y qué? —Jessie se encogió de hombros—. Comimos como reinas. Las vistas eran fantásticas. El champán, bueno. Aparte del encuentro con el gilipollas fue una velada guay. ¿Qué más quieres, Harriet? No deberías tomártelo todo tan a pecho. No dejes que te afecte.
Harriet metió un trozo de melón en la boca, masticó con desgana. Tenía sueño, se sentía mal y, tras mirarse aquella mañana en el espejo, sabía que su rostro reflejaba lo mal que se sentía. Tenía los ojos hinchados, la piel, cetrina.
—Tan solo quiero volver a Oxford —dijo con voz apagada—. Seguir con mi vida y no pensar más en él. Malcolm y yo no encajamos. Aunque no existiera el idiota de su hermano. Somos completamente diferentes e incompatibles. Venimos de mundos opuestos.
—A Malcolm le gustas, Harriet. Eso lo ve hasta un ciego. Y tú llevas escrito en la cara que te pasa lo mismo. No dejes que el gilipollas de su hermano lo estropee. Ya verás como cuando acabemos de desayunar y salgamos, nos estará esperando.
Harriet asintió distraída, echó un vistazo alrededor.
En la mesa de al lado había un matrimonio mayor con expresión arrogante.
El hombre parecía estar enfrascado en el Times cuando en realidad estaba observándolas a Jessie y a ella mientras que su mujer comía un yogur con una diminuta cucharilla dorada.
—Venga —la apremió Jessie—. Tienes que comer algo. Ya verás cómo luego te sientes mejor.
Harriet cogió el cruasán y mordió.
—Eso es —dijo Jessie y se comió la segunda mitad de la tostada, se limpió la boca con la servilleta y esperó impaciente a que Harriet acabara el cruasán.
—¿Nos vamos?
Harriet asintió, se levantó, notó las miradas de los demás presentes clavadas en ella, pero se obligó a sacar pecho y salir con la cabeza bien alta.
Al atravesar el vestíbulo, la vista de Harriet fue hacia la chimenea de dimensiones descomunales. La recepcionista no las saludó, tan solo las miró de manera rara.
Al salir del hotel, Harriet soltó una risa sarcástica.
—Esto en cuanto a que estaría esperándonos fuera. ¿Tú lo ves por algún lado?
—Vendrá —dijo Jessie—. Ya verás.
Pero no vino.
Ni transcurridos cinco minutos ni diez.
Harriet miró el reloj.
—Esperaremos un cuarto de hora. Ni un minuto más.
Media hora más tarde estaban en el ascensor, mudas. Incluso Jessie parecía no saber qué decir. Al llegar arriba, acercó la tarjeta a la cerradura de la puerta. Nada. Volvió a intentarlo.
Tampoco nada.
—Esta mierda no funciona.
Harriet se acercó para intentarlo ella. Pero a ella tampoco le abrió. Ninguna señal, tan solo la luz roja.
Bajaron juntas a recepción. La joven tras el mostrador las vio llegar.
Harriet le acercó la tarjeta de la habitación.
—No funciona —dijo con voz calmada.
La recepcionista asintió con la cabeza, muy incómoda.
—Ya se ha hecho el check-out de la habitación.
—¿Cómo? —dijo Jessie.
—Han recogido sus cosas. Están aquí. —La mujer señaló con el dedo hacia sus bolsas, colocadas cuidadosamente en un carro de equipaje junto al mostrador. Una estaba abierta. La mochila de Harriet. La cremallera no estaba del todo cerrada.
—¿Quién ha ordenado esto? —preguntó sin poder evitar que le temblara de rabia la voz.
La recepcionista parpadeó.
—Han dejado un mensaje para usted. Puede que conteste a sus preguntas.
Le entregó un sobre blanco.
Jessie lo cogió, lo abrió.
—Aquí solo pone que lo siente —dijo por fin y con gesto ceñudo miró a Harriet—. Nada más.
Harriet notó que Jessie también empezaba a enfadarse.
—¡Que le den! Pues nos vamos. No pasa nada.
Jessie hizo una mueca, sacó un fajo de billetes del sobre.
—Mira.
Harriet lo cogió, contó quince billetes de cincuenta, diez de veinte y cinco de diez. Luego se rio.
—Sabes lo que significa esto, ¿verdad?
Jessie asintió con gesto sombrío.
—El hijo de puta nos da mil libras para que nos vayamos sin montar un espectáculo.
Harriet se giró hacia la recepcionista.
—¿Quién le ha entregado este sobre?
La recepcionista no dijo nada, pero al menos parecía sentirse avergonzada.
Harriet incluso tuvo la impresión de que las miraba con lástima. No paraba de darle vueltas a los billetes, sin saber qué hacer.
—¿Qué hacemos con esto?
Jessie esbozó una sonrisa malvada.
—Qué pregunta más tonta. Nos largamos y al llegar a Oxford comeremos algo en un restaurante agradable, a expensas de este idiota. Luego te quedas con el resto para poner a flote tu presupuesto.
Harriet asintió, rodeó el mostrador, cogió la mochila y se dirigió hacia la salida.
Entonces lo vio. Había aparecido de la nada. Y no estaba solo. Venía con un grupo de jóvenes, todos ellos riendo.
Malcolm llevaba puestas unas gafas de sol de diseño, aun así, Harriet notó su mirada.
Ella se detuvo. Esperó.
Juraría que la estaba estudiando de arriba abajo, pero sin hacer ningún amago de acercarse a ella. Simplemente dio media vuelta y siguió charlando con sus amigos. La dejó plantada como si no la conociera.
Jessie se colocó junto a ella.
—¿Qué? ¿Ha dicho algo?
Harriet siguió provocándole, mirando en su dirección, pero sin obtener ninguna reacción. Parecía haberla olvidado. Se giró despacio hacia Jessie y suspiró.
—¡Larguémonos de este maldito sitio!