18 Colà Di Lazise
DIECIOCHO
COLÀ DI LAZISE
VILLA DEI CEDRI
SAMANTHA
Las curvas cerradas por encima de Tremosine surcaban la roca como cicatrices antiguas, angostas, empinadas, sin guardarraíles.
Samantha respiró aliviada cuando pudo por fin apagar el motor.
Se apeó del coche con piernas temblorosas y miró hacia el lago a sus pies.
Relucía en tonos azul oscuro y de manera misteriosa.
—¿John solía venir mucho por aquí? —Erin se situó a su lado, rodeando el cuerpo con los propios brazos.
—Antes sí —dijo Samantha—. Veníamos de vacaciones con toda la familia. Después de eso, él seguió viniendo cuando quería despejar la cabeza.
—Nunca me ha hablado de este sitio.
—¿Te hablaba de su pasado?
—No. Es como si tuviera el pasado enterrado muy dentro. Solo salía a relucir de vez en cuando y entre líneas.
Fueron hacia el hotel, apoyado de manera discreta contra la ladera.
Entraron en el vestíbulo, inundado de luz, donde les dieron la bienvenida paredes de piedra natural y suelos de mármol.
Todo resultaba armonioso y extremadamente lujoso.
El joven de la recepción les preguntó qué deseaban.
Samantha dejó dos fotos impresas sobre el mostrador.
—Estos son John y Todd Carrington. Mis hermanos. ¿Los ha visto últimamente?
El recepcionista estudió las fotos.
—No. Estos caballeros no se han alojado en nuestro hotel. —Negó con la cabeza—. Lo cierto es que no los he visto nunca.
—¿Podría comprobar la lista de las reservas? Puede que reservaran no estando usted de servicio.
—Por supuesto. —Desapareció en la parte de atrás. A los pocos minutos regresó negando con la cabeza.
Le dieron las gracias, se fueron.
En Limone buscaron el Hotel Deportivo, en el que solía quedar hasta hacía pocos años John cada vez venía a hacer windsurf.
El portero, un señor mayor, las saludó amablemente, sin embargo, negó con la cabeza al ver las fotos.
—¿Carrington? No, no me suena de nada.
—Puede que se registraran bajo otro nombre.
Otra negación de cabeza.
—Lo dudo. Soy muy bueno recordando caras y a los hombres de estas fotos no los conozco. No han estado aquí. —Alzó la mano—. Un momento, vuelvo ahora. —Desapareció un instante, para regresar con una lista de huéspedes—. ¿Lo ven? No hay ninguna entrada.
—¿Cómo puede estar tan seguro? —insistió Samantha—. Pudieron dar otros nombres.
—Escuche, puedo ponerle cara a cada uno de los nombres que aparecen aquí. Lo dicho…
—Tiene muy buena memoria para las caras —repitió Erin resignada.
—Eso es. Siento no haber podido ayudarlas.
De vuelta en el coche, reinó el silencio durante un buen rato. Fue Erin quien lo rompió.
—No entiendo qué significa todo esto. John era feliz. Quería casarse. ¿Por qué entonces desaparecer? Ya no sé dónde más buscar.
—A mí me pasa lo mismo —corroboró Samantha—. Sin embargo, tenemos que intentarlo todo. No puedo quedarme sentada de brazos cruzados y esperar.
—Te refieres a Julia, ¿verdad?
Samantha la miró.
—A ti también te ha parecido raro cómo reaccionó ante lo del cadáver encontrado, ¿a que sí?
Erin se encogió de hombros, indecisa.
—Cada uno reacciona a su manera en casos así. No hay por qué darle demasiada importancia.
—Pues a mí me pareció que le daba igual que Todd estuviera muerto. Y luego esas miraditas entre ella y Jodie. Daban escalofríos.
Erin no dijo nada, parecía ensimismada en sus propios pensamientos.
Samantha la entendía perfectamente. Johnny seguía desaparecido y había que hacer lo que fuera para dar con él y tener fe, creer que seguía con vida.
Pensar lo contrario asustó tanto a Samantha que giró el volante bruscamente hacia la derecha.
—¿Quieres que conduzca yo? —se ofreció Erin.
Negó con la cabeza.
Permanecieron en silencio durante el trayecto restante que las separaba de Sirmione. Se detuvieron en un parking junto al centro histórico y siguieron a pie. El hotel se encontraba dentro del casco viejo. Samantha titubeó al pasar por debajo de los arcos de piedra de la entrada.
Este edificio no encajaba para nada con Jonathan, sin embargo, según su padre, se había hospedado varias veces aquí. No había por qué contarle a Erin que lo había hecho en compañía.
La recepcionista las saludó con amabilidad, pero se mostró reservada cuando le mostraron las fotos.
—Lo siento. Este caballero no se aloja aquí.
—¿Ayer tampoco o antes de ayer?
—No, ni la semana pasada, antes de que siga preguntando.
—Puede que lo haya visto algún compañero o alguna compañera suya —sugirió Erin.
—Eso es muy poco probable.
—¿Por qué lo dice?
—Hubiese tenido que pasar por mí primero. Y yo no lo he visto.
—De todos modos, gracias. —Se despidieron.
Al regresar sobre el viejo empedrado al coche, pasando por tiendas que ofrecían postales y jabón de lavanda, Samantha se percató de lo desesperada que parecía Erin.
Suspiró y le confesó:
—Creo que tienes razón: esto no nos va a llevar a ninguna parte. Regresemos al hotel.
Llegaron al hotel muy avanzada la tarde. Los policías estaban esperándolas.
—¿La señora Carrington? ¿La esposa de John Carrington? —El agente de más edad miró a Erin. Luego se dirigió a Samantha—. ¿Y usted es la hermana del fallecido?
Asintió con la cabeza.
—Queremos hablar de nuevo con usted. Hay algunos detalles de la noche de la desaparición que no están del todo claros.
—Por supuesto, siempre que pueda ayudar. Pero ¿ya se sabe con seguridad si el cuerpo encontrado en el cobertizo es el de Todd? —preguntó Erin.
Al agente más joven le costaba mucho mantenerle la mirada.
—Ya hablaremos luego de eso. Vengan, por favor. Será solo un momento.
Samantha se los quedó mirando, luego se giró hacia el otro policía.
—¿Qué significa esto?
—Queremos repasar con detalle lo que hacían todos los invitados presentes la noche de la desaparición de los dos hombres.
—O sea, están comprobando las coartadas.
El policía se encogió de hombros, pero no dijo nada.
Samantha soltó un suspiro, alzó las manos.
—Vamos allá. No tengo nada que ocultar.
—¿Y? ¿Qué te ha preguntado? ¿Algo nuevo? —quiso saber Erin al cabo de una hora.
Samantha negó con la cabeza.
—He tenido que contar por tercera vez que mi novio cortó conmigo precisamente la noche de tu boda y que acto seguido me pasé tres horas hablando con una amiga por teléfono.
Erin la miró sorprendida.
—¿En serio te ha dejado?
—Por WhatsApp, sí. Bueno, mejor que con un post-it.
Erin frunció el ceño.
—¿No has visto el capítulo del post-it de Sexo en Nueva York? ¿Jack Berger?
Erin sacudió la cabeza.
—No solía tener tiempo para esas cosas, Samantha. Además, he de confesar que ese tipo de series no me interesa especialmente.
Samantha hizo un gesto para restarle importancia.
—No tiene mayor relevancia. El caso es que le he tenido que dar al agente los números de teléfono de los dos, y ha sido una sensación muy jodida… ¿Y tú? ¿Qué tal te ha ido a ti?
Erin se encogió de hombros.
—He contado lo ocurrido. La verdad. Que nos casamos, que bebimos demasiado, que luego nos fuimos para el yate donde seguimos con la celebración hasta que nos metimos rendidos en la cama. Bueno, al menos yo. Johnny aún no quería meterse… ni idea de por qué. Puede que por la pelea con Todd.
—¿Se lo dijiste al policía?
Erin asintió.
—Y más cosas. Por ejemplo, que tengo la impresión de que no se llevan demasiado bien. Y por esa razón quería volver a hablar contigo.
Samantha suspiró.
—¡No fue Jonathan! Espero que lo tengas claro.
—¡Por supuesto! No le haría daño ni a una mosca. Pero me pareció importante contarle que Todd solía acosar a su hermano pequeño.
—¿Te lo dijo él?
—No directamente, pero sé leer entre líneas. Edward también lo hacía.
—Lo sé —admitió Samantha—. No es un padre muy cariñoso que digamos. De hecho, creo que le debo a él el volver a estar soltera. Seguro que le ha ofrecido dinero a mi novio para que se largue bien lejos.
Erin abrió los ojos sin poder dar crédito.
—Pues qué suerte que no haya intentado hacer lo mismo conmigo.
Samantha miró a Erin, hizo una mueca.
—¡Puede que haya sido la peor suerte de tu vida!