La noche de bodas 17 Puerto Deportivo Desenzano
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17 Puerto Deportivo Desenzano

DIECISIETE

PUERTO DEPORTIVO DESENZANO

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ERIN

Erin había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaban tumbadas a oscuras sin poder conciliar el sueño.

Samantha a su lado daba golpecitos nerviosos con los dedos en el colchón y ella tenía que controlarse para no coger a cada minuto el móvil y mandarle otro mensaje más – el número cien seguro – a Johnny.

De repente vibró un móvil y las dos se sobresaltaron e incorporaron a la vez.

—Es el mío —soltó su cuñada, agarró el móvil y miró la pantalla—. Es mamá. Si me llama a las cinco de la mañana, tiene que ser algo importante. —Aceptó la llamada, apretó el aparato contra la oreja.

Sin embargo, la voz exaltada de Catherine sonó tan fuerte que incluso Erin la oía, aunque no entendiera ni una palabra de lo que le estaba diciendo su suegra a Samantha. Pero sus gimoteos no presagiaban nada bueno.

—¡Mierda joder! —soltó Samantha, confirmando así sus temores. Había ocurrido algo malo. Tenía que ser eso. Observó temerosa a Samantha, que no paraba de pasarse la mano libre por el cabello.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó por lo bajo.

Pero su cuñada la despachó con un movimiento de la mano.

—Vale, mamá —dijo Samantha al cabo de un rato con voz temblorosa y más suave de lo habitual—. Dos minutos y nos ponemos en marcha. Por favor, tranquilízate. No tardamos nada.

Tras finalizar la llamada, le dirigió una mirada sombría a Erin.

—La policía ha vuelto al hotel y quieren que vayamos. Algo va mal. No sé si mamá no quería decírmelo por teléfono o si no sabe nada. Pero sea lo que sea lo que haya pasado no puede ser nada bueno.

En el taxi reinaba una tensión nerviosa entre ella y Samantha. Ninguna de las dos dijo nada y, aun así, las preguntas no pronunciadas de ambas eran casi palpables.

Cuando el taxi atravesó el portalón que daba al recinto del hotel, Erin notó que el cuerpo de Samantha se tensaba cada vez más.

La miró, puso su mano encima de la de su cuñada.

—Todo va a salir bien, Samantha. Debemos tener fe.

Samantha resopló.

—Si hubieras oído a mamá. Estaba asustada, terriblemente asustada. La fe va a servirme de poco.

Samantha le pagó al taxista con mano temblorosa.

Al apearse, Erin se dio cuenta de que a Samantha le costaba mucho caminar.

La cogió de la mano, la miró, sonrió para animarla.

—Podemos con esto, ¿vale? Ahora vamos a entrar y escuchar lo que quiere la policía. Luego ya veremos.

Al entrar en el vestíbulo, la recepcionista les indicó que fueran al comedor, donde ya estaban esperando los demás.

La primera persona en la que se fijó Erin al pisar el comedor fue Eliza, de pie junto a sus padres y llorando desesperadamente. Corrió hacia ella, la abrazó.

—¿Qué pasa, bonita?

Eliza tan solo consiguió emitir un sollozo.

Miró a Catherine con la esperanza de encontrar una explicación, pero esta estaba petrificada, mirando al vacío, pálida como la cera.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

—Será mejor que os sentéis —dijo Edward, quien, a pesar de lo temprano que era, iba vestido impecablemente.

Aquel tono de voz hizo que Samantha inspirara una bocanada de aire, pero obedeció, como todos los demás.

Tras estar todos sentados, Edward miró muy serio primero a su hija Samantha, luego a Erin.

—Han encontrado un cadáver, al norte, junto a la linde de Colà. Estaba en un cobertizo viejo que nadie usaba. Lo han encontrado unos chavales que habían ido allí en busca de un poco de intimidad.

Samantha fue la primera en romper a llorar, Eliza se le unió de inmediato.

Erin, que no quería que la niña le notase nada, clavó los ojos en Edward.

—¿Se sabe quién es?

Una sombra cruzó el rostro del hombre, haciéndolo envejecer años en cuestión de segundos. Luego empezó a temblarle la barbilla.

—La policía tenía fotos de Todd y John. El agente mayor que ha estado en el lugar donde han encontrado el cadáver dice que podría tratarse de Todd. —Sacudió la cabeza, visiblemente afectado, pero tratando de no perder la compostura.

—¿Todd? —Samantha se puso rígida y quedó mirando fijamente a su padre—. ¿De verdad que es Todd?

Edward se encogió de hombros, parecía desesperado e indefenso.

—No saben nada concreto. El cuerpo mostraba algún que otro indicio de que podría ser Todd. Pero para asegurarnos, uno de nosotros… uno de nosotros tiene que… —Dejó la frase sin terminar, se puso a sollozar.

Catherine se acercó a ellas, tambaleante. Erin se levantó de golpe para ayudar a su suegra y le ofreció una silla a su lado. Luego volvió a sentarse ella también y miró a Catherine.

—Edward nos acaba de poner al día. La policía, ¿han dicho alguna cosa más? ¿Sobre Johnny, por ejemplo?

Su suegra negó con la cabeza, luego se giró hacia su marido.

—Cuando llegue la hora, tendrás que ser tú, Ed. Yo no me veo capaz.

Samantha miró irritada a su madre.

Edward no reaccionó, quedó mirando al vacío, como Catherine poco antes.

—¿La policía ya tiene alguna sospecha de la causa…? —Erin se calló incómoda, no se atrevía a pronunciar lo evidente.

—¿Te refieres a la causa de la muerte? —preguntó su suegra con voz monótona.

Erin asintió.

—No han dicho nada, pero siguen hablando con todos los presentes. Me parece que están comprobando las coartadas. El agente mayor incluso ha pedido una lista de los invitados que ya han vuelto a sus casas, pero aún estaban aquí cuando desaparecieron mis chicos.

Erin resopló.

—O sea, nada de muerte por causas naturales —murmuró, más para sí que para los demás.

—¿Quién haría algo tan horrible? —preguntó Eliza. Su ingenuidad casi le partió el corazón a Erin.

Un grito los hizo saltar a todos y girar las cabezas hacia la entrada. El policía más joven estaba intentando calmar a Harry, que daba puñetazos y patadas a diestro y siniestro.

Erin quiso acudir, pero Catherine la retuvo.

—Ya lo interrogaron ayer. Ahora solo quieren que los acompañe al cuartelillo para hacerle unas cuantas preguntas más. Pero él se niega en rotundo.

Erin notó los ojos de Samantha en ella, se giró hacia su cuñada. Tenía los ojos muy abiertos y Erin sospechó lo que estaría pasándole por la cabeza. Pero ¿qué decirle? Se encogió de hombros, hizo una mueca.

—¡Normal! ¡Porque ha sido él! —Ahora fue Edward quien habló. Se había levantado de golpe, parecía un león a punto de saltar sobre su presa.

Erin vio a Harry mirarlo fijamente y luego sacudir la cabeza despacio.

Sin previo aviso, Edward se lanzó hacia delante, agarró a Harry por el cuello y lo sacudió.

—Si de verdad resulta ser mi hijo, pobre de ti, ¡maldito hijo de perra!

De repente, en la estancia estalló el caos. A los policías les costó separar a ambos hombres y proteger a Harry contra los golpes de Edward.

Erin se fijó en Julia. La mujer de Todd se mantenía apartada, con rostro inexpresivo y mirando fijamente a su hermana.

Era como si estuvieran comunicándose a base de miradas. Una conversación muda que solo ellas entendían.

De repente, Jodie pareció despertar. Fue como una sacudida interior. Se lanzó sobre Edward y le propinó un bofetón.

—El único hijo de perra aquí eres tú… Y en cuanto a mi marido: no es un asesino, ¿me oyes? ¡Él no!

A Erin se le puso el vello de punta. ¿A qué diablos se estaba refiriendo Jodie?

¿Y Julia? Era su marido quien se suponía que ya no seguía con vida. A ella, sin embargo, todo aquello parecía importarle un bledo.

En sus ojos no había miedo.

Ni desesperación o dolor.

Tan solo vacío.