16 En El Pasado
DIECISÉIS
EN EL PASADO
EN EL PASADO
HARRIET
Fue idea de Jessie aprovechar la invitación para soltarse la melena. Harriet había tenido sus dudas por razones que ni ella era capaz de nombrar.
Puede que fuera por la manera en la que la había mirado el hermano de Malcolm en el Nosebag y también la noche en la residencia cuando la había interceptado. Se había disculpado con ella, le había rogado que viniera a Eastbourne para darle una alegría a Malcolm.
Al contárselo a Jessie, esta se había ilusionado tanto que le había insistido en que aceptara la invitación. Atrás quedaron todas las advertencias. Le había sonreído a Harriet cuando esta había comentado sus dudas con respecto al hermano y su mala reputación.
—No puedes desaprovechar una oportunidad así solo por las habladurías de un par de tías —había sido la respuesta de Jessie y le había alabado tanto Eastbourne, su playa y el hotel que a Harriet no le había quedado más remedio que aceptar.
Al fin y al cabo, las habitaciones estaban pagadas, y el champán seguramente que también.
The Grand en Eastbourne. Según Jessie, no se trataba de un hotel sin más, sino de toda una declaración de intenciones. Quien lo frecuentaba era alguien.
Y así era que llevaban dos horas sentadas en el tren. Harriet intentando mentalizarse, prepararse para lo que podría venirle encima. Sin embargo, seguía teniendo sus dudas.
—Créeme, no vas a arrepentirte —le aseguró Jessie alegre cuando se apearon del taxi y se dirigieron a la entrada. Echándose la cazadora de cuero al hombro, observaba todo entusiasmada mientras entraban por la puerta giratoria.
Harriet se detuvo un instante. El único par de zapatos dignos de lucir, aunque ya muy gastados, resonaban demasiado fuerte sobre el majestuoso suelo de mármol del vestíbulo.
Sobre ellas, un techo decorado con estuco que captaba la luz de tres enormes lámparas de araña.
Había palmeras enormes en maceteros dorados que hicieron a Harriet plantearse la pregunta de cuánto tiempo habrían necesitado para alcanzar esa altura.
Con paso reverencial se acercaron a la recepción de caoba donde se toparon con varios hombres vestidos de esmoquin.
—Me recuerda a un museo —le susurró a Jessie.
—O a la escena de un crimen —dijo Jessie mientras observaba discretamente a los demás presentes.
Aunque quienes estaban junto a la barra del bar no las miraron, Harriet tuvo la sensación de que la estaban vigilando. Vio a uno de aquellos tíos dirigirle una mirada, aunque sutil, despectiva. Notó un hormigueo desagradable en la piel.
—Esta gente… —Harriet dejó el resto de la oración en el aire.
Jessie la terminó por ella.
—Son un poco esnob, sí. Pero venga. Tienes aspecto de estudiante, no de pordiosera. Créeme, esta gente sabe reconocer la diferencia.
Siguieron al portero, quien, sin decir palabras, caminaba delante de ellas. Llamó el ascensor sin preguntarles si necesitaban ayuda con el equipaje. Harriet llevaba la mochila pegada al cuerpo. Jessie, por el contrario, llevaba una maleta de cuero pequeña. Como para un viaje de negocios.
—Mira quién va a hablar —murmuró Harriet tras cerrarse las puertas del ascensor—. Tú, que te mueves como pez en el agua en este ambiente.
—No son mis aguas —respondió Jessie con un tono repentinamente sobrio—. Pero, sí, sé cómo se nada en ellas.
El pasillo del tercer piso estaba cubierto con una alfombra mullida de color crema, tan gruesa que Harriet se preguntó cómo demonios la limpiarían.
De las paredes colgaban cuadros al óleo.
Las escenas representaban las costas inglesas, veleros y cazadores rodeados de niebla. Todo olía a perfume y madera pulida.
Les habían asignado la habitación número 317.
Jessie le arrebató la llave a Harriet y abrió, harta de los titubeos de esta. La puerta se abrió sin emitir el menor ruido. Por un instante, ninguna de las dos dijo nada.
—¡Hostia puta! —susurró Jessie finalmente.
La habitación triplicaba como mínimo su habitación en la residencia estudiantil. Una ventana con arco daba a la playa. Admiraron las vistas al mar que se mostraba en tonos grises bajo la espesa capa de nubes. Incluso les llegaba el ruido de las olas.
Delante de la ventana había dos sillones de terciopelo burdeos. Entre ellos una mesa auxiliar con un botella de champán metida en una cubitera, una cesta de frutas y un jarrón con rosas rojas. Apoyada contra el jarrón, una tarjeta blanca. Harriet la cogió, la leyó en voz alta:
Me alegro de que hayáis venido. Pasadlo bien.
Sin nombre, sin firma.
—¿Esto es para ti? —preguntó Jessie atónita.
—Eso parece. —Harriet asintió despacio con la cabeza—. También han reservado la habitación a mi nombre.
Jessie soltó un silbido.
—Ni tan mal, Malcolm. Ni tan mal. El chaval se está esforzando. ¿Sabes lo que cuesta la noche en este hotel?
—Ni lo quiero saber. —Harriet se desprendió de la mochila—. Me siento como una impostora.
—Eso se te pasará tan pronto hayas tomado una copa de champán. —Jessie soltó un suspiro de placer y miró hacia el mar—. Alegrémonos de haber salido de Oxford. Y, además, de haber venido a un sitio como este.
Harriet no dijo nada.
—¿Qué pasa? —Jessie se acercó a ella.
—No sé, esto todo me da mala espina.
—¿Por la gente del vestíbulo y el bar?
—Me miraban como si no pintara nada aquí —dijo Harriet.
—¿Dónde te miraron?
—En el vestíbulo. ¿No te has dado cuenta?
Jessie se encogió de hombros.
—¿Y qué? Que miren todo lo que quieran. Estás conmigo. Y si vemos que la cosa se complica demasiado, nos bebemos todo lo que haya y el domingo por la mañana nos volvemos a casa tan campantes.
Harriet forzó una sonrisa. Se acercó a la ventana, apoyó la frente contra el cristal frío. Abajo, un hombre con traje azul pasaba por delante del hotel, lentamente, como sin rumbo. No miró hacia arriba.
Jessie sacó la botella de champán de la cubitera, la giró.
—¿Qué? ¿Vamos a bebernos esto o estás esperando a que llegue una segunda invitación?
Harriet apartó los ojos del hombre en la calle, asintió con la cabeza.
Por la noche, el Grand resultaba irreconocible.
Una luz roja inundaba el vestíbulo. Sobre las escaleras colgaba una pancarta que rezaba en letras doradas: «¡Bienvenidos de nuevo!
». Del salón de baile salía música fuerte.
Nada de música clásica como cabría esperar en este ambiente, sino guitarras, baterías, una banda en directo que tocaba música de los ochenta.
El cantante se desgañitaba cantando una canción de Bon Jovi como si le fuera la vida en ello.
El suelo vibraba ligeramente. El champán corría como el agua.
Jessie ya iba por la tercera copa. Harriet iba detrás de ella deseando para sus adentros poder desaparecer en el primer agujero.
¿Es que nadie se daba cuenta de que este no era su sitio?
Sus zapatos eran demasiado viejos, su vestido, no lo suficientemente caro y, aun así, las miradas que recibía no eran de lástima, sino de codicia y desprecio.
Se sentía como un pedazo de mierda, como una persona que debía demostrar que su presencia no era casualidad, sino por méritos propios.
De repente quedó petrificada. Él estaba junto a la barra, al otro lado de la estancia.
Malcolm. ¿Quién si no?
Tenía una cerveza en la mano, hablaba con una mujer rubia que llevaba un vestido azul precioso. Fue entonces que él la vio. La expresión de su cara la desconcertó por completo. Era como si no se alegrara para nada de verla. Nada de ligoteo. Solo espanto. Espanto puro y duro.
—Vaya —constató Jessie con tono seco—. Ese no tenía ni idea de que ibas a venir.
Malcolm dejó la botella en una mesa, pasó junto a la rubia. Su rostro reflejaba una mezcla de nerviosismo, culpa y el intento de querer salvar la situación de alguna manera.
Detrás suya apareció su hermano.
Llevaba a otros dos tíos de remolque, los tres se estaban riendo abiertamente.
Se estaban riendo de ella. Al menos fue lo que le pareció.
Podría deberse en parte a una mezcla de demasiado alcohol, demasiada arrogancia y demasiado poco decoro, pero el efecto era el mismo: ¡Tierra trágame! , pensó Harriet.
El hermano de Malcolm estaba señalando a Harriet.
—Anda, mira. La invitada de honor. E incluso te has traído una amiga. Qué bien. —Luego se giró hacia Malcolm—. ¿En serio creías que no vendría? ¡Tío! ¡Qué está pirada por ti!
Jessie se colocó delante de Harriet para protegerla.
—¿Qué problema tienes?
El hermano mayor la miró detenidamente. Sonriendo dijo:
—Ninguno. Me gustan las sorpresas. Sobre todo, cuando vienen en un envoltorio tan bonito. —Luego se dirigió a Harriet—. ¿No te ha gustado la cesta de frutas? ¿Hubieses preferido un bocata?
Jessie avanzó un paso más. Harriet la detuvo.
—Me insististe para que viniera… —Harriet se calló. No valía la pena. Miró a Malcolm—. Quiero dejar esto claro. Según tu hermano, eras tú quien quería que viniese hoy. Y como el otro día en el bar mencionaste algo parecido…. Pues pensé que… —Volvió a callarse, avergonzada.
Malcolm tragó.
—Si me alegro de que hayas venido. Es solo que… me ha pillado por sorpresa.
—Tu hermano es idiota —dijo Jessie.
Los tres tíos soltaron una risita maliciosa. Malcolm estaba tan confundido que no sabía cómo salvar la situación.
—Venga, hombre —salió de boca de su hermano—. Si lo estamos pasando bien, ¿o no? Música, copas, hotel junto al mar. Seguro que os picó la curiosidad de ver cómo es estar en el otro lado.
—Qué gilipollas eres —dijo Jessie calmadamente.
Harriet se fue.
Malcolm la siguió.
—Lo siento. Os llevaré de vuelta a casa. Nos largamos y listo. He traído el coche.
Harriet se lo quedó mirando, sintiendo vergüenza y rabia a la vez.
El hermano de Malcolm le había tomado el pelo para dejarla en evidencia delante de sus amigos.
¿Y él? Malcolm parecía avergonzarse de ella.
No se le había ocurrido nada mejor que alejarla cuanto antes.
Nada de defenderla. Ni una sola palabra.
Fue Jessie quien se encargó de eso. Soltó una carcajada sonora, alzó desafiante la barbilla.
—¿Irnos? —repitió—. Ya que estamos aquí, la comida está pagada y la habitación también, vamos a quedarnos. La verdad, este sitio no está tan mal.
Malcolm se la quedó mirando.
Jessie se giró hacia Harriet.
—No has estado nunca en Eastbourne. Y estamos de fin de semana.
Tu último fin de semana libre antes de que empieces a trabajar en el Nosebag.
Ahora vamos a subir a la habitación, nos vamos a tomar el champán y zamparnos toda la jodida fruta.
Y mañana vamos a inspeccionar la zona. —Miró a Malcolm—.
Porque digo yo que la conocerás, ¿no? Podrás hacernos de guía.
No será necesario cruzarnos con tu hermano.
Harriet asintió despacio.
Malcolm miró primero a una luego a otra. Luego asintió.
—Vale, pues entonces quedamos para mañana, después del desayuno.
Alguien a sus espaldas gritó:
—¡Chinchín, novatos ingenuos!
A continuación, llegaron carcajadas agudas de gente que no había aprendido nunca qué era la humillación.
Harriet procuró controlar las lágrimas.
No volvió a girarse.