9 Puerto De Desenzano Di Garda
NUEVE
PUERTO DE DESENZANO DI GARDA
ERIN
Erin se despertó con una sensación extraña de vacío en la cabeza y las extremidades.
Una luz amortiguada penetraba en el camarote a través de la claraboya estrecha en la parte superior de la pared, haciendo brillar la madera oscura del interior.
Las sábanas estaban medio enrolladas, medio tiradas en el suelo.
El aire estaba viciado, una mezcla de calor, sudor, perfume y algo que no supo identificar. Estaba sola en la cama.
Acarició el otro lado de la cama, sorprendida al notar que estaba frío.
Se preguntó dónde estaría Johnny. Tras un día tan lleno de acontecimientos y una noche todavía más emocionante, apenas había pegado ojo en toda la noche.
Sin embargo, por mucho que se esforzaba, no recordaba si Johnny ya estaba en cama cuando cerca del amanecer se había metido bajo las mantas.
Se incorporó, pasó la mano por la cara, echó un vistazo al camarote en busca de un indicio de que no estaba sola.
Finalmente se levantó, agarró el kimono de seda que había traído y se lo puso.
Salió descalza al pasillo, abrió una puerta tras otra, miró en el baño, el salón, la cocina y por último subió a cubierta. Pero no había nadie.
No había señal alguna de que, aparte de ella, hubiera alguien más a bordo.
—¿Dónde estás, Johnny? —murmuró e, indecisa, miró a su alrededor.
Regresó al salón, cogió su móvil, que seguía encima de la mesa. Desbloqueó el aparato y miró la pantalla.
Ningún mensaje.
Buscó el número de Johnny, pulsó el botón de llamada. Saltó el buzón de voz.
Pero ¿dónde se había metido?
Erin empezó a inquietarse. Mandó un mensaje. A los pocos segundos, otro.
Nada tampoco.
Ni el doble tic de haberlo recibido, ni de haberlo visto. Nada de nada.
Puede que Samantha supiera algo. Le escribió.
Erin: ¿Estás en el hotel? ¿Está Johnny contigo?
La respuesta entró a los pocos segundos.
Samantha: Sigo en la habitación. No lo he visto.
Erin suspiró y metió el móvil en el bolsillo del kimono.
Entró en la cocina diminuta del yate. Puso agua a hervir.
Metió una bolsa de té en la taza y la llenó con el agua que ya había alcanzado la temperatura perfecta.
Con la taza humeante en la mano, volvió a salir a cubierta, tomó el primer trago.
El té estaba muy caliente, ligeramente amargo. Aun así, lo tomó.
Inquieta, no apartaba los ojos de la orilla, observaba ensimismada el ajetreo mañanero.
A pesar de lo temprano que era, el puerto de Desenzano ya tenía muchos visitantes.
Había turistas por todas partes, sacando fotos de los yates y del mar, charlando animados y riéndose.
Una mañana típica en un lugar turístico lleno de vida.
Dio media vuelta, ahora miró hacia el mar.
La superficie reflectante mostraba un gris plomizo junto al malecón, retazos de niebla flotaban a pocos centímetros del agua y se iban deshaciendo poco a poco.
A lo lejos oyó el traqueteo de una motocicleta, en otro lugar oyó el ruido de metal chocando contra piedra.
Seguramente algún navegante poniendo su velero a punto para zarpar.
Pero ¿dónde demonios estaba su marido?
Dejó la taza en la barandilla, cogió el móvil y volvió a llamarlo. En vano.
Johnny no había leído los mensajes de antes y seguía sin estar disponible.
Algo no cuadraba.
¡Para nada!
Apuró el té, volvió bajo cubierta, dejó la taza en el fregadero, reflexionó sobre qué hacer.
Al final optó por llamar un taxi.
Erin entró en el vestíbulo, pasó junto a recepción sin prestar atención a la charla animada de la recepcionista, subió las escaleras. Al llegar ante la puerta de Samantha, titubeó.
¿Y si estaba haciendo una montaña de un grano de arena? Vale, Johnny había desaparecido y no cogía el móvil, pero eso podía tener una explicación plausible. La cuestión era: ¿cuál?
Tranquilízate. Piensa.
Puede que hubiera salido a correr y no quisiese que lo molestasen.
Se dio cuenta de que no había comprobado la ropa de Johnny.
Otra posibilidad era que, tras la emoción de la boda ayer, necesitara un rato a solas. Al percatarse de lo ridícula que estaba siendo, se obligó a calmarse y dio media vuelta para marchar.
Recorrió el pasillo y las escaleras con parsimonia. Por el camino se encontró de frente con Catherine.
Notó que seguía molesta. Apenas esbozó una sonrisa, mientras que los ojos reflejaban frialdad y desprecio. Parecía no haberle perdonado aún el vestido de novia rojo.
—Cariño, ¿qué haces aquí? —preguntó aparentemente sorprendida—. No me digas que tú y John no tenéis nada mejor que hacer la mañana siguiente a vuestra boda.
—Seguro que sí tendríamos —replicó Erin—. Si Johnny estuviera.
—No comprendo…
—Pues que no está. Me he despertado sola en el yate. Es por eso por lo que he venido aquí. ¿Lo has visto por casualidad?
Catherine negó con la cabeza, aunque la noticia no pareció preocuparla demasiado.
—Puede que necesite un poco de paz después del jolgorio de ayer.
A pesar de que ella misma había pensado algo parecido pocos minutos atrás, las palabras de Catherine le resultaron insultantes. Cruzó los brazos delante del pecho y miró fijamente a su suegra.
—Oye, Catherine, ¿es posible que tú y yo tengamos un problema?
La otra mujer retrocedió un poco, alzó las cejas.
—No comprendo…
—Pues yo creo que comprendes muy bien. Estás cabreada por el vestido rojo que me puse ayer.
—Pero ¡bueno! Ese vocabulario —la reprendió Catherine—. En nuestra familia no empleamos ese tipo de lenguaje.
—Me importa una mierda si mi lenguaje te parece apropiado o no —repuso Erin—. ¿Tenemos un problema o no? Porque en caso afirmativo, te pido que reflexiones y analices a qué se debe esa reacción exagerada tuya.
—¿De qué hablas?
—¡Lo sabes perfectamente! ¡Mi boda, mi vestido, mi decisión!
En vez de agradecerme que te dejara a ti montar la fiesta, lo que hiciste todo el día de ayer fue criticar mi vestido con todos los invitados, que si era apropiado o no.
A mí eso me parece muy impertinente. ¿Acaso no te parece mucho más importante que a Johnny y a mí nos encantara el vestido?
Catherine abrió la boca, pero no consiguió emitir ningún sonido. A Erin no le costó imaginarse a qué se debía. Nadie se atrevía a hacer frente a Catherine. Nadie, excepto Samantha, que tampoco se callaba nada.
—Es solo que… estaban los de la prensa. Seguro que a lo largo de los próximos días vas a aparecer en todos los periódicos británicos —farfulló Catherine—. Un vestido claro, menos llamativo, hubiera sido probablemente más adecuado, querida —consiguió decir con voz ronca la suegra recién estrenada.
—Tú no te preocupes por eso —le indicó Erin, algo más calmada—. Aunque la prensa le vaya a dedicar varias páginas al color de mi vestido de novia, será de mí de quien hablen o a quien critiquen. Así que, ¿a ti qué más te da?
Catherine parecía querer decir algo más, pero se contuvo de hacer ningún comentario.
—¿Has desayunado? —prefirió preguntar para cambiar de tema—. Abajo, en el comedor, han preparado un brunch de ensueño. ¿Por qué no tomas algo? Seguro que para cuando hayas acabado, John está de vuelta.
Poco después, Erin entró en el comedor de la villa. Samantha estaba sentada en una de las mesas, hablando con Julia, tratando de convencerla de algo. Esta última parecía haber llorado sin parar a lo largo de las últimas horas.
Con un mal presentimiento aquejándole el estómago, se acercó a sus cuñadas y acercó una silla vacía de la mesa de al lado.
—Puedo, ¿no?
Las dos la miraron atónitas, luego Samantha se levantó de golpe, la abrazó, le dio un beso en ambas mejillas.
—¡Nuestra feliz novia! ¿Qué tal la noche de bodas? Espero que mi hermanito haya cumplido como corresponde...
Erin, que ya estaba acostumbrada al estilo abierto y desenfadado de Samantha, soltó una risita tonta.
—Por mi parte no hay motivo de queja —respondió—. Pero por parte de tu hermano parece que la cosa cambia, porque ha desaparecido.
—¿Sigues sin saber dónde está? —preguntó Samantha asustada.
Erin negó con la cabeza, luego miró a Julia.
—¿Has visto tú quizás a mi marido o sabes dónde podría estar?
Julia también negó con la cabeza, intentó esbozar una sonrisa, pero solo consiguió un mueca de tristeza.
—¿Por qué debería? El plan era que ibais a pasar unos días en el yate en el puerto. Hasta el miércoles, que es cuando empieza vuestro viaje de luna de miel.
—Ese era el plan, sí, pero Jonathan ha desaparecido y no tengo ni idea de dónde más buscar. ¿Se te ocurre algún lugar?
—No, lo siento.
Erin notó un velo negro caer sobre el rostro de Julia.
—Puede que esté con Todd.
—¿Cómo? ¿Tu marido tampoco está?
—Al menos no estaba cuando me desperté esta mañana. Creo que no pasó la noche en su cama.
—Cari, —suplicó Samantha—. Deja de pensar que ha estado con otra. Puede que estuviera como una cuba y que se tiró a dormir en cualquier rincón. Puede que en el jardín o en una tumbona en el parque.
Erin clavó los ojos en el rostro de Julia.
—¿Qué está pasando aquí?
Su cuñada se puso tensa, sacudió la cabeza.
—Eso tendrás que preguntárselo a mi marido, si es que vuelve a aparecer.
—Te lo estoy preguntando a ti.
Julia intentó mantenerle la mirada, pero los ojos volvieron a llenársele de lágrimas.
Erin intercambió una mirada de preocupación con Samantha y reflexionó.
—¿Cuándo ha sido la última vez que viste a Todd?
—Anoche —contestó Julia.
—¿Y a Johnny?
—También anoche. Cuando os subisteis al taxi.
—No lo entiendo —murmuró Erin—. Jonathan suele llamarme varias veces al día, incluso desde el trabajo. Y siempre me devuelve las llamadas o contesta mis mensajes.
—Ve acostumbrándote —fue la advertencia dura que le soltó Julia—. Cuando nos casamos Todd y yo, también éramos una pareja modélica como vosotros.
—¡Julia! —la reprendió Samantha con ternura—. No seas injusta con John. Sabes que él y Todd son muy diferentes. No puedes compararlos.
Julia bajó la mirada y asintió. Luego, sin previo aviso, rompió a llorar.
Erin miró a Samantha, se encogió confundida de hombros. Tampoco Samantha parecía saber qué hacer.
—Venga, suéltalo ya. ¿Qué pasa? —la presionó Erin—.
Ya me llamó la atención ayer lo raro que estaba Todd.
Como ausente. Más tarde los vio a él y a Johnny discutiendo en un rincón.
Todd parecía muy cabreado por cómo hablaba con John.
Y luego está el asunto de Harry. Tu cuñado le dejó a Todd la cara hecha un mapa.
Por no mencionar que tú y tu hermana no os hablasteis en todo el día.
Puede que todo esto esté relacionado con la desaparición de John y Todd.
Julia se levantó de un salto, con tanto ímpetu que casi volcó la silla.
—¡Sé una mierda! ¿Me oyes?
Sus miradas se encontraron por unos segundos. Sin embargo, su cuñada apartó los ojos y se ruborizó. Parecía intranquila, insegura y Erin creyó distinguir un ápice de remordimiento. Pero antes de poder comentarlo, Julia dio media vuelta y salió corriendo del comedor, como huyendo de algo.
Erin resopló perpleja.
—Pero ¿qué ha sido eso?
—Ha sido raro, sí —admitió Samantha en voz baja.
Se había hecho un silencio incómodo y el ambiente parecía haberse enfriado, como si la explosión emocional de Julia hubiera cambiado la temperatura en la sala.
Erin se sobresaltó al aparecer Eliza a su lado. Intentó disimular y fingir que todo iba bien. Así que dijo:
—Hola, cariño. —Le dio un beso en la mejilla a la adolescente—. ¿Qué te pareció la boda?
—Como en un cuento de hadas —respondió Eliza embelesada—. Y da igual lo que diga mamá: tu vestido era precioso.
Se acercó a Samantha, también se dejó abrazar y besar por ella antes de en la silla que había ocupado Julia.
—¿Has visto a Johnny? —preguntó Erin.
Eliza abrió mucho los ojos.
—¿Es que él tampoco aparece?
Negación muda.
—Mamá cree que Todd ha salido a correr por ahí para descargar tensión por lo de Harry. Seguro que Johnny ha ido con él.
Erin estaba a punto de creerle a Eliza cuando se percató del ligero titubeo en su voz.
Johnny y Todd eran hermanos, sí, pero no estaban tan unidos. Eliza lo sabía, obviamente. Erin le lanzó una mirada interrogante a la chica.
—Eso no es propio de Johnny, ¿verdad que no? —preguntó.
Eliza se mordió los labios, sacudió la cabeza.
—No. ¿Por qué iba a ir Johnny a pasar el rato con Todd pudiendo estar contigo?
—¡Mierda, joder! —soltó Samantha—. ¡Tienes toda la razón! No tiene ningún sentido. —Sacó el móvil, tecleó algo, se lo acercó a la oreja dos veces, frustrada, lo tiró sobre la mesa—. ¡No me lo coge ninguno de los dos!
Erin tragó.
—Seguro que no es nada —dijo en voz baja, más bien para sí que para Samantha o Eliza.
Ambas asintieron al unísono, pero sus miradas eran pensativas. A Samantha le temblaba un poco la mano.
Erin la miró. Luego dirigió los ojos hacia la puerta por la que había desaparecido Julia.
Estaba muy confundida, desconcertada y, a estas alturas, también asustada. ¿Qué significaba todo esto?